martes, febrero 21, 2012

Ycuá Bolaños


Se acerca el primer aniversario del cataclismo en Japón y el ambiente se va enrareciendo. Por supuesto, no para la gente común, quienes tienen preocupaciones más apremiantes. Tampoco para quienes viven en viviendas temporales o para aquellos a quienes la radiación les es una incertidumbre diaria insalvable. Para ellos la vida no ha dejado de ser otra desde aquel día.

El ambiente se enrarece para quienes, por gusto o por trabajo, siguen dándole vueltas al asunto; aquellos dedicados a preguntar, aquellos que serán preguntados y aquellos que piensan que tienen algo que decir. Desde enero, aquí y allá salen noticias sobre los tantos posibles homenajes. La densidad de conferencias, simposios, talleres, exposiciones, clases magistrales aumenta de manera drástica. Políticos, burócratas y expertos de todos los colores y calañas empiezan a desfilar por estas distinguidas pasarelas, dejando su pedazo de verdad—si así se le puede llamar—como homenaje. Los periodistas empiezan a reptar para atrapar el dato, el personaje, el testamento que hará resaltar la noticia dentro de millones que serán publicadas alrededor del mundo. El panóptico tiene al archipiélago rodeado.

Nada de esto es en particular sorprendente. Los ciclos hacen parte importante de la vida de los hombres y la modernidad con sus expertos y adelantos tecnológicos abren la oportunidad para que muchas voces se alcen—que alguien las oiga es una cosa distinta. Sin embargo, personalmente involucrado en la tragedia, no puedo dejar de preguntar a la almohada el sentido de toda esta solemnidad morbosa.

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Cuando pienso en un aniversario trágico, pienso en Ycuá Bolaños. Los eventos de ese terrible día de agosto en Asunción del Paraguay me dejaron terriblemente impresionado y ahora que me dedico a entender los desastres, el recuerdo me asalta de manera recurrente.

Algunos lo recordarán. Aquel domingo 4 una explosión en la cocina del supermercado desató un voraz incendio. Fallas en el diseño del edificio contribuyeron a la acumulación de grasas y luego el fuego se extendió con rapidez. Los más de 800 clientes se apresuraron a escapar pero su carrera fue corta: las puertas estaban cerradas. Las vidas de casi cuatrocientos personas, la mitad de ellas niños, se perdieron en las llamas, humo y la estampida, y el resto sufrió distintos grados de quemaduras y otras lesiones.

¿Qué se recuerda cuando se recuerda Ycuá Bolaños? Justicia es la palabra que sobresale en Wikipedia o en Ycuá no más, un grupo en memoria a la tragedia. Al recibir noticias del incendio, los dueños ordenaron cerrar las puertas para que la gente no se fuera sin pagar. El juicio de responsabilidad a los implicados ha sido una catarsis interrumpida. En primera instancia, los empresarios estuvieron a punto de recibir sólo una condena leve, pero el revuelo en la opinión pública y la presión del movimiento de víctimas obligaron a los tribunales a reconsiderar la sentencia. Los comentarios en las videos relevantes y en la página del grupo reflejan insatisfacción. Quizá nunca la consigan.

En toda tragedia, después del desenfrenado clamor de justicia, la atención se vuelca a aprender algo del asunto para que la situación no se repita. Cualquiera que sea el resultado en los tribunales o por cuenta propia, la vida jamás será recuperada. No queda otro consuelo que buscarle utilidad al sacrificio. 

Pero este tampoco es un camino fácil porque, ¿qué fue lo que salió mal aquel agosto de 2004 en Asunción? Las consideraciones técnicas son poco reconfortantes. Por tragedias como estas las ciudades están llenas de extintores, y hasta los locales de un solo espacio tienen una seña de salida de emergencia. Estas son lecciones que generan trabajos pero que tienen un alcance limitado. Tal vez los nuevos proyectos arquitectónicos incluyan consideraciones mejores contra incendios, pero mucho de nuestras ciudades ya están hechas y a los edificios no se les pueden abrir puertas. 

En tanto, la idea popular de justicia hace de la exploración profunda del acontecimiento un terreno vedado. Porque lo que salió mal ese día tiene que ver con las decisiones que se tomaron, y cualquier revisión se puede tomar como una expiación de los culpables. Aquel que se atreva a decir que la tragedia no pasó porque vivimos en una sociedad consumista que da más valor al dinero que a la vida se expone a ser linchado—por lo menos virtualmente. Pero creo que esto merece una revisión.

Dudo mucho que ninguna de las víctimas tuviesen menos aprecio por las cosas materiales que los dueños del supermercado. Las imágenes del demonio con el maletín lleno de dinero, así como los discursos sobre los valores son sólo un comodín moral al que le sacan jugo políticos, curas, periodistas y otros tantos llamados al atrio. Es este un discurso vació de un mal abstracto encarnado en los culpables del que todos podemos indignarnos y sentirnos superiores. Sin embargo creo que el problema está en otro lado.

Lo que salió mal aquel cuatro de agosto fue la opinión que los dueños del supermercado tenían de sus clientes. Las puertas se cerraron porque un acto reflejo les recordó que estaban rodeados de enemigos, de criminales. ¿Será que esta opinión cambió un ápice después de cada aniversario? Quien sabe. Por lo menos el anhelo de justicia sigue viendo al demonio en todos lados. 

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Después del terremoto, en el centro de Sendai, un supermercado recibía a sus clientes con una hoja de papel y un lapicero. La gente entonces seguía al almacén, tomaba los víveres que necesitaba e iba anotando precios y cantidades. De vuelta a la caja, el encargado recibía el papel y les pedía a todos que cuando tuvieran tiempo pasaran a pagar. Sin electricidad la registradora no funcionaba y el proceso manual haría muy dispendioso la compra para toda la gente que hacía fila en la calle. Hace casi un año de esa felicidad tan grande.

miércoles, febrero 15, 2012

La violencia (no) es salud

THEY are, typically, young Hispanic or black males; but the victims of gang killings are no more likely to be involved in drugs or other crimes than their non-gang slain counterparts. According to a new study by the Centres for Disease Control and Prevention (CDC), which looked at five cities with high numbers of gang murders between the years 2003 and 2008, drug trading or usage and other criminal activity ranged from zero to 25% of all gang-related killings. Less than 1% of gang homicides were drug-related in two of the cities; Long Beach and Los Angeles, in California. And in three of the cities less than 3% of gang homicides took place during a crime.
Otro poco acá. Es interesante que drogas y homicidios por pandillas no estén relacionados; aporta evidencia para desmentir aquello de que el tráfico de drogas implica violencia. Pero lo que me parece más interesante es que el estudio lo haga el CDC, brazo de la salud pública de EU. Tiene sentido que la violencia se vaya volviendo parte del sistema de salud, aunque son ilusiones porque el aparato de seguridad de los gringos está lejos de aflojar.

domingo, febrero 12, 2012

El mito de la maldad acechante


“You have trivialized our movement by your mundane analysis. May God have mercy on you”
Ayman al-Zawahiri

Varios medios comentaron entre diciembre y enero pasados cierta controversia en las altas esferas de la ciencia mundial. El brazo científico del gobierno de los Estados Unidos le solicitó a dos prestigiosas revistas que se abstuvieran de publicar los detalles de dos estudios sobre la gripe aviar. Hasta el momento no se tiene evidencia de que el virus H5N1 se haya transmitido de persona a persona, pero los dos grupos científicos en cuestión encontraron algunas variaciones genéticas que lo permitirían. Según la agencia estatal, esta información en las manos equivocadas sería demasiado peligroso.

El asunto es importante por las consecuencias que han tenido los remedos de pandemia de la última década. El globo terráqueo está cada día más integrado y una enfermedad infecto-contagiosa exótica puede fácilmente dispersarse fuera de control antes de poder tomar medidas de contención. Claro está, los científicos no quieren porque sí hacer el virus más peligroso; al contrario, al encontrar las formas como los virus se vuelven contagiosos se pueden buscar alternativas para evitar que pase, o para atacar las estructuras que lo permiten.

En un principio investigadores y revistas aceptaron poner una moratoria a la publicación mientras se discutía en la comunidad científica que hacer. (Aunque en ningún lado aparece explicado como es que el gobierno de EU sabe que va a salir en Nature antes de que la publiquen). Aquellos en contra de la censura aducen que la libre investigación hace más dinámico el proceso de generación de conocimiento, lo cuál puede salvar más vidas. Los que están a favor dicen que dada la peligrosidad de la gripe aviar (la cuál es sólo estimada porque con la gripe es difícil contar a los que no se mueren), son más los riesgos que los beneficios.

Es entendible que los argumentos científicos se centren en los riesgos y oportunidades de la divulgación científica, pero creo que vale la pena sentarse aunque sea un minuto a pensar sobre los motivos de la censura como tal: la existencia de unas manos equivocadas.

La imagen es la siguiente: allá afuera hay un grupo de gente que pretende acabar con la humanidad, quienes tienen medios y conocimientos suficientes para hacer recombinación genética en virus, los cuales dispersaran en las principales capitales del mundo occidental tan pronto como sea posible. Entonces, por razones de seguridad, toda investigación que de pistas sobre como se dispersan los virus persona a persona debe ser de acceso restringido. ¿Cuáles son las consecuencias de este modelo anticuado de seguridad? Además del ya mencionado atraso en la investigación, los avances científicos sólo los tendrán los buenos—y tal vez las compañías farmacéuticas que los apoyan.

Se me ocurren dos tipos de manos: las nacionales y las no gubernamentales. Si la censura está pensando en la primera, la idea parece devenir de un tipo de guerra que ya casi no existe. Cuando naciones con ideologías abiertamente antagónicas y poderes similares se iban a la guerra, la ciencia de doble propósito era altamente restringida. De ahí viene lo que llaman el complejo industrial-militar como motor de innovación, campo en el que hoy en día resalta Israel—razón adicional para contemplar un interés comercial detrás de la censura. Pero si esta es la visión que motiva la petición del gobierno, se puede decir que sus razones parecen infundadas. La paz burguesa que se vive en nuestros días ofrece pocos incentivos a los países para malgastar sus recursos en conquistar territorios.

Las otras posibles manos, los tornillos sueltos del mundo, tampoco presentan un cuadro tan perturbador. Es cierto que la gente con formación profesional parece ser la más susceptible a el extremismo dogmático—por lo menos un celebre sociólogo y su colega han aportado evidencia relevante. Pero también es cierto que por más capital y soporte humano que se tenga, el tipo de ciencia que hay detrás de este tipo de conocimiento no es algo sencillo. En un libro sobre los usos políticos del miedo, un periodista canadiense muestra como a pesar de una gran cantidad de recursos y conocimiento, el grupos terrorista japonés Aum sólo pudo producir pocas cantidades de las armas químicas que se proponían, varios de los ataques fueron fallidos y el daño limitado. Estos malos puede que no sean tan buenos para mal usar los avances en virología, para no mencionar lo complicado de distinguir a los buenos y los malos—¿cuántos japoneses estarán en la lista de manos equivocadas?

Como muchos antes ya han observado, lo que en verdad debería producirnos ansiedad es la estupidez. Que en un descuido se pase por alto un protocolo de bioseguridad y se desate una emergencia. Recuerdo un profesor de la universidad que decía sin vergüenza que en sus intestinos tenía una E coli súper resistente a los antibióticos con la que había trabajado en su doctorado. En sus excrementos va una potencial arma mortal ¿pero qué se puede hacer al respecto? En la objeción del gobierno no se ha dudado de la idoneidad de los científicos, más si la preocupación es tal no hay razones para tener fe ciega en ellos.

Creo que en el fondo este problema de censura se debe a una mala pasada que nos juega a los humanos la prudencia como virtud suprema ante una concepción de seguridad que se va quedando desactualizada.

Nota 19/2/12: Las investigaciones serán publicadas; pero el razonamiento parece seguir sin cambiar. 

sábado, febrero 04, 2012

Dos de vaqueros

Cierto mundo de ciertos niños

Entre el año pasado y este, sin querer queriendo, leí dos novelas de autores negros; por casualidad nigerianos los dos. La curiosidad existía desde antes, supongo. (Tal vez desde aquel tomo tercero de "El Mundo de los Niños", el cuál, si mal no recuerdo, cumplió esa importante misión de enseñarme que los niños africanos viven en la selva, en tribus que andan en taparrabos.) Digo supongo porque no escojo mis lecturas por el sexo, raza, u otra característica del autor distinta a que lo pueda leer, y que parezca apetitoso. Y si lo del apetito se le deja a la inercia comercial local, es muy fácil para cualquier sudamericano crecer, reproducirse y morir con la manida imagen salvaje, escrita con seguridad por algún europeo, a la Tin Tin en el Congo.

Superado lo de la inercia, el problema de leer autores del Africa negra es por donde empezar; que del inabarcable universo de alternativas literarias, los libros y sus autores asomen en el momento preciso. Entonces sucedió como con las eclipses lunares, que algunos años no se dejan ver, pero otros años ocurren más de una vez. Los dos libros no podrían ser más distintos, pero como ya va rato sin reseñar, los despacho en una sola entrada.

Medio Sol Amarillo - Chimamanda Ngozi Adichie











Al primer libro llegué por una popular charla que la autora dio en TED. En ella Chimamanda explica precisamente el peligro de quedarse con una sola historia sobre las personas y los lugares. La charla sólo tarda veinte minutos y haría falta otra entrada para comentarla. El caso es que su advertencia sobre la dignidad de las personas con una sola historia resonó con mi búsqueda, así que le di la oportunidad al libro.

La novela cuenta la historia de la guerra de secesión que la República de Biafra libró (y brutalmente perdió) en los cincuentas, desde el punto de vista de un grupo de personas atadas a su lucha: unas hermanas de una familia de clase alta ligada a negocios con el gobierno, el novio británico de una de ellas, el profesor universitario pro-revolución (esposo de la otra hermana) y su muchacho del servicio—a la usanza de Nigeria, al parecer.

La autora se toma el tiempo de presentarnos a cada uno de los personajes en detalle, mientras la tragedia es apenas un eco en el trasfondo. La hermana que se casa con el profesor activista universitario, sufre las presiones familiares pertinentes por dejar prestigiosos pretendientes por aquel idealista. El mucamo recrea su vida fuera de su aldea, y nos transmite otro ángulo de la vida del profesor universitario. El escritor británico—quien supongo es blanco—representa la tensión entre el querer mezclarse entre la gente sobre la que ha querido escribir, y su abolengo. La otra hermana, un ser huraño y misterioso, se encarga de mantenernos al tanto de los intríngulis en las altas esferas de Biafra. Debo reconocer que en esta parte me sentí culposamente desencantado de la novela, tal vez porque estas personas eran tan normales, tan como cualquier otro, que me generaba cierto tedio.

Pero luego se precipita la tormenta de la guerra, y toda esta red de personas, relaciones e ideales son puestas a prueba. La pomposidad del profesor universitario de poco sirve ante la hambruna que deja la derrota. El escritor británico no puede evitar mentir para salvarse. El espiral de infortunios en el que va degradando el conflicto, arrastra a los personajes a su mínimo, más allá de la desesperanza. Es ahí cuando en la narración empiezan a aflorar todos los lugares comunes que se esperarían de una novela sobre una guerra en el África Sub-Sahariana, la miseria, la mezquindad, haciendo evidente la importancia de aquella pausada primera parte.

El contraste asesta el golpe donde es. Y cuando ya cree uno que se ha acabado el dolor, una patada en la entrepierna nos recuerda que siempre se puede estar peor.

Aunque al libro llegué por aquello de la literatura negra, no pude dejar de leerlo como alguien que vivió la tensa calma de un conflicto que no llegó hasta aquellos extremos, pero tal vez pudo. Es decir, me pareció una advertencia para los idealistas justicieros del mundo, aquellos que apoyan todas las formas de lucha desde sus iPhones. Me parece incluso que sería una buena lectura para el colegio, si es que aún leen novelas.

(Si alguno queda con ganas de leerlo, tal vez enriquezca la experiencia leer este obituario del general Emeka Ojukwu, máximo gobernador de Biafra, que en parte explica como se perdió aquel millón de vidas a la testarudez de sus líderes)

Open City—Teju Colé

El segundo libro llegó a mí por la trivialidad de las listas de "mejores vendidos", y por la extraña naturaleza de las reseñas que este ha recibido. El New Yorker o el Economist, elogian la obra pero a la vez no es tan claro que es lo magnífico. El lenguaje, sí, pero de resto la historia no dice nada: un psiquiatra, mitad nigeriano mitad alemán, que camina por Nueva York y habla de lo que se ocurre.

Mientras escribo la reseña, no dejo de pensar en que de no ser por la coyuntura, jamás hubiese leído un libro con tal descripción. De verdad que es una sensación extraña la que dejan cada uno de los capítulos de Open City. Después de alguno de ellos, me quedé en la cama pensando que tal vez algo similar pensaron de Proust sus contemporáneos. Sólo he podido con la mitad del primer tomo de En busca del tiempo perdido, pero Teju Colé me hace pensar que el problema de la divagación es estar lejos de lo que mueve al autor. Me parece semejante la forma en la que ambos se dejan llevar por la sin-historia de sus reflexiones, sus paseos físicos y mentales, las páginas y páginas que se pueden seguir a un detalle que parecía superfluo. Pero mientras lo de Proust es soso a más no poder, las ciudades de Colé son muy de todos nosotros.

Podrá sonar a sacrilegio comparar a Colé con Proust, pero las reseñas lo ponen a la altura de escritores como Gustave Flaubert—de quién no he leído nada, pero supongo que no es muy lejano ¿o me equivoco? La prosa del libro está elaborada con esmero, los adjetivos parecen estar en su sitio, sin que se encuentre tan siquiera uno de más. Las caminatas fluyen como fluye la mente del lector, lo que recuerda que leer es pasear. A veces el movimiento, la calle, el ruido lo es todo, pero un minuto más allá se pierde uno en cavilaciones, algunas veces vanas, otras tantas trascendentales.

No sin ironía, Open City fue todo lo que esperaba de Medio Sol Amarillo: una compleja introspección en la multiplicidad de identidades de un personaje para quien el color de piel es un factor. Pronto el autor logra disipar la importancia de su raza, en un prisma de vivencias y anécdotas bien lejos de la convención: minuciosas observaciones sobre arte, arquitectura, música clásica, por ejemplo. Dala impresión de que los caminantes de las ciudades somos una clase estándar de humano. Así que cuando la raza resurge como algo relevante, resulta que la cosa no es con los negros, sino con todos nosotros. Incluso, en un aparte mientras el personaje principal dialoga con el ilustrado magrebí encargado de un café internet en Bruselas, el autor reflexiona sobre la maldición de un árabe intentando escribir como occidental en Europa. Un elegante artilugio del autor para reflexionar sobre su propia condición— o por lo menos eso me parece a mí.

Para los que aún no se convencen, sepan que el libro tiene su pequeña zancadilla hacia el final. No es para nada un hilo conductor, pero que el libro tenga una pequeña historia de más de un capítulo le dio contentillo al psico-rígido interior.

Los escritores de reseñas dicen que la traducción del texto será una proeza. Vale la pena el esfuerzo.


martes, enero 03, 2012

Año nuevo, vida nueva


Que en el 2012 el balance de alegrías y adversidades esté a su favor.

Perseverancia y fortuna.


viernes, diciembre 23, 2011

El Catador de Embutidos

Segundo tomo de la pentalogía de la incompletud

(hoja rasgada por la mitad, numerada con un tres)

...para siempre perdida. Quizás

sábado, diciembre 17, 2011

DDHH: Aquella nueva vieja utopía

(Hace más de dos meses empecé a escribir esta reseña y si no la publico así, a medio acabar, luego se pierde. Disculpas)

¿A quién no le gusta hacer parte de una gran narrativa histórica? Saberse heredero de la fuerza y la sabiduría de una civilización capaz de proezas deslumbrantes; pertenecer a aquella estirpe que en determinado momento jugó un papel fundamental haciendo del mundo lo que es y será; verse legitimado a emprender proyectos hercúleos, en la frontera de lo imposible; dar opiniones sobre lo humano y lo divino, separar el bien del mal.

Muchas de esas historias pululan en el día a día. Historias de patria, de raza, de clase, de religión. Ideas que usamos de escudo y bandera para sortear las incertidumbres profundas de la existencia, algunos incluso para ganarse la vida. Entre estas podemos contar también la idea de los derechos humanos: esa visión utópica de una humanidad en plenitud, aquella certificación que expide cada año los Estados Unidos, ese cubil en Naciones Unidas donde africanos y asiáticos discuten sobre la verdad del holocausto, contundente leitmotif que adereza los reportes de sufrimiento alrededor del mundo, esa compañera habitual de la indignación. El conjunto es particular, no hay duda, pero eso sólo hace más intrigante conocer los recovecos en la evolución de una idea tan poderosa a la hora de mantenerse a la altura moral de la época.

Pero ¿y si no existe tal legendaria historia? ¿En qué quedamos si los derechos humanos resultan ser un movimiento que apenas empezó en los setentas? Porque ese es precisamente el principal hallazgo de Samuel Moyn, un historiador de la universidad de Columbia que se dio a la tarea de construir por primera vez esta historia. Si, por primera vez, porque aunque sería falso afirmar que es escasa la literatura sobre los derechos humano, todo lo contrario, Moyn se encuentra con que los especialistas presentan aquella historia de la misma manera como antes se presentaba la historia de la iglesia. Es decir, verdad revelada, algo que en lugar de ser inventado es descubierto. Moyn dedica entonces el ochenta por ciento de su libro a desmentir uno a uno los mitos fundacionales de los derechos humanos, y al final dedica un momento a responder la pregunta de marras.

El primero y más famoso origen de los derechos humanos es la larga discusión sobre la existencia de derechos naturales, la cual empieza con los griegos y se materializa en los derechos del hombre y la revolución francesa. Dejando a un lado lo que en la práctica resultó de dicha revolución, Moyn muestra cuan distinta es la naturaleza de ambas ideas. Mientras que los derechos naturales y del hombre sirvieron—y aún sirven—para fundar la idea del estado, los derechos humanos buscan, por el contrario, trascenderlo. Los derechos naturales aparecen ya en Hobbes con el fin de fortalecer al Leviatán. Así aparecen en la constitución estadounidense, entre otras. Incluso Marx presento en su obra los derechos del hombre como parte del problema, no de la solución. La idea romántica que ensalza a los pensadores franceses con la moral mundial de hoy en día carece de fundamento real.

El referente por antonomasia de los derechos humanos es la Declaración Universal que acompañó la creación de las Naciones Unidas pero, como comenta un observador, la idea murió en el proceso de su nacimiento. Los derechos humanos aparecieron como un eslogan de la guerra, una razón para apoyar a los Aliados. Sin un contenido definido, la idea sirvió a Roosvelt para promover sus ideas, algo así como las famosas 'locomotoras'. Luego, la creación de las Naciones Unidas tuvo por objetivo lograr una balanza de poder, no moralizar el mundo. Una vez claras las reglas de funcionamiento del Concejo de Seguridad, el resto fueron adornos. La formulación de la declaración fue percibida desde el comienzo como "occidental", y de su votación se abstuvo el gobierno soviético—síntoma de cosas por venir.

Sin embargo, los detalles que más convincentes de la historia de Moyn tienen que ver con la irrelevancia de la Declaración después de su aprobación. Mientras los cristianos, que antes se oponían a los derechos porque a través de ellos se creó el estado secular, empezaron a apoyar los derechos humanos—prueba de que los humanos son hijos de Dios, no del estado—ningún pensador en ese momento le interesó promoverlos, defenderlos, o tan si quiera definirlos. Las misiones humanitarias de NU que se siguieron no usaron los derechos humanos como bandera, y tanto los resultados de los juicios de Nuremberg y la convención contra el genocidio fueron concebidas en su propio marco de ideas.

Los derechos humanos tampoco surgieron con los movimientos anti-coloniales y de autonomía que se sucedieron en la posguerra. Muy al contrario, argumenta Moyn, estos surgieron en parte debido a la crisis de estos. Las campañas de liberación no usaron la idea de los derechos humanos, aunque sí la de los derechos del hombre, en tanto que servía de sustento para crear sus propios estados. Los idealistas de pies en la tierra al comienzo apoyaron los alzamientos en armas que siguieron al anti-colonialismo, pero pronto tuvieron que repensar su posición, ante las guerras, dictaduras y estados totalitarios que siguieron aquellos sueños de libertad.

Moyn encuentra el germen de lo que hoy llamamos derechos humanos en los disidentes del régimen soviético en los sesentas y setentas. Por ejemplo, Andrei Dmitrievich Sakharov tituló su discurso al recibir el nobel de paz en 1975 "Paz, Progreso y Derechos Humanos", leído en su ausencia por su esposa. La idea es simple: ante el fracaso de las grandes ideas, "volver de los problemas globales a la defensa de los individuos".

Claro, la cosa en Latinoamérica no podía ser sencilla. Los derechos humanos fueron usados por OEA después de expulsar a Cuba, mientras se hacían los de la vista gorda con otros regímenes. Por otro lado, la iglesia en los estados militares como Chile, se acogió a la idea de los derechos humanos para intentar hacer contrapeso a las atrocidades en su propio patio.

Entre tanto, la conferencia de los 20 años de la Declaración Universal en Teherán terminaba en un soberano fracaso. Los derechos humanos también aparecen en los acuerdos de Helsinki, que buscaban reducir las tensiones a ambos lados de la cortina de hierro, pero esta sección del tratado, según Henry Kissinger, importaba un pepino.

Parte del problema, académico por lo menos, radica en la dificultad de introducir en el derecho internacional a los individuos a la par de los estados, su objeto original de estudio. A esto Moyn le destina otro capítulo de su estudio, delineando los argumentos que disuadieron un apoyo temprano a la idea, que sólo surgió hasta que el movimiento fue creciendo por si solo.

Moyn cierra haciendo un balance de las tensiones que soporta esta última utopía en pie. Mientras la idea de los derechos humanos se consolidó por su minimalismo, más allá de lo político, bajo su sombra se han ido acumulando asuntos que no corresponden a esta naturaleza. Pero esto es algo que los seguidores del movimiento aún no aceptan. Es una elección dura: dejar la moralina y reconocer su nuevo carácter político, o retroceder en sus exigencias. En mi opinión, ninguna de las dos parece posible, aunque me inclino por la segunda. Como admite el autor, quien prefiere la primera, que sólo haya quedado esta, no quiere decir que en el futuro no habrá otras utopías. Mi apuesta va por esas utopías invisibles.

Un muy buen libro, sobre todo para los escépticos.