viernes, julio 16, 2010

Silencio

Medio torii en pie, Nagasaki


"Al que fracasa no le importa engañarse a sí mismo como sea, con tal de justificar su fracaso"

Hace ya un tiempo le pregunté a mi querido amigo Nori cuál era para él el mejor libro de la literatura japonesa. Sin dudarlo, me recomendó una novela de los 60's sobre la suerte de los cristianos en la época de aislamiento en Japón, escrita por Shusaku Endo. Descartada la opción de leer el libro en la lengua vernácula, lo que me tomaría un tiempo que no tengo, me dí a la tarea de buscar el libro en español. Conseguirlo en inglés hubiese sido mucho más sencillo pero, cuando se trata de literatura, prefiero confiar en la labor de los traductores, a perder el doble de sustancia leyendo en un idioma del que no soy nativo; el doble porque se suma lo que se pierde por mi ignorancia y la del traductor.

Unos exagerados costos de envío hicieron que antes que conseguir el libro, se diera el viaje a Nagasaki, donde se desarrolla la parte final de la historia. El puerto fue el único habilitado para el intercambio con occidente durante los trescientos años de aislamiento, y por tanto fue bastión del control de la peste del cristianismo en el archipiélago. De hecho, una razón por la cual los holandeses recibieron prioridad por sobre los portugueses fue que su fe protestante no se mezclaba con los negocios. Los barcos eran requisados para verificar que no se traficase con imágenes o cualquier otro objeto sagrado, y de ello dependía en parte mantener el monopolio.

¡Arriba Sendai!

Ya sabía de las arbitrariedades imperiales porque en mi ciudad, Sendai, a más de mil kilómetros de Nagasaki, existe un pequeño y escondido monumento a los mártires locales. Con el fin de dar cumplimiento a la prohibición del cristianismo, las autoridades en cada shogunato cargaban consigo unas imágenes talladas en piedra o metal de Jesús o la Virgen, llamadas fumie. Cuando se sospechaba de las convicciones de alguna persona, se le ponía la imágen en frente y se le pedía que la pisara. De negarse, el pobre sería sometido por cierto tiempo a diferentes torturas las cuales, de mantenerse terco en su fe, se extenderían hasta su muerte. Esta es la historia que Endo prometía pero aún no llegaba a mis manos.

La visita de mi hermano fue la excusa perfecta para alargar un poco la vuelta al archipiélago. Con nuestro presupuesto limitado, llegar desde Hiroshima tomó casi todo el día. Los trenes locales no ofrecen conexiones frecuentes entre Nagasaki y Fukuoka, ciudad principal y puerta de entrada para explorar la sureña isla de Kyushu, así que es mejor cambiar a un bus en la terminal central. Después de las facilidades turísticas que ofrece la tristemente celebre Hiroshima, empieza uno a pensar que Nagasaki sufre de un karma adicional: eso de ser la ciudad donde cayó la segunda bomba nuclear, la deja con el oprobio y sin el rédito que la sombra de Hiroshima se roba en buena parte. De hecho, Nagasaki ni siquiera era el objetivo original del segundo impacto, pero el clima le jugó una mala pasada. En ese sentido me recordó a Manila, en Filipinas, la segunda ciudad más destruida de la segunda guerra mundial, después de Varsovia, y que si acaso algún curioso visitará o tan siquiera recordará por este motivo.

Pero, como todas las ciudades malditas, Nagasaki es una perla escondida. Su geografía montañosa contuvo en buena parte la furia del "fatman" que se precipitó sobre ella aquel 9 de agosto. Tal vez por el mismo motivo no cedió, como su hermana de infortunio, a las presiones de la modernidad, y se abstuvo de llenarse de grandes autopistas y amplios andenes, manteniendo ese arrume tan característico del este y sureste asiático que hace parte de su belleza. El turista con algo más que el morbo atómico y con curiosidad histórica, tendrá mucho de donde escoger: además del museo y el parque de esculturas de la paz, en la ciudad se encuentran los restos del intercambio con Holanda y un legado arquitectónico que si acaso se vislumbra en la original estación de Tokio. También hay iglesias, parques, canales con puentes viejos que alternan estilos occidentales y orientales, y un fabuloso barrio chino donde se pueden comer las recetas únicas producto de tantos años de intercambio.

Pero tal vez con sólo el morbo sería suficiente para dar con el secreto más oscuro de la ciudad. Recuerdo que a los once años, cuando por primera vez visité a Cartagena, enloquecí a mis padres pidiendo que me llevaran al museo de la inquisición. Ese gusto retorcido por el lado oscuro de la condición humana también me llevó a la loma oeste dónde se encuentra el Museo de los 26 Mártires.

Gracia Hosokawa, Tesoro del Museo

Los tesoros que allí se encuentran parecerían simples si se llega a ellos sin contexto. Arte religioso, medallas, mapas antiguos, imágenes, artefactos de iglesia y documentos antiguos, nada que no haya en cualquiera de nuestra ciudades. ¡Pero estos están en Japón¡ ¡En la colina donde crucificaron a 26 cristianos! ¡Y dónde aún el catolicismo no ha dejado de ser una minoría ridícula! Trato de buscar un ejemplo en nuestra realidad, pero no encuentro nada que se le asemeje. Tal vez si los musulmanes que colonizaron la costa norte hubieran hecho proselitismo religioso tendríamos algo similar, pero hasta donde sé si acaso tenemos una mezquita en el norte de la capital. Algo que le suma espectacularidad al museo es que, después de tanto museo dónde no hay otra opción que observar garabatos inteligibles como muestras de arte, leer aquellos textos originales en español o portugués antiguo generan una felicidad extraña, la misma que se siente conversando en español con un anciano en Filipinas; ese sentimiento tan ajeno, quizá vano pero emocionante, de sentirse participe de la historia mundial.

Al final del corto recorrido - el museo algo más que un sala de diez por cinco metros más otros cuartos pequeños y un altillo - se me ocurre que el dichoso libro de Endo podría estar en la sección de recuerdos. ¿Por qué no, si se trata de una libro sobre la suerte de los pobres misioneros jesuitas exaltados en el museo? Para mi sorpresa, no hay más que libros de santos, postales y escapularios. Me voy con las manos vacías, con la duda sobre aquella misteriosa ausencia, envuelto en ese silencio de museo que en este es triple porque es a la vez museo, de mártires, y además capilla.

No deja de ser irónico que el libro haya llegado por fin a mí mientras visitaba Holanda. Por motivos de mi investigación, pasé unas semanas en La Haya, y aprovechando la cercanía ordené el esquivo volumen. De 'Silencio', que así se llama la novela, sólo parece existir una traducción al español en los ochentas, de la cuál el año pasado sacaron una re-edición. Sigue la historia de tres padres portugueses que se empecinan en entrar a escondidas en Japón para conocer la suerte de un maestro, de quien se dice abdicó a su fe. Movidos por la incredulidad y el deber cristiano, los tres emprenden la larga travesía - Portugal, Roma, Goa, Macao, Japón - durante la que son advertidos del gran peligro que les espera. A uno de ellos el cuerpo no le alcanza para llegar al archipiélago prometido, y los otros dos siguen no sin angustia.

La obra es uno de los libros más impactantes que he leído. Seguimos todo el tiempo la primera persona de uno de los jesuitas, y con ello el autor se aleja de las neutralidades de la investigación histórica. El silencio de Endo no es otro que el del Dios de los cristianos en tierras salvajes. La habilidad del autor está en explorar lentamente la relación entre el misionero y su Dios en la medida en que se desenvuelve la locura de su empresa. Sin el medio social que soporta sus convicciones, sin siquiera entender el idioma de su rebaño, incapaz de moverse libremente porque sus solos rasgos le delatan ¿de dónde ha de surgir la voz que conduce a su servidor en la oscuridad? A la vez que los pocos desarrapados que le protegen perecen por su misión, Endo retrata con intensidad las vacilaciones y reclamos del cristiano para con su señor. Silencio es la respuesta.

La otra mitad de la hazaña de Endo está en el retrato que hace del Japón rural de la época de Edo. Sin romanticismo retrata las villas rústicas, y a sus campesinos como tales: tal vez cándidos, pero sucios, apestosos y miserables. El personaje de Kichijiro es tal vez el más sobrecojedor: un japonés zarrapastroso que igual accede a guiar como a traicionar a los padres, porque es un cristiano débil. El mismo dice que si hubiese nacido en occidente sería el más fiel de los devotos, pero no tiene la entereza para soportar la tortura; sin embargo, después de cada abdicación, en una mezcla extraña de remordimiento y creencia, vuelve en busca del perdón y el consuelo cristiano. ¿Tenemos acaso razones para juzgarle?

El cuadro de la historia se completa con el músculo del imperio: los samurais que le subyugan, los oficiales que le torturan, y la figura terrible del jefe Inoue, quien resulta ser un viejito bonachón e imperturbable. La sevicia y la belleza alcanzada por el imperio japonés antes de la restauración Meiji conviven en el relato de Endo sin dilemas. Nagasaki emerge dentro de la pesadilla como es, no el pandemónium o un campo de concentración, sino un puerto agitado donde se comercian productos de todo el mundo, que tiene a sus afueras un pequeño y hasta descuidado reclusorio para herejes. Nada más allá del recurso tradicional de la tortura desvía el rencor del lector contra el imperio. A pesar de los gritos en el foso, el silencio del Señor no deja nunca de ser el protagonista.

Según Wikipedia, el próximo año el director estadounidense Martin Scorsese estrenará una versión para el cine. Ojalá muchos pudiesen leer el libro antes de que el filme le robe la oportunidad a su imaginación de darle una estética a la historia. Intentando imaginar una puesta en escena, no se me viene a la mente nada distinto que el equivalente a la segunda parte de "La Pasión". Pero esta vez, en lugar de Jesús, arrestan a todos los apóstoles y a la virgen, y los van crucificando uno a uno mientras este escucha, encerrado en un tugurio asqueroso, al pié del Gólgota. ¿Cuáles hubiesen sido entonces las siete palabras? De nuevo con once años, jugando con los artefactos grotescos del museo en Cartagena, nunca hubiera imaginado que hasta en eso el imperio que nos tocó en suerte fuese el de unos meros principiantes.

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Espero de alguna manera remediar con este post, el largo silencio en este recinto.

2 comentarios:

Kuyen dijo...

Interesante, en serio.

panÓptiko dijo...

Gracias, Kuyen. Esta es su casa.