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lunes, julio 27, 2015

Tarea terrorista

El otro día en Twitter, @sandraborda publicó el siguiente trino, en parte como invitación a leer el libro Talking to Terrorist de Jonathan Powell

Varios en la tribuna le dimos ejemplos que desvirtúan la hipótesis y el asunto terminó en una acusación generalizada sobre los debates sobre libros que no se han leído. En lo personal, creo que este reclamo tampoco tiene mucho sustento mas, por no dejar pasar, hice el esfuerzo de leer la muestra gratis del libro para el kindle—introducción y parte del primer capítulo. Los siguientes son los comentarios de la lectura: 

+ El autor reconoce desde el principio que su trabajo no es académico. En ese sentido, la afirmación, más que una hipótesis que va a ser puesta a prueba, debería ser tomada por el lector como una convicción o como una estrategia de ventas. 

+ Lo último porque al parecer la verdadera intención del autor es escribir sobre el arte de la negociación, un tema que sin duda es muy importante y relevante para el momento actual en Colombia—aunque menos atractivo sin la primera afirmación. 

+ Además, la definición de terrorismo escogida por el autor—no existe un acuerdo al respecto—podría invalidar la afirmación, ya que terroristas (cito de memoria, por que las muestras gratis no permiten subrayar) son aquellos grupos que tienen soporte político de base que dificultan una solución por la fuerza. Es decir, la afirmación puede que no sea ni hipótesis, ni convicción, sino una definición. 

+ Me quedo con la duda de saber a que se refiere en últimas el autor con negociar, dado que el primer capítulo empieza presentando el asunto como que el punto es no negarse a hablar, pero no ceder. Esto suena muy bonito en principio, pero no veo muy claro que es negociar sino ceder en alguna forma. El asunto tiene un aire del famoso "sólo la puntica", con lo cual no digo que esté en contra de negociar (es importante hacerlo) sino que no es honesto vender la negociación como un proceso en el que no se va a dar (¿perder?) algo. 




sábado, marzo 09, 2013

Descifrar la ciudad


Miguel (@juglardelzipa) escribió un post la semana pasada sobre la inseguridad en Bogotá, ante la popularidad de un trino suyo muy atinado sobre lo malo que es vivir con medio en la ciudad y, sobre todo, a la ciudad. Comparto el mensaje práctico y apoyo el llamado que hace a usar la ciudad sin miedo. Nada más triste que no poder andar por su hogar a gusto, que se vuelva un lugar inhóspito donde las horas permanecidas se le resten a la calidad de vida de sus habitantes. 

Además, no está de más recordar que la capacidad mental de los humanos es limitada y valiosa. Todo el esfuerzo que se le pone a la protección personal es esfuerzo que no se le está poniendo a otras cuestiones mucho más trascendentales. Esa sea quizá otra forma en que la inseguridad se retro-alimenta: exige gastar tiempo pensando en como defenderse, el cual se le resta a indagar sobre la naturaleza de la amenaza—o sobre la improcedencia de la medida de seguridad existente, cómo bien observa Miguel. 

En octubre pasado conocí un investigador español en temas de construcción de la paz que me hizo un comentario al respecto. Había hecho trabajo de campo en Colombia, viviendo en Bogotá por un tiempo, el cual pasó sin mayores sobresaltos. Sin embargo, ahora que buscaba nuevos rumbos laborales, volver al país no le atraía para nada: aunque nunca lo robaron, encontraba opresivo que todo el mundo le dijera que tuviera cuidado, que tuviera que estar en alerta permanente. En Japón, los extranjeros no caucásicos nos acostumbramos a que la gente se asuste de nosotros; pero ahora que estuve en Colombia sentí como hace rato no sentía que también yo debía asustarme del otro. Y sí, es una característica de la sociedad que pesa cuando se considera volver o no al país. 

Ni al español ni a mí se nos ocurrieron entonces soluciones prácticas para cambiar esta mentalidad. El círculo vicioso del “miedo al crimen” es uno bien reconocido, sobre el que existe todo una sub-disciplina académica, a pesar de la cual aún hay mucho por hacer. La invitación de Miguel es valiosa pero es incierto cuanta gente pueda ser convencida de esta manera. Yendo y viniendo en el Transmilenio el mes pasado, pensaba que una estrategia con mejores prospectos es convencerlos de hacerle “free rider” al miedo de todos. Es decir, venderles la idea de que la gente alrededor se cuida tanto que uno puede no cuidarse y aún estar protegido por los ojos alerta de los conciudadanos. Tal vez sea un pajazo mental, pero puede ser un primer paso.

Otra invitación que se me ocurre es a tomarse el problema con espíritu científico. Para aquellos que les interesa el tema y están a tiempo de hacerlo, experimentar y publicar sobre el crimen en la ciudad es una tarea pendiente. Las últimas dos visitas a Bogotá he pasado bastante tiempo en las librerías buscando literatura local sobre seguridad y es un poco desesperanzador lo poco que se encuentra. Lo que hay viene regularmente del derecho—lo que refuerza la queja de Miguel—y carece de robustez y detalle estadístico y casuístico. Con toda la importancia que le dan al crimen los bogotanos, es increíble encontrar tan poca literatura al respecto.

Dicha búsqueda necesita un montón de trabajo micro y puede representar riesgos para el investigador, pero creo que la ciudad lo valen. Habría que ir personalmente a medir, lo que supone exponerse al crimen. Pero otros profesionales como los médicos corren esos riesgos todo el tiempo y es precisamente por ello que son apreciados. Las visitas de Miguel a Guadalupe podrían convertirse en una tesis sobre percepción, realidad y recuperación de la ciudad. A la medida que se sumen resultados, es difícil creer que crezca el interés y fluya el apoyo público y privado—no por nada, las encuestas de victimización las apoya la Cámara de Comercio.

Para poner un ejemplo, hace unos años salió en el Tiempo un artículo sobre la efectividad de los agentes de tránsito en ciertas esquinas de Bogotá. El trabajo consistió en analizar muchas horas de video y ver los efectos de la presencia de la policía. En esa oportunidad, busqué al autor de la columna, un profesor de los Andes que conocía porque trabajaba en contaminación del aire, y él me contactó con un estudiante de pregrado que desarrolló el estudio. El estudiante me contó sobre su curiosidad sobre el tema y como los medios y la misma policía lo buscaron para conocer la investigación a fondo. Con todo lo valioso, parece que el esfuerzo del hombre fue una rueda suelta en la torre de marfil.

Ojalá pronto se le ponga remedio a este vacío mientras que la gente disfruta más de su ciudad.

domingo, enero 20, 2013

Disuasión

n-gramas, gracias a @cavorite


La historia del infierno en la tierra se repite con cierta frecuencia. Las cárceles del trópico son unos lugares tenebrosos, hediondos, siempre a punto de salir de control. La dignidad se esfuma, la integridad corre constante peligro. El peso de la ley alcanza su cenit en otro espacio sin ley. Si Dante fuera nuestro contemporáneo, no tendría que usar alegorías para describir  los círculos del averno. 

Ante esta situación denigrante son los defensores de derechos humanos quienes suelen llamar la atención pública. Sin embargo, esta es una causa desagradecida. Defender la dignidad de los criminales de la sociedad estigmatiza a todo aquel que lo intenta. No sólo el público cree que existen ene mil prioridades en que invertir dineros públicos antes que gastárselos en asegurarles mejores condiciones a los presos; sino que también, gracias a la cultura de la amenaza permanente, medidas extremas como la cadena perpetua y la pena capital ganan adeptos. En otras palabras, mejor hacer jabón con ellos, dos pájaros de un tiro. 

Desde los derechos humanos contestan que existe evidencia sobre la poca efectividad de la pena de muerte como disuasivo. Al contrario, la amenaza de muerte puede promover el uso de la violencia por parte de los criminales—en todo caso, van a morir si son aprehendidos. Además, históricamente la prisión nació como resultado de la inversión de papeles detrás de la pena capital: el que protege mata y el que mata es asesinado. 

Esta lógica tiene incluso implicaciones a nivel geo-político, pues varios autores han repetido que pasa lo mismo con las armas nucleares—el disuasivo por excelencia de las relaciones internacionales. Se dice que Japón no se rindió por las bombas sino que fue un pretexto para "salvar cara" ante una confrontación que ya llevaba perdida y que mantenía a punta de mentiras. Es más, hay quienes hablan del "síndrome Hiroshima", no como el miedo a todo lo nuclear, sino como la excusa que ha servido para que la derecha japonesa se victimice a sí misma, haga a un lado las memorias de su carnicería, y emprenda una vez más el camino hacia la guerra. 

Sin embargo, lo que menos se escucha es que se use esta misma lógica sobre la futilidad del castigo aplicada a las cárceles mismas. Si son tan terroríficos estos antros ¿por qué la gente sigue delinquiendo? ¿Les da lo mismo irse al infierno? Puede que al ser tan terribles, su efecto sea similar al de la pena de muerte en la psiquis del criminal, para lo cual sea necesario construir mega-cárceles (que quien las construye sabe no son la solución). Otros dirán que la cárcel tiene un componente de rehabilitación y re-socialización que no tiene que ver con la disuasión, el cual podría ser cierto, aunque la psicología da pistas de que la gente cambia sus conductos por otras vías.

Lo que es más difícil de digerir es que tal vez las cárceles sean menos necesarias de lo que se estima. Economistas sugieren que incrementar el número de policías sería mucho más efectivo que gastarse los billones en prisiones.

La teoría clásica de la disuasión dice que el castigo debe ser cierto, rápido y severo. Los infernales presidios ponen en duda la relevancia del último, mientras que el efecto "policía" no tiene que ver en principio con el castigo (¿o si?). Si disuadir es el objetivo, hay que buscar en otro lado la naturaleza de su ocurrencia.

domingo, marzo 11, 2012

Okamoto Kozo



Hace casi un año, los mejor informados notaron no sin suspicacia como el triple desastre representó en cierta manera un avance. En medio de la incertidumbre y presionados por el pánico de algunos, los japoneses no salieron a las calles a asesinar extranjeros. Rumores sobre violaciones y robos que los foráneos estarían aprovechando a perpetrar se dejaron escuchar una vez más, tal como en aquel septiembre de 1923. Esta vez un par de chinos fueron arrestados preventivamente, algunos voluntarios fueron acosados por la policía, grupos de vigilantes fueron formados en algunas zonas damnificadas, dueños de negocios se quedaron a dormir en sus locales para defenderse de los asaltantes, y japoneses aquí y allá hicieron comentarios discriminatorios. Pero nada como los entre 2500 y 6000 mil coreanos que se creen fueron masacrados entre autoridades y comités de vigilancia. 

Pueden haber varias explicaciones para esta mejora, pero lo que nos preocupaba aquella tarde charlando no era lo bueno que es que no salgan a matar gente extraña, sino el miedo que aún persiste al otro. Entonces la profesora japonesa recordó una de las razones que la movieron a dejar Puerto Rico.

Okamoto Kozo, recordó ella, ¡que nombre tan bonito! El hombre, estudiante de ciencias forestales en la Universidad de Kagoshima desembarcó en Tel Aviv junto con dos compañeros estudiantes de ingeniería en la Universidad de Kyoto. Llegaron vía Francia para no despertar sospechas. Recogieron sus maletas y echaron un ojo a ver si encontraban alguna forma de ir hacia la torre de control. Seguro no tardaron en desanimarse: Israel estaba como siempre en alerta máxima luego de que tres semanas atrás un grupo de palestinos secuestrara un avión proveniente de Viena, esperando canjear a los pasajeros por prisioneros.

La cosa no salió bien para los terroristas esa vez, aunque los pasajeros casi salieron ilesos. Fue entonces cuando Okamoto y sus colegas del Ejercito Rojo Japonés entraron en la escena para vengar la causa palestina. La torre de control debió parecerles un blanco simbólico: sin el centro de coordinación cuantos aviones no se verían obligados a sufrir aterrizajes de emergencia o colisiones,  advirtiendo al mundo entero del tamaño de su poder. Pero la cosa no era tan fácil con tantas fuerzas armadas custodiando el lugar. Tal vez los nervios también les obligaron a precipitarse. Abrieron sus maletas, sacaron sus rifles automáticos Vz. 58 y empezaron a disparar indiscriminadamente en el terminal. 

Los colegas de Okamoto terminaron muertos con las otras 26 víctimas de sus balas. Aquel mayo del 72, Okamoto fue apresado y años más tarde canjeado por prisioneros en el Líbano, donde aún vive exiliado. Su apoyo a la lucha parece imperecedero, aunque parece que alguna vez dio indicios de disculparse con sus víctimas, 8 nacionales israelíes, entre ellos un famoso científico, una ciudadana canadiense y 17 peregrinos puertoricenses. 

La profesora estaba por entonces aprendiendo español en la isla y la noticia le cayó como un balde de agua fría. Imaginó lo peor una vez se divulgara la noticia. Quizá no los grupos de vengadores ajusticiando japoneses por las calles de San Juan, pero de seguro un estigma constante por compartir la nacionalidad con los terroristas. Esperó por algún tiempo que el gobierno pidiera disculpas pero no hubo caso. En últimas, por esta y otras razones, incluyendo que exponerse a aquella vida en Puerto Rico no había sido la elección de su hijo sino propia, tiempo después la profesora volvió a su país. 

¿Fue aquella decisión producto de miedo al otro? ¿O es aquello de identificarse con las culpas de los nuestros lo que hace responsable a una sociedad? No se. El caso es que de Okamoto Kozo no existe entrada en español en la Wikipedia, aunque la masacre en el 2006 se volvió un día especial en Puerto Rico para educar a los isleños sobre el terrorismo. Que oportuno. Cada cultura apila aniversarios a su manera.

domingo, febrero 26, 2012

Víctimas de nuestra humanidad


Visto en los canales de Tokyo (el primero es la NHK)

De todo lo que se ha dicho, hay una característica del tsunami del año pasado que tal vez no se ha comentado lo suficiente: este ocurrió en el lugar del mundo que más preparado estaba para enfrentar aquellas olas gigantescas. La costa estaba protegida por barreras de más de cinco metros en los tramos habitados, unos monstruos horrorosos que los ajenos veíamos como una afrenta al paisaje marino. En los sitios más vulnerables, como los puertos, también existían corta olas en el mar. Por otro lado, las "fallas" tectónicas del archipiélago están cuidadosamente estudiadas. Los sistemas más avanzados de detección envían una señal a la NHK que inmediatamente pone la alerta, incluso antes de que el terremoto sacuda la zona. De ahí en adelante, se tienen como mínimo treinta minutos, en muchos sitios un poco más, para buscar refugio. Incluso, los pueblos en mayor riesgo aún conservan sistemas de parlantes distribuidos por la ciudad por los que se avisa del peligro desde la alcaldía, mientras una sirena estridente pone a todos en guardia. 

A pesar de todo esto, un poco más de diecinueve mil personas murieron. ¿Por qué? Esa es tal vez la pregunta que más atormenta a muchos, si no a todos los expertos—en su mayoría ingenieros. Primero que todo, es difícil pensar en ir un paso más allá de lo que ya la técnica ofrece. Los pronósticos de la ola se generan en minutos y se refinan en cuestión de media hora. El diseño de barreras está limitado a su costo, que llega a los billones de yenes, y que esta vez se observó no son garantía. Antes al contrario, la gente piensa que como hay barrera entonces no hay peligro. En la foto de abajo se puede ver en azul la zona que se pensaba estaba expuesta a las olas en Sendai y en rojo el área afectada.


La anterior es una pista de que la respuesta está más allá de lo que la ingeniería puede dar—y en la que la técnica puede pasar de protector a trampa mortal. Sin embargo, el problema es que a los que se murieron no se les puede preguntar porqué no escaparon. Un grupo de investigadores en la Universidad de Tohoku se han aventurado a preguntarle a los familiares de los desaparecidos porqué creen ellos que sus seres queridos se murieron y algunas pistas han conseguido. Pero la utilidad de esta información. me parece, es menor que el límite ético que transgrede—aunque puede que dependa de la manera en que se haga—puesto que periodistas de la NHK han llegado a resultados iguales sin tener que dar aquel paso.

De acuerdo a sus estudios, las respuestas psicológicas que afectan la evacuación son por lo menos cuatro. Primero está el sesgo de normalidad: que después del temblor la gente piense que todo va a estar bien. Esta es quizá la gran tragedia de la técnica, porque su raíz está en la naturaleza misma de la labor de los ingenieros de tsunamis. ¿Si lo que ellos hacen no es para ponernos a salvo, entonces para qué sirven? 

Una conclusión interesante respecto a este sesgo es que más información no incrementa la seguridad. Si a la población se le dice la escala del terremoto y la altura esperada de la ola se les pasa a ellos la responsabilidad de juzgar si es necesario o no evacuar en su caso particular. Un reporte del gobierno publicado en septiembre concluyó que es mejor decir que una gran ola viene—aunque se pasa por alto el problema de los falsos positivos, o sea la gente que se muere por escapar de un tsunami que no viene.

La segunda respuesta es el sesgo de conformismo, que la gente se reúna después del temblor y se sientan a salvo entre ellos. Este problema tiene unas implicaciones profundas para la reacción a desastres, porque el grupo puede dejar de valorar la información del exterior suponiendo que el otro sabe lo que está pasando y así, entre más grande el grupo, menos informadas son las decisiones. Los investigadores también asocian esto al hecho de que un número de gente murió arrastrada en sus carros esperando a que se moviera la fila—aunque algo del sesgo de normalidad puede que tenga que ver en este caso.

El tercero y cuarto atenuantes psicológicos están íntimamente relacionados y tienen unas implicaciones profundas en los límites de la evacuación contra tsunamis. Por un lado la gente tiene esa horrible tendencia a ayudar al prójimo, de preocuparse por los demás después de un evento catastrófico. Otro tanto de las víctimas fueron arrastradas mientras iban camino a buscar a sus hijos, a sus padres o a otras personas que sabían vulnerables. Por el otro lado, algunas personas prefieren morir a perder todo lo que con esfuerzo han acumulado durante su vida. Se hunden con su barco, tan simple como eso. Los investigadores sugieren que los primeros se encuentran a su paso con los segundos y en ello se consuma su tragedia.

Todo lo anterior apunta a una simple recomendación: en caso de emergencia, cuídese a sí mismo.

Trivial para el observador casual; una petición imposible, un lavado de conciencia para los expertos, en mi opinión. El 65% de las víctimas fueron mayores de 60 años, ¿qué proporción de ellos requería ayuda para escapar? La conclusión parece darlos por perdidos, lo que no es cosa sin importancia si se tiene en cuenta la manera acelerada con la que envejece la sociedad japonesa.

Además, ¿cómo tomaran este concejo quienes perdieron a sus seres queridos mientras ellos escapaban? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de este desenlace? Mientras un bombero voluntario se perdía en el lodo tratando de que toda la gente de su zona evacuase a lugares altos, los médicos de un hospital geriátrico salieron corriendo y dejaron sus pacientes a la merced de aquella muerte fría. ¿Cómo vivirán su vida de acá en adelante?

Muy en el fondo, supongo que algo de razón tienen. Para cada quién es mejor estar vivo que muerto. Pero ¿no está la unidad de la comunidad cimentada en la vidas de sus héroes? ¿No es este mismo afecto por los demás el que sacará la región adelante? ¿Cómo será una sociedad en la que se salven sólo los más fuertes? Tal vez sea preferible, como dice Parfit, dejar de pensar que la propia vida sea tan importante.

Cuesta reconocer que ser egoísta sea la opción acertada, pero es difícil proponer una alternativa. Tal vez el problema está en la manera como se presenta el problema. Si en vez de contar cadáveres, se contaran las vidas que se salvaron—un número que hasta el momento no he escuchado en ningún lado—tendríamos una idea de cuan exitosa la protección fue. En el tsunami del Océano Índico en 2004 murieron 220 mil; en el terremoto de Haití murieron 316 mil. Lo normal es que los terremotos y los tsunamis maten mucha gente. Claro, la estadística no es consuelo para quienes perdieron a sus seres queridos; pero que alguien que no vivió las circunstancias le pida sensatez a los pobladores del litoral parece un poco de prepotencia ingenieril.


La voz que en Minami Sanriku anunció las olas hasta perderse en ellas nunca dejará de sonar

sábado, julio 31, 2010

¿Amenaza externa?

Tal vez ya conozcan este mapa, o alguna de su varias versiones. Lo importante son los puntos blancos, los cuales indican la intensidad en el uso de energía, o para ponerlo en términos más románticos, como se ve el mundo de noche desde el cielo.

La verdad de a puño que se desprende de este paisaje es que somos un potrero. Como si la naturaleza nos hubiese acorralado, somos unos cuantos puntos en la espesura. Es más, casi casi que somos nada más que cordillera, único refugio contra las enfermedades miserables que aún no somos capaces de acabar.

En este mapa trazar con la mente los límites con nuestros vecinos es un ejercicio vano. Sin puntos de referencia no hay como saber por donde ir trazando. Pero el mapa revela una realidad más crítica: tampoco parece haber nadie a quién preguntarle. Si a usted lo botan en un punto X de Europa las probabilidades de que se cruce con alguien que le diga donde anda son muchísimo más altas que en nuestro vecindario. Si entendemos por política, un arte irremediablemente inter-subjetivo, entonces nuestros mapas políticos no son más que una ficción. Pascual Gaviria nos recuerda esta semana como son de caprichosos los ríos de los llanos orientales. Así de caprichosas son las fronteras sin estrenar de nuestro enorme terruño.

Pero, claro está, nadie es consciente de ello. Las fronteras nos importan un pito. Primero conocemos Estados Unidos o Europa que el Vichada o el Guainía. De hecho, hasta debe salir más barato ir a Miami que a Puerto Inírida; y seguramente es más interesante, lo admito, mi intención no es moralina.

Lo que me molesta es la ligereza con la que se quiere usar en nuestro contexto la amenaza externa para modificar las preferencias electorales, infundir miedo para garantizar el apoyo. No puedo imaginar como sería un conflicto entre potreros. ¿Cuáles serían los objetivos? Sin densidad, ni infraestructura relevante, con los centros de poder tan alejados, y tan parecidos unos con otros, todo este alboroto no tiene ningún sentido.

Me temo que primero se muren de leishmaniasis los pobres soldados.

miércoles, junio 10, 2009

Soldados del futuro

El cambio en la naturaleza de los conflictos

Caricatura de Kal, Mayo 7, 2009 - El Economist

Hace unos años, un querido profesor nos dijo en clase algo así como : "un soldado es un violador en potencia", y, después de un silencio - el que también quiero que se tomen para pensar en la afirmación- pasó a analizar la vida de estos personajes. La misión del soldado es defender la patria, y por ello está listo a entregar la vida en cualquier momento. Esta es una labor muy loable, de esto no cabe duda. Pero como cualquier momento puede ser mañana, el soldado vive cada día como si fuese el último. Es así que las mujeres, desde siempre, han sido un botín de la batalla, una recompensa para la tropa. Tanto, que debido a su notable incidencia en los recientes conflictos en Sudán y la República Democrática del Congo, el Concejo de Seguridad de las Naciones Unidas declaró la violación un arma de guerra y una amenaza a la seguridad internacional - en esta nota de la BBC se menciona también a Yugoslavia, Rwanda y Liberia, pero en otras semejantes aparecen Colombia, Vietnam, y de ahí para atrás.

Por otra parte, el soldado es entrenado para matar, y en ello se distancia en buena medida de la normalidad de sus protegidos. No es sólo el acceso permanente a las armas de fuego - herramienta que pone a la mano de cualquiera la aniquilación del semejante - sino también su entrenamiento, la manera en que aprende a ver y a reaccionar al entorno. El soldado repite hasta el cansancio rutinas de combate cuerpo a cuerpo en las que simula la muerte del contrario, de manera que cuando llegue la hora de la verdad actúe por reflejo, que mate sin pensar. Al soldado se le somete a varias series de simulacros, como ha analizado James Der Derian del Watson Institute, de manera que se trivializa la muerte del enemigo, se hace casi un juego. Por todo esto, el soldado puede tener problemas viviendo de nuevo entre los simples mortales, con sus problemas banales, en su burbuja lejana a los horrores de la guerra.

Para cumplir su misión, el soldado es entrenado para resistir condiciones extremas, frío, calor, humedad, alimañas, poca comida, poco sueño. Una pesada carga psicológica debe soportar el soldado. Prueba de ello son los suicidios en las fuerzas armadas, como apareció esta semana en El Tiempo. Las condiciones más crueles curten la psique del soldado y, una vez este vuelve a ser uno más en la sociedad, le llenará de coraje encontrarse con las niñerías que atormentan a los malcriados hijos de papi. Lo paradójico del asunto, es que la vida ridícula de las clases acomodadas es posible sólo gracias a la vocación del soldado. El soldado no está dispuesto a perder la batalla, pero tampoco está preparado para ganarla.

Se puede partir de esta paradoja para cuestionar el futuro de las instituciones que nos protegieron victoriosamente en el pasado - me refiero acá a la generalidad mundial, aunque esto sea un pasado reciente, o un pasado próximo, en el caso de Colombia. En ello es diciente la noticia de la sentencia de la Alta Corte británica respecto al caso del soldado Jason Smith, aparecida el 23 de mayo en la revista The Economist. Smith murió insolado en Iraq durante el 2003, debido a un fallo en seguir los "procedimentos apropiados" para la situación. La madre del soldado no se contentó con esta explicación y llevó el caso a la máxima instancia, que decretó que a los soldados se les deben protejer los derecho humanos, tanto en las bases como cuando patrullan o van a la batalla.

La preocupación del ejército, presentado por el diario inglés, es muy ilustrativa sobre la carga soportada por las tropas. Primero, hace dudar a los comandantes en el momento de emprender misiones muy riesgosas - parece que los Rambos del mundo real van a la fuerza. Los comandantes también tendrán que pensarsela antes de enviar soldados sin el equipo adecuado, lo que significaría exposición innecesaria. La sentencia también implica que todos los procesos que investigan las bajas de los ejércitos deben ser transparentes a la ciudadanía, y no excusarse en aquello de la "seguridad nacional". Todo esto, un proceso de devolverle la humanidad al soldado.

Con nada de esto pretendo empañar el papel importantísimo de los soldados en el contexto nacional. Antes al contrario, como irónicamente comenta otro diario inglés, se trata de dar a los soldados una protección que ya se les da a los criminales. Puede que suene un poco inconsecuente ante la coyuntura actual de los llamados "falsos positivos", pero pocos se detienen a pensar sobre las características internas del ejercicio militar que los hacen capaces de tales atrocidades. Una componente primordial de la seguridad humana depende de como las instituciones que nos defienden de las amenazas que queremos queden en el ayer, hagan este ayer posible .

OAGS

P.D. Tal vez no era esta la manera como me imaginaba que iba a empezar la historia de la seguridad humana, pero ante la coyuntura noticiosa, lo mejor era aprovechar (sobre el mismo rema se quedan muchos elementos por el camino, como los inmigrantes en los ejércitos, entre tantos otros cambios en el aparato tradicional de seguridad - otra vez será). Incluso, si se las quiere dar uno de académico, hasta podría decir que a la mejor manera de Derrida - al que no he leído - lo primero es deconstruir el concepto de seguridad, para luego reconstruirlo.