sábado, febrero 24, 2007

Los Inquietos

¿Si la obligación de esconderlo no fuese sino otro aspecto del deber de confesarlo?
Michel Foucault,
La voluntad del saber, Historia de la Sexualidad

Especial de temporada,
zona caliente de Sendai

Este es un post complicado, de dos historias que van juntas en mí pero difieren en tiempo. Lo que llaman diacrónicas, en contraposición a sincrónicas. Un ejemplo: hace tiempo leí sobre un escritor que entrando a un país x, en inmigración le preguntaron “¿es usted polígamo?”, y el replicó “Perdón, ¿diacrónica o sincrónicamente?”. No quedó claro, ¿verdad? Bueno, el caso es que las dos ocasiones que les refiero a continuación, me han dado pie para deleitarme imaginando posibles frustraciones de auto complacencia, y como es una de las dos cosas que más me gusta hacer en la vida – imaginar, imaginar – aquí van.

Clase de lectura japonesa. Cecilia entra al salón y deja sus cosas en el asiento del lado. Ellas son un arrume de papeles y un video. Argentina, menuda, es profesora de español en la universidad - lo que explica porqué lleva estas cosas – y aprovecha su tiempo libre para aprender el idioma, como todos. Empieza la clase y, de repente, la japonesa cuarentona que tenemos enfrente se detiene al encontrarse el video junto a Cecilia. Entonces pregunta:
- ¿Ese video es suyo?
- De la biblioteca, para mi clase.
La japonesa intenta decir algo pero se atora, mira de nuevo el video, ojea la reseña, nos pone nerviosos, hasta que al fin suelta:
- Yo se que usted es una persona buena, que es para su clase, pero no debería andar por ahí con esas películas. A los niños no se les pueden mostrar esas cosas, y si alguien la ve por ahí cargándola van a pensar que le gustan esas cosas, usted sabe, las mujeres desnudas. La compañía que distribuye esta cinta es famosa por ese tipo de películas, así que cualquiera que la viera sospecharía de usted. Si fuera un hombre, digamos – un pequeño silencio y, en medio de la multitud, mi nombre – pues es normal que cargue este tipo de películas, las lleve solo para su cuarto y, bueno, que pase una noche divertida. Pero, Cecilia, no es recomendable que una profesora ande por la universidad cargando una de estas.

Todo el discurso fue acompañado por las risas de todos, incluso algunos pidieron permiso para ojear la cinta. Al terminar la clase, Cecilia me comentó de que se trataba el asunto: Como agua para chocolate.

La anécdota me dejó dos inquietudes. Resulta que coincidencialmente, meses atrás un amigos mexicano, en uno de esos característicos arranques de nacionalismo que les son propios, me regaló una copia de esa película, dejando en claro que era la que más le gustaba de las hechas en su tierra. De modo que el asunto de la distribuidora podría pasar a ser un asunto diplomático. Además, ¿Cuántas japonesas se privaran de ver esta maravillosa historia de amor, a ellas que tanto les gustan? ¿Y cuántos japoneses se verán conmovidos hasta las lágrimas en su tal vez frustrado tributo a Onán?

La otra historia es la de una tarde perdida, tal vez hace dos años, esperando bus en la décima con Jiménez, nudo pop de mi querida Bogotá. En el habitual estado de alerta que demanda la zona, me sentí atraído por una larga hilera color carne que me llamaba desde la vitrina de la Panamericana. No es que sea un color extraño a la actividad comercial de la vecindad, pero ese estilo Ámsterdam en tan reputado lugar ameritaba el riesgo de descuidarse. Al acercarme me encontré con todos los posibles kamasutras – el tántrico, el animado -, los conozca su pareja, los secretos de alcoba, diccionarios del uso y manuales técnico-eróticos que puedan existir. En las portadas predominaban esos desnudos casuales de parejas caucásicas, de peinados ochenteros y risas a medio camino entre la chirigota y la vergüenza, que falazmente procuran transmitir esa confianza en la desnudez y el éxito lúbrico buscado por el comprador, y que a más de uno lo obligará a ponerle un forro o a esconder el dichoso libro (no puedo dejar pasar la ocasión de recordar el único género que supera en hilaridad esta generación de portadas sexi-educativas: las escenas soft porno que ponen en los noticieros cuando pasan un noticia sobre setso) Mas, entre ellos, una aparición: pequeño, blanco con tres pares de labios multicolor en la portada, el primer tomo de la historia de la sexualidad de Michel Foucault.

(Michel Foucault es uno de los principales filósofos franceses del siglo xx, y la Historia de la Sexualidad su última gran empresa, truncada en el tercer tomo por su muerte a comienzos de los ochenta)

Aún paso tardes fantaseando con aquel que compre ese precioso ejemplar. ¿Acaso un pudoroso urgido que no se toma el tiempo de mirar lo que compra por el peso de los dedos imaginarios que lo señalan y lo hacen sentir pecaminoso? ¿o tal vez un intelectual de cafetín decidido a buscar en la historia alguna vieja táctica que le traiga nuevos éxitos? ¿Uno de esos que piensan que todo tiempo pasado fue mejor? ¿Un amante que quiere dar una indirecta? Las miles de posibilidades no pueden ser más deliciosas.

Lo más irónico es que quizá todas las respuestas buscadas por mis curiosos imaginarios están, de uno u otro modo, en ese tomo, que obviamente traje conmigo.


¿Pero por qué traje ese libro conmigo? Tal vez esta pregunta tenga la misma respuesta que la segunda inquietud que me dejó la primera historia – les advertí desde el principio que era una historia complicada –: ¿por qué diablos a la profesora de japonés le dio por ponerme de ejemplo?



Los caminos de la Voluptuosidad son inescrutables…


Inquieto,

panÓptiko

4 comentarios:

Olavia Kite dijo...

Tengo una novela en vivo que contarte.

freddy abel dijo...

Seguro usó su nombre porque usted estaba cerca..... o....

Diego dijo...

¡No mijo! Como me dijo mi compañero de doctorado del laboratorio cuando le conte habia conocido un profesor que iba a publicar una revista sobre problemas sobre energia en Africa y America Latina y que estaba interesado en incluir mi trabajo alli. ¡Eso es el destino!

gaijinco dijo...

Ah Oscarín la vida está llena de pequeñaz historia maravillosas. No hay que pensarlas mucho, simplemente vivirlas.