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domingo, enero 03, 2016

Lecturas del 2015



Tal vez este blog parezca moribundo,  pero al menos las lecturas continúan. O eso intento.

En el 2015 los libros fueron mucho menos que en el ubérrimo 2014, pero tengo muchas buenas excusas: la familia creció y... No, la verdad es que durante el año que se fue le dediqué mucho más tiempo a los juegos de mesa, sobre los cuales tendría que escribir en algún momento. Volví a comprar un iPod por cuestiones familiares, y leer y escuchar música al tiempo no funciona tan bien. La no ficción también se robo una buena porción de mi tiempo de lectura, sobre la cuál tampoco escribo acá, pero tal vez debería—en Twitter prometí una reseña de Superforcasters que no he cumplido. Además, el primer libro del año fue una faena titánica que me dejó fatigado.

El gigantesco volumen escrito por Vikram Seth sobre la búsqueda de marido en la India de los cincuenta es una lectura deliciosa. Según Wikipedia, es la novela más larga publicada en un sólo tomo (en inglés, por lo menos). Casi todas las mil trescientas y tantas apeñuscadas páginas de la novela son agradables: sin mucha diatriba o introspección como Dostoyevsky, ni vacuas como Proust, mucho menos experimentales como Joyce. Lo de Seth es pura novela en el sentido televisivo de la palabra: dramas convencionales, coloreados por las múltiples fuerzas políticas, económicas, sociales y religiosas particulares de la India recién independizada y separada de Paquistán. 

Enfrentarse a una novela de semejantes dimensiones amerita un par de comentarios de forma:
  • Imposible de leer en el transporte público: hice el deber de cargarla unas semanas pero era muy difícil leerla de pie en un tren lleno. Esas faenas me recordaron algunos compañeros del colegio que desarmaban los libros para cargar sólo los capítulos que estábamos estudiando en el momento. No fui capaz de imitarlos. 
  • No tengo una cita que destacar: leer semejante libro es como nadar en el océano, donde cualquier error puede resultar en una muerte prematura. La novela tiene suficientes sub-divisiones para hacer la lectura fácil, pero aún así no podía dejar de concentrarme en llegar a la siguiente pausa para descansar. Ese afán por terminar no permite disfrutar de los detalles de la buena prosa. 
  • No es un buen regalo: los que la han recibido de mis manos se quedan con una risita nerviosa. 


Sin pocos alientos para más, el resto del año las lecturas fueron más sosegadas. Terminé de leer la trilogía de sirenas de Rumiko Takahashi, que empecé y dejé hace un par de años. Esta bien para pasar el rato. Ese mismo 2012, Alejandro Gaviria recomendó al escritor brasileño Machado de Asis, y este año por fin pude echarle diente a la única colección de cuentos que encontré en el mercado. Muy buen escritor: breve y contundente. No creo haber leído alguien con ese estilo en el siglo diecinueve. Recomendado. 

Cumplí con el propósito de leerme otro libro de Alice Munro este año. Esta vez fue Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage. Bueno como siempre. Sin embargo, debo decir que esta vez me empecé a aburrir de la misma temática repetida en diversas formas: mujeres en el proceso de cometer algún tipo de transgresión de género tras el cual salen airosas. Claro está que esta colección tiene un par de cuentos que son realmente geniales, sobre todo el último, 'The Bear Came Over the Mountain' el cuál creo que inspiró una película. No estoy seguro si lea otro libro de Munro en el 2016. 

El año pasado quedé con ganas de leer más de Shinichi Hoshi, así que me hice a otra colección de cuentos. 'Esopo del futuro' empieza con unas cuantas fábulas griegas adaptadas a nuestros tiempos. Tal vez la que más me hizo gracia fue la de la hormiga y la cigarra: mientras que hace dos mil años, por andar cantando la cigarra moría de hambre en el invierno, hoy los cantantes desempeñan un rol importante en las sociedades, mientras que el ahorrar y ahorrar de las hormigas ha dejado de ser atractivo. El resto de la colección es más ciencia ficción como en 'Poco-chan', con los mismos altibajos, pero entretenido en general. No se si existen traducciones al español. Deberían.

Falta nombrar a Hermann Hesse y su Lobo Estepario, uno de esos libros que traje hace casi diez años y no había tocado. De Hesse sólo había leído Bajo la rueda, por recomendación de un tío—hecho que me pareció un poco macabro, dado el mensaje del libro. El lobo es la historia de un señor solitario que desaparece dejando sólo su diario, el cual da cuenta de una vida sobria que da un giro inusitado hacia la locura. No entendí muy bien como fue a dar a donde fue a dar, pero estuvo bien. 

Para el 2016 no hay promesas. Hay libros apilados, como siempre, pero me gustaría encontrar algo nuevo. Bienvenidas todas las recomendaciones.

Feliz resto de año. 

lunes, enero 12, 2015

Lecturas del 2014


El primer año en la gran ciudad fue un gran éxito en cuanto lecturas. Resultó que la línea de metro al trabajo no es muy popular, por lo cual lleva casi siempre puestos desocupados por la mañana y no se atiborra por las noches, así que hubo casi una hora neta de lectura diaria. En las mañanas por lo general libros académicos para complementar el trabajo y por las noches literatura. Treinta minutos diarios suena a poco, pero es suficiente para leer un poco más de un libro por mes, el doble de lo que se leyó el año pasado. Así que, a pesar del pronóstico negativo, este resultó ser un año revelación en cantidad y, lo que es aún mejor, en calidad. 

Parte del pesimismo derivaba del plan de destinar más tiempo a leer en japonés, pero en la noche de regreso a casa no quedaban muchas ganas de más esfuerzo: de los libros populares tal vez entienda el 80~90%, y de los más complicados el porcentaje puede decrecer ostensiblemente. Aún así, tres libros en ese idioma se colaron este año. 

El primero fue una novela que ganó el Premio Naoki, uno de los dos más famosos premios literarios del país. Cohete del barrio popular, de Jun Ikeida, cuenta la historia de una firma de ingeniería de barrio que desarrolla un sistema de válvulas necesario para un proyecto aerospacial del más alto calibre. La trama se divide en dos arcos narrativos simples: la empresa pequeña no está dispuesta a vender su patente y la grande se rehusa a aceptar como proveedor una empresa de barrio, así que primero intentan por medios legales quebrar la empresa pequeña para que ceda; luego, cuando no pueden, encuentran defectos en la pieza e intentan demostrar que una empresa pequeña no tiene el sistema de calidad necesario para suministrar las piezas. 

¿Desabrido? Puede parecerlo, pero esta novela fue refrescante en varios aspectos. Los humanos pasamos la mayor parte de nuestras vidas trabajando, pero no vienen a la mente muchos trabajos literarios que se centren en esta parte de la vida. Sobretodo si se reconoce la gran complejidad del mundo laboral de hoy. Este año en las mañanas leí la Condición Humana de Hannah Arendt, donde este tema es parte primordial, lo que pudo influir en encontrar el tema interesante. Además, es agradable encontrarse con libros donde los protagonistas no son escritores, ni piensan en escribir, ni quieren escribir, ni están frustrados por no hacerlo. 

Otro libro en japonés fue Poko-chan de Shinichi Hoshi, un escritor de ciencia ficción que escribe cuentos cortos y es famoso por ellos. El tema espacial no me convence tanto, pero en algunos cuentos me recuerda a Poe. Este estuvo muy divertido y quedé con ganas de más y de traducirles algo. El último fue Río Profundo de Shusaku Endo, el mismo de Silencio y Samurai, dos libros fuera de serie. El japonés de este libro es mucho más complicado de lo usual y toco suplementarlo con la traducción al inglés. La historia se desarrolla en India, donde varios personajes van a intentar solucionar distintas crisis en sus vidas. No se compara a lo otros dos libros, en especial porque le hace falta una historia central más fuerte, pero tiene sus momentos. 

En inglés sólo hubo dos títulos, pero los dos fueron superlativos. Tres años después de la primera vez volví a leer a Alicia Munro, esta vez The Love of a Good Woman. Ella no necesita presentación ni recomendación. ¿Por qué no la leo más? Tal vez por lo mismo que uno no se come todo un pote de arequipe, sino que lo va dosificando para magnificar el placer. Dejé comprado el siguiente, por si las moscas. 

The Last Samurai de Helen DeWitt fue el último libro del año y fue una verdadera sorpresa. Un niño prodigio y su particular madre sobreviven en Londres la crianza en medio de dificultades económicas y de adaptación. Es un libro que no sólo está hermosamente escrito, pero es visualmente atractivo. Esta entrevista a la autora puede servir de aperitivo a los interesados. 

Entre los libros en español se colaron cuatro novelas colombianas — contando como dos el libro de Ricardo Silva. Entre ellas, la mejor es sin dudas Sin Remedio de Antonio Caballero. No entiendo por que este libro no es más famoso. Ya ni recuerdo por que accidente vine a saber de él y a topármelo por accidente en la Lerner del Norte. Es un espiral decadente en la Bogotá de los ochentas, donde converge todo el imaginario de las élites capitalinas. El protagonista es un poeta mantenido de una de estas familias tradicionales,  quien empieza a perder el rumbo cuando su novia lo deja y sus amigos artistas se comprometen con la revolución. Al leer la novela sentí que estaba por encima de Opio en la nubes, y que merece lectores de culto como tanto como esta.

La doble novela de Ricardo Silva están buenas, pero creo que es un ejercicio muy arriesgado: obligar al lector a leer dos libros con estilos (o de géneros) diametralmente opuestos da pie a juzgar en que la va mejor al escritor. Los personajes malos de El Espantapájaros son demasiado malos para ser ciertos. La decadencia en el libro de Caballero también es teatral, pero no se siente forzada. En cambio, Comedia romántica fluye muy agradablemente a pesar de que esté totalmente construida a través de un diálogo, en la que los personajes van envejeciendo a medida que avanza el libro. Me sorprendió que Ricardo haya salido indemne con una frase que el personaje masculino dice en la primera página: sobre la forma de ser del personaje femenino dice "… nada que no se pueda domesticar con un embarazo." Aplausos para la madurez del público y del escritor.

A Piedad Bonet quería leerle algo, pero creo que El Prestigio de la Belleza no fue el mejor lugar para empezar. Tal vez intente de nuevo.

De las traducciones al español hubo un poco de todo. Disfruto mucho la historia de Omar Khayyám, uno de esos genios musulmanes de la época dorada de su civilización—el vivió en Persia entre 1048 y 1131. Amin Maalouf, un escritor libanés radicado en Francia, escribió una novela sobre su historia y su famoso libro de poesías, las Rubaiyat. La primera mitad del libro cuenta la vida del poeta y la segunda una historia de aventuras en Irán durante la revolución. Muy refrescante y entretenido.

La Trilogía de Nueva York de Paul Auster estuvo entretenida. Son unas historias de detectives   escritores surrealistas, a la David Lynch. La última parte la devoré en las vacaciones de verano en un cuarto sin aire acondicionado, así que la asocio con algo de sofoco. Leí El Jugador de Dostoevsky, y no me mereció ningún comentario en particular. Tal vez agradezco que nunca me ha tentado el mundo de las apuestas.

Tenía curiosidad de leer a Margarita Yourcenar porque un profesor que tuve en Bogotá hacía referencia a ella por su uso del lenguaje. Las Memorias de Adriano son sin lugar a dudas un libro hermoso, muy elaborado, investigado en detalle y lleno de pasajes sublimes. Sin embargo, no soy muy bueno para seguir elucubraciones que fluyen sin parar por páginas y páginas, así que se terminó yendo a medio leer, como se escuchan a los locos que se encuentra uno en las reuniones de académicos.

Natsume Soseki es un famoso escritor japonés de finales del siglo 19 a quien también estaba en mora de leer. Kokoro es su obra más conocida y la traducción que se consigue está muy bien. Lastimosamente, el año pasado se cumplieron 100 años de su publicación y leí por error un artículo donde contaban el final del libro, así que no lo disfrute. Aún intentando poner esto a un lado, no quedé convencido.

Por último, De que hablamos cuando hablamos del amor de Raymond Carver. Este tampoco necesita presentación. Que cuentista tan poderoso.

En el 2014 dejé The Walking Dead porque no me gustó como cerraron el arco de las primeras cien ediciones. También dejé de mezclar música en casa, de ver cine, y me dediqué de lleno a los juegos de mesa y a la paternidad. Leí mucho de ética consecuencialista, lo cual disfruto en demasía. Las lecturas matutinas merecerían un post aparte, pero supongo que son aburridas y no le interesan a nadie.

Confieso que tengo aún varios libros que traje conmigo hace 9 años y que aún no he leído. No creo lograrlo, pero me gustaría terminarlos antes de cumplir una década con ellos.

Gracias por leer. Abrazos.

(foto aparte porque anda en préstamo)

viernes, enero 03, 2014

Lecturas del 2013


Las lecturas del año pasado no fueron tantas, aunque entre líneas dicen mucho sobre las profundas transformaciones en el horizonte. El plan original era leer tres libros extensos que se venían cociendo en la biblioteca hace tiempo, pero sólo logré terminar dos de ellos. En los intermedios quería leer cuentos y ninguno se coló en la pila—el de Kawabata me parece es otra cosa—incluso después de que uno de los mayores descubrimientos de los últimos años recibió el Nobel por sus hazañas. En su lugar se colaron unas novelas variopintas y muchas otras cosas que ahora hago en el tiempo 'libre' que se le exprime al trabajo. Sobre ellas, especialmente la paternidad y los juegos de mesa, espero escribir luego, pero el trasfondo es un poco preocupante: esta es la primera vez que siento que la lectura para el trabajo afecta mi deseo de descansar con más lectura. Ojalá sea algo pasajero.

Otro problema respecto a los libros largos, y la primera lección del año, fue que en la práctica no se puede leer tanto mientras se viaja. A pesar de que hubo mucho movimiento, los libros gigantes hubo que dejarlos en el sofá por varias semanas: son muy pesados para pasearlos y la incomodidad de los aviones hace que sean menos reconfortantes. Es muy poco lo que cabe en los bolsillos de la silla del frente y es difícil concentrarse con todo el ruido y movimiento. Pensaría que los libros electrónicos son una alternativa pero el hecho de que toque apagarlos es un poco frustrante, porque entonces toca tener otra lectura para esos momentos y, bueno, ¿por qué no seguir leyendo el libro físico si ya empezamos?

'Vida y Destino', el monumental retrato de la Batalla de Stalingrado, fue el único libro sobre el cual pude sacar el tiempo para escribir una reseña, a la cual no tengo nada que añadirle. 'Conversación en La Catedral' era otra tarea pendiente para entender porqué le dieron el premio a Vargas Llosa. Hasta entonces sólo había leído un par de novelas eróticas un poco desesperantes, que supongo el jurado no tuvo en cuenta para su decisión. El libro resultó muy bueno, tanto en técnica como en contenido. La Catedral es un restaurante obrero donde se cuenta la historia detrás de la dictadura militar en Perú. Aunque la arquitectura del restaurante no se asemeja a la de los grandiosos templos cristianos, la historia se va contando a través de ecos entrecruzados típicos de estos lugares, lo que le confiere un ritmo muy agradable y la hace sentir menos extensa. De alguna manera estaba prevenido sobre el maniqueísmo que suele enlodar las historias con contento político—un prejuicio, porque los ejemplos que se me ocurren son libros que no he leído de William Ospina y Santiago Gamboa, que creo jamás leeré—pero Vargas Llosa elude muy bien la maldad como propósito, y le dedica tiempo a la maldad causada por la circunstancia. Los personajes son quizá arquetípicos, el matón, la muchacha del servicio, la moza del poderoso, el periodista melancólico, pero sirven muy bien para el objetivo de retratar las divisiones sociales del momento, y tal vez de ahora. En fin, todo muy bueno, sin embargo, debo decir que no quedé con ganas de más. No se porqué, pero me gustaría saberlo.

El libro de Orths fue una compra compulsiva después de leer un comentario en algún blog. Fue muy agradable el contraste con los dos gigantes del año, como la aceituna en el martini. La historia de la camarera es redonda y salada, con un corazón relleno, sin pepa. El nudo voyerista es bien carnoso, porque la idea de que alguien pudo haber estado debajo de la cama en alguno de los hoteles en los que hemos pernoctado es muy poderosa, pero la historia nunca pierde su esencia aceitunezca. Recomendado.

Kawabata no pierde su efecto poderoso en mi. La bailarina de Izu es una historia deliciosamente sugestiva, llena de esas tensiones sexuales tan diferentes al canon occidental de deseo mamífero y mujeres fatales. Un joven adinerado estudiante sigue a una tropa de artistas itinerantes en su camino a través de una zona de termas al sur de Tokyo, donde viven. Poco a poco se va ganando su confianza y con ello la oportunidad de acercarse a la bailarina, quien puede ser sólo una niña pero puede que no. Deseo, tensión, ambigüedad... lo típico. El libro contiene otra serie de escritos menores, los cuales no me parecieron trascendentes. Las páginas del diario del escritor mientras cuidaba a su abuelo agonizante son fuertes, y muestran una faceta de Kawabata que no conocía, pero tal vez sean sólo para los fanáticos.

El descubrimiento del año fue que puedo leer libros de mediana extensión en japonés sin sentirme muy frustrado. Creo que entiendo 90% del contenido y puedo leer trescientas páginas en un mes. Seguro se me escapa un montón de sutilezas y el otro diez por ciento pude ser muy significativo, pero no tengo tiempo para usar el diccionario e, igual, es posible que las sutilezas se escapen a las traducciones también, muy seguramente en inglés el cuál tampoco domino en lo literario. Los que siguen fuera de mi rango son libros de más de una generación atrás, o los intencionalmente enredados. Los primeros me dan lástima porque me gustaría leer varios clásicos, los otros últimamente me tienen sin cuidado.

Dos de las novelas fueron de Keigo Higashino, 'Secreto' y 'Asesinato en la villa máscara' (traducción textual, disculpas), un autor popular de novelas negras y de misterio. A Hiroko le gustan mucho los libros del señor, hay varios apilados en su rincón de la biblioteca, así que en una de esas me animé a intentar el más recomendado. Secreto es la historia del padre de una niña de secundaria quien durante un viaje con su mamá de vacaciones, sufre un violento accidente tras el cual su cuerpo queda con vida pero poseído por la conciencia de su madre. Padre e hija esconden este secreto e intentan llevar una vida normal, condenada a la frustración—por razones que Kawabata se negaría a aceptar. Otras historias se desarrollan al tiempo en relación a otras víctimas del accidente y las causas del mismo, las cuales no siempre se sienten tan importantes, incluso parecen alargues, pero en eso el idioma puede jugarme una mala pasada. Algo que disfruté mucho fueron los comentarios ingenieriles del protagonista, técnico de una planta de motores, que seguramente se derivan de los estudios universitarios del autor. Muy refrescante que ninguno de los personajes sea algún tipo de escritor, tan típico en los libros colombianos—alguien mencionó algo al respecto en estos días en Twitter, pero no recuerdo que fue.

El otro libro es un thriller estándar, con algunos giros interesantes y un final un tanto alternativo, pero que otra vez se sintió más largo de lo necesario. 

Por último, está el libro de la señora Kubo, que llegó por un link que colgó @infrahumano . Con los años me he vuelto intolerante a los reportes exóticos sobre tierras lejanas, ya sean las adoptivas o las naturales. En el artículo recomiendan obras de autores que no son nuevas, o que no parecen ser populares acá, pero el caso de Kubo la información parecía fidedigna: el libro de 2010 recibió un premio a la mejor novela para mayores de 18, fue reimpresa en 2012 y parece seguir vendiendo bien. Es decir, otra compra compulsiva.

Es difícil decir de que se trata el libro. Tal vez traducir el título como 'Yo, poca cosa, contemplé el cielo' da una mejor idea del contenido: las vidas de cinco personajes medio fracasados, que sufren  dramas con alto contenido sexual, de los cuales parecen salir un poco menos mal librados, aunque no se puede estar tan seguro. ¿Quedó claro? Fue mi mejor intento. Las historias se siguen cronológicamente, todos los personajes están unidos en el mismo pueblo—la historia no pasa en Tokyo como dicen en el link—tres son compañeros de colegio, los otros son la mamá y la amante de uno de los muchachos. La euforia sexual va cediendo a lo patético de las circunstancias: cada uno de los personajes ha sido abandonado y humillados de algún modo, y en elaborar esa tristeza se va buena parte del libro. 

Al comienzo me dio pena leer este libro en el tren, pero en tanto fui avanzando, me fue ganando el pesar por las vidas miserables ahí retratadas. ¿Existirán tales personas en Japón? Kubo logra transmitir una profunda desazón y el contexto hace que lo inusual de los personajes no se sienta tan extraño—una partera en Japón, una esposa estéril teniendo fantasías 'manga' con un estudiante de secundaria, un muchacho que vive del sistema de bienestar con su abuela, cuyo padre se suicidó en un lago por el que pasa a diario y a quien hasta su mamá ausente le roba. Como era de esperarse, no hay un gran final, pero el mensaje de seguir adelante a pesar de todo no parece del todo superfluo.  No lo recomendaría sin conocer a fondo a quien lo piensa leer—hace años perdí algunas amistades recomendado Saló. 

En fin. Este año lo voy a dejar sin promesas porque se siente mucha incertidumbre. Está el otro libro largo pendiente, y otro tanto de compras compulsivas acumuladas. Sin embargo, las otras ocupaciones están robando cada vez más de mi tiempo, y la posibilidad de quedarme para siempre en este archipiélago enrevesado me invita a entregarme del todo a su idioma. Ya veremos. 

Un feliz 2014 para todos, lleno de sorpresas placenteras.

lunes, noviembre 19, 2012

Durmientes

La experiencia más intensa de los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, leer a la luz cómplice de la lámpara de la mesita, con mi aún joven mujer tendida al costado, la Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. Nuestra historia, es decir la del libro y yo, es larga y azarosa, llena de meandros y tiempos muertos (o más bien contemplativos), tal vez demasiado íntima, aún así creo que merece ser contada.

Hace doce años dos sucesos sin aparente relación despertaron mi curiosidad por las Bellas Durmientes. Después de alguna de las clases de japonés en la Universidad Nacional, dos compañeros buscaban terceros para zanjar un desacuerdo profundo: lo que uno pensaba era una obra maestra, llena de sensibilidad y ensoñación, para el otro no eran sino las perversiones de un viejo libidinoso. No sabía de la existencia del libro y la descripción que ofrecían no era definitiva: se trataba de un libro sobre un prostíbulo particular, donde viejos seniles podían ir a disfrutar los dones de jóvenes narcotizadas que no les hicieran sentir pena de sus vergüenzas. La discusión tenía un trasfondo sospechoso: quien defendía lo sublime en aquella historia de viejos y putas era una mujer, y quien la vilipendiaba era un hombre. La sola trama del libro no era suficiente para tomar partido pero el morbo y lo particular de la discusión se me quedó grabado.

Con Kawabata vine a intimar por esos mismos días gracias a una bonita edición del País de Nieve que saqué prestada de la biblioteca del papá de un amiga. Aunque estudiábamos la misma carrera, a ella la conocí por un evento en otra universidad, después del cual bailamos toda la noche con una orquesta en el Centro de Convenciones Gonzalo Jimenéz de Quesada. Bebimos y giramos merengues hasta el enajenamiento. Ahora que vivo en un lugar donde no es común bailar en pareja, estremece mucho más de lo normal recordar el efecto que tiene tomar a un otro por la cintura, ajustar a discreción y entrar en ese terreno misterioso de una esfera personal ajena. Mas que el dedo que explota una burbuja de soledad, parece un arponazo que la desgarra.

Luego visité a mi amiga un par de veces en su casa en planes no académicos, donde tomamos cervezas importadas, conocí el eneldo, con el cual se puede preparar pescado, y descubrí a Kawabata. La amistad con ella continuó pero la exploración de la biblioteca tuvo un final precipitado. Un sábado santo mientras charlábamos despreocupados mucho después de la cena, los padres decidieron ir a la vigilia pascual, arrastrando al resto de familia, sólo para zafarse de este tipo tan charlador hasta esas horas de la noche. No hubo otra visita.



País de Nieve sigue siendo el nombre que viene a mi mente cuando alguien pregunta por mi libro favorito—hoy en día algo que pasa mucho menos a menudo porque los adultos son gente hosca que no pregunta trivialidades. La portada de la edición tenía una figura que luego entendí era el peinado de una geisha—al principio creía que era el pétalo de una flor. La firma del papá de mi amiga estaba en la primera página y creo que una fecha, seguramente la de la compra del tomo. Luego la célebre escena del tren saliendo del túnel y entrando en el país de nieve, que corresponde a la parte occidental del noreste de Japón, la que vendría a ser con el correr del tiempo mi segundo hogar. Bastará con decir que la historia del amor imposible de un hombre adinerado y una aprendiz de puta fue otro tipo de arponazo. No hay tiempo para describir la sutiliza con que aquella trampa de sensiblerías en medio de la austeridad de sentimientos que impone una relación comercial va asfixiando al lector en la misma medida en que le complace. El caso es que desde entonces tuve claro que a Kawabata habría que volver.

Sin embargo, pasaron bastantes años antes de que las bellas durmientes cayeran en mis manos. Ese libro se suma a una no tan larga pero angustiosa lista de obras notables que las librerías bogotanas no se dignan (o dignaban, ahora no se) a inventariar. Dentro de mi lista estuvo Un yankee en la corte del rey Arturo, la obra completa de Sherlock Holmes—no las compilaciones arbitrarias que se les da por publicar, sino los volúmenes originales preparados por Sir ACD—y algunas novelas y cuentos de Lovecraft. La entrada más dramática de esa lista fue Las Metamorfosis de Ovidio, ya que por culpa del libro cuasi homónimo de Kafka, pocos libreros lo distinguen de entrada, haciendo de la peregrinación de tienda en tienda una penosa tarea de alfabetización sobre el que es hasta donde entiendo el mejor compendio de mitología griega escrito en aquellos tiempos. Creo que de ahí viene que no me haya nacido leer nada del austriaco.

Cuando dí con el libro entendí la razón de la escasez. Lo pregunté por curiosidad en esa librería pequeña pero fenomenalmente surtida en la 72 con 15, al lado de la siempre deslumbrante y en metástasis Panamericana. El librero no lo tenía en el momento pero lo podía conseguir en un par de días; advirtió, con un énfasis singular, cual era el precio del tomo. Dije que no había problema y me fui incrédulo de que en la ciudad funcionaran esos pactos informales sin dejar ninguna otra garantía  que la palabra. En la fecha indicada, un librito de un poco más de cien páginas, tapa blanda y tipografía inquietantemente grande se me entregó por lo que ahora parecía una fortuna.

Al contrario de lo que se podría esperar, no devoré el libro al instante. Vivir lejos, sin acceso a literatura en español ha hecho que mis visitas a las librerías se hayan convertido en la búsqueda compulsiva de un heroinómano. Así que las bellas durmientes se sumaron a la pila, y ahí se quedó por varios años.

Supongo que la espera también tiene que ver con las intenciones que de cuando en vez me entran de leer autores japoneses en su idioma. Un propósito frustrado hasta ahora, si no contamos la forzada lectura de Kitchen de Yoshimoto Banana, un cuento de Murakami al que no le vi luego sentido, y los mangas que compro cuando vienen recomendados. En últimas, leer en español es más cercano al corazón y si uno no consume lo que producen los traductores no puede esperar que se hagan muchas más y mejores traducciones para que todos podamos disfrutarlas y compartirlas.

Dejar los libros esperando en el estante también proporciona un placer diferente, como el añejar de un vino en la cava de la libido. Esa tal vez esa la principal arma de seducción de las obras de Kawabata, que se concentran en retratar en toda su imperfección lo que va desde las ansias de sensaciones del cliente hasta la nunca satisfactoria concreción del acto. Comprar y leer en el acto es un tipo de onanismo literario, un goce estéril—aunque como goce, merezca su espacio. Sacar el libro de su reposo cuando se está seguro que ha llegado la hora es una apuesta por multiplicar el placer, la cual no siempre sale bien pero vale la pena arriesgar.

Importante anotar que la incompletud que sufren los personajes de Kawabata no tienen que ver con el dinero. Ninguno de ellos tiene problema en pagar por los servicios que se imaginan que quieren, pero no todo es posible porque el corazón es caprichoso y el cuerpo se marchita. Aún así, los clientes vuelven porque ese periodo entre que se adquiere el libro hasta que se le intenta poseer es el que les permite llenarse de ilusión y recordar con mayor vivacidad otros tiempos en los que el placer fue más trascendental—quizá porque en la memoria todas las imperfecciones del hoy se hacen a un lado y se recuerda sólo el orgasmo, pues de lo contrario no se volvería a pasar todo el trabajo para llegar a él. De hecho, el viejo Eguchi se la pasa la mayor parte de su tiempo recordando otras felicidades que las turgencias de las bellas evocan. Con el tiempo, son los recuerdos los verdaderos protagonistas de las nuevas experiencias.

La espera también da tiempo para que el azar aderece la relación con fantasías de confabulaciones del destino. Así es que unos meses atrás leía Corazón tan blanco de Javier Marías, sobre quien creo había escuchado algo pero sólo compré cuando lo recomendaron en Marginal Revolution, un blog de economistas. La contraportada dice algo así como que es el mejor libro escrito en mucho tiempo pero a mí me iba cansando el tono repetitivo con el que el protagonista rumia los detalles de la trama—claro que la historia del pirómano del Museo el Prado es muy buena. En un paseo por Nueva York, mientras el protagonista espera que la amiga donde se está hospedando culmine una relación sexual que ha convenido por correspondencia con un sujeto misterioso, Juan entra a una librería y compra "un libro japonés por el título, House of the Sleeping Beauties se llamaba en inglés, el título no me gustaba pero lo compré por él". Es un detalle intrascendente para la novela, ¿tal vez una carnada para los curiosos? ¿Un elemento simbólico de significación profunda? No creo, con esa presentación tan insustancial. Sin embargo, para mí fue un clic de endorfina que me permitió acabar rápido con aquel drama de chispa retardada y dedicar mis noches a las bellas durmientes.




No fueron muchas las noches que pasé este verano con las vírgenes narcotizadas; suficientes para no olvidarlas, no tantas que hastiasen. Estos y otros recuerdos menos decentes—que aún no estoy tan viejo para contar sin vergüenza—se atropellaron con los del viejo Eguchi y completaron la potente dosis del veneno de Kawabata. La palidez de mi esposa tendida a la luz de la lámpara fue un escenario único para nuestras nostalgias. Eguchi siempre mantiene a su esposa en otra dimensión, de hijos y el hogar, que no se cruza con lo que son las bellas durmientes para él. Tampoco piensa que sea correcto, acepta que es malo en cierta medida, pero es lo que él es.

Me asaltó en algún momento la duda de si las mujeres tienen una oportunidad semejante de conocer el mundo que los hombres conocen a través de los burdeles. Si la compañera que hace años defendía lo sublime del libro llegaría a sentir tan íntimamente lo que Kawabata ponía en la mente del viejo. Esto no es razón de orgullo, por supuesto, pero sí es un mirada distinta a la naturaleza humana, a las fuerzas que siglos de civilización no consiguen doblegar. La duda no duró mucho porque el viejo Eguchi tenía un recuerdo apropiado que la bella de la noche supo evocar: una de sus últimas amantes fue una mujer casada con un extranjero. No me lo tomé a mal, fue más como una advertencia y  un mal agüero. La advertencia queda aquí escrita para que no se pierda entre la multitud de recuerdos, y el agüero se terminó de conjurar en la suerte final del viejo Eguchi, que bien debería leer todo aquel que haya llegado hasta éste, el punto final de la historia de un libro de un poco más de cien páginas.


viernes, septiembre 23, 2011

Inframundo

Bienvenidos
Kyoto, Otoño 2010

Hay varias formas de pasear por un cementerio. Muchos sólo van el día que son llamados a ayudar con la mudanza de alguien cercano, cuando no se tiene cabeza para ponderar las condiciones del vecindario. Mantienen la mirada baja, procuran guardar silencio, y no pisan el pasto más de la cuenta. Algunos no volverán al sitio sino hasta la próxima mudanza, mientras que aquellos que repiten las visitas con alguna frecuencia suelen ignorar el bosque de tumbas cuando propician cuidados a su árbol particular.

Otros pasean por los cementerios para recrear una historia que sienten les pertenece pero que a veces parece desfallecer. Aquellos lugares donde se apilan recuerdos de caudillos y visionarios son común objeto de reverencia, y nunca faltan fanáticos y curiosos que se asoman cada tarde en busca del recuerdo de aquella fuerza que ahora les falta.

No sólo los ídolos inspiran a los paseantes. También las tragedias de legiones con o sin nombre convocan a la contemplación de lo que fue y podría volver a ser. Tanto la monotonía sagrada de los cementerios militares como las interminables colmenas donde yacen las víctimas motivan de vez en cuando un paseo dominical. El laberinto con o sin muros de las osamentas en reposo reduce al visitante a la nimiedad de su pequeña existencia, abriendo el camino a lecciones profundas de vida—aunque estas no necesariamente sean deseables. En todo caso, a pesar de su multitud, estas necrópolis se presentan como la unidad de un bien (o un mal) superior, y en la agregación pierden algo de humanidad.

Otro tipo de fuerza es la que se extrae del ejercicio subversivo de colarse en medio de la noche a hacer gala de las ínfulas de poder adolescente. La soledad acompañada de los cementerios cobra un nuevo significado cuando se pone el sol, y la miopía da vía libre a la imaginación. No es seguro si los adolescentes retan al mundo con sus transgresiones, o si las sociedades mantienen los tabús para cultivar a sus jóvenes; el caso es que la idea de mezclarse en la penumbra con los que ya no están es perturbadoramente seductora. El primer paseo tal vez no deje de ser placer onanista, pero quienes perseveran en este ejercicio, que no siempre requiere del desplazamiento físico e incluso puede prescindir de la oscuridad de la noche, tienen la oportunidad de descubrir tesoros preciosos, como los que se encuentran encerrados en la colección de cuentos 'Inframundo' de Javier Moreno.

Los cementerios son al final de cuentas colecciones de historias que no nos sabemos pero que tienen aquel final común que sobrecoge al visitante. Son potencia y diversidad, pero con un grado menor de incertidumbre. Los relatos de 'Inframundo' aprovechan esta poderosa multiplicidad para recrear pasiones cotidianas que carcomen hasta a los mortales más serenos. Cada una de las exploraciones y los casos escava un hoyo en el camposanto y deja que los restos hablen por sí mismos. Las voces se dejan escuchar con propiedad, dejando a un lado el lirismo de los ventrílocuos impostores. No hay excesos de drama, ni chistes flojos. Es decir, el médium hace su trabajo cabalmente y nos hace avergonzar de nuestro morbo juvenil.

Cuidadosamente elaborado, el Inframundo lo deja a uno con ganas de pasar más seguido.

jueves, agosto 25, 2011

Anhelos de equilibrio

Buqué de fuego

¿Por qué gustaran tanto aquellas obras que tienen una tragedia humana en el trasfondo? Hace unos meses comenté un libro de David Vann, el cuál extraía mucha de su fuerza de la experiencia del suicidio de su padre. El año pasado también leí "Indigno de ser humano" , un pequeño y caótico libro de Osamu Dasai, quién lo logró terminar de escribir antes de triunfar en su mayor pasatiempo: autodestruirse. Le tengo ganas a una novela que sólo se consigue en japonés, "Puente de madera", escrita en la cárcel por un japonés llamado Noryo Nagayama, cuyo caso es usado por la rama judicial japonesa como estándar para decidir cuándo un asesino merece la pena de muerte. En esta ocasión hago un breve comentario a la última novela de 'Proyecto' Itoh, Armonía, quién la terminó mientras estaba en el hospital intentando infructuosamente de ganarle la batalla al cáncer a sus 35 años.

En un futuro cercano, toda la información de la situación de los cuerpos humanos es trasmitida a una computadora central que les advierte de vuelta si se están comportando o no de manera saludable. Este gran hermano de la salud, encabezado por la Organización Mundial de la Salud, no llega a entender los pensamientos de las personas, pero las delatan sus signos vitales, según los cuales son reportados a los profesionales a cargo, "admedistradores"—mitad médico, mitad administrador—quienes se aseguran de que estén saludables. El sistema no es perfecto, porque sólo se puede entrar en el sistema después de la pubertad. Y tres jovencitas están dispuestas a hacerle trampa a su destino suicidándose mientras pueden.

El libro no será un hito de la ciencia ficción, pero esta lleno de detalles interesantes. Está parcialmente escrito en código de programación, lo que para los que entienden del tema les dará un relieve especial a la lectura. En el mundo imaginado por el autor, los libros electrónicos son lo normal, y ver los de papel es extraño; ser duro y pesado es algo antisocial. Además, la constante reflexión sobre lo subversivo del suicidio cuando se vive por obligación es un tema que en lo personal encuentro muy atractivo. Y, por último, el enigma central del libro, como lograr una sociedad en completa armonía, tiene un final perturbador. Los humanos tendemos a olvidar cuánto dependemos de estar fuera del equilibrio.

Recomendado, reyes filósofos.



miércoles, julio 27, 2011

Paraíso Reggeton

(Varios sucesos de esta semana me han hecho recordar este cuento que escribí hace más de siete años. Lo subo a la propia nubecita antes de que se refunda)


“Es chévere ser el mejor, pero es mejor ser chévere”

Héctor Lavoe


El Chamo asegura el amplificador a la parrilla de su ninja, enciende y arranca endemoniado. En un minuto ya está en la carretera, subiendo la loma. A pesar de la velocidad el aire está caliente, lleno de tierra seca y sal marina. Se va formando a su espalda el remedo de ciudad en la madrugada. El Rodadero es un poco de luces y bulla, una discoteca que tiene al mar de accesorio para cuando la montonera se emborracha o se arrecha. Por él, que se levantara una ola gigante y se tragara a ese burdel de mierda.

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El Chamo García vivía en el cuarto pequeño de una pensión en María Cacho, un barrio al occidente de Santa Marta. El abanico que venía con la habitación funcionaba y el baño estaba al final del corredor, como a dos puertas. Aunque tenía derecho a un cajón en la cocina, no lo usaba; en su lugar se robaba un espacio en la nevera, que no era comunal sino de su vecino del lado, el Joe, para guardar una botella de whiskey y una jarra de agua. El Joe (que el Chamo pronunciaba Jou, como le había escuchado a un gringo) al comienzo se emputaba, pero con el tiempo había terminado por ignorarlo. Sin embargo, jamás le dio su consentimiento. “Ese se guarda motivos para mandarme a comer mierda cuando se le de la gana”, decía el Chamo siempre que se acordaba del asunto.


Era sábado. Con un cruel mediodía de julio encima, no sabía si el dolor de cabeza era por el calor, la dormidera o puro guayabo. Apenas sintió algo de fuerzas se paró por un vaso de agua. En la cocina estaba el Joe, hombre juicioso, pescador de oficio, siervo de Cristo, almorzando lo que dejó para sí de la atarraya de la mañana.


- Entonce Joe, ¿harto pescado?- dijo con naturalidad el Chamo, sacando la jarra de agua de la nevera. El Joe levantó la mirada del plato e hizo esa mueca que no era ni una sonrisa prepotente, ni una cínica desaprobación, sino algo intermedio, la cara que el Chamo imaginaba hacían los curas del otro lado del confesionario.

- Gracias al señor - la cara se fue desarrugando, los ojos reaparecieron y siguió con su pescado.


El Chamo sintió que no iba a ser capaz de retener lo que llevaba en el estómago, así que se bebió a fondo la jarra entera, dejando que un poco resbalara, escurriera por su cuello, su camiseta manga sisa, los boxers, y terminara encharcando el piso.


- ¡No Chamo! Tiene que limpia,

- Fresco Joe que yo ahora limpio- dejó que el agua calmara el caos en su panza y pasó el pie por el charco para esparcirlo. El Joe, intentado contenerse, se concentró en su almuerzo – Y qué viejo Joe ¿Qué va hacer hoy? Vamo a la Escollera que hoy me presento.


Antes de contestar pasó con tranquilidad el bocado, tomo un sorbo de jugo de mango, tras lo que procedió a hacer de nuevo su cara:- Gracia, Chamo, pero tu sabe que yo no tomo, no bailo, y no me gusta esa carajada de música demoníaca.

- Pero ¿cuál demoníaca?

- Ese ritmo del infierno sólo incita a la lascivia, al morbo, al pecado de la carne.

- ¿Cuál infierno? ¿Pero de qué me habla mi Joe? ¿Me va a decir tú a mí que no hay algo má natural que querer tener a la hembrita bien pegadito, bien rico?

- Pero no a la primera que se te pasa por el frente. ¡Y no te la va a dar tú de santo! Yo te he visto Chamo en… ¿cómo e que le llaman? Ah sí, en el perreo, con una y con otra. Y no sólo e eso, ese ritmo embruja la gente, la vuelve lujuriosa y puerca, y despué ya no hay arrepentimiento que valga.

- Joe, eso lo que es e ¡pura sabrosura! Lo que te pasa e que te falta una buena hembra que te la mueva, ¡no joda!, verá como te cambia esa cara; ya parece un viejo de 60 año.

- ¡A mi no me hace falta que me la mueva nadie! –se paró de la mesa y se llevó los platos al fregadero para lavarlos- Es precisamente eso Chamo, no e sino ponerse a escuchar esa música tuya, y ya no puede uno dejar de menearse, como se debe menear el mismísimo Lucifer.

- Te a puesto que a Cristo también le gustaba el meneo- el Chamo se tomó el cuncho de agua en la jarra y la puso a llenar de nuevo, evitando que el Joe siguiera lavando –¿y sabe una cosa?- puso tono reverencial y le dijo al oído- te juro por lo que má quiera, por tu señor que también e el mío pero má chévere porque, ajá, e el mío, que un día te va a cantar a travé de mi labios y va a tener que reconocerlo, porque lo mío e pura sabrosura divina.

- ¡No joda Chamo!- sacó un brazo y lo empujó fuerte- Que lo que tú eres e un demonio, y el día que mi Señor se ponga en tu boca te va e a callar.


El Chamo se carcajeo con sorna. Guardó de nuevo la jarra en la nevera y se fue para su cuarto.

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La Mona, que parecía no existir a la espalda del Chamo, se decide a agarrarlo por la cintura para no caerse. Él ni se mosquea. Llegan a la cima y aparece la ciudad: menos hipócrita y superficial, pero no por eso menos animada. Bajando se ve el morro rodeado de mar y un barco anclado. “Eso,” piensa la Mona “un barco pa’ largarme de una buena vez. Me destierro yo sola ¿Quién quiere esta vida de mierda? ¡Qué se joda el Chamo! ¡Qué se joda mi familia! ¡Qué se jodan! Me largo en un barco, ayudo en la cocina y se lo doy al capitán. Igual, pa’ nada má me ha buscado un hombre. Me largo con mi capitán y no vuelven a saber de mí.” El Chamo acelera y la Mona, de puro instinto, lo termina de abrazar.

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Plantada junto al Rodrigo del malecón, la Mona chupaba raspado y miraba al mar. El Chamo pitó dos veces, ella lo reconoció y fue hacia él. Su pelo dorado jugaba con el sol del atardecer, uniéndola al paisaje. Vestía un top y una faldita, verdaderos responsables de contener toda esa voluptuosidad que la ropa interior si acaso tapaba. Le dio un beso al Chamo y se encaramó a su espalda, entre el amplificador y él, sin el más mínimo pudor por lo que se le pudiera ver.

- ¿A dónde vamo, mami?

- De concierto- contestó la Mona sin dudarlo. El Chamo arrancó rumbo a su casa.


Estacionó la moto en la pensión, se metieron al cuarto y echaron llave.


La Mona se fue bajando los cuquitos sin quitarse la falda y se dejó caer de espaldas en la cama. El Chamo ya se le iba a echar encima cuando ella lo repelió con las piernas:

- ¡Ah - ah! Así no -entonces el Chamo se desvistió, tomó a la Mona por los pies y se empezó a acercar.


Escúchame mami,

Que te vo’ a dar tu merecido


TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa

TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa


Encontré a mi mami un atardecera,

ella ya sabía que venía a querela,

moviendo su cosita se me acercó,

me dijo: papi, papi, quiero tu cuerpó.


La llevé para la pieza y la quise amar,

pero mi mami quería antes oírme cantar,

yo le digo: mami, mami, no sea mala conmigo,

ábreme las piernas que hoy vengo decidido


TU

lo sabe mami que hoy vengo decidido.


Muerde la almohada,

viene la marea,

ya no lo resistes,

mira como se menea.


La Mona se retuerce

El Chamo se estremece

El Chamo te lo dijo

Y te dio tu merecido


TU

lo sabía mami que venía decidido.

TU

lo sabía mami, ese fue tu merecido.

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Después de la loma van apareciendo casas y casas. En una que otra se ven tipos bien acomodados en sus mecedoras tomando ron con los amigos, equipos a todo volumen, todos muertos de risa. El odio del Chamo ya no tiene limites. “Todos se pueden ir a la mismísima…”. Deja la avenida y se mete entre calles, pero no le da resultado. Al parecer, Santa Marta entera se le estaba burlando en la cara.

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Cerró la puerta con seguro y se apoderó del baño, que al Chamo se le hacía que era un soberbio camerino. Se detuvo sorprendido al ver el tipo que tenía en frente. “No joda, Chamo, lo vamo acabar”. Su pelo, perfectamente engominado, parecía querer escapar de la cabeza para tapar su rostro. Su camisa de rayas oblicuas se abría casi hasta el abdomen, revelando ese jugoso y lampiño trozo de man que era el Chamo, bestia bronceada, canela lujurioso. El pantalón se le ceñía con lascivia a las piernas y al bulto; remataban el atuendo unas sandalias tejidas, de esas de la Sierra. “No joda Chamo, tú lo que eres e un ángel obsceno, un cupido del sexo”.


Se echó unas gotas de agua en la cara, para que pareciera que ya empezaba a sudar, y salió del baño. Lo esperaban el Pete y el Migue, sus compañeros de grupo. Ellos estaban de negro y el Chamo de blanco, listos para el show. Se fueron caminando entre el tumulto a la tarima. El Chamo podía sentir como iba en cámara lenta mientras la gente lo deseaba sin saberlo, del puro feeling de tenerlo cerca.


Antes de subir se les acercó un camaján de dos metros, gafas oscuras, ropa elegante.

- Chamo, te tengo una razón de Don Rafa.

- Claro, como no, ¿qué será?- Don Rafa era un traqueto de la región, conocido y respetado por el empuje y progreso que llevaba por donde iba. Siempre que le salía bien un negocio armaba unos parrandones del carajo, una semana de sólo música, trago y putas. En una de esas conoció al Chamo, y de ahí no dejó de contratarlo cuando se quedaba en el Rodadero.

- Te manda a decir que tiene una lunita de miel esta noche, que tú sabes, en su apartamento, en dos horas.

- Dile que con mucho gusto, que allá no vemo- Don Rafa descubrió el particular poder de la música del Chamo en una de esas celebraciones, así que también lo tenía reservado para otras ocasiones, en las que les terminaba yendo mejor a los dos, por lo que el Chamo se animó.


Se despidieron y siguieron su camino. Arriba tomaron sus puestos y el Máni, su DJ, respondió desde la consola con una descarga tremenda. Lleno de ilusión con todo lo que le esperaba, el Chamo se sintió inspirado.


¡Mi gente!

Te lo voy a decir una sola vez,

y ya no va’ a poder dejar de perrear.


Mi táctica

¡Mi táctica!

E mirarte despacito pa’ que no te me acobarde

calentarte suavecito pa’ que no te de calambre

quererte y aprenderte pa’ que nunca te me espante


Mi táctica

¡Mi táctica!

Es hacerte sentir como mujer ninguna,

que cuando te levante te duela hasta la nuca

que me busque no me encuentre y toqué pedir ayuda


Mi táctica

¡Mi táctica!

Que e mi estrategia, te la dejo con cariño

decirte mil palabra pa’ tenerte a mi ladito

y luego al fin diga: I need you, papi, I need you.

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- Toma, mami.

- Gracia papi ¿pitillos?

- Acá tienes.

- ¡Está delicioso!

- Como te venía contando. Me bajé entonce de la tarima y se me acercan esa do viejas. Yo pensé que eran gringas porque eran alta, flaca y monas; pero cuando me llamaron que dizque tío, pue yo ya supe.

- ¿Y qué querían?

- Primero me pidieron que le enseñara a bailar, que ella querían saber como era que se hacía pa’ moverse así y yo ahí, ajá, chévere. Me la lleve pa’ la pista y le enseñé uno pasos. Eso sí, al principio me tocó arrimarselo pa’ que cogieran el ritmo, pero ya despué no podían parar.

- ¿Ah sí?

- No te moleste, mami, que fue con la mejor intención patriótica.

- Ajá.

- El caso e que empezaron a pasar trago la españoleta esa y a calentarse. Ahí fue cuando una me preguntó que si le mostraba lo que era el perreo. Yo me le puse serio y le dije “el perreo no e cosa de broma, puede que despué de saberlo no quiera salir de aquí, que quedes atrapada” Ella se rió y me dijo que no le importaba. Entonce me la llevé y le mostré.

- ¡No Chamo! Ya me cansé tu siempre la misma pendejada, no puede ver una falda porque sale babiando detrá.

- Pero si no pasó nada mami, lo único que hice fue decirlo que e el perreo.

- Ese cuentico…

- Te lo juro.

- A ver, ¿qué le dijiste?

- Pue nada, mami, que esa cosa e algo metafísico, mami, algo de espíritu. Que empieza con el ritmo, el corazón se calienta y parece que estuviera montando burro…

- ¿¿Burro?? ¿Tas loco?

- ¿Tú te imagina un perro cuando hacemo un perreo bien chévere? ¿Tú siente un perro? No joda, mami, si acaso diciendo burro me entendió un poquito de lo que le estaba explicando. Luego de lo del burro, le dije que tenía que abrí los ojo y ver a su papi al frente y darse cuenta pa’ donde iba todo ese cuento del burro. Entonce ambo saben lo que sienten pero no como hacerse entendé, y empieza uno a menearlo de una forma y el otro de otra, y se sienten frustrado y se buscan má, pero tampoco y ¿entonce qué? Pue se acercan má, cierran los ojo y se concentran en el burro y de nuevo se buscan, se aprietan, se sueltan, y le meten má flow al asunto, y se provocan, se azotan, se devoran... Pero se acaba la canción y se da cuenta de que sólo pasó en su cabeza.

- Ya, ya, ya, y se supone que yo me quedo como una imbécil, convencida de que tú ere un santo.

- Pero Monita, si eso fue lo que pasó ¿Qué quiere que te diga? ¿Qué me comí a la españoleta esa? Te lo juro por lo nuestro que e sagrado que yo no la he vuelto a embarrar.

- Tú lo que ere e un sinvergüenza degenerado, bueno pa na.

- ¡No seas tan complicada, mujer…! ¡Mujer, no te vayas!

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Cuando los gemidos cesaron, el grupo dejó de cantar. Una espinita se alojaba en la cabeza del Chamo, y empezaba a darle mal genio.

- ¿Qué hacemo, Chamo? –murmuro el Pete. Detrás de la cortina que dividía el cuarto del Penthouse se escuchaba movimiento. El Chamo les hizo señas de que empacaran y dijo fuerte:

- Bueno Don Rafa, nosotro no vamo.


Se corrió la división y apareció el mulato gigante en calzoncillos, con un fajo de billetes en la mano.

- Gracias muchachos. Cualquier cosa los llamo de nuevo- les dio la mano, les entregó la plata y se fue para el baño -¡Ah! Háganme el favor y me dejan a esa vieja en Santa Marta.


Don Rafa cerró la puerta y se oyó la ducha. A Pete y a Migue esa cosa ya les olía mal, habían sentido una sospecha creciendo en el Chamo al escuchar los gemidos, así que cogieron sus equipos como pudieron y se fueron.

- Suerte, Chamo. No vemo mañana en playa.


Él ni se volteó. Se acercó a la cama y el contorno fantasma bajo la sábana fue apareciendo hasta que ya no lo pudo negar.

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Apaga la moto y la mete empujada. La Mona mantiene la cabeza baja y lo sigue. El Chamo lleva el amplificador consigo. Se detiene en la cocina, saca su jarra, la bota en el fregadero, y se lleva su whiskey. La Mona se adelanta hasta la puerta de la pieza, la abre y espera en el umbral a que el Chamo la ponga dónde quiera. Pero él no se acerca. Busca por el corredor una toma para su aparato y alista todo. La Mona, inmóvil.


- Sónido -ajusta el volumen y apaga el micrófono. Baja un sorbo grande de su botella. Camina hasta la Mona, la toma por el antebrazo y la arrastra por el corredor. Ella, resignada, ni se inmuta cuando la mete de un empujón dentro de un cuarto y la encierra.


Check it out Joe,

que así e como comienza.


Era de madrugada,

las estrellas brillaban,

entonce la Mona

se metió entre tu cama.


Llevaba en su cara un poco de tristeza,

pero con ese cuerpo a nadie le interesa.

Check it out Joe, de lo pies a la cabeza.

Check it out Joe, que así e como comienza.


Su cuerpo se desnuda,

te amarra a su cintura,

y te dice al oído

“al que madruga Dios le ayuda.”


Check it out Joe, que del cielo te saludan.

Check it out Joe, que de milagros no se duda.


Siente su fuego,

siente su calor,

no retroceda

ella e pura vibración

vibración vibración

pura vibración

vibración

vibración

vibración.


Joe,

Esto te lo trae el Chamo pa’ que lo bailes pa’ que lo cantes pa’ que lo goce…

Tú sabes quien e…


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que no se pare hasta mañana.


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que si no para no se calla.


Check it out Joe, que ella e pura alimaña.

Check it out Joe, que si no hay plata no se amaña.


Check it out Joe, que así e como esto se acaba.

Check it out Joe, que así e como todo acaba.


De una patada deja sus equipos esparcidos por el corredor. Sólo lleva consigo su botella a través del corrillo de vecinos que lo veían cantarle a la puerta del Joe, sin siquiera intuir lo que estaba pasando. Se toma otro sorbo, se acomoda en su ninja, más liviana que nunca, y la enciende.

- ¡Y ahí tiene su puta nevera pa’ que se la meta por donde le quepa!- sale rugiendo fuera de la pensión, sin cerrar la puerta.