Me permito abusar de la banalidad de este espacio para hacer una presentación pop-up de lo que ha sido tal vez la experiencia más catártica jamás en Japón. Les presento, pues, a los Blue III.

Llegas una noche a un bar, con pocas ganas, más por el compromiso que hiciste con un amigo que por otra cosa. Entras y la música está demasiado suave y monótona. "Toca una banda" recuerdas, y no sabes si vas a aguantarte ese ambiente las dos horas que pensabas pasar allí.
Kenta saluda y Gizu arremete
Un whisky. Saludas a un par de gente. Algo en el lugar no te deja tranquilo. Ya es verano y más piernas se pasean sin tapujos. Pero no es eso. Un japonés te dice que tu nueva compañera de laboratorio está buena y que le va a caer, comentario que nunca habrías esperado escuchar de un lugareño que apenas conoces. Pero esto tampoco es. Dos hombres de traje, altos y cuadrados, con cabelleras negras, engominadas, cayendo rectas hasta el mentón, de rasgos indios o pakistaníes o bangladesis, se acomodan en la barra. Invitan tragos y manosean mujeres. Intimidan con sus ojos profundos, el grosor de sus billeteras y quien sabe que más. Tal vez esto sí tenga que ver con tu nerviosismo, pero no estás seguro. Otro whisky.
Toman sus instrumentos, se agarran a tocar un rock & roll furibundo y la gente se agita y los vitorea. El sentimiento de que algo puede salir violentamente mal no te abandona, pero eso sólo te llena de más euforia.
Entonces Baby Sasaki, como si hubiese estado siempre al tanto de la situación y esperase el momento justo para actuar, suelta la guitarra, saca sus chacos y empieza una kata perfecta. Conmoción. El público aulla frenético. Él prosigue poseído y luego la emprende contra su guitarra. Uno a uno, los otros azules, Kenta y Gizu, se le unen, cada uno con su estilo característico. Luego vuelven a sus posiciones y Baby Sasaki cierra con una patada voladora. Magistral.
Cuando miras de nuevo, la barra es un remanso de camaradería. Los tipos rudos sigue allí, pero en sus caras hay algo de sumisión. Les han hecho saber quien manda. La banda deja el recinto entre muestras de afecto y el eco de las copas rebotando unas contra otras. Los sigues como por inercia, con ese ingenuo anhelo de que se te quede algo de tu super héroe. Igual, ya no tiene sentido permanecer en aquel bar.
En el minúsculo camerino no se ven tan imponentes. Su magia vuelve a ese rincón de su cuerpo donde espera para cuando regresen los problemas. Una última foto con tu cámara averiada por todo el barullo. De todas maneras, fuera del escenario, no hay otra cosa más que pueda mediar entre ustedes.
Sigan propinando justicia, poderosos herederos rockeros del arte marcial contemporáneo.
panÓptiko