Se dice que los reporteros gráficos no están en la obligación de intervenir en las tragedias que están pasando en su presencia. El suyo es un fin ulterior: comunicar la dimensión de la situación al público general para que este reaccione y ayude en masa. Lo poco que podría hacer el reportero, solo ante la adversidad de los otros, se multiplicará miles de veces cuando el resto de la humanidad se entere de lo que sucede. Esto los exime, por lo menos en teoría, de la obligación moral que el resto de mortales dotados de empatía sentimos.
El argumento no se lo he escuchado directamente a un reportero, pero creo que hace parte del imaginario colectivo. Yo lo escuche de quien parecía un diplomático mientras coincidíamos en una imagen de una exposición fotográfica sobre el tsunami. En la imagen se veía una mujer en el techo de su casa, abrigada con una cobija, mirando a la cámara en medio de ese mar oscuro que ocupaba el resto del encuadre. Dije en voz alta que debería ser muy duro estar tomando aquella foto y no poder hacer nada por ayudar a aquella mujer. El diplomático soltó el argumento del fin ulterior, totalmente convencido de tener la razón—tal vez por eso pensé que era un diplomático. Intenté defender mi opinión contándole la historia de Omaira después del desastre en Armero, pero me di cuenta pronto que necesitaría aquella otra imagen para hacerme entender. Sonreí a su gesto condescendiente y seguí a otro panel.
Pensándolo con detenimiento, el argumento del fin último debe provenir de otros tiempos, de la era de oro de la imagen. Antes, cuando no había cámaras en todos lados y sólo se transmitían las palabras, seguramente una imagen era capaz de cambiar el rumbo de la historia. Pero ahora que estamos saturados y que se han entendido los límites de lo que la imagen puede decir sin desinformar, ¿tendrá aún sentido eximir de responsabilidad a los observadores de oficio?
Jonathan Katz, un periodista de AP que trabajaba en Haití cuando ocurrió el terremoto, no está tan seguro. Durante las primeras horas de la emergencia, acompañado de su guía local, Jonathan recorrió el infernal Puerto Príncipe intentando asimilar la dimensión de la debacle y transmitirla a su audiencia alrededor del mundo. En un momento intentó ayudar a alguien que buscaba dentro de una de tantas montañas de escombros. Iluminó el interior del arrume con el flash de su cámara pero no logró ver nada. Sólo mucho después pudo ver que en las dos fotos que tomó una persona se movía. Estaba viva, pudo haber ayudado. Después de la experiencia cree que por lo menos existe la opción, que nunca se sabe.
Durante la etapa diecinueve del Tour de Francia, un corredor dio al piso en una bajada empinada. Los comentaristas llevaban rato advirtiendo que el trayecto era peligroso y que la llovizna que caía hacía más traicionero el descenso. Lo que sucedió fue inesperado: la moto que seguía al ciclista se detuvo al ver la caída. Al parecer el conductor llevaba la cámara encima porque la transmisión siguió mostrando al ciclista incorporándose con dificultad y al copiloto acercarse a intentar auxiliarlo. A decir verdad, no parecía que el copiloto pudiese hacer mucho en el momento, pero de alguna manera la carrera se sintió más humana.
Mientras en las sociedades tranquilas hacen falta las noticias perturbadoras para mantener el interés de la audiencia, en las zonas convulsionadas se buscan los sucesos positivos para no espantarla.
Nada nuevo para el ciudadano promedio colombiano, pero aplica igual para Japón después del desastre de 2011. Ante la tragedia, las noticias en la televisión y en los periódicos locales siempre incluían alguna nota sobre un encuentro, un nacimiento, algo que sirviese de asidero en la incertidumbre.
Esto no duró mucho tiempo en los periódicos nacionales, que volvieron pronto al modo 'crisis en medio de la normalidad' que ha caracterizado el cubrimiento de lo relacionado con la planta nuclear. Sin embargo, aún dos años después del desastre, la búsqueda de noticias alentadoras aún se sentía en las zonas costeras del noreste.
Uno de los periódicos que ojeé durante mi estancia en Ofunato traía en primera página la noticia de un premio a una estudiante de bachillerato. En Japón no es tan común el reconocimiento individual como el colectivo, así que la noticia me llamó la atención de inmediato. De hecho, resulta que es el único reconocimiento que otorgan los colegios a los graduandos: el premio a no faltar a ninguna clase (皆勤賞—kaikinsho).
En ese momento pensé que dicho premio debía ofrecer una oportunidad de oro para investigar si se ve reflejada o no la asistencia escolar en los logros durante la vida de los estudiantes. Si existían archivos sobre los estudiantes premiados, como efectivamente parecen existir**, se podría hacer un muestreo aleatorio en diferentes generaciones y hacer una encuesta sobre diversos aspectos del desarrollo personal. Me alcancé a imaginar haciendo regresiones que seguramente encontrarían lo que me parecía apenas lógico: no faltar al colegio no estaría correlacionado con el éxito.
La idea me quedó dando vuelta varios días en la cabeza. Semejante es el tamaño de mi estupidez.
¿Cuál sería el aporte de dicho trabajo al saber? La zona del desastre ansiosa de esperanza y yo pensando en poner a prueba la relevancia de sus voces de aliento.
Por supuesto, el sistema es mucho más inteligente y yo soy un gran ingenuo. Claro que todos saben que el premio no implica nada para el futuro de los que se lo ganan. Es la virtud detrás de estar ahí todos los días lo que se busca inculcar en los estudiantes: la virtud de ser responsables con el mínimo que es exigible a todos por igual. Sin importar los resultados, la sociedad está mucho mejor si cada uno de sus miembros reconoce que es admirable estar donde se debe estar todo el tiempo. La vida se encargará de premiar a los que sean exitosos, a quienes sus capacidades los harán merecedores de muchos otros logros y distinciones. En cambio, estar en el colegio todos los días es lo único que se podría dar por descontado, pero es eso mismo lo que lo hace valioso cuando se le mira en el largo plazo. ++
Luego, cuando le pregunté a Hiroko, me dijo que ella estuvo a punto de ganarse el premio en bachillerato, pero prefirió faltar unos días porque los que se ganan el premio dan la impresión de ser super saludables—¡no les da ni una gripa!—y eso no le parecía tan deseable. Después de un rato, confesó que ahora de adulta lamenta no haber recibido el premio.
Creo que no hay mayor premio que vivir en una sociedad donde es posible que exista tal premio.
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** En la página de Wikipedia del premio dicen que algunas escuelas esculpen el nombre de los estudiantes premiados en un mural de piedra conmemoratoria que se encentra a la entrada. Nunca he visto alguno. Sin embargo, también dice que otros lugares son menos rígidos en la definición de una falta para evitar los problemas que conlleva competir por el premio—sobre todo epidemias.
++ Otro ejemplo de estos premios son unos pases especiales que les dan a los conductores que no cometen ninguna infracción durante los 5/10 años que dura el documento. Estos, claro está, no salen en el periódico.
"La mujer se apretó contra el niño con una fuerza que sólo los obreros del Sonderkommando habrían podido valorar: cuando vaciaban la cámara de gas nunca intentaban separar los cuerpos de los seres queridos estrechamente abrazados."
Vasili Grossman escribió un libro colosal, que lamentablemente nunca vio publicado. Tal vez hasta dio por perdido. Es la historia de la Batalla de Stalingrado vista desde los ojos de múltiples personajes en distintas posiciones sociales, militares y políticas, muchos ligados a una familia rusa con raíces judías. Sus más de mil páginas son un testamento de la complejidad de la guerra y las incongruencias profundas del régimen soviético.
La extensión del libro es una necesidad que tal vez muchos de los jóvenes lectores no sabían que les faltaba. Sólo las voces de varias docenas de personajes pueden ofrecer una visión tan siquiera cercana a lo que es la guerra. La idea cinematográfica de la guerra, aún la que intenta ser más fiel a los hechos, no puede evitar caer en lugares comunes: dar mayor peso a la acción, cuando mucho más tiempo se pasa en calma, así sea chicha; la imagen y el video no pueden dejar de concentrarse en el campo de batalla, mientras que la vida sigue a su alrededor a pesar de la tragedia; la épica de la guerra se encarga de crear héroes y alimentar egos, cuando son mucho más los anónimos que comparten el escenario y juegan sus minúsculos papeles en el trasfondo, como todos, y cuya sumatoria de vidas es en últimas la guerra. Todo eso dicen que lo había logrado Tolstoi con Guerra y Paz, hazaña que Grossman repite en el contexto de la Segunda Guerra.
Grossman no ahorra páginas explorando la humanidad de sus personajes. Irracionales, llenos de dudas y de nostalgias, cada uno de los personajes enfrenta la guerra con un pie en su patria y el otro en sus dramas personales. Gran parte de los diálogos de los miembros del ejército giren en torno a la comida y la bebida, añorando a sus familias, sus amores, compartiendo la alegría o la tristeza de las cartas que llegan o que no, haciendo planes como si hubiera mañana. Desde las ciudades se piensa en el frente, pero no en la estrategia, sino en los hijos, hermanos, madres y compañeros que el manto negro de la guerra a sumido en la incertidumbre. Las victorias son de la patria, las pérdidas siempre personales.
El enemigo muchas veces, más que una presencia maléfica, aparece en la novela como todas esas rupturas con el fluir de la vida. Esto con excepción de las partes describiendo el campo de concentración y la cámara de gas, las cuales son un crudo testamento de lo que aquellos sitios fueron. Deben existir muchos otros relatos novelados de este episodio funesto de la humanidad, los cuales no he leído porque creo que la ficción tiene poco que decir al respecto, pero el libro de Grossman hace un gran trabajo en el retrato personal con el que aborda el tema.
Hay otra cuestión que sólo la extensión del relato permite transmitir: el totalitarismo del sistema soviético. Presentando al enemigo en la batalla como una presencia insustancial, la tiranía del régimen se hace más evidente. Cada personaje tiene que enfrentarse con las ordenes que el estado de guerra les impone, y con la manera indirecta en que los ojos de los demás parecen atentos a cualquier reproche para ponerlos en la picota pública. El miedo a decir, a ser malinterpretado, o el remordimiento que trae lo dicho, así sea por descuido, es algo que la novela logra transmitir hasta el agotamiento psicológico del propio lector. *+
Una de las reflexiones de las lecturas del año pasado fue lo fuerte que se sentía leer sobre problemas contemporáneos. Vida y destino me recordó lo poco que se de la guerra, peor aún si tenemos en cuenta que para los que vivimos afuera, haber nacido en Colombia significa saber de ella. No es una cosa consciente, producto del estudio del conflicto, sus causas y sus consecuencias. Es más una presunción de los demás que luego el emigrante internaliza. Nació y vivió en Colombia, Colombia lleva mucho años en conflicto, ergo sabe. Tiene que saber. Tiene que tener una opinión. Puede que nunca lo haya tocado particularmente, el colombiano ha experimentado los horrores de la guerra interna, no tener idea de lo que sucedió y sigue sucediendo es impensable.
Lean Vida y destino, lean antes y después a Juanita León. Entierren la guerra conociéndola.
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No puedo dejar de pasar la oportunidad de recomendar una vez más la columna que Orwell escribió sobre la autobiografía de Ghandi. Es un texto muy profundo que dice mucho de estos dos personajes que parecen extremos opuestos de la decadencia del imperio británico, pero que une la conciencia de dicha decadencia. La más aguda crítica en el artículo es que una protesta como la de Ghandi nunca habría tenido efecto en un régimen como el soviético. Vida y destino muestra una vez más que tan atinado fue Orwell.
Esta entrada la escribí entre octubre y diciembre del 2009 mientras visitaba la región de Bicol, en Filipinas, y por suerte también su hermosa volcán. Después de aquella visita la bella Mayón estalló una vez más, y ahora que lo hacede nuevo, aprovecho para recordarla y cortejarla.
Mayon, Ferias y Fiestas
La ciudad de Legazpi esta llena de sorpresas, y no es sólo el precioso volcán que la domina. Por ejemplo, sus habitantes consumen una exótica cocción de arroz, puerco y vegetales que envuelven en hojas de plátano; plato este al que le llaman tamal. La presidente de la Universidad de Santa Isabel se llama hermana Asunción Evidente; el director de la Comisión de Estudios Superiores se llama Dominador; también conocí a un Ramoncito y a un profesor Emilio Valenzuela. Además, este fin de semana el pueblo se reúne en torno a una serie de eventos culturales, lo que llaman fiesta, a la vez que se ensambla un grupo de quioscos en la plaza, donde se pueden comprar comida, chucherias, o apostar a juegos de destreza, recinto este al que se le conoce por el nombre de feria.
Sin embargo, no se puede permitir que las sorpresas aparten nuestra atención del cono casi perfecto de Mayon - que en Bicolano, el lenguaje de la region, significa "hermosa" - porque ella puede irritarse. Y es que como tantas hermosas, esta también es bastante, como decirlo, explosiva. El siglo pasado, la venerable Mayon hizo erupción más de diez veces. Entorno a su redondez se puede apreciar el sendero de sus jugos ardientes de lava, piedra y lodo. Lo poco que sobresale de la iglesia de Gagsaua en el horizonte, lleva doscientos años recordando a los creyentes que Mayon no sabe de santuarios. De hecho, ahora se encuentra ligeramente indispuesta, no permite que se le suban encima, y permanece un poco nublada.
Mayon esta rodeada de cocotales y campos de arroz, pero, para sorpresa de todos, en la región no existe el arroz con coco. Una de las poblaciones que se rinde a sus pies se llama Tabaco, pero no por la planta, sino por el vocablo tabac, que significa machete. Tal vez inspirados por la irascibilidad de la doña, o tal vez por su fuego, los tabacanos (?) desarrollaron una industria artesanal de artículos de metal. Esta incluye todo tipo ollas, cacerolas y utensilios de cocina, pero sin lugar a dudas, por su uso y el prestigio a él asociado, el tabac ocupa un lugar privilegiado. De hecho, si le preguntan a cualquier lugareño, podrán escuchar historias de los distintos samurais que han morado en la región por tiempos no tan inmemorables.** Más allá de la locación geográfica, Filipinas siempre ha buscado razones para sentirse más asiático.
Pero si se trata es de conocer como la furia de Mayon les hierve en la sangre a los bicolanos, no hay mejor lugar que una gallera. La danza brutal de las plumas coléricas parece de lejos el salpicar de la lava hirviendo. La turba se aglomera cada domingo, después de misa, alrededor de este otro templo, a rendir culto al fuego, a desfogar sus emociones, y a hacerse tal vez algunos pesos. El ambiente cargado de sudor, excrementos, sangre y arena envuelve a los convocados. Las aves son azuzadas en el cuadrilátero hasta que su ira se enciende. Sendas cimitarras refulgen en sus espuelas. Entonces la naturaleza del volcán hace presencia y encarna en la masa dorada de los gallos en duelo. El acto dura pocos segundos. Cuando alguno queda tendido, el referí les alza por el lomo, les enfrenta de nuevo en el aire para ver si algo de la magia remanece, y les suelta nuevamente. Pocas veces el que queda tendido habrá de pararse de nuevo. Tan fugaz y frenética es la lucha, que la única manera de apreciar la virtud de los ataques del ganador, es desplumando a su víctima. Los cultistas examinaran con detenimiento el cadáver desnudo, colgado de las patas, e intentaran sacar alguna enseñanza sobre el arte de la espuela que les de la ventaja la semana siguiente. Por último, en acto solemne se comerán la evidencia de la furia del volcán quien, cuando así lo dispone, con su brasa se lleva el alma pero deja la carne para sosiego del resto de los mortales.
Con todo y su efervescencia, los moradores de la zona no consideran a la doña su principal amenaza. Si se les pregunta por su seguridad enseguida mencionaran a las guerrillas comunistas que se refugian en las montañas de la estrecha región de Bicol. Alguno sugerirá que esos demonios vienen de las entrañas de la hermosa, pero desafortunadamente la cosa es bastante más complicada. Cuando los habitantes se permiten un desliz de sinceridad, reconocerán que cualquier uniforme produce desazón.
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** Me pregunto si esta destreza con el metal está conectada con la pujante industria casera de armas de fuego. Recuerdo que en Colombia de vez en cuando se hablaba de armas hechizas, pero nunca de nada en masa. Los filipinos, hasta donde entiendo, sí alcanzaron otro nivel de sofisticación—aunque me parece que no han llegado a construir submarinos. Un tema para una tesis en historia de la tecnología tropical.
Esta entrada llega casi dos meses tarde, no sin vergüenza. El 28 de febrero salí de Kyoto a Fukushima para pasar un par de semanas en la zona de desastre y ver como seguían evolucionando las cosas. El plan era llegar a Minami Soma y dar una vuelta por la antigua zona evacuada alrededor de los reactores nucleares, luego subir a donde unos amigos en Tome, Miyagi, pasar el fin de semana de voluntario en Ofunato, Iwate, y luego visitar Sendai hasta el 11 de marzo. Además de recolectar testimonios adicionales para la investigación, llevaba el firme propósito de escribir una entrada para la fecha, en la cual se viera reflejado todo el trabajo y reflexión de estos dos años.
Suele pasar que las grandes expectativas terminan en frustración. La magnitud de la tragedia y el caos de sentimientos que aún se siente después del triple desastre desafían el poder de lo que las palabras pueden decir. Es tan contundente esta sensación, que me parecía imposible que algo pudiese ser dicho sin perturbar la memoria de los muertos y desaparecidos, sin ofender a sus seres queridos y a los que aún sufren. El silencio parecía más delicado, más diciente, pero es difícil de imaginar que el mundo calle por más de un minuto. Quedaba entonces escuchar, ver, leer lo que los demás tenían que decir.
Dos detalles me llamaron la atención. Primero, el afán de llamar al público a no olvidar la tragedia. Esto tiene múltiples intenciones, todas buenas: insta a los políticos a darle prioridad a las tareas de reconstrucción; así mismo motiva al público y al sector privado a apoyar el proceso y las iniciativas locales para reinventar las áreas afectadas; además, el miedo a otra tragedia semejante se supone que persuade a la gente de prepararse mejor antes de que sea tarde.
No obstante, este no es un mensaje para las personas que viven en Fukushima, o en las costas de Miyagi e Iwate, para quienes perdieron a alguien o fueron desplazados de sus pueblos, tal vez de por vida. Es odioso encontrarse con esta petición contra el olvido mientras se está en un hogar temporal, evitando tocar las paredes del container por lo frías que se ponen en invierno, hablando pasito para que no escuchen los vecinos.
Sin duda son más los que necesitan ser recordados, y puede uno hacerse el de la vista gorda cada vez que se repite el llamada. Aún así, parece imposible de creer que la fecha en sí no sea suficiente para que recordar la tragedia. Si la gente necesita ser advertida contra el olvido, los otros 364 días parecen más apropiados.
El otro detalle provino de adentro. El deseo de escribir algo más trascendental me obligó a cuestionarme el cariz de cada una de las palabras que se usaban para anunciar el evento. Una barrera infranqueable apareció desde el comienzo: tan odioso como pedir que no olvidaran la tragedia parecía aquello de llamar a la fecha un aniversario.
En español, aniversario tiene un significado en apariencia neutro, mero indicador de años, pero su uso tiende a lo positivo. ¿Qué opinan? Tal vez sea porque los aniversarios se celebren y, como decían los Cadilacs, no hay nada que celebrar.
Por esos mismos días se cumplían diez años de la invasión estadounidense a Iraq, y el New York Times titulaba "10 años después, un aniversario que muchos iraquíes preferirían ignorar". Los elementos se repiten ante la tragedia: recordar/olvidar, celebrar/ignorar. Cabe entonces preguntarse si la falta de una palabra menos ambigua, que refleje la tristeza y el dolor que no desaparece, hace parte del problema de enfrentarse al pasado sin que la lengua traicione al corazón.
En japonés, la ceremonia del 11 a las 2:46 fue presentada como 追悼 (tsuitou), que traduce luto, o en inglés "memorial", pero esta palabra tampoco parece traducir bien al español: es homenaje, que vuelve y choca con el sentido de la fecha, o "en memoria", pero este no es sustantivo entonces tampoco sirve. La idea del luto es la que parece acercarse más a lo que ni se olvida ni se celebra. Con luto puedo uno acercarse a los sobrevivientes y escuchar sus dichas y el eco de sus penurias sin ser condescendiente, sin obligarlos a sonreír para que los voluntarios se sientan satisfechos de su buena labor.
Tal vez en la cultura católica el luto sea más famoso por ser un yugo impuesto a las viudas para que guarden compostura, un formalismo que se purga para volver a la normalidad, y por tanto un recurso finito para lidiar con la irreversibilidad de la muerte. Esta paradoja tiene menos sentido a la luz de la catástrofe, desnuda una batalla perdida contra la nimiedad de la existencia humana. El luto que sigue a la tragedia nunca se acaba, es una conversación que se mantiene ahí presente, y tiene todo el sentido.
Exacto. Una conversación, aunque tarde un año por cada palabra.
Miguel
(@juglardelzipa) escribió un post la semana pasada sobre la inseguridad
en Bogotá, ante la popularidad de un trino suyo muy atinado sobre lo malo
que es vivir con medio en la ciudad y, sobre todo, a la ciudad. Comparto el
mensaje práctico y apoyo el llamado que hace a usar la ciudad sin miedo. Nada
más triste que no poder andar por su hogar a gusto, que se vuelva un lugar
inhóspito donde las horas permanecidas se le resten a la calidad de vida de sus
habitantes.
Además,
no está de más recordar que la capacidad mental de los humanos es limitada y
valiosa. Todo el esfuerzo que se le pone a la protección personal es esfuerzo
que no se le está poniendo a otras cuestiones mucho más trascendentales. Esa
sea quizá otra forma en que la inseguridad se retro-alimenta: exige gastar
tiempo pensando en como defenderse, el cual se le resta a indagar sobre la
naturaleza de la amenaza—o sobre la improcedencia de la medida de seguridad
existente, cómo bien observa Miguel.
En
octubre pasado conocí un investigador español en temas de construcción de la
paz que me hizo un comentario al respecto. Había hecho trabajo de campo en
Colombia, viviendo en Bogotá por un tiempo, el cual pasó sin mayores sobresaltos.
Sin embargo, ahora que buscaba nuevos rumbos laborales, volver al país no le
atraía para nada: aunque nunca lo robaron, encontraba opresivo que todo el
mundo le dijera que tuviera cuidado, que tuviera que estar en alerta
permanente. En Japón, los extranjeros no caucásicos nos acostumbramos a que la
gente se asuste de nosotros; pero ahora que estuve en Colombia sentí como hace
rato no sentía que también yo debía asustarme del otro. Y sí, es una
característica de la sociedad que pesa cuando se considera volver o no al
país.
Ni al
español ni a mí se nos ocurrieron entonces soluciones prácticas para cambiar
esta mentalidad. El círculo vicioso del “miedo al crimen” es uno bien reconocido,
sobre el que existe todo una sub-disciplina académica, a pesar de la cual aún
hay mucho por hacer. La invitación de Miguel es valiosa pero es incierto cuanta
gente pueda ser convencida de esta manera. Yendo y viniendo en el Transmilenio
el mes pasado, pensaba que una estrategia con mejores prospectos es convencerlos
de hacerle “free rider” al miedo de todos. Es decir, venderles la idea de que
la gente alrededor se cuida tanto que uno puede no cuidarse y aún estar
protegido por los ojos alerta de los conciudadanos. Tal vez sea un pajazo
mental, pero puede ser un primer paso.
Otra
invitación que se me ocurre es a tomarse el problema con espíritu científico.
Para aquellos que les interesa el tema y están a tiempo de hacerlo,
experimentar y publicar sobre el crimen en la ciudad es una tarea pendiente.
Las últimas dos visitas a Bogotá he pasado bastante tiempo en las librerías
buscando literatura local sobre seguridad y es un poco desesperanzador lo poco
que se encuentra. Lo que hay viene regularmente del derecho—lo que refuerza la
queja de Miguel—y carece de robustez y detalle estadístico y casuístico. Con
toda la importancia que le dan al crimen los bogotanos, es increíble encontrar
tan poca literatura al respecto.
Dicha
búsqueda necesita un montón de trabajo micro y puede representar riesgos para
el investigador, pero creo que la ciudad lo valen. Habría que ir personalmente
a medir, lo que supone exponerse al crimen. Pero otros profesionales como los
médicos corren esos riesgos todo el tiempo y es precisamente por ello que son
apreciados. Las visitas de Miguel a Guadalupe podrían convertirse en una tesis
sobre percepción, realidad y recuperación de la ciudad. A la medida que se
sumen resultados, es difícil creer que crezca el interés y fluya el apoyo
público y privado—no por nada, las encuestas de victimización las apoya la
Cámara de Comercio.
Para
poner un ejemplo, hace unos años salió en el Tiempo un artículo sobre la
efectividad de los agentes de tránsito en ciertas esquinas de Bogotá. El
trabajo consistió en analizar muchas horas de video y ver los efectos de la
presencia de la policía. En esa oportunidad, busqué al autor de la columna, un
profesor de los Andes que conocía porque trabajaba en contaminación del aire, y
él me contactó con un estudiante de pregrado que desarrolló el estudio. El
estudiante me contó sobre su curiosidad sobre el tema y como los medios y la
misma policía lo buscaron para conocer la investigación a fondo. Con todo lo
valioso, parece que el esfuerzo del hombre fue una rueda suelta en la torre de
marfil.
Ojalá
pronto se le ponga remedio a este vacío mientras que la gente disfruta más de
su ciudad.
Hace una semana Kensuke empezó a montarse solo en su carro de Anpanman. Antes no alcanzaban los pies al piso para impulsarse bien, ni sabía como pasar la pierna al otro lado del asiento sin caerse. Luego un día logró hacer la gracia ayudado de las barras del espaldar, sólo que quedó sentado al revés. Esto no fue mayor tragedia, porque la silla se puede levantar para guardar cosas debajo, así que aprovechó para ir por ahí atesorando bolsas y medias de papá. Luego ya pudo hacerlo de frente, tomar el volante, mover la palanca. Cómo no tenemos carro y casi nunca montamos, creo que por ahora las direccionales no le hacen gracia; y cómo en este país casi nunca se escucha pitar, tampoco el claxon debe tener mayor sentido. Por ahora no se impulsa mucho, pero ya vendrán las carreras y los accidentes.
Hubo, sin embargo, una reacción al descubrimiento que no me esperaba. Tan pronto entendió que el carro de Anpanman era para ir encima, pasó un tiempo tratando de montarse en su camioncito blanco. Le metía un pie y trataba de sentarse. Le metía el otro y trataba otra vez. Se rascaba la cabeza. Le dio mil vueltas y lloró de impaciencia. La mamá le mostró que ella tampoco podía, lo distrajo y ya no ha vuelto a intentarlo.
¿Será que venimos al mundo programados para la frustración? Mientras lo veía pelear sin sentido contra lo imposible podía oírlo decir ¡Carajo! ¡Los carritos son para montarse y no me había dado cuenta! Ya me hice muy grande para este, que lástima.
El suceso se repetirá muchas veces más en el futuro y se siente un poco de dolor contemplarlo. Será lo mismo cuando encuentre interesante uno de los libros que deshojó para siempre. Cuando vea en las fotos a un amigo que le caía muy bien pero del que nunca conservó un número telefónico u otra forma de contactarlo. Cuando recuerde a una novia con la que no llegó a casarse. Cuando trabaje y entienda todo lo que debió haber hecho en la universidad pero no hizo. Cuando tenga hijos y los vea intentado subirse a carros que no son para eso, aunque parezcan. Ahí entonces tal vez recapacite y deje de amargarse un poco por las cosas que no fueron porque quizás todo sea una ilusión y la posibilidad en realidad nunca haya existido.
O tal vez no. Tal vez sea eso lo que hará por siempre tan complejo el volver.
La historia del infierno en la tierra se repite con cierta frecuencia. Las cárceles del trópico son unos lugares tenebrosos, hediondos, siempre a punto de salir de control. La dignidad se esfuma, la integridad corre constante peligro. El peso de la ley alcanza su cenit en otro espacio sin ley. Si Dante fuera nuestro contemporáneo, no tendría que usar alegorías para describir los círculos del averno.
Ante esta situación denigrante son los defensores de derechos humanos quienes suelen llamar la atención pública. Sin embargo, esta es una causa desagradecida. Defender la dignidad de los criminales de la sociedad estigmatiza a todo aquel que lo intenta. No sólo el público cree que existen ene mil prioridades en que invertir dineros públicos antes que gastárselos en asegurarles mejores condiciones a los presos; sino que también, gracias a la cultura de la amenaza permanente, medidas extremas como la cadena perpetua y la pena capital ganan adeptos. En otras palabras, mejor hacer jabón con ellos, dos pájaros de un tiro.
Desde los derechos humanos contestan que existe evidencia sobre la poca efectividad de la pena de muerte como disuasivo. Al contrario, la amenaza de muerte puede promover el uso de la violencia por parte de los criminales—en todo caso, van a morir si son aprehendidos. Además, históricamente la prisión nació como resultado de la inversión de papeles detrás de la pena capital: el que protege mata y el que mata es asesinado.
Esta lógica tiene incluso implicaciones a nivel geo-político, pues varios autores han repetido que pasa lo mismo con las armas nucleares—el disuasivo por excelencia de las relaciones internacionales. Se dice que Japón no se rindió por las bombas sino que fue un pretexto para "salvar cara" ante una confrontación que ya llevaba perdida y que mantenía a punta de mentiras. Es más, hay quienes hablan del "síndrome Hiroshima", no como el miedo a todo lo nuclear, sino como la excusa que ha servido para que la derecha japonesa se victimice a sí misma, haga a un lado las memorias de su carnicería, y emprenda una vez más el camino hacia la guerra.
Sin embargo, lo que menos se escucha es que se use esta misma lógica sobre la futilidad del castigo aplicada a las cárceles mismas. Si son tan terroríficos estos antros ¿por qué la gente sigue delinquiendo? ¿Les da lo mismo irse al infierno? Puede que al ser tan terribles, su efecto sea similar al de la pena de muerte en la psiquis del criminal, para lo cual sea necesario construir mega-cárceles (que quien las construye sabe no son la solución). Otros dirán que la cárcel tiene un componente de rehabilitación y re-socialización que no tiene que ver con la disuasión, el cual podría ser cierto, aunque la psicología da pistas de que la gente cambia sus conductos por otras vías.
La teoría clásica de la disuasión dice que el castigo debe ser cierto, rápido y severo. Los infernales presidios ponen en duda la relevancia del último, mientras que el efecto "policía" no tiene que ver en principio con el castigo (¿o si?). Si disuadir es el objetivo, hay que buscar en otro lado la naturaleza de su ocurrencia.
Alguien dijo en septiembre del año recién despachado que cualquier cosa que uno hace dos años seguidos es ya una tradición. Así, aunque el HermanoCerdo no se haya animado esta temporada a alojar las bitácoras de sus compañeros de viaje, aprovecho el impulso para desempolvar el anaquel y abrir espacio a lo que ha de venir en el 2013.
El 2012 estuvo nutrido de lecturas rápidas, tanto de cuentos como novelas cortas—que vienen a ser como lo mismo. Dentro de los primeros, los dos libros del año fueron igual de buenos, imposibles de comparar. Por un lado terminé de leer la primera colección de Chejov a la que le echo el diente. Todo lo que dicen del ruso es cierto: su escritura es ágil, brillante y acogedora. ¡Que cercanos al corazón se sienten todos esos hombres, mujeres, niños y caballos!! En lo personal, prefiero ediciones con menos información por página, pero igual recomendado.
Catedral de Raymond Carver es otro clásico del cuento que tenía atrasado. La Wikipedia me recuerda que le gustaba a Bolaño, quien lo compara con Chejov, pero no se si fue por él que me enteré primero de su existencia—estoy seguro que Ricardo Silva lo recomendó por twitter. En todo caso, apoteósico. Carver es parco pero vertiginoso. Las historias tienen temas simples y eso las hace más sobrecogedoras. El cuento del niño en coma es escalofriante.
Novelas hubo de todos los sabores. Ya les conté sobre la más poderosa de ellas, así que comento un poco sobre las demás.
Tal vez la que siguió en potencia fue "La Cena" de Koch. Creo que nunca había leído algo que me produjese una nausea profunda. Durante mi primera juventud pasé bastante tiempo buscando esa sensación con cuentos de terror o temas sórdidos—recuerdo un libro de cuentos llamado juventud caníbal, que fue medio decepcionante. En el cine Saló de Pasolini marcó la pauta pero terminó volviéndose un película de la casa. Este libro, en cambio, con un artilugio borgeano, le pone a uno la sangre y la mierda en las manos. El trasfondo del libro es en teoría de mayor interés para los ciudadanos del primer mundo blanco, pero cualquier adicto a la alta tensión lo disfrutará.
Leí dos libros que me regalaron y, como al caballo, no puedo decir sino que gracias, que muy rico. La Historia Sin Fin me pareció chevere. Ya había leído Momo, y en esta el autor llevo la historia a otro nivel. El juego de colores en la tipografía es entretenido, pero la cosa como que se iba alargando con eso de tener tantos capítulos como letras en el abecedario (inglés).
A Delirio me fue difícil cogerle el ritmo y, cuando ya, pues se acabó. Cuando lo comparo con los cañonazos del año, quedo con la impresión de que estoy dejando atrás el gusto por la experimentación y le doy más valor al resultado.
Leí las tres novelas cortas que recomendó Alejandro el año pasado—para que vean que escribir reseñas si sirve. Las tres estuvieron buenas. Tal vez la de los trenes es un poco surrealista, pero cualquiera amerita la hora o dos que puede tomar leerlas.
Al Buda de los Suburbios lo traía desde que llegué por primera vez a Japón. Por alguna razón que no recuerdo lo cogí cuando salí para Indonesia en septiembre y fue un oportuno compañero. Durante el viaje me intoxique con una sopa de chivo y pasé bastante tiempo en el baño pasando sus páginas. La historia tragi-cómica de los inmigrantes indios en Inglaterra era del todo desconocida para mí, y esta fue una buena introducción.
Fue bueno leer de nuevo a Bolaño y recordar que existió y que hizo de las suyas. Creo que no hay mucho más que decir de él.
Javier Marías me pareció algo que recomendarían en el Malpensante, pero llegué a él por recomendación del blog de economía Marginal Revolution. Me pareció medio soso, repetitivo. La trama tiene algunas facetas interesantes, y la historia secundaria del pirómano en el Museo El Prado es divertida.
Cuando tomé la foto para esta entrada y escribí aquello de desempolvar el anaquel, caí en cuenta de lo poco que usé el Kindle para leer literatura en el 2012. En enero leí la novela Open City de Colé, la cual me gustó y reseñé en su momento. Fue curioso encontrársela en la lista del año de Arcadia, porque se había comentado que traducirla sería complicado—me pregunto si alguien de los que pasan por acá la ha leído. Y no fue hasta noviembre/diciembre que volví a usar el Kindle para leer de nuevo a David Mitchell y su Atlas de las Nubes, sobre el cual también ya he hablado.
En cuanto a novelas gráficas, sigo leyendo The Walking Dead, que va y viene. Este año publicaron el número cien, pero se notó que no estaban preparados para hacerlo especial, lo cual es de cierto modo bueno. En el Hermano Cerdo el año pasado alguien recomendó un historia de sirenas de Rumiko Takahashi—la misma de Ranma—y el Informe a Adolfo de Osamu Tezuka—el mismo de Astro-boy. El segundo ya me lo habían recomendado (y regalado), así que aproveche el impulso y, bueno, aguantó. El final se le iba embolatando pero eso le puede pasar a cualquiera. A Rumiko si no me la aguanté sino un tomo; ahí quedan los otros dos... Al señor del baño japonés, que en el 2012 le hicieron película y todo, hay que leerlo con traductor cultural al lado para encontrarle la gracia, así que también se quedó en un tomo.
Creo que eso fue todo. Fue un buen año, pero siento que es hora de echarle de nuevo el diente a novelas más largas. Tengo tres de esas estancadas y puede que les haya llegado su hora. En los intermedios me gustaría descubrir más cuentos, así que recibo recomendaciones.
Les deseo un feliz 2013 lleno de salud, amor y letras (y números también).
David Mitchell ha escrito un libro magnifico. Lo único es que, si me imagino a mí hace ya casi un año pensando en leerlo, no me hubiese gustado toparme con ninguna reseña. Hay experiencias que se disfrutan mucho más cuando no se tiene la menor idea de lo que espera, lo cuál, entre mejor es la obra, se hace más difícil. Pero entonces ¿qué decir?
Hace un par de semanas visitamos Amanohashidate, una de los tres paisajes más hermosos de Japón, según el poeta Matsuo Basho. Dado que los otros dos son destinos bastante populares, sorprende que el acceso a este sea tan complicado. Tuvimos que rentar un auto y manejar por tres horas hacia el norte, en el mar de Japón. Se puede hacer en tren, pero las conexiones no son tan buenas. La autopista está sin conectar en la mitad, así que toca meterse por un pueblo antes de subirse de nuevo. El lugar no esta debidamente señalizado y nos pasamos de la entrada antes de encontrar un lugar para parquear.
No tenía ni idea de que era Amanohashidate. Itsukushima, en Hiroshima, es famoso por un portal que durante marea alta queda dentro del océano. Matsushima, cerca a Sendai, es una colección de islotes decorados con pinos japoneses, tan propios del ideal tradicional de belleza de estas gentes, mínimo pero trascendental. De Amanohashidate no existe postal que recuerde. Podría haber sido cualquier cosa: una montaña sagrada, una playa de arenas musicales, un bosque de árboles torcidos. Como nubes que cuentan múltiples historias en su hacerse y re-hacerse.
Fue un buen viaje. No hizo falta un mapa porque el camino se fue haciendo evidente a medida que avanzábamos. El paisaje fue hermoso y las historias que vivimos y nos contamos mientras fuimos y volvimos cumplieron su papel de calentar el corazón. ¿Memorable? Sí, pero no de esa manera en que se pega otra monita en el álbum sólo para llenarlo y ostentar con los demás. El Atlas de las Nubes está lleno de lecciones sobre como mirar el firmamento.
Cuando Basho vio Matsushima, la inmortalizó en un poema:
Aunque fuese la ruina de los escribidores de reseñas, bueno es encontrarse con libros como este.
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Nota: Este humilde servidor sólo sufrió por un aspecto del libro: el inglés no es del todo amable con los no nativos. Las traducciones deberían de llegar.
La experiencia más intensa de los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, leer a la luz cómplice de la lámpara de la mesita, con mi aún joven mujer tendida al costado, la Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. Nuestra historia, es decir la del libro y yo, es larga y azarosa, llena de meandros y tiempos muertos (o más bien contemplativos), tal vez demasiado íntima, aún así creo que merece ser contada.
Hace doce años dos sucesos sin aparente relación despertaron mi curiosidad por las Bellas Durmientes. Después de alguna de las clases de japonés en la Universidad Nacional, dos compañeros buscaban terceros para zanjar un desacuerdo profundo: lo que uno pensaba era una obra maestra, llena de sensibilidad y ensoñación, para el otro no eran sino las perversiones de un viejo libidinoso. No sabía de la existencia del libro y la descripción que ofrecían no era definitiva: se trataba de un libro sobre un prostíbulo particular, donde viejos seniles podían ir a disfrutar los dones de jóvenes narcotizadas que no les hicieran sentir pena de sus vergüenzas. La discusión tenía un trasfondo sospechoso: quien defendía lo sublime en aquella historia de viejos y putas era una mujer, y quien la vilipendiaba era un hombre. La sola trama del libro no era suficiente para tomar partido pero el morbo y lo particular de la discusión se me quedó grabado.
Con Kawabata vine a intimar por esos mismos días gracias a una bonita edición del País de Nieve que saqué prestada de la biblioteca del papá de un amiga. Aunque estudiábamos la misma carrera, a ella la conocí por un evento en otra universidad, después del cual bailamos toda la noche con una orquesta en el Centro de Convenciones Gonzalo Jimenéz de Quesada. Bebimos y giramos merengues hasta el enajenamiento. Ahora que vivo en un lugar donde no es común bailar en pareja, estremece mucho más de lo normal recordar el efecto que tiene tomar a un otro por la cintura, ajustar a discreción y entrar en ese terreno misterioso de una esfera personal ajena. Mas que el dedo que explota una burbuja de soledad, parece un arponazo que la desgarra.
Luego visité a mi amiga un par de veces en su casa en planes no académicos, donde tomamos cervezas importadas, conocí el eneldo, con el cual se puede preparar pescado, y descubrí a Kawabata. La amistad con ella continuó pero la exploración de la biblioteca tuvo un final precipitado. Un sábado santo mientras charlábamos despreocupados mucho después de la cena, los padres decidieron ir a la vigilia pascual, arrastrando al resto de familia, sólo para zafarse de este tipo tan charlador hasta esas horas de la noche. No hubo otra visita.
País de Nieve sigue siendo el nombre que viene a mi mente cuando alguien pregunta por mi libro favorito—hoy en día algo que pasa mucho menos a menudo porque los adultos son gente hosca que no pregunta trivialidades. La portada de la edición tenía una figura que luego entendí era el peinado de una geisha—al principio creía que era el pétalo de una flor. La firma del papá de mi amiga estaba en la primera página y creo que una fecha, seguramente la de la compra del tomo. Luego la célebre escena del tren saliendo del túnel y entrando en el país de nieve, que corresponde a la parte occidental del noreste de Japón, la que vendría a ser con el correr del tiempo mi segundo hogar. Bastará con decir que la historia del amor imposible de un hombre adinerado y una aprendiz de puta fue otro tipo de arponazo. No hay tiempo para describir la sutiliza con que aquella trampa de sensiblerías en medio de la austeridad de sentimientos que impone una relación comercial va asfixiando al lector en la misma medida en que le complace. El caso es que desde entonces tuve claro que a Kawabata habría que volver.
Sin embargo, pasaron bastantes años antes de que las bellas durmientes cayeran en mis manos. Ese libro se suma a una no tan larga pero angustiosa lista de obras notables que las librerías bogotanas no se dignan (o dignaban, ahora no se) a inventariar. Dentro de mi lista estuvo Un yankee en la corte del rey Arturo, la obra completa de Sherlock Holmes—no las compilaciones arbitrarias que se les da por publicar, sino los volúmenes originales preparados por Sir ACD—y algunas novelas y cuentos de Lovecraft. La entrada más dramática de esa lista fue Las Metamorfosis de Ovidio, ya que por culpa del libro cuasi homónimo de Kafka, pocos libreros lo distinguen de entrada, haciendo de la peregrinación de tienda en tienda una penosa tarea de alfabetización sobre el que es hasta donde entiendo el mejor compendio de mitología griega escrito en aquellos tiempos. Creo que de ahí viene que no me haya nacido leer nada del austriaco.
Cuando dí con el libro entendí la razón de la escasez. Lo pregunté por curiosidad en esa librería pequeña pero fenomenalmente surtida en la 72 con 15, al lado de la siempre deslumbrante y en metástasis Panamericana. El librero no lo tenía en el momento pero lo podía conseguir en un par de días; advirtió, con un énfasis singular, cual era el precio del tomo. Dije que no había problema y me fui incrédulo de que en la ciudad funcionaran esos pactos informales sin dejar ninguna otra garantía que la palabra. En la fecha indicada, un librito de un poco más de cien páginas, tapa blanda y tipografía inquietantemente grande se me entregó por lo que ahora parecía una fortuna.
Al contrario de lo que se podría esperar, no devoré el libro al instante. Vivir lejos, sin acceso a literatura en español ha hecho que mis visitas a las librerías se hayan convertido en la búsqueda compulsiva de un heroinómano. Así que las bellas durmientes se sumaron a la pila, y ahí se quedó por varios años.
Supongo que la espera también tiene que ver con las intenciones que de cuando en vez me entran de leer autores japoneses en su idioma. Un propósito frustrado hasta ahora, si no contamos la forzada lectura de Kitchen de Yoshimoto Banana, un cuento de Murakami al que no le vi luego sentido, y los mangas que compro cuando vienen recomendados. En últimas, leer en español es más cercano al corazón y si uno no consume lo que producen los traductores no puede esperar que se hagan muchas más y mejores traducciones para que todos podamos disfrutarlas y compartirlas.
Dejar los libros esperando en el estante también proporciona un placer diferente, como el añejar de un vino en la cava de la libido. Esa tal vez esa la principal arma de seducción de las obras de Kawabata, que se concentran en retratar en toda su imperfección lo que va desde las ansias de sensaciones del cliente hasta la nunca satisfactoria concreción del acto. Comprar y leer en el acto es un tipo de onanismo literario, un goce estéril—aunque como goce, merezca su espacio. Sacar el libro de su reposo cuando se está seguro que ha llegado la hora es una apuesta por multiplicar el placer, la cual no siempre sale bien pero vale la pena arriesgar.
Importante anotar que la incompletud que sufren los personajes de Kawabata no tienen que ver con el dinero. Ninguno de ellos tiene problema en pagar por los servicios que se imaginan que quieren, pero no todo es posible porque el corazón es caprichoso y el cuerpo se marchita. Aún así, los clientes vuelven porque ese periodo entre que se adquiere el libro hasta que se le intenta poseer es el que les permite llenarse de ilusión y recordar con mayor vivacidad otros tiempos en los que el placer fue más trascendental—quizá porque en la memoria todas las imperfecciones del hoy se hacen a un lado y se recuerda sólo el orgasmo, pues de lo contrario no se volvería a pasar todo el trabajo para llegar a él. De hecho, el viejo Eguchi se la pasa la mayor parte de su tiempo recordando otras felicidades que las turgencias de las bellas evocan. Con el tiempo, son los recuerdos los verdaderos protagonistas de las nuevas experiencias.
La espera también da tiempo para que el azar aderece la relación con fantasías de confabulaciones del destino. Así es que unos meses atrás leía Corazón tan blanco de Javier Marías, sobre quien creo había escuchado algo pero sólo compré cuando lo recomendaron en Marginal Revolution, un blog de economistas. La contraportada dice algo así como que es el mejor libro escrito en mucho tiempo pero a mí me iba cansando el tono repetitivo con el que el protagonista rumia los detalles de la trama—claro que la historia del pirómano del Museo el Prado es muy buena. En un paseo por Nueva York, mientras el protagonista espera que la amiga donde se está hospedando culmine una relación sexual que ha convenido por correspondencia con un sujeto misterioso, Juan entra a una librería y compra "un libro japonés por el título, House of the Sleeping Beauties se llamaba en inglés, el título no me gustaba pero lo compré por él". Es un detalle intrascendente para la novela, ¿tal vez una carnada para los curiosos? ¿Un elemento simbólico de significación profunda? No creo, con esa presentación tan insustancial. Sin embargo, para mí fue un clic de endorfina que me permitió acabar rápido con aquel drama de chispa retardada y dedicar mis noches a las bellas durmientes.
No fueron muchas las noches que pasé este verano con las vírgenes narcotizadas; suficientes para no olvidarlas, no tantas que hastiasen. Estos y otros recuerdos menos decentes—que aún no estoy tan viejo para contar sin vergüenza—se atropellaron con los del viejo Eguchi y completaron la potente dosis del veneno de Kawabata. La palidez de mi esposa tendida a la luz de la lámpara fue un escenario único para nuestras nostalgias. Eguchi siempre mantiene a su esposa en otra dimensión, de hijos y el hogar, que no se cruza con lo que son las bellas durmientes para él. Tampoco piensa que sea correcto, acepta que es malo en cierta medida, pero es lo que él es.
Me asaltó en algún momento la duda de si las mujeres tienen una oportunidad semejante de conocer el mundo que los hombres conocen a través de los burdeles. Si la compañera que hace años defendía lo sublime del libro llegaría a sentir tan íntimamente lo que Kawabata ponía en la mente del viejo. Esto no es razón de orgullo, por supuesto, pero sí es un mirada distinta a la naturaleza humana, a las fuerzas que siglos de civilización no consiguen doblegar. La duda no duró mucho porque el viejo Eguchi tenía un recuerdo apropiado que la bella de la noche supo evocar: una de sus últimas amantes fue una mujer casada con un extranjero. No me lo tomé a mal, fue más como una advertencia y un mal agüero. La advertencia queda aquí escrita para que no se pierda entre la multitud de recuerdos, y el agüero se terminó de conjurar en la suerte final del viejo Eguchi, que bien debería leer todo aquel que haya llegado hasta éste, el punto final de la historia de un libro de un poco más de cien páginas.
Las gentes de nuestros días están acostumbradas a sentir cerca a sus seres queridos, incluso a los conocidos que por los nuevos medios se van haciendo querer. Una vasta infraestructura para el cariño está al alcance de cada vez más humanos. No pasa un día sin hacer pública la existencia, cruzando mensajes con otros a pocos o muchos kilómetros de distancia. Después del imperio del auricular, el reino es compartido ahora por los crípticos mensajes de texto o la más completa experiencia de las video llamadas. Atrás van quedando los viajes demasiado lejos como para no poder dar señales de vida. Las despedidas ya no son lo de antes.
Pero deberían.
El lunes pasado un incendio en un centro comercial de la capital de Catar, Doha,
cobró la vida de diecinueve personas, trece de ellas niños. El fuego
afectó una guardería, razón detrás del trágico saldo. La noticia habría
pasado inadvertida entre tantos infortunios diarios si una de las
trabajadoras muertas no hubiese sido una filipina, quien al verse
rodeada por la emergencia llamó a su abuela en Cotabato, pidiendo ayuda, diciendo que se moría. La prensa del país por supuesto cubrió la noticia con detalles, presentando como es costumbre el cuadro del abnegado trabajador filipino que en cualquier rincón del mundo se juega la vida por unos pesos que envía sagradamente a su anhelado hogar en el archipiélago. La historia tiene mucho de cierto, pero me pregunto si este cordón umbilical indestructible no tiene su parte en la tragedia.
La ilusión de la cercanía es una trampa de cariño: le da al que se queda un consuelo engañoso y al que se va una carga tal vez demasiado pesada. Por más llamadas y mensajes que se intercambien al día, el que no está sigue ausente en su forma más esencial. No se le puede proteger. Mientras tanto, la constante confirmación de los vínculos filiales dificultan al que se va integrarse a su nuevo ambiente. Esto suena superficial para que ve en ello sólo un aderezo social al objetivo último del eterno retorno. Pero, en últimas, las vidas de todos nosotros dependen en mayor medida de los que nos rodean que de los que nos quieren. El tiempo que se le dedica a unos es tiempo que no se le da a los otros, y el balance correcto nadie lo sabe.
Tal vez no sea el caso, pero aquella última llamada de la niñera filipina en Catar parece ser testimonio de esta trampa de cariño. Puede que todo ya estuviese perdido y que la tecnología le haya brindado la oportunidad de aquel romántico último adiós. Pero no está de más preguntarse si una llamada diferente hubiese podido hacer la diferencia en la adversidad.
La indignación es la respuesta trivial a la complejidad de la vida. No tiene pierde. Se alimenta de sí misma y no permite dudas. Es categórica.
La indignación es una respuesta automática del cerebro humano. Así como se retira la mano de una olla hirviendo, la indignación invade cuando se olfatea una injusticia, una arbitrariedad, una falta mayor, dejando el sentimiento en flor.
La indignación es ISO 9,000, control de calidad de la moral humana. Una vez obtenido el sello, se tiene licencia para ir por la vida sin cuestionarse demasiado. No indignarse es de parias. No indignarse indigna.
La indignación es legión, pero es una legión perezosa. Se satisface al verse reflejada en mil espejos, lo que la convence de que la justicia es inminente—sin importar lo que ello signifique.
La indignación no parece tener reemplazo. Tal vez el miedo, la tristeza o la resignación. Pero ninguno de esos enaltece ni une en la oscuridad social. Suyo es el reino.
Marcela
ojeaba detenidamente las páginas de su libro. En su mente recitaba, con el solo
paso de la vista, formulas, terapias, procedimientos, medidas, y un sin fin de
por menores sobre su oficio, cosas que había aprendido hace ya tiempo. Las
páginas estaban llenas de diagramas, fotos, instructivos que Marcela era capaz de
dibujar tan sólo con que le dieran el número.
Un par
de horas antes, cuando aún el sol no se asomaba, empezó su día: a tientas, se
puso las chanclas y se arrastró en la penumbra hasta la puerta contigua. Lo
único que se podía oír a esa hora de la madrugada eran los trinos de algunos
pajaritos, esos que se huelen que el sol ya sale y se regocijan en las postrimerías
de la oscuridad. Con un movimiento mecánico encendió la luz del cuarto de
Felipe, su hijo; él gruñó entre las cobijas y Marcela no dudó en repetir lo de
cada mañana: “Levántate que se te hace tarde”.
La
cafetera había quedado lista desde la noche anterior, sólo bastaba con oprimir
un botón. Sacó una fruta de la nevera y la puso en la mesa. Era entonces cuando
venía la mejor parte de la mañana, la que develaría el destino del día e
iluminaría el futuro, el encuentro matinal con el impulso divino que rige al
mundo: siempre revueltos, los huevos.
La
mantequilla, en su medida exacta, dispuesta en el sartén antes de comenzar el
calentamiento (suave y preciso), inicia una danza sutil a lo largo de la fina
capa de teflón, dejando a su paso una estela lípida heterogénea. Esta danza
permite vislumbrar en sus contornos el porvenir abiótico: en ella se ven las
lluvias, los vientos, las nubes, el sol, incluso grandes sucesos como
terremotos, heladas o inundaciones. Marcela recordaba haber presagiado eventos
naturales en lugares muy lejanos cuando su magnitud era monumental, como un
tsunami en las costas japonesas, o una erupción volcánica en las islas Fiji.
Luego
venían los huevos. Dos, tomados al azar de una canastilla que siempre tenía
veintitrés, vertidos al tiempo desde cada una de las manos de la médium. Las
primeras salpicaduras producidas por el choque de las tres masas en cuestión,
los dos huevos y la mantequilla, continuaban el trance vaticinador de la
operación completa: su intensidad, la magnitud horizontal y vertical del vuelo
de las gotas ardientes, su sobresalto y cantidad, llevaban cifrado el mensaje
del sino propio de la vidente. Con una apropiada lectura de estos factores se
podían esperar días emocionantes o sosegados; las distintas mediciones revelaban
viajes, auguraban visitas sorpresa, la llegada de correspondencia, indicaban de
manera precisa el estado de su ciclo menstrual.
Por
último, quedaban los huevos en sí. Una vez en el sartén (obviamente inermes,
pues sufrir alguna fractura en la caída era una afrenta fatal, que le
significaba a la pitonisa ser abandonada de la gracia de los dioses hasta que
no redimiera su falta de discreción con un sacrificio personal), era preciso
proporcionar una mezcla específica, compuesta de un protocolo propio de
movimientos cuidadosos que rompían la uniformidad inicial sin llegar a la otra
homogeneidad de las tortillas comunes, en las que un tratamiento exagerado las
postra a su vulgar simpleza. Esta mezcla debe ser propinada con una cuchara de
palo, treinta centímetros de largo, con terminación en pala plana, sin ningún
orificio ni rasgadura, elaborada de un tronco de roble cortado en luna llena
por la propia practicante. Los movimientos precisos de la cuchara deben ser
acompañados de la adición constante de dos pizcas de sal: factor crucial por el
cual la cultista de este arte debe desarrollar una habilidad especial para
propinarse, con una sola mano, tal cantidad, evitando discontinuidades en su
flujo hacia el sartén. En una época Marcela utilizó la cavidad formada entre
sus dedos gordo e índice, pero requería de un recipiente especial para poder
sumergir su mano entera en la sal, lo cual había empezado a generar sospechas
de los profanos a su oficio (amenaza que también podía costarle para siempre su
don), motivo suficiente para desarrollar un doble atropamiento de pizcas entre
los pares corazón – índice y gordo – anular. Lograda la adición y mezcla
perfecta, sólo se disponen de trece segundos para retener el mensaje oculto en
las casi infinitas formas proteicas, blancas y amarillas, fusionadas al
instante. Cumplido el tiempo, todo se desvanecía en una solidez inerte, tras la
cual los huevos se disponían en el plato y Marcela se sentaba, exhausta, a
digerir toda la información.
Eran
muchos otros los datos que ella debía tener en cuenta: la hora universal, la
intensidad lumínica y sonora de todo el evento, la velocidad y dirección del
viento, la fase lunar, las posicionesplanetarias y estelares, la temperatura y la presión ambiente. Todo esto
entraba por todos y cada uno de los sensibles poros de Marcela, y se conjugaban
en su interior hasta que la certeza iluminaba su razón, de un momento para
otro, y la verdad del destino se hacía evidente. Marcela permanecía
ensimismada, imperturbable, sentada a la mesa; Felipe, mientras tanto, se comía
los huevos.
Acabado
el desayuno, Felipe se despidió con un beso en la mejilla y Marcela respondió
entre dientes alguna cosa que él no entendió. A ella, esa mañana, no le llegaba
la chispa reveladora. Repasó en su mente todos los pasos, estaba segura de
haber hecho todo bien. Preocupada, no volvió a descansar a su cama, como era su
costumbre, sino que sacó uno de sus libros, esperando que si se abstraía en sus
contenidos, llegaría a ella de improviso el gran momento.
En su
cuarto empezaron a escucharse pasos apresurados y un refunfuñar: a su marido ya
se le había hecho tarde para salir al trabajo. El alboroto la distrajo de su
invaluable labor matutina. Calentó el café y se lo entregó a su esposo, que lo
esperaba atorado con un pan entero en la boca. Observó con gracia como tragaba
y a la vez arreglaba el maletín. Le acomodó el vestido mientras él terminaba de
engullir. “Gracias mi amor” dijo él, le dio un beso y salió. En ese instante,
con la sola energía sonora de ese beso, se desbordó el torrente onírico y se
compactó en una única certeza. El anhelado resultado del proceso cabalístico de
los huevos. Suspiró. Finalmente ese iba a ser un día normal. “Igual, las cosas
importantes de la vida pasan un día común y corriente” pensó, con una sonrisa
de satisfacción en los labios, mientras lavaba los trastos.