sábado, mayo 21, 2011

Un día en el medio – segunda parte


1.
Si no hay gente no hay foto. Ese era el único mandamiento, la única regla que importaba a la hora de internarnos en la zona de desastre. La foto perfecta podía aparecer en cualquier momento, así que el conductor tenía que estar listo al grito de "stop" para complacer al cliente sin causar un accidente—una dinámica un poco grosera, pero inevitable.

La primera sesión fue en un manojo de casas que quedaban paradas en medio de los escombros, tal vez a unos tres kilómetros de la costa. Una anciana arreglaba algo junto a su casa y no alcanzó a huir para cuando llegamos a su puerta. El fotógrafo me pidió que le preguntara si podíamos tomar fotos, y ella dijo si, pero que no a ella. Detrás de su casa no quedaba nada en pie, y a su vecino en dirección a la playa le había quedado maltrecha. La anciana nos mostró hasta que nivel había llegado el agua—más de un metro—recordándonos lo afortunada que era de no haber sufrido mayor daño. Un hijo no había tenido tanta suerte, y ahora él y su esposa e hijos vivían en su casa de dos pisos. Le pregunté si había recibido ayuda, o si quería que los voluntarios de la universidad la visitaran. Mirando a nuestro alrededor, dijo que mucha otra gente necesitaba ayuda y que ella podía valerse por si misma.

Al frente una vecina sacaba carretillas de barro de lo que parecía ser su garaje. Después de despedirnos de la anciana, esperamos unos diez minutos a que fuera y viniera unas cuatro veces para poder captar su mejor ángulo. No dejó de molestarme que eso fuese lo único que íbamos a hacer: incomodar con nuestro ojo inútil a la gente que ya tenía suficientes problemas. Supongo que el fotógrafo curtido se consuela pensando que su noticia traerá mucha más ayuda de la que los dos podríamos ofrecer en ese momento. Yo no podría vivir con eso.

Durante esos diez minutos llegó un camión de mensajería a dejar un paquete. El tipo del camión parecía tener problemas confirmando la dirección fuese la correcta. Aunque si se le piensa bien equivocarse estaba dentro de lo posible, no dejó de causarme gracia aquel espectáculo en medio de los escombros. La escena de esa entrega en medio de la nada, como cuando al final de Seven llega el camión con la fatídica caja, me pareció una preciosa imagen del espíritu de reconstrucción. Pero mi entusiasmo no fue compartido, y el camión se fue no sin gloria: de seguro ya se siente importante de hacer lo que hace.


2.
Volvimos al taxi y seguimos derecho hasta la playa. La barrera de cinco metros contra tsunamis seguía ahí, como un mal chiste. Del bosque de pinos que debían terminar de contener las olas quedaban algunos palos. Para mi sorpresa la playa estaba limpia, la arena blanca, sin escombros árboles destrozados, la mar resplandeciente con aquel sol de primavera. La barrera no habrá podido con el tsunami, pero ahora cumple la importante labor de cubrir aquella odiosa normalidad: previene a la playa de que entre en su bikini a nuestro velorio.

Luego de esperar a otros curiosos en bicicleta para tomarles una foto, decidimos intentar fotografiar a los grupos de rescate trabajando en la zona. En el centro de comando, la combinación prensa internacional-universidad prestigiosa funcionó, y el jefe de bomberos se ofreció a mostrarnos él mismo el terreno.

La primera parada fue el helipuerto de bomberos, a menos de un kilómetro de la orilla del mar. Elevado por lo menos cinco metros, en el parqueadero aún quedaban las latas maltrechas de los carros de los bomberos y un helicóptero descompuesto. Nos contó el jefe que apenas sucedió el terremoto, una de sus máquinas despegó para chequear el terreno, helicóptero que luego ayudó a evacuarlos cuando el agua los arrinconó en el techo del segundo piso. Mientras llenaban el tanque del segundo helicóptero llegó la ola, y ahí ya no hubo más que correr.

Las oficinas del edificio ya estaban transitables, aunque las paredes seguían dando testimonio de la magnitud de la tragedia. En uno de los hangares había un pinos de cuatro metros clavado en la ventana. En el segundo piso estaban listos los trajes de buzo que habían venido usando para buscar cuerpos. Otros bomberos se nos unieron y nos llevaron hasta el techo donde los perdonó el agua aquel día. El más veterano me contó que entre el terremoto y el tsunami habían logrado traer a veinte vecinos que no habían salido de sus casas. En el área que señalaba había lodo en una capa tan uniforme que costaba pensar que hasta hace unas semanas habían allí casas y gente.

El fotógrafo quería tomar una foto de la panorámica, así que me pidió que le dijera al veterano que posara de espaldas a él, de frente al paisaje. Con tal de que no saliese su cara, el bombero podía colaborar con el mandamiento. Los demás le hacían bromas y se reían de sus minutos de fama. Pensé que lo hacían con plena conciencia de lo banal del montaje y de lo eterno de su gloria. Junto a ellos no hay de otra que sentirse inútil.

Antes de despedirnos el fotógrafo quería otra toma con la pila de carros. En el camino nos comentaron que un par de ellos habían sido recién comprados y que hasta ahora no se había escuchado nada de compensarles el daño. Ingenuo, pregunté por el seguro y me contaron que ninguna compañía asegura contra tsunamis. Tal vez el gobierno podría ayudarles con algo, dije, y enseguida nos pidieron que si podíamos se los hiciéramos saber. Bueno, para algo podía servir todo esto.

3.
La última parada fue en una zona que era peinada por los bomberos con ayuda de una grúa. Dejamos el taxi cerca a la vía principal y caminamos entre montañas enormes de escombros arrumados. Aquí y allá habían casas que la ola había arrastrado cientos de metros sin que se desarmaran. Una cruz y una fecha indicaban que ya habían sido revisadas. Un mes tras la tragedia, todavía las autoridades pensaban darse hasta dos meses más para encontrar más cuerpos. El capitán se quejó porque ese no era trabajo de los bomberos, quienes hacían falta en la ciudad cuando las réplicas fuertes ocurrían. Sin embargo no había opción por ahora.

El fotógrafo se quedó un rato tomando a la cuadrilla vigilar el ir y venir de la grúa, atenta a lo que revelaba cada pucho de escombros removido. Le pregunté entonces al capitán por su familia. Dijo con serenidad que a uno de sus padres se lo había llevado la ola. La primera vez que había tomado un descanso, hacía un par de días, había sido para ir a reconocerlo en la morgue. Ya no le quedaba carne en el torso, y le faltaba media cara; pero reconoció el cuerpo. Debió haber notado mi desconcierto, porque al mirarme dijo que con toda la destrucción a su alrededor, haber encontrado el cuerpo era un gran alivio. Al día siguiente tomaría de nuevo un descanso para la cremación, y luego volvería a trabajar.



Cuando íbamos a despedirnos nos topamos con un par de personas que sacaban cosas de una de las casas arrastradas. Dejamos al capitán y nos fuimos a por la foto. No hizo falta pedir permiso porque el señor en sus cincuentas que sostenía una escalera medio destartalada empezó a posar para nosotros, mientras repetía en inglés japonés milagro, milagro. Su casa había flotado un par de kilómetros y todas sus pertenencias parecían estar a salvo. Desde el día del terremoto se refugiaba con su familia en la iglesia cristiana a la que pertenecían; este era el tercer y último trasteo que pensaban hacer antes de dejar la casa a las retroexcavadoras.

Dentro dos personas iban y venían dentro de lo que quedaba de casa. Una mujer que debía ser la esposa del señor de la escalera estaba a cargo de la cocina, la cual se veía desde el boquete que usaban para entrar, y a un hermano del culto se le escuchaba escarbando en algún otro lado. El fotógrafo se agachó de manera que toda la operación apareciese en el encuadre. Quise ayudar pero se notaba que estorbaba en la foto. Entonces vino una réplica. La señora, cerca del boquete, empezó a entrar en pánico. La casa crujía, y el esposo parecía no saber que hacer; la casa bien podía volcarse y caernos encima. Como la tenía cerca, sujeté la escalera para que la señora saliera, pero ella no se movió hasta que dejó de temblar.

Después del susto decidieron dejar hasta ahí el trasteo. Primero bajó la señora y luego vino el compañero. Ya iba a bajarse de la casa, cuando el fotógrafo nos quitó de la escalera y le hizo señas de que se quedara donde estaba. Con el esposo nos mirábamos impotentes, mientras el compañero se notaba molesto: aquella casa podía caerse en cualquier momento, otra réplica podía venir en cualquier momento, pero él tenía que esperarse a que el desconocido lograra la mejor toma. Fue un alivio que todo terminara sin problemas, pero ya después no hubo más palabras entre los cristianos y nosotros.


4.
Antes de acabar el día decidimos ir a ver la estatua del patrón de la ciudad. La vía principal al lugar donde alguna vez estuvo su castillo quedó interrumpida por un derrumbe, así que tocó tomar un ruta alterna. El sitio tenía un aviso de cerrado pero el parqueadero estaba abierto, así que entramos. Una cinta advertía que acercarse a las estatuas estaba prohibido, pero otros en el mismo plan de nosotros se tomaban fotos junto a Date Masamune. Eran un par de trabajadores de la compañía de gas natural de alguna prefectura lejana que aprovechaban un descanso para llevarse el recuerdo obligado de Sendai. Más de cuatro mil de ellos habían llegado de todo el país a revisar casa por casa toda la ciudad antes de restablecer el servicio, uno más de los muchos ejércitos japoneses que levantaron la ciudad después de que la madre naturaleza la apagara en casi todo sentido. Se me pasó por la mente contarle esa historia al fotógrafo, pero ya la habíamos arruinado el rato a suficiente gente.

Desde el mirador se veía una franja gris entre la ciudad y el océano; cuan larga como la costa. La estatua de un águila que miraba desde lo alto de una torre se había caído y vuelto pedazos. El conductor del taxi me contó que la habían puesto allí a comienzos del siglo veinte, mirando hacia el norte para que vigilara a los codiciosos rusos. Mal momento para caerse, ahora que los vecinos han incrementado sus visitas a las islas que tienen en disputa.



Al occidente el buda gigante que guarda la ciudad relumbraba con el ocaso. Todo extranjero que se lo topa por primera vez queda sorprendido, tanto por su magnitud como por el hecho de que nadie le haya advertido de su existencia. Al parecer la estatua, tal vez una de las más altas de Japón, tiene un pasado oscuro, de modo que los locales rara vez la visitan, y ni siquiera la consideran un atractivo de la ciudad. En todo caso, ver una vez más aquel Buda aún entero es por lo menos un alivio.

El último en posar para la foto fue el señor de estas tierras. Desde aquel caballo observando sus feudos, con ese parche en el ojo tan soberbio, seguro tenía muchas más razones para estar orgulloso que triste. La ciudad que nos heredó se levanta una vez más casi como si nada, y es seguida con admiración por ojos de todo el mundo; un mundo que un día él mismo quiso intentar traer más cerca, enviando los primeros japoneses al Vaticano, aunque las circunstancias no le fueron favorables. Masamune, de espaldas al sol y de frente a Sendai, le dio trabajo al fotógrafo que no lograba un ángulo que mostrase el detalle de su figura. Aún hecho estatua, el shogún se hacía respetar en su tierra.

Después de un rato el fotógrafo pareció darse por vencido. Entonces vino hacia mí y antes de que me diera vuelta para poner fin al día, me pidió que me parara junto a la estatua: había que cumplir el único mandamiento. Como eramos dos sombras, no importaba que mis ojos no fuesen rasgados, ni mi pelo lacio, o mi tez pálida. Quieto en la posición indicada, mientras el fotógrafo hacía los honores con su obturador, repasé de nuevo las memorias de aquel día, ahora como un pedazo de posteridad. Aquellas imágenes viajarían millas a través del mundo, alimentarían las pasiones de gentes que jamás conoceremos, uno que otro corazón se inspiraría en ellas para salir de su rutina y ayudar de alguna manera al prójimo, algún otro reconocería la gravedad de los terremotos y se prepararía mejor para cuando le toque su turno; quien sabe, vidas enteras podrían cambiar después de ver estas imágenes. Las fotos se conservarán en la nube por más tiempo que las vidas de sus protagonistas, milenios incluso; inspirarán historias que de seguro poco o nada tendrán que ver con las circunstancias originales de su concepción. Circunstancias que sólo unos pocos leerán, y que sólo a mí parecen importarle. En últimas creo que el fotógrafo hace su trabajo y más bien soy yo el ingenuo que ve en todo un gran dilema ético.

En silencio, le agradezco a Masamune por su protección, pido una vez más perdón por todas las imprudencias, y me voy con la sensación de que toda la experiencia ha sido algo como un bautizo.

jueves, abril 14, 2011

Un día en el medio — primera parte

Buscando algo que le de sentido a la nada

Estaba preparado para muchas cosas cuando me inscribí como voluntario en el grupo de estudiantes de la universidad: limpiar lodo, mover escombros, cargar víveres, preparar comida, o jugar fútbol con los niños. Sin embargo, la primera tarea que se me encargó fue quizá la más obvia: servir de traductor. Un par de periodistas venían de una ciudad en California, recomendados por alguien en la universidad, y necesitaban un par de personas para que les ayudaran en su trabajo documentando las desgracias de los sendaireños.

Me citaron al hotel de los periodistas con la otra voluntaria al siguiente sábado. Un profesor de la universidad y otro señor que resultó ser 'el de los contactos' serían las contra partes locales que ofrecerían el soporte logístico. Nos presentamos y enseguida pasamos al restaurante. El profesor me dio una carpeta y mencionó que incluía un sobre con dinero para mis gastos en transporte. Pero yo vine en bicicleta, le dije; él sonrió y volvió con los huéspedes.

La cosa siguió mal. El profesor alardeó porque el hotel desde el terremoto no servía cenas, pero gracias a su insistencia prepararon un menú especial para nosotros. Eso me pareció algo inconsecuente con el motivo de la visita, aunque la verdad es que la comida hace mucho dejo de ser un problema en la zona. Luego vino una réplica de tal vez 4 fuerte o 5 suave en la escala japonesa que llega hasta 7. (1) Uno de los periodistas dijo que no había problema, que ellos venían de California, que ellos tienen la falla de San Andrés, que ellos estaban acostumbrados. El mismo tipo saldría corriendo del taxi en una replica grado 6 suave el siguiente lunes temiendo que algo le cayera encima al carro. Después admitiría que sus terremotos en California son menos acentuados y que el último fuerte fue hace quince años.

Se habló luego sobre sitios a visitar. Los periodistas querían concentrarse en Sendai pero los nombres que traían eran de lugares bastante alejados. Además, que un sitio quedara a 80 millas para ellos no quería decir que estaba a menos de una hora: el limite de velocidad japonés en carretera pública es de 50 Km/h, así que los tiempos por lo menos se duplican.

Luego, creo que de la nada, empezaron a hablar de cadáveres. Quiero pensar que fue un mal entendido en la traducción, que unos hablaban de ver las operaciones de rescate y los otros entendieron ver cuerpos. El caso es que el señor de los contactos empezó a llamar a sus amigos policías a ver como nos llevaban a ver muertos. El profesor les explicaba que ni siquiera en las noticias locales salían fotos de estos, así que iban a ser afortunados. Yo intenté preguntar si eso era en verdad lo que querían ver; pero una vez ofrecida la oportunidad, los periodistas dijeron que sí, porqué no.

Supongo que en esto fallamos todos. Es ridículo que los profesores se ofrezcan a conseguir acceso a tales lugares; parece que puede más el afán de servir al cliente que el sentido común. Fallan los periodistas por prestarse a cubrir estas historias, aunque después de la experiencia me parece que ser periodista es un poco eso: irrespetar al prójimo, profanar su ser por el supuesto bien superior que viene con la información—aunque claro, supongo que muchos aprenden a medirse en el momento de hacer una pregunta o apretar el obturador. Fallé yo por prestarme a ese juego, por no negarme a facilitar algo que no tenía sentido e iba contra mi ética. Bueno, no falló el policía que se negó a dejarnos entrar a las morgues, pero si falló el señor de la funeraria que accedió.

Después de que nos echaron de la sala de velación por el malestar de las familias presentes, el fotógrafo me contaría una historia sobre lo difícil que es cubrir los entierros de soldados americanos muertos en la guerra. La historia fue insulsa, desconectada de la grosería que acabábamos de cometer—las familias de los soldados quieren cubrimiento, allá ellos son locales—, y me terminó de convencer de que nada bueno iba a salir de aquella visita. Seguramente le contará la historia a sus amigos o colegas después de un par de cervezas, pero será totalmente intrascendente en el artículo final. Puro morbo. Algo muy humano, en lo que caeremos muchos por acá por mucho tiempo, pero aún así, reprobable.

Aquella noche salimos a cenar con Hiroko, y comí y bebí hasta hartarme. Luego, en la entrada de nuestro edificio, ella trajo un poco de sal que había alistado previamente y me roció por delante y por detrás. Se dice que los muertos se vienen con nosotros después de los velorios, y sólo la sal evita que se entren con nosotros a la casa. Si ese es el caso y los importuné, espero les haya gustado la cena que pedí para ellos.


(1) La escala japonesa varía según el sitio, y representa el nivel de vibración que se siente; la escala incluye un número y la calificación fuerte o débil. 7 es destrucción total; el terremoto del 11 fue 6 fuerte, igual que la réplica del 7 de abril—la cuál fue más fuerte en movimiento vertical que el mismo terremoto.

miércoles, abril 06, 2011

Historias

Los refugiados en la Montaña de la Hoja Azul

Sumando perdidos y encontrados, el terremoto y el tsunami han dejado alrededor de 27,000 víctimas. En el pico de la emergencia 492,000 personas fueron evacuadas. Si cada una de ellas tuviera un minuto en televisión para contar su experiencia necesitaríamos casi un año de transmisión permanente para que cada quién desahogase el miedo y la tristeza de las pasadas semanas.

Esa más o menos fue la labor de todos los canales de televisión en los primeros días después del terremoto: cientos de personas avisando que estaban vivos, sin más que lo que llevaban puesto, pero vivos; buscando a los seres queridos que no aparecen, o dando la mala nueva de los que desaparecieron ante sus ojos.

Son desahogos porque la probabilidad de que algún conocido haya visto ese canal, entre tantos, justo en ese minuto, es muy reducida. Algunos pensaran que hace parte del morbo del que se aprovechan los canales, pero por las primeras dos semanas desde la tragedia no hubo propagandas en ningún canal, por lo que es de esperarse que nadie estaba sacando provecho de la tragedia. De hecho, muchas empresas se han limitado a hacer donaciones anónimas, mientras jefes de compañías, deportistas y artistas dan dinero a título personal. Los sobrevivientes están ahí porque es todo lo que en este momento un periodista y su cámara pueden hacer por ellos: darles una botella y una hoja de papel para que la tiren al mar.

Las siguientes son algunas de esas botellas que he visto pasar por mi orilla:

+ Una mujer y su hija pasan por la comisaría de policía de su barrio a dejar flores en la entrada. Después del terremoto estaba como tantos en un trancón esperando con desgano huir de la dizque ola que venía. Un oficial vino y la sacó del carro y la llevo a un refugio. El oficial fue a traer más gente y ya nunca más volvió.

+ Dos ancianos arrugados frente a la pantalla se presentan. Ella tiene 92; él 97. Le mandan a decir a sus hijos que están bien, que no se preocupen por ellos y que se dediquen a sus oficios.

+ El señor sostiene en las manos un letrero con su nombre y el de las personas que busca. Cuando el periodista le extiende el micrófono, se deshace en lágrimas y dice cosas que nadie entiende. El periodista le pide que repita la información, con idéntico resultado. Silencio.

+ La anciana dice que sus hijos, nieto no aparecen. Tampoco tiene casa. Sí, está viva, pero no sabe para qué.

+ La hermana mayor recibe una llamada de sus padres avisando que están bien. Mientras llora, su hermana menor se ríe y dice que es la primera vez que la ve llorar.

+ Una adolescente pide que habiliten algún servicio para poder ir y venir a Sendai. Le preguntan que quiere hacer en Sendai. Ver a alguien. ¿A quién quiere ver? Baja la cabeza y se retuerce un poco, como escondiéndose de sí misma: a mi novio.

Van tres semanas, y aunque en menor cantidad, las historias no se detienen. Puede que las botellas nunca lleguen a sus destinatarios, pero mientras haya botellas los demás intentaran hacer su parte.

lunes, abril 04, 2011

P0rn0

El jueves pasado, luego de conseguir combustible, fuimos a visitar la abuela que vive en Kogota, a dos horas de Sendai. Con el terremoto, una columna de la casa cedió y el resto quedó torcido. Afortunadamente están lejos del mar, y hace poco habían construido un cuarto para el tractor, donde ahora duermen con la familia de uno de sus hijos. El dinero para construir una nueva casa puede que no sea un problema, pero como tanta gente quiere rehacer su casa al mismo tiempo es incierto por cuanto tiempo vivirán en el cuarto del tractor. La abuela dice que esto no es nada en comparación a lo que les tocó después de la guerra. Por ahora estar vivos es lo que se sigue celebrando.



Columna por fuera


Columna por dentro


El muro de la entrada


El papel de las divisiones estalló por el estrés del movimiento

De ida nos fuimos por el camino entre las montañas, dónde las cosas se ven sólo ligeramente torcidas aquí y allá. Al regreso decidimos tomar la carretera que va cerca al mar. Desolación. El paisaje duele. No hay palabras.

Barco en el camino


...


....


Kilómetros sin primeros pisos


...


Carros apilados


Carros marcados...


...


Barco en medio de la nada del puerto de Shiogama


Carros espolvoreados por el litoral


Sucumbiendo al p0rn0.

domingo, marzo 27, 2011

Nosotros los habitantes de Japón—9.0, cuarta parte

El lunes 14 en el punto de ayuda del estadio de béisbol de Sendai ya no había nadie

La prensa ha dicho que el terremoto del pasado 11 de marzo fue el cuarto más fuerte de los que se tiene registro. Si le sumamos la cantidad de imágenes a disposición del público y la emergencia nuclear desatada, tal vez sea el más impresionante—aunque sin duda no el más doloroso, pues el tsunami en el océano Índico y el terremoto en Haití han tenido muchas más víctimas. Lo importante no son las comparaciones, hasta cierto punto inoficiosas, sino dejar en claro que la magnitud del evento imponía un reto muy grande para todos los habitantes de Japón. En una situación así nadie puede sustraerse al pánico, y no es atinado juzgar las reacciones de cada quien sobre estándares normales (¿?) de racionalidad.

Sin embargo, a todas luces las cosas no salieron bien en lo que refiere a los extranjeros. De Sendai al parecer la gran mayoría salió corriendo, no sólo de la ciudad, sino del país. Los extranjeros en Japón se volvieron un problema más, en momentos en los que menos lo necesitaba. La oficina de inmigración colapso por las filas de extranjeros pidiendo permiso de reingreso para poder pasar unos días en sus países mientras pasaba la emergencia. El aeropuerto de Narita y Haneda en Tokio también sufrieron picos de gente en pánico. Las autoridades reportan que 190,000 extranjeros han salido en lo que lleva de marzo, cuando lo normal son 20,000. Todo esto a pesar de que el impacto real del terremoto ha sido más bien limitado en las áreas más habitadas, es decir Tokio: cortes de energía, algo de desabastecimiento de alimentos (debido a que todos quieren aprovisionarse al tiempo), y una exposición limitada a radiación, que de acuerdo a las autoridades por ahora sólo implica riesgos para la salud de los menores de un año. Pensando en el futuro, vale la pena hacer un análisis preliminar del porqué de esta reacción.

Algo que fue evidente desde el comienzo de la emergencia es cuanto se demoró en fluir información oficial sobre la emergencia en otros idiomas. La gran mayoría de los extranjeros no tienen la capacidad de entender el japonés de las noticias, menos aún en condiciones de estrés. Por lo menos en Sendai, el sistema de información para extranjeros (SIRA), sólo volvió a informar hasta el 18 de marzo.—aunque en la página web de ellos hay información desde el 13. En cambio, si usamos la prensa colombiana como la fuente principal para informar la reacción de los extranjeros, incluso nadar hasta Corea hubiese parecido sensato. Pedirle un cambio a los diarios tal vez sea demasiado, pero el gobierno japonés sí podría hacer su respuesta a emergencias mucho más incluyente.

En todo caso, fue claro desde el comienzo que varias misiones diplomáticas no confiaron en el gobierno japonés. Muy temprano el gobierno colombiano expresó su intención de mover la embajada del país, aunque rápido salió a retractarse. El representante del gobierno francés acusó al gobierno de ocultar información, y los Estados Unidos enviaron mensajes confusos, apoyando al gobierno pero contradiciéndolo. Al 25 de marzo, el Ministerio de Relaciones Exteriores japonés reportó un total de 25 embajadas que cerraron o cambiaron su locación (Alemania, Angola, Bahrain, Benin, Botswana, Burkina Faso, Croacia, Ecuador, Finlandia, Ghana, Guatemala, Kenya, Kosovo, Lesotho, Liberia, Libia, Malawi, Mauritania, Mozambique, Namibia, Nepal, Nigeria, Panamá, República Dominicana y Suiza). Hasta donde tengo conocimiento, sólo la embajada del Reino Unido sacó un comunicado de apoyo a las medidas tomadas por el gobierno japonés. Es muy posible que la raíz de la falla en la credibilidad esté en el papel de los medios y las dificultades de las misiones diplomáticas para seguir sólo las noticias locales.

Sería prudente que cada misión diplomática evaluara su reacción durante la emergencia, que se hicieran públicas cuales fueron las bases para las decisiones que se tomaron, y se aprenda para próximas ocasiones—y de paso se pidan las debidas disculpas si es el caso. Como dije al comienzo, este es el momento donde es más difícil separar el rol de funcionario público del de ser humano de carne y hueso. La embajadora colombiana aceptó en radio que le tiene miedo a los temblores, por lo que no es descabellado pensar que su miedo haya influido las consideraciones que se tuvieron en los primeros días. Ello no desdice de la gestión de la embajadora en su rol normal de diplomática, y se debe reconocer como luego del miedo natural salió a desmentir las declaraciones de la Canciller colombiana. Aún así, valdría la pena sentar el precedente sobre la compatibilidad de personas y contextos para informar la reacción a emergencias en el futuro.

Al nivel personal de los moradores de Sendai, tal vez el factor más importante para el pánico fue el nivel de (des)conexión de cada quien con Japón. Los estudiantes en general se comportaron tal cuál un turista, que abandona el lugar cuando se acaba la diversión. Estos fueron los que ayudaron al pánico y causaron dolores de cabeza adicionales. El fracaso acá también le cae a las universidades que no han logrado integrar a los estudiantes con el país, o servir de un interlocutor válido de los mensajes oficiales, aunque se debe tener presente que las embajadas están por encima de ellas. No obstante, la Universidad de Tohoku, líder mundial en ingeniería, estaba en capacidad de emitir reportes sobre el problema de radiación en las plantas de Fuhushima, pero sólo empezó a hacerlo desde el 18 de marzo, casi una semana después del terremoto. Esto es de lo más irónico, dado que por el régimen de vientos, es mucho más riesgos irse para Tokio que quedarse en Sendai, dónde en cuestión de una semana la situación ya estaba hasta cierto punto normalizada (comida, agua, electricidad, y teléfono).

Hay dos factores que pudieron haber catalizado la decisión de los estudiantes de huir: por un lado, marzo es época de vacaciones y los estudiantes no debieron haber sentido la presión de seguir en la ciudad; y, por otro lado, es característico del japonés ser cuidadoso al expresarse para no asumir responsabilidades que no les corresponden. Lo primero incluye también a los estudiantes japoneses, por lo cuál es de esperarse que esto haya tenido mayor efecto en el caos después del terremoto en la ciudad. Bloqueadas las autopistas hacia el norte y el sur, la gente se volcó a Yamagata, la prefectura del occidente, desde donde se podía iniciar el periplo a Tokyo, ya sea por tierra o en avión. La estampida estudiantil tuvo un resultado positivo en medio de todo: en la semana siguiente al terremoto, cuando la comida estuvo más escasa y se hacían filas de más de 5 horas, el supermercado del barrio de los estudiantes estuvo mucho menos congestionado y con más variedad disponible. Eso parece dar la razón a quienes dijeron que se iban por dejarles más recursos a los más necesitados, aunque esto es dudoso porque no había como mover la comida y la información sobre los supermercados estaba restringida.

Sobre lo segundo, los interesados pueden leer un comentario en la revista Scientific American, donde criticaban al gobierno japonés por la manera en que se comunicó el riesgo en ciernes. Tal vez algo de ello sea cierto, pero los comentaristas ignoran el posible efecto de la ambigüedad característica del idioma japonés. Un ejemplo fuera de contexto que puede ayudar a entender el punto: la semana anterior al terremoto se reunió el concejo de la facultad para aprobar las aplicaciones de grado; luego de la reunión le pregunté a la secretaria si había sido aprobado y contestó que ninguna aplicación fue negada. Las presentaciones sobre el accidente en los reactores nucleares han estado llenas de este tipo de mensajes; ni hay una fuga, pero tampoco no la hay; ni la situación está controlada, ni está fuera de control. No es deshonestidad, es exactitud, pero seguramente no es lo que los medios quieren escuchar.

Los pocos que se quedaron en Sendai lo han hecho por sus relaciones laborales o familiares con la ciudad, y han sido testigos de la increíble resiliencia del pueblo japonés. Como expresó un periodista estadounidense que lleva más de cincuenta años en el país, es posible que aquellos que se van se estén perdiendo el mejor momento de Japón después de la Segunda Guerra. Pero esta idea no fue sino la de una exigua minoría. Por su lado, algunos sectores ya han hecho expreso su malestar. El título de una editorial del periódico Asahi, uno de los de mayor circulación del país, lo dice todo: “Los sobrevivientes japoneses no tienen a donde escapar”. Aunque el columnista se limita a reprochar que hasta algunos diplomáticos se fueron, la idea central es que la reconstrucción del país le toca al país; en otras palabras, es en este momento que se sabe quién es de aquí y quién no. Tristemente, el nuevo brío que ya muchos avizoran en el futuro del país conservará la sombra del aislamiento de sus gentes, reafirmando la división entre los japoneses y los que habitamos—y amamos—este archipiélago en el Pacífico.


P.S. Ahora que recordaron en los medios del norte que la verdad de los ataques de Ántrax después del 9/11 sigue sin revelarse, queda la duda de cuantos aviones mandaron a USA por colombianos después de esa emergencia tan peligrosa.

lunes, marzo 21, 2011

La semana después—9.0, tercera parte

La verdulería recupera su importancia

El viernes 18 de marzo, a las 2:46pm , comíamos croquetas de huevo, repollo con salsa de ajonjolí, arroz y sopa de miso; de postre un pastelito de limón y te verde para la digestión. Fue necesario hacer una fila de cuatro horas para conseguir los víveres, pero lo importante es que los teníamos. El terremoto no sólo altera el abastecimiento de productos a las zonas afectadas, también alinea las necesidades de la gente, de manera que todos quieren de lo mismo al mismo tiempo, contribuyendo a que el sistema colapse. Como cuando todos quieren ir al nuevo centro comercial el sábado en la tarde.

Sin embargo, aunque la escasez es lo más preocupante, tal vez la reacción de la gente sea lo más difícil de solucionar. Ya desde el miércoles o jueves después de la tragedia, los abastos de barrio, muy parecidos a los colombianos, tenían surtidos básicos de vegetales, frutas, aceite, artículos de limpieza y algo de arroz. Sin embargo, como la gente ya no piensa en ellos cuando va a hacer mercado, estos se encontraban mas bien solos. Para el sábado, ya los almuerzos se apilaban en los restaurantes del centro mientras la gente hacía fila para obtener cosas más específicas como medicinas, pastelitos de limón, y pan—el pan no es una comida tradicional en Japón, su producción es más complicada, y su baja densidad no es adecuada para las circunstancias. La comida, en conclusión, ya no es un problema.

Como saben, la conexión a Internet nunca se perdió; un día después los teléfonos funcionaban con intermitencia. Dónde vivimos la luz llegó al tercer día. Al cuarto volvió el agua. Luego vinieron las novelas y los programas de variedades; los casinos entraron en pleno funcionamiento y algunos cafés abrieron sus puertas. Las carreteras principales y los servicios intermunicipales de buses empezaron a ir y venir con alguna regularidad. La ciudad se rehace gradualmente a sí misma con la ayuda de miles de manos que hacen lo que está a su alcance.

Otras cosas tomarán más tiempo. Lo más problemático es el gas natural, del que una gran porción de la población depende para cocinar y para darse una ducha caliente—esta una parte vital de la cultura japonesa, no un capricho como dice mi mamá. La planta que recibía el gas en el puerto fue borrada por el tsunami, y los arreglos pueden tardar entre uno y dos meses. Entre tanto la gente ha recurrido a cocinetas para camping, microondas, y algunos han podido migrar a gas propano, del que parece haber provisión suficiente. Para la cuestión del baño, algunos termales a las afueras de la ciudad han ofrecido gratis sus servicios para que la gente vaya y se relaje. También hay casas con calentadores eléctricos que han abierto sus puertas para que los vecinos laven sus penas.

La gasolina y el keroseno son un poco más complicados, y las filas en las estaciones de servicio continúan. Tienen prioridad los carros de trabajo, aunque para los particulares aumenta gradualmente la oferta; por lo pronto, las calles están llenas de peatones y bicicletas, un paraíso mockusiano. En las ciudades densas como las japonesas el desabastecimiento de combustibles es llevadero, y los que viven lejos del trabajo salen un poco más temprano y toman un bus, o comparten vehículo y se turnan en las filas. Los arreglos del tren toman más tiempo, y mientras la prioridad sean los damnificados de la costa, los arreglos irán a media marcha. Por último, el aeropuerto quizá vuelva a funcionar en octubre, aunque la pista ya fue despejada y desde allí operan los equipos de rescate y los ejércitos de otros países.

Otra historia, claro está, es la de las más 300 mil persona afectadas por el maremoto que en este momento viven en refugios; tampoco la de los más de 12 mil desaparecidos. Las labores de reconstrucción tardaran por lo menos un año, y para muchos no hay un lugar al cuál volver. Ninguna de estas historias, la de la normalidad de Sendai ni la de la permanente zozobra del posdesastre, es tan interesante para los medios como la del Apocalipsis nuclear, y pasaran desapercibidas para la masa que busca el próximo miedo del cuál sentirse seguro.

miércoles, marzo 16, 2011

9.0 (segunda parte—el día después)

Gente hace fila en un supermercado con medio aviso caído

¿Qué hace uno la mañana del sábado después del sismo más fuerte en la historia de Japón? Ir a trabajar, por supuesto.

Confieso que esto me tomó por sorpresa. Sobrevivir era todo lo que me importaba, así que cuando Hiroko dijo que tenía que estar como siempre en el trabajo a las 8 AM me molesté. Supongo me entienden: con olas gigantes llevándose pueblos, réplicas cada diez minutos, sirenas yendo y viniendo, el trabajo era lo último que se me pasaba por la cabeza. Sin embargo, cuando uno tiene un trabajo de servicio a la comunidad, nutricionista en un kinder en su caso, todo lo que esté al alcance hacer por los demás puede hacer la diferencia. Los rescatistas, los soldados, los bomberos, los que atienden en estaciones de servicio, supermercados, etc., también tienen niños, y si ellos no pueden ir a hacer su trabajo por cuidar los niños, las cosas serían peores.

Así que a las siete ya estábamos listos para salir en las bicicletas. Como en la casa de los suegros ya todo estaba en su puesto, le dije a Hiroko que iba con ella—no la hubiera dejado ir sola en todo caso. Me puse una sudadera que me prestó la suegra sobre la pijama con la que salí corriendo el viernes, unas medias del suegro porque me había puesto los zapatos sin medias en la huida, y el abrigo que saqué la primera vez que me aventuré de nuevo dentro del apartamento—cuando el miedo no me dejó sacar ni medias. El viaje tomaría un poco menos de una hora a través de la ciudad, pero sería como una excursión a un lugar totalmente desconocido. y salvaje . No, de nuevo, porque los daños fuesen sustanciales, que afortunadamente en la mayor parte de la ciudad no lo han sido, sino porque la corriente del miedo nos predispone a ver grietas, ruinas, caos y dolor peores de los que verdaderamente hay, o incluso imaginarlos donde no existen.

La mayoría de daños visibles fueron en los muros de los jardines o los garajes. Una placa de concreto de un edificio cayó sobre una parada de bus, pero al parecer nadie estaba en ella en ese momento. Sólo un edificio en el recorrido se veía seriamente averiado. Los ventanales grandes en general estaban quebrados y en el suelo fisuras que no se sabe si han estado ahí siempre.

Puede sonar extraño, pero lo verdaderamente sorprendente era ver gente. Haciendo filas en los teléfonos públicos o en las tiendas de víveres; atascados en el tránsito o en hordas de bicicletas.
Gente que nunca sale, o que siempre está en el trabajo, que se mueve en bus, carro, tren, o subterráneo, que tiene trabajos a horas fuera de las normales, todos en las calles, de un lado para otro con un dejo de tristeza. Todos despertando a ese nuevo Japón inhóspito que dejó el terremoto.

En el kinder las cosas estaban más o menos en su sitio. La directora hablaba con una profesora que aún no recibía noticias de algún pariente, y que venía personalmente a decir que iba a faltar unos días. En algunos rincones se veían rastros de polvo de las paredes y una que otra fisura. Diez profesoras revisaban los salones y limpiaban los corredores. Sólo dos hermanos habían venido, y jugaban en el corredor. Hasta ese punto todo muy cotidiano, pero con cada encuentro empezaban a apilarse las tragedias. La directora vive en el área del puerto, a distancia suficiente para oír las alarmas de tsunami que se accionan con cada réplica, así que decidió dormir con su hijo en el carro, para salir en cualquier momento. La familia de varios aún no aparecía, sus casas sin ningún servicio. El señor del abasto de verduras vino a decir que tenía bananos, por si eran de alguna utilidad; el de la carnicería también vino, aunque a decir que no tenía nada aún, ni tan poco certeza de cuando iban a llegar provisiones de nuevo. La sub-directorora, después de dos horas de trapear el piso, nos dijo a todos que su hijo no había vuelto de la primaria el día anterior, la cual quedaba cerca del aeropuerto que en la televisión mostraban parcialmente sumergido. Pidió permiso para ir a buscarlo y luego volver a trabajar. Claro la directora le dijo que volviera la otra semana, pero ese era el espíritu que se respiraba.

Cuando acabamos las labores de Hiroko también pedimos permiso para volver. Como la pila de mi celular ya estaba en las últimas, paramos en un mercado a hacer fila para conseguir unas doble A. Los encargados habían acondicionado unos estantes junto a la puerta de carga y la gente ya le daba la vuelta al parqueadero. Sin embargo no tomó más de media hora: los empleados estaban haciendo bolsas con mercados individuales que vendían por mil yenes (veinte mil pesos), aunque su valor real estaba bastante por encima. No tenían pilas, pero aprovechamos para llevar dos bolsas, pues nunca se sabe.

De vuelta paramos en una videotienda donde se veían a unos empleados como pasmados en su interior. Adentro cajas de dvds hasta donde alcanzaba la vista. Les explicamos que necesitábamos unas pilas para el celular y dijeron que la registradora no servía, así que nos regalaron cuatro pares. Les dimos las gracias y seguimos nuestro camino. Hasta la gente de una videotienda puede ser útil en medio de una emergencia. Al sol de hoy he visto restaurantes regalando el almuerzo, a los peluqueros ofrecer shampoos para los que no se han podido bañar, a los casinos sacar extensiones de sus toma corrientes para los que no tienen luz. Todos ellos hacen parte del gran plan de rescate japonés.

Salir a trabajar es ganarle la guerra al miedo.

martes, marzo 15, 2011

9.0 (primera parte)


La tragedia empezó, gracias a Dios, cuando prendí el televisor. Por el poco caso que le hago, había olvidado que con el celular podía sintonizar los canales públicos. Hasta entonces todo había sido incertidumbre, caos. Sí, la tierra se había movido como nunca antes. Sí, paredes en medio de las vías aquí y allá, las sirenas que anuncian el pasar de los trenes retumbando sin parar, aunque ningún tren haya pasado aún, cuatro días después. Sí, no había luz, pero eso era apenas lógico. Parado en medio de la calle, que tenía frío por la nieve cayendo era todo lo que sabía, y esas eran buenas noticias.

Estábamos al rededor de una vela con mis suegros y la abuela. Ya había llegado un correo de mi esposa diciendo que venía caminando desde el trabajo, quizá a dos horas de distancia. Pensamos ir por ella, pero los correos llegaban con 30 minutos de diferencia, así que no sabíamos muy bien a donde ir. Entonces caí en cuenta y prendí el celular. Debí haberme dado cuenta antes de como se enrarecía el ambiente ¿de qué servía en ese momento saber que olas gigantes se habían llevado pueblos enteros y sumergido el aeropuerto? ¿Para qué ver las llamas consumir aquellos paisajes conocidos? ¿A quién le importaban las razones por las cuales había temblado o la magnitud del sismo? Si tan sólo pudiesen avisar cuando viene la siguiente réplica, para no sentir así una vez más que te traga la tierra. Pero todo lo que trae son penas, noticias de peligros sobre los que nada podemos hacer, una sensación que sobra en ese momento: pánico.

Hoy siguen los titulares tremendistas donde no se les necesitan, lucrándose del miedo. A cien kilómetros de las plantas nucleares, acá en Sendai la gente lo que menos necesita es preocuparse de la lluvia. Muchos sin combustible, gas, comida, agua, electricidad, y con los teléfonos intermitentes, la seguridad del aire libre, donde ninguna pared le va a caer encima a uno, es de las pocas cosas que quedan.

lunes, marzo 07, 2011

¿Más confucianista que Confucio?

El nuevo mejor amigo del gobierno chino (foto AP)

Dentro de la tradición confucianista, los personajes públicos y los de mayor nivel de formación son a quienes se les exige de la manera más estricta que se comporten de acuerdo a las normas. Como ejemplo que son para el resto de la sociedad, su quiebra moral se considera más grave que la de cualquier mortal. No es extraño entonces encontrarse cada tanto en los medios masivos de comunicación con extensos cubrimientos de las menores faltas de políticos y artistas, generalmente. A una cantante que cogieron con 0.5 miligramos de droga, la pasaron en todos los canales por más de dos meses, escudriñaron hasta el más profundo rincón de su intimidad, y la obligaron no sólo a pasar una corta temporada en la cárcel, sino que ahora estudia servicio social en la universidad y espera trabajar en la beneficencia apenas pueda. A una joven figura del teatro Kabuki que hace poco se emborrachó con un ex-jefe de la mafia, y por andarse con chanzas terminó seriamente aporreado, llevan algo más de tres meses sometiéndolo al escarnio público por su vida desordenada--tan así que le tocó embarazar a la esposa para ganarse algo de compasión (esto una conclusión de mi mente retorcida, pero es que es difícil creerse esas coincidencias).

Cualquiera que comparta el acervo latinoamericano verá en esta costumbre una cualidad que explica, si no nuestro atraso, si el avance de oriente. Pero ¿puede tan honorable práctica salir mal? Dos casos de estos días apuntan a que así es.

Hace dos semanas, después de los exámenes de admisión a la universidad en todo el país, se detectó en internet un intento de fraude. Mientras el examen tomaba lugar, en un foro público alguien empezó a pedir ayuda con ciertas preguntas del examen. En seguida la noticia se tomo todos los canales. Los representantes de las universidad, en conjunto con la policía, prometieron una exhaustiva investigación para detectar al infractor. En un día ya se sabía cómo se había cometido el fraude: el aspirante había tomado una foto con su celular y un cómplice había buscado las respuestas. Se sugirió solicitar a Yahoo, la compañía a la que se subió la información, que revelara los datos de las cuentas involucradas. Al parecer, la compañía no cedió. Pero con un poco de minería de datos fue cuestión de días dar con el implicado: un joven de 19 años, desesperado porque en la primera oportunidad no había podido pasar a la universidad, por lo cual ya en sí era un paria.

El operativo policial fue notable. El sector de la casa del estudiante acordonado. Barreras visuales y vidrios polarizados para mantener la identidad del individuo en reserva. Las cámaras de televisión esperando el menor descuido. Un vuelo charter para llevar al criminal desde su ciudad, a una hora de vuelo de Kyoto, dónde el operativo continuó para llevarlo a comparecer. Caso cerrado ¿pero se justifica todo este espectáculo? Algunos comentaristas con algo de sentido común vieron en el espectáculo algo macabro. ¿Qué será del joven una vez que todo acabe? Sí, es una falta importante copiar, y la reputación de las universidades es importante ¿pero al punto de pisotear la dignidad de cualquiera?

Hoy, por otro lado, renunció el Ministro de Relaciones Exteriores, tal vez el sexto en cinco años. Maehara, un buen tipo, con carácter, quien lideró en su anterior puesto como Ministro de Infraestructura el difícil proceso de desmontar el sistema de rentas a través de mega-obras innecesarias ya famoso en Japón, es decir, un tipo duro. Además, el ministro al que le tocó enfrentar el último incidente con China al rededor de unas islas en disputa, en el que no cedió un milímetro--algo no necesariamente bueno porque la cosa se iba complicando, pero en todo caso, algo que es sólo el comienzo de lo que será una constante puja con el gran vecino. De hecho, al hombre ya lo tenían por el próximo primer ministro, dada la baja popularidad del señor Kan. Sin embargo, todo se vino al suelo.

El pecado de Maehara: recibió dinero de un extranjero en su campaña. Y no es que haya hecho un torcido, o que esté beneficiando algún negocio oscuro. Maehara recibió un millón de pesos cada año durante los últimos cinco años de la dueña de un restaurante coreano donde iba a almorzar cuando estaba en la preparatoria. Al parecer, para mayor ironía, esta señora es de los coreanos que nunca han pisado Corea del Sur, sino que, descendiente de inmigrantes, nunca recibió la ciudadanía. Puede que me equivoque, pero el caso es que esta es una falta ridícula. Ese dinero no debe ser ni la quinta parte de lo que se gana en un mes un ministro japonés. Además, el país lleva cinco años sin una política exterior estable, sin enviar un representante fijo ningún foro internacional--sin contar con el ministro borracho que mandaron a Italia. Pesa más la corrección concianista--y la presión de la oposición, que no tiene nada que ofrecer más que quejas--que la premura de las circunstancias.

Estos dos eventos de alguna forma dan luces de como el país va perdiendo su tercera década.

lunes, febrero 28, 2011

Lo oportuno de llamarse Óscar



Óscar Wao vino a presentarse personalmente en el lugar menos esperado—aunque si se le piensa dos veces, aquel era su hábitat natural. Su presencia chillona encumbraba el primer estante de la biblioteca del Instituto Cervantes en Manila, Filipinas. Por aquellos días buscaba obsesionado copias de las novelas escritas por el héroe nacional, José Rizal. Cualquiera creería que esto no tiene problema, tan difícil como comprar cualquier Gabo en Bogotá; y, claro, librería que se respete en el país mantiene un buen inventario de estas en diferentes ediciones. Todas menos alguna en el idioma original en el que se escribieron: español. Sólo algunos viejos aún hablan aquella lengua que por trescientos años de generaciones de curas se negaron a enseñar para así blindar su dominio del archipiélago, y que cincuenta años de pragmatismo estadounidense relegó al subconsciente del país. Pero esa es harina de otro costal.

El caso es que llego allí, le veo y entonces me llegan ecos de Óscar y sus hazañas. El hombre, todo un "mejor vendido", había recibido en 2008 entre otros premios el prestigioso Pulitzer en la categoría ficción, ¡el primero para un libro escrito en spanglish! Supongo que no fui el único al que no le llamó la atención dicha proeza. Premios y spanglish sólo parecen ir juntos en los concursos de reggeton, los cuales con el mayor de los gustos bailo a pesar de sus letras. Pero encontrarselo en Manila, donde hay tanto gwapo y se come con kubyertos, avalado por la casa ñ es suficiente para deshacer prejuicios.

El viejo Óscar, un negro gordo dominicano que se va muriendo entre Nueva Jersey y Santo Domingo, traicionado por su ñoñez y su lívido, resultó ser un gran tipo con el que no hubo problemas de comunicación. Tal vez sea porque leí la versión en español y me desenvuelvo con alguna solvencia en el inglés, pero el idioma no fue nunca chocante. Al contrario, le da una fluidez a la historia que pierde mucho escritor cada vez que se cranéa los diálogos de sus personajes, en lugar de dialogarlos—espero me entiendan.

De hecho, es una lástima que se llegue a la compañía del viejo Óscar condicionado por su idioma, ya que puede echar al traste la buena historia que se trae entre carnes. Voluptuosidad y tiranía en todas sus formas atormentan a la familia de León—no confundir con el homónimo salcero menos voluptuoso. Están malditos: malditos en sus cuerpos, en sus hormonas, y en el siniestro personaje que dominó sus vidas por más de treinta años, Rafael "El Jefe" Trujillo. La cortina de plátano tendida por este, una figura soberbia que sintetiza represión y trópico, nunca abandona a los que una vez estuvieron tras de ella. Ni a sus hijos. Y quién sabe hasta cuando.

Mucho más difícil para el lector promedio—si es que este existe— debe ser entender todas las alusiones a los comics, a los juegos de rol, al anime y a la literatura de ciencia ficción. Este tal vez sea el punto flojo del libro no tanto por el nivel de detalle—el libro pone a prueba hasta al más fanático del Señor de los Anillos—sino porque el narrador, un atlético y lujurioso dominicano, es siempre displicente con toda esa ñoñería, así que no se explica uno porque se sabe todo con tanto detalle, o porque habría de molestarse en hacérnoslo saber a cada oportunidad.

En resumen, una buena novela para mantener vivas las más típicas pesadillas de nuestra latinoamérica: la carne y los caudillos.

domingo, febrero 20, 2011

Leyenda de un suicidio



Uno de los cambios más dolorosos en la vida de cualquiera debe ser reconocer en sus padres a otro humano más. Encontrarlos un día cualquiera en su limitada racionalidad, engañados por su manera de ver el mundo, errando en sus juicios, nublados por sus pasiones, en una palabra: débiles. Y con esto no me refiero a los conflictos típicos de la adolescencia, los cuales son más un cambio en las reglas de juego. El cambio de yugo va acompañado de cierta rabia hacia el antiguo opresor, pero aún es muy temprano para captar toda la dimensión de la condición humana.

El fenómeno que quiero describir se parece quizás un poco a verlos envejecer, que los abandonen los reflejos y sus ojos se cansen, que dejen de divertirse con las mismas cosas y sus hábitos de dormir empiecen a dominar sus vidas. Sin embargo, este proceso va acompañado de cierta ternura natural, nostálgica pero familiar; entonces aún viejos siguen llenando la figura del padre y la madre, esa fuente de estabilidad psicológica.

Es precisamente cuando esta figura es traicionada que el dolor surge. Lo entienden mejor quienes tienen un padre alcohólico, o perdido en cualquier otro vicio. Enajenados, los padres pierden su investidura de poder y se vuelen comunes, miserables en la medida que todos lo somos. Supongo que algo se quiebra dentro de uno después de vivir esto, como si se volara parte del techo del hogar imaginario al que nos vamos a dormir todas las noches; el dolor de dormir a la intemperie. Pero, en últimas, siempre se le puede echar la culpa al factor externo, y en ello algo de la consistencia de ese pilar interior mantiene cierta fuerza.

Lo más terrible, creo ahora, debe ser tener un padre depresivo. Verlo llorar, desvariar, saltar de la euforia a la tristeza, pasar del cariño al fastidio de un momento a otro sin mediar nada que explique el cambio. Esta es precisamente la historia que cuenta David Vann en su colección de cuentos "Legend of a suicide"--que en español fue publicada con el nombre "Sukkwan Island", el título del relato principal. A través de diferentes etapas de la vida, la voz del hijo va describiendo la caída del padre, cómo se desdibuja en su incoherencia, hasta la auto-destrucción.

Las historias se desarrollan en su mayoría en Alaska, en medio de esa nada fría que tanto ayuda al ensimismamiento. El autor logra transmitir con el pasar de las páginas la soledad del paisaje, la nimiedad del individuo, y la urgencia de sobrevivir en un ambiente tan agreste. El escenario se ajusta a la intimidad de las conversaciones, al vaivén de los monólogo, al constante desvanecer.

Algo que no me parece tan positivo es que el autor está profundamente atado a las historias. Su propio padre se suicidó cuando el tenía trece años, y además practica la pesca, otro motor de las historias en la Leyenda. Esto sin duda agrega cierto morbo que hace la lectura más abrasiva, el puño en el estómago del que muchos gustamos. Pero esta no puede más que generar dudas sobre el verdadero talento del autor--aunque la crítica ha sido positiva sobre su nueva novela.

En todo caso es un buen libro y lo recomiendo. Eso sí, me uno a las voces que ven un error en que sea presentado como una novela y se la haya cambiado el título. Aunque los nombres sean los mismos, cada una de las historias tiene un desarrollo diferente, y molestarse por conectarlas puede estropear la calidad de la obra. Ojalá tengan oportunidad de disfrutarla.

sábado, febrero 12, 2011

Racismo, y otras discusiones difíciles

¿Qué hacer cuando presenciamos una presentación racista?

Una inocente médica eslovaca decidió iluminarnos el otro día sobre la problemática alrededor de los gitanos en su país. No hubo cliché que no fuese mencionado: los gitanos se ven distintos, huelen feo, son sucios, roban, son sanguinarios, y sólo son buenos para la música. Una profunda investigación en google images y su experiencia de dos casos en su trabajo fueron toda la evidencia.

Según la presentación, entre los Roma los embarazos vienen antes de los matrimonios, de manera que las mujeres son abandonadas fácilmente. La prueba: la médica había seguido el segundo embarazo de una gitana que había sido engañada. Cualquier persona con dos dedos de frente entiende que tal arreglo matrimonial no tiene el menor sentido, y la entrada de Wikipedia sostiene todo lo contrario: la virginidad es lo más importante y a las novias las venden. Sí, mis fuentes no son las mejores, pero algo me dice que la engañada fue la doctora.

Para mi gran pesar, sólo pude guardar silencio. El público, principalmente compuesto de estudiantes de Indonesia, tenía pocos elementos para criticar el fondo de la cuestión. Los profesores japoneses mantuvieron la costumbre de no molestarse por aquello que no se lo merece. Al bagazo poco caso. Sin embargo, no puedo dejar de sentir tristeza sobre como las personas más preparadas mantienen sin cuestionar los prejuicios de su sociedad - unos que pueden conducir a linchamientos públicos, como pasó el año pasado.

El problema es como abordar la conversación sobre un tema tan delicado. La primera dificultad es personal: no puedo estar totalmente seguro de que mi lado pasional no va a traicionarme cuando llegue el momento de reclamar. Esto es básico. En el momento en que la indignación tome el control de los señalamientos, la pregunta se volverá personal y todo estará perdido. Solución: respirar profundo y organizar con antelación lo que se va a decir, tratando de limitarse a lo planeado.

Pero ¿qué decir? ¿Por dónde empezar? ¿Señalar uno a uno los lugares comunes? ¿Pedir evidencia? Me parece que tomar el camino estadístico contra el racismo no es satisfactorio, porque el problema es principalmente moral. ¿Entonces? ¿Cuáles deben ser los elementos a usar contra la ignorancia? Recuerdo que cuando tomé una clase sobre nazismo, el profesor decía que con la estupidez no se puede hablar, pero no quedo satisfecho con la inacción.



Este video ofrece un consejo básico: mantenga la discusión sobre lo racista en los hechos, y evite ante todo que la discusión se pierda en señalamientos. Sostener que "usted es racista" es la mejor manera de perder la oportunidad de solucionar el problema. Cómo dice el hombre en el video, a nadie le importa lo que la otra persona sea, lo importante es lo que el otro hizo.

En últimas, me parece que este consejo es aplicable a todas las discusiones morales que tenemos en nuestra vida. Cuantas babas perdidas diciendo que alguien es un corrupto, cuando lo importante es señalar los actos de corrupción. Recientemente hubo un problema familiar porque alguien le dijo a otro que era homofóbico. Los personajes se gritaron unos a otros, se molestaron, pero el fondo del problema, si había algo de homofóbico en la persona acusada, se perdió en la gritería.

La próxima vez espero poder (y que ustedes también puedan) afrontar de manera inteligente una situación similar.

miércoles, febrero 09, 2011

Inmolados sin revoluciones



El general Reyes llegó muy temprano al cementerio con dos de sus hijos y su escolta usual. Traían sillas y libros, lo que hace pensar de planeaban estar por un buen rato. Tal vez no hayan cruzado palabras. El general pasaba por el momento más difícil de su vida: había sido acusado públicamente por beneficiarse ilícitamente de un fondo del ejército y se encontraba en el ojo del huracán; allí frente a la tumba de su madre buscaba un poco de calma. "La vida debe seguir" rezaba el final del epitafio de doña Purificación, pero no es claro si aquella mañana el general reparó en aquellas letras frías. Llamó a su esposa a decirle que podría usar el carro por la tarde. Le dijo que se cuidara mucho. Pidió a sus hijos que trajeran algo para comer. Al parecer uno de ellos le dejó un libro de Donald Trump que estaba leyendo. Así haya sido por accidente, que en sus manos se encontrara entonces "The Art of the Deal" (el arte del trato) no deja de ser dramático. ¿Habrá echado al traste aquel libro la paz del lugar? El general sacó su revolver y se apuntó al pecho - ¿por qué al pecho? El guardaespaldas alcanzó a gritarle que se detuviera, pero ya todo estaba decidido.

"El último gesto del caballero" anuncia la prensa, pero si era tan caballero ¿entonces por qué tomó ese dinero que no era suyo? Que pronto se vuelven buenos los muertos.

Mi amiga filipina es poco optimista de que el suceso traiga cambios en la manera de hacer política en el país. La vergüenza no es tan poderosa en el archipiélago, y la corrupción es algo a lo que todos están acostumbrados. No creo que el resto de culpables lleguen al extremo de mofarse de la decisión de Reyes. Pero lo olvidaran, como olvidan que lo que hacen no es correcto. Lamentablemente los corruptos inmolados no desencadenan revoluciones.

Mientras la prensa filipina teje y desteje esta historia, tratando de anudar varios cabos sueltos, es imposible no contrastarla con la comedia colombiana. Las audiencias de los implicados de la contratación en Bogotá no puede ser más ridícula. Los expertos en el arte del trato bien pondrían escribir un segundo volumen con las declaraciones de cada una de las partes. Por celular desde Miami, es difícil convencerse de que el sistema funciona, que todo va a terminar bien.

Ni mi compañero de Brazil ni yo podemos recordar de nadie acusado de corrupción que haya recurrido al suicidio. No es que esté insinuando que fuese mejor que estos personajes se abrieran los vientres como los honorables samurais. No se trata de eso. Pero, la verdad no sé de qué debería tratarse.

domingo, enero 30, 2011

Noches otomanas

Festejo en Safuranbolu, Turquía

Cuando estaba tal vez en séptimo u octavo, me entraron unas ganas incontenibles de leer la mil y una noches. En la biblioteca del colegio solo encontré una selección de cuentos titulada "El Califa ladrón", que devoré en un par de semanas (este recuerdo esta vívido en mi mente porque, mientras leía este libro en algún recreo, la profesora de español me vio y no me dejó seguir leyendo, porque el recreo era para ir a hacer algo). Allí encontré una vez más al Simbad de las caricaturas, a Ali Baba, los ladrones, y ese mundo desconocido de cimitarras, harenes y desiertos. Entonces el escenario mental era la península arábiga, tal vez el Sahara, y todo lo que existía a su alrededor, que no fuese Europa, ni Rusia, ni el África negra, ni India, ni China. Esto es claro una gran inexactitud, pero no está lejos de lo debe pensar el humano promedio. Y, hasta cierto punto, este es el problema que mueve a Pamuk y su libro "Mi nombre es Rojo".

Desde siempre Turquía ha estado en ese tire y afloje entre el cristianismo y el islam, y entre lo otomano, lo árabe, y lo persa. Aún en tiempos de paz, las guerras se continuaban en las artes, en la arquitectura y en las ciencias, pues el esplendor de la civilización disuadía a los infieles y mantenía fuerte la lealtad de los súbditos. Entre aquellos oficios, es difícil encontrar uno más ingrato que el de los ilustradores del Imperio Otomano. Por un lado el islam prohíbe dibujar figuras humanas y de seres vivos, razón por la cual la pintura en la cultura musulmana se desarrolló tarde, a tropezones, y limitada por unos estrictos cánones religiosos. De ahí que ser ilustrador fuese semejante a ser un matarife de pueblo, un personaje necesario pero siniestro. Por el otro lado, si algo avanzó de manera brillante en Europa fue la pintura, aquella capacidad de capturar en el lienzo las cosas tal cual se presentaban en la realidad. Esto era de pleno conocimiento de aquellos ilustradores, de sultanes y califas, pero no les quedaba otra que morderse los codos para no ceder a la tentación de utilizar las técnicas de los infieles.

La novela nos cuenta la historia de estas tensiones a través de las intrigas de un libro prohibido. Uno de los artistas reunidos ante aquel proyecto, encargado por el propio sultán, terminan por perder la calma y, antes de traicionarse, es asesinado. Descifrar este misterio se prolonga por páginas y páginas, en las que priman las reflexiones en torno a la pintura y la moral. Visto desde fuera el libro es una completa ironía: es un retrato íntimo y detallado de como los ilustradores de Estambúl no pueden dejarse ser humanos en su arte; claro está, son bastante humanos en todo lo demás: se drogan, tienen erecciones, gustan tanto de mujeres como de mozalbetes, y se dan a la juerga. La historia viene sazonada cada tanto con esas aleccionadoras historias al estilo de las noches de Arabia, que refrescan e intensifican la experiencia del lector.

Sin embargo, la potencia de esta tensión moral reflejada en la pintura echa al traste las diferentes tramas que la adornan. El libro es publicitado como una novela negra, pero sabemos muy poco de los sospechosos, y la información relevante nos llega muy tarde. También se le presenta de una historia de amor imposible, pero aunque al comienzo los elementos de este drama son los que mejor se van tejiendo, a la mitad del libro los eventos se precipitan y pasan a segundo plano. Por último, La historia del asesinato se cierra a la fuerza, a punta de coincidencias sacadas de la manga.

"Me llamo Rojo" es un libro sobre la pintura y el islam, un tema interesante por derecho propio, pero distinto al que se quiere vender. Por mi parte, quiero agradecer el mayor regalo que me deja el libro y al Internet: recordarme la anécdota del libro del Califa, y encontrarme con aquella portada de arte, quizá otomano, que hace más de quince años no veía y que me llena de nostalgia el corazón.



Buena mar,

sábado, enero 22, 2011

Final de temporada

Hola todos,

Este blog fue creado hace casi seis años con la idea de compartir algunas impresiones sobre mi viaje a tierras lejanas. En esos días no tenía muchas ideas sobre los blogs, y poca era mi experiencia escribiendo no-ficción. No es que eso haya cambiado mucho, pero mantener este lugar me ha enseñado un par de cosas. Tal vez lo más difícil - y que no puedo decir logré - es conseguir una voz que se distinga de ese "tufo a blog" que espanta a muchos. El tufo hace referencia - creo entender - a un nivel de intimidad no pedida por el lector fuera del círculo familiar. Esto es difícil en un blog sobre viajes, dado que quizá las únicas personas que quieran saber de nuestro devenir son precisamente los que ya están dentro de ese círculo. La búsqueda de esa voz intentando estilos más formales o elaborados puede terminar en un harakiri, sacrificando los pocos lectores asiduos que se tiene por otros que nunca vendrán.

Por algún tiempo intenté adoptar un perfil académico. Pero, a decir verdad, mis esfuerzos por proponer discusiones menos triviales no fueron sostenidos. Aquellos no duraron más de dos posts, y no me preocupé por responder debidamente los comentarios que surgieron. Mil disculpas por ello.

Mis energías se vieron diezmadas por intentar mantener también un blog en inglés de la universidad, que me es bastante ingrato porque no puede manejarlo a gusto. El plan de un blog sobre temas ambientales tampoco despegó. Un profesor muy apreciado parecía dispuesto a promover un espacio de discusión en otros dos blogs, pero luego debió marchas por razones de fuerza menor. Mi búsqueda por trabajar en equipo ha sido totalmente infructuosa.

En todo caso, me gusta tener un blog. Es el equivalente a salir a trotar, pero con la mente. Se estiran las neuronas y recordamos lo difícil que puede ser expresarnos. Con cierta disciplina se puede lograr cierto estado físico, y dejar así de agitarnos cuando subimos las escaleras de la oficina. Trotando se pueden hacer amigos, como Forest Gump, pero sólo después de llegar a cierto nivel en el que hablar y trotar no nos da dolor de bazo. Me gustaría llegar a ese punto pero creo que ello requerirá ciertos cambios en la manera que concibo este espacio. Una lista de los posibles cambios:

- Cambio de nombre (aunque el panÓptiko permanecería en twitter)

- Cambio de plataforma (me gusta la versatilidad de los blogs en Word Press pero no se si tal nivel de personalización este al alcance de un principiante como yo)

- ¡Cambio de idioma? (Esto es lo que me tiene más meditabundo y sobre lo cuál quisiera saber un poco más. Muy a mi pesar, el hecho de estudiar en el exterior me ha desconectado del ambiente de personas que tienen las discusiones que me gustaría tener en mi idioma. El caso de Alejandro Gaviria es una excepción, pero aquel parece más bien una isla. Sin embargo, el terreno más fértil de las discusiones en inglés sólo contribuye a mantener la apariencia desértica del horizonte en español. De mi futuro laboral también depende esta decisión.)

- Cerrar espacios (Tener varios blogs casi siempre significa no escribir en ninguno. Cambiar de plataforma ayudaría a dejar los otros atrás)

- Y buscar otro espacio para la ficción...

Si alguno de los que pasa por acá tiene algún comentario al respecto, serán más que bien recibidos.

Saludos,

jueves, diciembre 23, 2010

Recta final

En esos días turbulentos que acompañan los periodos de cambio, uno - por lo menos yo - es más susceptible a la belleza de las pequeñas cosas. Creo que nunca antes había logrado silueta semejante con la crema de dientes. Me costó bastante decidirme a cepillarme. Afortunadamente acá se mantendrá inmortalizada.

Felices fiestas y alegría para el año que viene.

Sustento el 4 de enero.

Hasta entonces,

domingo, septiembre 12, 2010

Kaleño



Sí tuviera que escoger un trabajo manual, ahora que el segundo chance como estudiante se acerca a su fin, me gustaría manejar una pulverizadora.

Nunca había sentido pasión alguna por las grandes máquinas. Aunque entiendo los principios de la mecánica, e incluso sea capaz de ayudar a un varado, los autos me tienen sin cuidado. Tampoco me causaron mayor impresión las instalaciones industriales que conocí durante mi formación como ingeniero, ni en mi trabajo. La novedad de su tecnología me aburre muy rápido, como se pasan las páginas de una revista. Pero eso cambió cuando conocí estas bestias pellizcadoras.

Nunca había visto una hasta el año pasado, cuando empecé a ir a la universidad en bicicleta - con sólo 200 años, Colombia no ha tenido aún que desconstruirse a gran escala. Un edificio viejo que había en el camino, de tal vez seis o siete pisos, amaneció un día rodeado de titanes color pastel. Sus largos brazos en reposo parecían garzas dobladas al amanecer. Como suelo salir temprano, por un tiempo sólo las vi parqueadas junto al edificio, que iba perdiendo su silueta. La verdad es que no les presté atención hasta el día en que las encontré en su danza. En ese momento la tenaza tenía apretado un pedazo del que por ahora era el último piso. El sonido del motor hacía entender que forcejeaba. El soberbio brazo de treinta metros, a pesar de la tensión, no temblaba. Tuve que orillarme para no afectar el tráfico de mortales en sus preocupaciones habituales. Unos segundos más y la pieza de concreto terminó por ceder. Cascada de piedras, nube de polvo, varillas despelucadas al sol. El agua atrapada en una tubería chorreó cual sangre de gallina que encuentra colgada su final. En tierra, las otras hermanas arrumaban, trituraban y disponían los escombros sin inmutarse. En su viaje de regreso, el brazo de la pulverizadora reflejó por un instante el sol naciente, antes de enzarzarse otra vez con ese que siempre y nunca es el último piso.

No puedo entender como hace el conductor de esta bestia para no gritar mientras trabaja. Si llegase el día de hacer mío ese brazo, necesitaría protección dental como los boxeadores, para no arruinar mis dientes; tal es la impresión que me produce la pulverizadora. Imagino que el operario debe desahogar en su trabajo todos sus odios y frustraciones, que debe llevar una vida tranquila y que tal vez hasta se la deje montar de su pareja. Una vida con tantas oportunidades de desfogue no puede sino conducir a la iluminación y la trascendencia.

Puedo entender que duden de mi cordura. La maquinaria pesada está lejos de la idea de espiritualidad, y más bien suele ser asociada con lo bruto, lo tosco, lo sucio. Pero eso no es más que otra construcción social, como aquello de todos los mecánicos de carros deben tener los overoles engrasados. Como una extensión del ser, la máquina descubre nuestra alma y lleva a nuevos niveles nuestra relación con el entorno. Entenderlo y mostrar un mínimo de empatía es no sólo posible, sino provechoso. Para que se hagan una idea, miren con atención:



De vuelta a lo abstracto,

panÓptiko

domingo, septiembre 05, 2010

El precio no es correcto


Tal vez ustedes se rían, pero yo me deprimo

Hace poco leí esta noticia sobre como algunas empresas de juguetes - estadounidenses, seguramente - cuadran las ventas de enero y febrero. El truco no deja de ser ingenioso: de los juguetes más populares de la temporada decembrina sólo sacan una reducida producción, de modo que estos rápido se agotan; ante esto, los padres no tienen otra alternativa que comprar un regalo sustituto, porque navidad sin regalo es un impensable. Pero una vez pasa la temporada, las compañías vuelven a sacar el producto en enero, tal vez redoblando el bombardeo mediático, y como los padres seguramente prometieron el juguete popular al hijo, terminaran comprándolo fuera de temporada.

La historia me recordó el porqué nunca he podido con nada relativo al comercio. Mientras que tal vez la estrategia haya salido de una clase de marketing, y se enseñe como un caso exitoso, no puedo dejar de ver en ello un fracaso ético. Que se le va hacer, soy intolerante a la mentira, y no puedo dejar de ver la carga de mentira que tiene casi cualquier intercambio.

En el caso del marketing hay muchos casos reconocidos. Un amigo de la casa celebraba la historia del tipo que le ofreció a una compañía de enjuague bucal duplicar sus ventas por una millonada. El secreto: duplicar el tamaño de la tapa. Muy listo, quizá, pero no puedo dejar de ver en ello un engaño.

El del video es otra versión de la carga de mentira que tienen los intercambios. Ya había tocado el tema en el caso de los turistas, y otro día me animo a escribir sobre el precio, que era la idea de hoy, pero me agarró el sueño.

Posteando a la fuerza,