sábado, mayo 11, 2013

Cinturón de Fuego

Esta entrada la escribí entre octubre y diciembre del 2009 mientras visitaba la región de Bicol, en Filipinas, y por suerte también su hermosa volcán.

Después de aquella visita la bella Mayón estalló una vez más, y ahora que lo hace de nuevo, aprovecho para recordarla y cortejarla.




























Mayon, Ferias y Fiestas

La ciudad de Legazpi esta llena de sorpresas, y no es sólo el precioso volcán que la domina. Por ejemplo, sus habitantes consumen una exótica cocción de arroz, puerco y vegetales que envuelven en hojas de plátano; plato este al que le llaman tamal. La presidente de la Universidad de Santa Isabel se llama hermana Asunción Evidente; el director de la Comisión de Estudios Superiores se llama Dominador; también conocí a un Ramoncito y a un profesor Emilio Valenzuela. Además, este fin de semana el pueblo se reúne en torno a una serie de eventos culturales, lo que llaman fiesta, a la vez que se ensambla un grupo de quioscos en la plaza, donde se pueden comprar comida, chucherias, o apostar a juegos de destreza, recinto este al que se le conoce por el nombre de feria.

Sin embargo, no se puede permitir que las sorpresas aparten nuestra atención del cono casi perfecto de Mayon - que en Bicolano, el lenguaje de la region, significa "hermosa" - porque ella puede irritarse. Y es que como tantas hermosas, esta también es bastante, como decirlo, explosiva. El siglo pasado, la venerable Mayon hizo erupción más de diez veces. Entorno a su redondez se puede apreciar el sendero de sus jugos ardientes de lava, piedra y lodo. Lo poco que sobresale de la iglesia de Gagsaua en el horizonte, lleva doscientos años recordando a los creyentes que Mayon no sabe de santuarios. De hecho, ahora se encuentra ligeramente indispuesta, no permite que se le suban encima, y permanece un poco nublada.

Mayon esta rodeada de cocotales y campos de arroz, pero, para sorpresa de todos, en la región no existe el arroz con coco. Una de las poblaciones que se rinde a sus pies se llama Tabaco, pero no por la planta, sino por el vocablo tabac, que significa machete. Tal vez inspirados por la irascibilidad de la doña, o tal vez por su fuego, los tabacanos (?) desarrollaron una industria artesanal de artículos de metal. Esta incluye todo tipo ollas, cacerolas y utensilios de cocina, pero sin lugar a dudas, por su uso y el prestigio a él asociado, el tabac ocupa un lugar privilegiado. De hecho, si le preguntan a cualquier lugareño, podrán escuchar historias de los distintos samurais que han morado en la región por tiempos no tan inmemorables.** Más allá de la locación geográfica, Filipinas siempre ha buscado razones para sentirse más asiático.

Pero si se trata es de conocer como la furia de Mayon les hierve en la sangre a los bicolanos, no hay mejor lugar que una gallera. La danza brutal de las plumas coléricas parece de lejos el salpicar de la lava hirviendo. La turba se aglomera cada domingo, después de misa, alrededor de este otro templo, a rendir culto al fuego, a desfogar sus emociones, y a hacerse tal vez algunos pesos. El ambiente cargado de sudor, excrementos, sangre y arena envuelve a los convocados. Las aves son azuzadas en el cuadrilátero hasta que su ira se enciende. Sendas cimitarras refulgen en sus espuelas. Entonces la naturaleza del volcán hace presencia y encarna en la masa dorada de los gallos en duelo. El acto dura pocos segundos. Cuando alguno queda tendido, el referí les alza por el lomo, les enfrenta de nuevo en el aire para ver si algo de la magia remanece, y les suelta nuevamente. Pocas veces el que queda tendido habrá de pararse de nuevo. Tan fugaz y frenética es la lucha, que la única manera de apreciar la virtud de los ataques del ganador, es desplumando a su víctima. Los cultistas examinaran con detenimiento el cadáver desnudo, colgado de las patas, e intentaran sacar alguna enseñanza sobre el arte de la espuela que les de la ventaja la semana siguiente. Por último, en acto solemne se comerán la evidencia de la furia del volcán quien, cuando así lo dispone, con su brasa se lleva el alma pero deja la carne para sosiego del resto de los mortales.

Con todo y su efervescencia, los moradores de la zona no consideran a la doña su principal amenaza. Si se les pregunta por su seguridad enseguida mencionaran a las guerrillas comunistas que se refugian en las montañas de la estrecha región de Bicol. Alguno sugerirá que esos demonios vienen de las entrañas de la hermosa, pero desafortunadamente la cosa es bastante más complicada. Cuando los habitantes se permiten un desliz de sinceridad, reconocerán que cualquier uniforme produce desazón.
 

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** Me pregunto si esta destreza con el metal está conectada con la pujante industria casera de armas de fuego. Recuerdo que en Colombia de vez en cuando se hablaba de armas hechizas, pero nunca de nada en masa. Los filipinos, hasta donde entiendo, sí alcanzaron otro nivel de sofisticación—aunque me parece que no han llegado a construir submarinos. Un tema para una tesis en historia de la tecnología tropical.

martes, abril 30, 2013

Luto

 
Esta entrada llega casi dos meses tarde, no sin vergüenza. El 28 de febrero salí de Kyoto a Fukushima para pasar un par de semanas en la zona de desastre y ver como seguían evolucionando las cosas. El plan era llegar a Minami Soma y dar una vuelta por la antigua zona evacuada alrededor de los reactores nucleares, luego subir a donde unos amigos en Tome, Miyagi, pasar el fin de semana de voluntario en Ofunato, Iwate, y luego visitar Sendai hasta el 11 de marzo. Además de recolectar testimonios adicionales para la investigación, llevaba el firme propósito de escribir una entrada para la fecha, en la cual se viera reflejado todo el trabajo y reflexión de estos dos años.

Suele pasar que las grandes expectativas terminan en frustración. La magnitud de la tragedia y el caos de sentimientos que aún se siente después del triple desastre desafían el poder de lo que las palabras pueden decir. Es tan contundente esta sensación, que me parecía imposible que algo pudiese ser dicho sin perturbar la memoria de los muertos y desaparecidos, sin ofender a sus seres queridos y a los que aún sufren. El silencio parecía más delicado, más diciente, pero es difícil de imaginar que el mundo calle por más de un minuto. Quedaba entonces escuchar, ver, leer lo que los demás tenían que decir.

Dos detalles me llamaron la atención. Primero, el afán de llamar al público a no olvidar la tragedia. Esto tiene múltiples intenciones, todas buenas: insta a los políticos a darle prioridad a las tareas de reconstrucción; así mismo motiva al público y al sector privado a apoyar el proceso y las iniciativas locales para reinventar las áreas afectadas; además, el miedo a otra tragedia semejante se supone que persuade a la gente de prepararse mejor antes de que sea tarde.

No obstante, este no es un mensaje para las personas que viven en Fukushima, o en las costas de Miyagi e Iwate, para quienes perdieron a alguien o fueron desplazados de sus pueblos, tal vez de por vida. Es odioso encontrarse con esta petición contra el olvido mientras se está en un hogar temporal, evitando tocar las paredes del container por lo frías que se ponen en invierno, hablando pasito para que no escuchen los vecinos.

Sin duda son más los que necesitan ser recordados, y puede uno hacerse el de la vista gorda cada vez que se repite el llamada. Aún así, parece imposible de creer que la fecha en sí no sea suficiente para que recordar la tragedia. Si la gente necesita ser advertida contra el olvido, los otros 364 días parecen más apropiados.

El otro detalle provino de adentro. El deseo de escribir algo más trascendental me obligó a cuestionarme el cariz de cada una de las palabras que se usaban para anunciar el evento. Una barrera infranqueable apareció desde el comienzo: tan odioso como pedir que no olvidaran la tragedia parecía aquello de llamar a la fecha un aniversario.

En español, aniversario tiene un significado en apariencia neutro, mero indicador de años, pero su uso tiende a lo positivo. ¿Qué opinan? Tal vez sea porque los aniversarios se celebren y, como decían los Cadilacs, no hay nada que celebrar.

Por esos mismos días se cumplían diez años de la invasión estadounidense a Iraq, y el New York Times titulaba "10 años después, un aniversario que muchos iraquíes preferirían ignorar". Los elementos se repiten ante la tragedia: recordar/olvidar, celebrar/ignorar. Cabe entonces preguntarse si la falta de una palabra menos ambigua, que refleje la tristeza y el dolor que no desaparece, hace parte del problema de enfrentarse al pasado sin que la lengua traicione al corazón.

En japonés, la ceremonia del 11 a las 2:46 fue presentada como 追悼 (tsuitou), que traduce luto, o en inglés "memorial", pero esta palabra tampoco parece traducir bien al español: es homenaje, que vuelve y choca con el sentido de la fecha, o "en memoria", pero este no es sustantivo entonces tampoco sirve. La idea del luto es la que parece acercarse más a lo que ni se olvida ni se celebra. Con luto puedo uno acercarse a los sobrevivientes y escuchar sus dichas y el eco de sus penurias sin ser condescendiente, sin obligarlos a sonreír para que los voluntarios se sientan satisfechos de su buena labor.

Tal vez en la cultura católica el luto sea más famoso por ser un yugo impuesto a las viudas para que guarden compostura, un formalismo que se purga para volver a la normalidad, y por tanto un recurso finito para lidiar con la irreversibilidad de la muerte. Esta paradoja tiene menos sentido a la luz de la catástrofe, desnuda una batalla perdida contra la nimiedad de la existencia humana. El luto que sigue a la tragedia nunca se acaba, es una conversación que se mantiene ahí presente, y tiene todo el sentido.

Exacto. Una conversación, aunque tarde un año por cada palabra.

sábado, marzo 09, 2013

Descifrar la ciudad


Miguel (@juglardelzipa) escribió un post la semana pasada sobre la inseguridad en Bogotá, ante la popularidad de un trino suyo muy atinado sobre lo malo que es vivir con medio en la ciudad y, sobre todo, a la ciudad. Comparto el mensaje práctico y apoyo el llamado que hace a usar la ciudad sin miedo. Nada más triste que no poder andar por su hogar a gusto, que se vuelva un lugar inhóspito donde las horas permanecidas se le resten a la calidad de vida de sus habitantes. 

Además, no está de más recordar que la capacidad mental de los humanos es limitada y valiosa. Todo el esfuerzo que se le pone a la protección personal es esfuerzo que no se le está poniendo a otras cuestiones mucho más trascendentales. Esa sea quizá otra forma en que la inseguridad se retro-alimenta: exige gastar tiempo pensando en como defenderse, el cual se le resta a indagar sobre la naturaleza de la amenaza—o sobre la improcedencia de la medida de seguridad existente, cómo bien observa Miguel. 

En octubre pasado conocí un investigador español en temas de construcción de la paz que me hizo un comentario al respecto. Había hecho trabajo de campo en Colombia, viviendo en Bogotá por un tiempo, el cual pasó sin mayores sobresaltos. Sin embargo, ahora que buscaba nuevos rumbos laborales, volver al país no le atraía para nada: aunque nunca lo robaron, encontraba opresivo que todo el mundo le dijera que tuviera cuidado, que tuviera que estar en alerta permanente. En Japón, los extranjeros no caucásicos nos acostumbramos a que la gente se asuste de nosotros; pero ahora que estuve en Colombia sentí como hace rato no sentía que también yo debía asustarme del otro. Y sí, es una característica de la sociedad que pesa cuando se considera volver o no al país. 

Ni al español ni a mí se nos ocurrieron entonces soluciones prácticas para cambiar esta mentalidad. El círculo vicioso del “miedo al crimen” es uno bien reconocido, sobre el que existe todo una sub-disciplina académica, a pesar de la cual aún hay mucho por hacer. La invitación de Miguel es valiosa pero es incierto cuanta gente pueda ser convencida de esta manera. Yendo y viniendo en el Transmilenio el mes pasado, pensaba que una estrategia con mejores prospectos es convencerlos de hacerle “free rider” al miedo de todos. Es decir, venderles la idea de que la gente alrededor se cuida tanto que uno puede no cuidarse y aún estar protegido por los ojos alerta de los conciudadanos. Tal vez sea un pajazo mental, pero puede ser un primer paso.

Otra invitación que se me ocurre es a tomarse el problema con espíritu científico. Para aquellos que les interesa el tema y están a tiempo de hacerlo, experimentar y publicar sobre el crimen en la ciudad es una tarea pendiente. Las últimas dos visitas a Bogotá he pasado bastante tiempo en las librerías buscando literatura local sobre seguridad y es un poco desesperanzador lo poco que se encuentra. Lo que hay viene regularmente del derecho—lo que refuerza la queja de Miguel—y carece de robustez y detalle estadístico y casuístico. Con toda la importancia que le dan al crimen los bogotanos, es increíble encontrar tan poca literatura al respecto.

Dicha búsqueda necesita un montón de trabajo micro y puede representar riesgos para el investigador, pero creo que la ciudad lo valen. Habría que ir personalmente a medir, lo que supone exponerse al crimen. Pero otros profesionales como los médicos corren esos riesgos todo el tiempo y es precisamente por ello que son apreciados. Las visitas de Miguel a Guadalupe podrían convertirse en una tesis sobre percepción, realidad y recuperación de la ciudad. A la medida que se sumen resultados, es difícil creer que crezca el interés y fluya el apoyo público y privado—no por nada, las encuestas de victimización las apoya la Cámara de Comercio.

Para poner un ejemplo, hace unos años salió en el Tiempo un artículo sobre la efectividad de los agentes de tránsito en ciertas esquinas de Bogotá. El trabajo consistió en analizar muchas horas de video y ver los efectos de la presencia de la policía. En esa oportunidad, busqué al autor de la columna, un profesor de los Andes que conocía porque trabajaba en contaminación del aire, y él me contactó con un estudiante de pregrado que desarrolló el estudio. El estudiante me contó sobre su curiosidad sobre el tema y como los medios y la misma policía lo buscaron para conocer la investigación a fondo. Con todo lo valioso, parece que el esfuerzo del hombre fue una rueda suelta en la torre de marfil.

Ojalá pronto se le ponga remedio a este vacío mientras que la gente disfruta más de su ciudad.

sábado, febrero 02, 2013

Oportunidades perdidas



Hace una semana Kensuke empezó a montarse solo en su carro de Anpanman. Antes no alcanzaban los pies al piso para impulsarse bien, ni sabía como pasar la pierna al otro lado del asiento sin caerse. Luego un día logró hacer la gracia ayudado de las barras del espaldar, sólo que quedó sentado al revés. Esto no fue mayor tragedia, porque la silla se puede levantar para guardar cosas debajo, así que aprovechó para ir por ahí atesorando bolsas y medias de papá. Luego ya pudo hacerlo de frente, tomar el volante, mover la palanca. Cómo no tenemos carro y casi nunca montamos, creo que por ahora las direccionales no le hacen gracia; y cómo en este país casi nunca se escucha pitar, tampoco el claxon debe tener mayor sentido. Por ahora no se impulsa mucho, pero ya vendrán las carreras y los accidentes. 

Hubo, sin embargo, una reacción al descubrimiento que no me esperaba. Tan pronto entendió que el carro de Anpanman era para ir encima, pasó un tiempo tratando de montarse en su camioncito blanco. Le metía un pie y trataba de sentarse. Le metía el otro y trataba otra vez. Se rascaba la cabeza. Le dio mil vueltas y lloró de impaciencia. La mamá le mostró que ella tampoco podía, lo distrajo y ya no ha vuelto a intentarlo. 

¿Será que venimos al mundo programados para la frustración? Mientras lo veía pelear sin sentido contra lo imposible podía oírlo decir ¡Carajo! ¡Los carritos son para montarse y no me había dado cuenta! Ya me hice muy grande para este, que lástima. 

El suceso se repetirá muchas veces más en el futuro y se siente un poco de dolor contemplarlo. Será lo mismo cuando encuentre interesante uno de los libros que deshojó para siempre. Cuando vea en las fotos a un amigo que le caía muy bien pero del que nunca conservó un número telefónico u otra forma de contactarlo. Cuando recuerde a una novia con la que no llegó a casarse. Cuando trabaje y entienda todo lo que debió haber hecho en la universidad pero no hizo. Cuando tenga hijos y los vea intentado subirse a carros que no son para eso, aunque parezcan. Ahí entonces tal vez recapacite y deje de amargarse un poco por las cosas que no fueron porque quizás todo sea una ilusión y la posibilidad en realidad nunca haya existido.

 O tal vez no. Tal vez sea eso lo que hará por siempre tan complejo el volver.

domingo, enero 20, 2013

Disuasión

n-gramas, gracias a @cavorite


La historia del infierno en la tierra se repite con cierta frecuencia. Las cárceles del trópico son unos lugares tenebrosos, hediondos, siempre a punto de salir de control. La dignidad se esfuma, la integridad corre constante peligro. El peso de la ley alcanza su cenit en otro espacio sin ley. Si Dante fuera nuestro contemporáneo, no tendría que usar alegorías para describir  los círculos del averno. 

Ante esta situación denigrante son los defensores de derechos humanos quienes suelen llamar la atención pública. Sin embargo, esta es una causa desagradecida. Defender la dignidad de los criminales de la sociedad estigmatiza a todo aquel que lo intenta. No sólo el público cree que existen ene mil prioridades en que invertir dineros públicos antes que gastárselos en asegurarles mejores condiciones a los presos; sino que también, gracias a la cultura de la amenaza permanente, medidas extremas como la cadena perpetua y la pena capital ganan adeptos. En otras palabras, mejor hacer jabón con ellos, dos pájaros de un tiro. 

Desde los derechos humanos contestan que existe evidencia sobre la poca efectividad de la pena de muerte como disuasivo. Al contrario, la amenaza de muerte puede promover el uso de la violencia por parte de los criminales—en todo caso, van a morir si son aprehendidos. Además, históricamente la prisión nació como resultado de la inversión de papeles detrás de la pena capital: el que protege mata y el que mata es asesinado. 

Esta lógica tiene incluso implicaciones a nivel geo-político, pues varios autores han repetido que pasa lo mismo con las armas nucleares—el disuasivo por excelencia de las relaciones internacionales. Se dice que Japón no se rindió por las bombas sino que fue un pretexto para "salvar cara" ante una confrontación que ya llevaba perdida y que mantenía a punta de mentiras. Es más, hay quienes hablan del "síndrome Hiroshima", no como el miedo a todo lo nuclear, sino como la excusa que ha servido para que la derecha japonesa se victimice a sí misma, haga a un lado las memorias de su carnicería, y emprenda una vez más el camino hacia la guerra. 

Sin embargo, lo que menos se escucha es que se use esta misma lógica sobre la futilidad del castigo aplicada a las cárceles mismas. Si son tan terroríficos estos antros ¿por qué la gente sigue delinquiendo? ¿Les da lo mismo irse al infierno? Puede que al ser tan terribles, su efecto sea similar al de la pena de muerte en la psiquis del criminal, para lo cual sea necesario construir mega-cárceles (que quien las construye sabe no son la solución). Otros dirán que la cárcel tiene un componente de rehabilitación y re-socialización que no tiene que ver con la disuasión, el cual podría ser cierto, aunque la psicología da pistas de que la gente cambia sus conductos por otras vías.

Lo que es más difícil de digerir es que tal vez las cárceles sean menos necesarias de lo que se estima. Economistas sugieren que incrementar el número de policías sería mucho más efectivo que gastarse los billones en prisiones.

La teoría clásica de la disuasión dice que el castigo debe ser cierto, rápido y severo. Los infernales presidios ponen en duda la relevancia del último, mientras que el efecto "policía" no tiene que ver en principio con el castigo (¿o si?). Si disuadir es el objetivo, hay que buscar en otro lado la naturaleza de su ocurrencia.

sábado, enero 05, 2013

Lecturas del 2012


Alguien dijo en septiembre del año recién despachado que cualquier cosa que uno hace dos años seguidos es ya una tradición. Así, aunque el Hermano Cerdo no se haya animado esta temporada a alojar las bitácoras de sus compañeros de viaje, aprovecho el impulso para desempolvar el anaquel y abrir espacio a lo que ha de venir en el 2013.

El 2012 estuvo nutrido de lecturas rápidas, tanto de cuentos como novelas cortas—que vienen a ser como lo mismo. Dentro de los primeros, los dos libros del año fueron igual de buenos, imposibles de comparar. Por un lado terminé de leer la primera colección de Chejov a la que le echo el diente. Todo lo que dicen del ruso es cierto: su escritura es ágil, brillante y acogedora. ¡Que cercanos al corazón se sienten todos esos hombres, mujeres, niños y caballos!! En lo personal, prefiero ediciones con menos información por página, pero igual recomendado.

Catedral de Raymond Carver es otro clásico del cuento que tenía atrasado. La Wikipedia me recuerda que le gustaba a Bolaño, quien lo compara con Chejov, pero no se si fue por él que me enteré primero de su existencia—estoy seguro que Ricardo Silva lo recomendó por twitter. En todo caso, apoteósico. Carver es parco pero vertiginoso. Las historias tienen temas simples y eso las hace más sobrecogedoras. El cuento del niño en coma es escalofriante.

Novelas hubo de todos los sabores. Ya les conté sobre la más poderosa de ellas, así que comento un poco sobre las demás.

Tal vez la que siguió en potencia fue "La Cena" de Koch. Creo que nunca había leído algo que me produjese una nausea profunda. Durante mi primera juventud pasé bastante tiempo buscando esa sensación con cuentos de terror o temas sórdidos—recuerdo un libro de cuentos llamado juventud caníbal, que fue medio decepcionante. En el cine Saló de Pasolini marcó la pauta pero terminó volviéndose un película de la casa. Este libro, en cambio, con un artilugio borgeano, le pone a uno la sangre y la mierda en las manos. El trasfondo del libro es en teoría de mayor interés para los ciudadanos del primer mundo blanco, pero cualquier adicto a la alta tensión lo disfrutará.

Leí dos libros que me regalaron y, como al caballo, no puedo decir sino que gracias, que muy rico. La Historia Sin Fin me pareció chevere. Ya había leído Momo, y en esta el autor llevo la historia a otro nivel. El juego de colores en la tipografía es entretenido, pero la cosa como que se iba alargando con eso de tener tantos capítulos como letras en el abecedario (inglés).

A Delirio me fue difícil cogerle el ritmo y, cuando ya, pues se acabó. Cuando lo comparo con los cañonazos del año, quedo con la impresión de que estoy dejando atrás el gusto por la experimentación y le doy más valor al resultado.

Leí las tres novelas cortas que recomendó Alejandro el año pasado—para que vean que escribir reseñas si sirve. Las tres estuvieron buenas. Tal vez la de los trenes es un poco surrealista, pero cualquiera amerita la hora o dos que puede tomar leerlas.

Al Buda de los Suburbios lo traía desde que llegué por primera vez a Japón. Por alguna razón que no recuerdo lo cogí cuando salí para Indonesia en septiembre y fue un oportuno compañero. Durante el viaje me intoxique con una sopa de chivo y pasé bastante tiempo en el baño pasando sus páginas. La historia tragi-cómica de los inmigrantes indios en Inglaterra era del todo desconocida para mí, y esta fue una buena introducción.

Fue bueno leer de nuevo a Bolaño y recordar que existió y que hizo de las suyas. Creo que no hay mucho más que decir de él.

Javier Marías me pareció algo que recomendarían en el Malpensante, pero llegué a él por recomendación del blog de economía Marginal Revolution. Me pareció medio soso, repetitivo. La trama tiene algunas facetas interesantes, y la historia secundaria del pirómano en el Museo El Prado es divertida.

Cuando tomé la foto para esta entrada y escribí aquello de desempolvar el anaquel, caí en cuenta de lo poco que usé el Kindle para leer literatura en el 2012. En enero leí la novela Open City de Colé, la cual me gustó y reseñé en su momento. Fue curioso encontrársela en la lista del año de Arcadia, porque se había comentado que traducirla sería complicado—me pregunto si alguien de los que pasan por acá la ha leído. Y no fue hasta noviembre/diciembre que volví a usar el Kindle para leer de nuevo a David Mitchell y su Atlas de las Nubes, sobre el cual también ya he hablado.

En cuanto a novelas gráficas, sigo leyendo The Walking Dead, que va y viene. Este año publicaron el número cien, pero se notó que no estaban preparados para hacerlo especial, lo cual es de cierto modo bueno. En el Hermano Cerdo el año pasado alguien recomendó un historia de sirenas de Rumiko Takahashi—la misma de Ranma—y el Informe a Adolfo de Osamu Tezuka—el mismo de Astro-boy. El segundo ya me lo habían recomendado (y regalado), así que aproveche el impulso y, bueno, aguantó. El final se le iba embolatando pero eso le puede pasar a cualquiera. A Rumiko si no me la aguanté sino un tomo; ahí quedan los otros dos... Al señor del baño japonés, que en el 2012 le hicieron película y todo, hay que leerlo con traductor cultural al lado para encontrarle la gracia, así que también se quedó en un tomo.

Creo que eso fue todo. Fue un buen año, pero siento que es hora de echarle de nuevo el diente a novelas más largas. Tengo tres de esas estancadas y puede que les haya llegado su hora. En los intermedios me gustaría descubrir más cuentos, así que recibo recomendaciones.

Les deseo un feliz 2013 lleno de salud, amor y letras (y números también).

domingo, diciembre 09, 2012

Atlas de las Nubes

Amanohashidate, Prefectura de Kioto


David Mitchell ha escrito un libro magnifico. Lo único es que, si me imagino a mí hace ya casi un año pensando en leerlo, no me hubiese gustado toparme con ninguna reseña. Hay experiencias que se disfrutan mucho más cuando no se tiene la menor idea de lo que espera, lo cuál, entre mejor es la obra, se hace más difícil. Pero entonces ¿qué decir? 

Hace un par de semanas visitamos Amanohashidate, una de los tres paisajes más hermosos de Japón, según el poeta Matsuo Basho. Dado que los otros dos son destinos bastante populares, sorprende que el acceso a este sea tan complicado. Tuvimos que rentar un auto y manejar por tres horas hacia el norte, en el mar de Japón. Se puede hacer en tren, pero las conexiones no son tan buenas. La autopista está sin conectar en la mitad, así que toca meterse por un pueblo antes de subirse de nuevo. El lugar no esta debidamente señalizado y nos pasamos de la entrada antes de encontrar un lugar para parquear.

No tenía ni idea de que era Amanohashidate. Itsukushima, en Hiroshima, es famoso por un portal que durante marea alta queda dentro del océano. Matsushima, cerca a Sendai, es una colección de islotes decorados con pinos japoneses, tan propios del ideal tradicional de belleza de estas gentes, mínimo pero trascendental. De Amanohashidate no existe postal que recuerde. Podría haber sido cualquier cosa: una montaña sagrada, una playa de arenas musicales, un bosque de árboles torcidos. Como nubes que cuentan múltiples historias en su hacerse y re-hacerse.

Fue un buen viaje. No hizo falta un mapa porque el camino se fue haciendo evidente a medida que avanzábamos. El paisaje fue hermoso y las historias que vivimos y nos contamos mientras fuimos y volvimos cumplieron su papel de calentar el corazón. ¿Memorable? Sí, pero no de esa manera en que se pega otra monita en el álbum sólo para llenarlo y ostentar con los demás.  El Atlas de las Nubes está lleno de lecciones sobre como mirar el firmamento. 

Cuando Basho vio Matsushima, la inmortalizó en un poema:

¡Matsushima ah!
¡A-ah, Matsushima, ah!
¡Matsushima, ah! 

Aunque fuese la ruina de los escribidores de reseñas, bueno es encontrarse con libros como este. 

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Nota: Este humilde servidor sólo sufrió por un aspecto del libro: el inglés no es del todo amable con los no nativos. Las traducciones deberían de llegar.