Mostrando las entradas con la etiqueta panÓptiko. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta panÓptiko. Mostrar todas las entradas

lunes, enero 12, 2015

Lecturas del 2014


El primer año en la gran ciudad fue un gran éxito en cuanto lecturas. Resultó que la línea de metro al trabajo no es muy popular, por lo cual lleva casi siempre puestos desocupados por la mañana y no se atiborra por las noches, así que hubo casi una hora neta de lectura diaria. En las mañanas por lo general libros académicos para complementar el trabajo y por las noches literatura. Treinta minutos diarios suena a poco, pero es suficiente para leer un poco más de un libro por mes, el doble de lo que se leyó el año pasado. Así que, a pesar del pronóstico negativo, este resultó ser un año revelación en cantidad y, lo que es aún mejor, en calidad. 

Parte del pesimismo derivaba del plan de destinar más tiempo a leer en japonés, pero en la noche de regreso a casa no quedaban muchas ganas de más esfuerzo: de los libros populares tal vez entienda el 80~90%, y de los más complicados el porcentaje puede decrecer ostensiblemente. Aún así, tres libros en ese idioma se colaron este año. 

El primero fue una novela que ganó el Premio Naoki, uno de los dos más famosos premios literarios del país. Cohete del barrio popular, de Jun Ikeida, cuenta la historia de una firma de ingeniería de barrio que desarrolla un sistema de válvulas necesario para un proyecto aerospacial del más alto calibre. La trama se divide en dos arcos narrativos simples: la empresa pequeña no está dispuesta a vender su patente y la grande se rehusa a aceptar como proveedor una empresa de barrio, así que primero intentan por medios legales quebrar la empresa pequeña para que ceda; luego, cuando no pueden, encuentran defectos en la pieza e intentan demostrar que una empresa pequeña no tiene el sistema de calidad necesario para suministrar las piezas. 

¿Desabrido? Puede parecerlo, pero esta novela fue refrescante en varios aspectos. Los humanos pasamos la mayor parte de nuestras vidas trabajando, pero no vienen a la mente muchos trabajos literarios que se centren en esta parte de la vida. Sobretodo si se reconoce la gran complejidad del mundo laboral de hoy. Este año en las mañanas leí la Condición Humana de Hannah Arendt, donde este tema es parte primordial, lo que pudo influir en encontrar el tema interesante. Además, es agradable encontrarse con libros donde los protagonistas no son escritores, ni piensan en escribir, ni quieren escribir, ni están frustrados por no hacerlo. 

Otro libro en japonés fue Poko-chan de Shinichi Hoshi, un escritor de ciencia ficción que escribe cuentos cortos y es famoso por ellos. El tema espacial no me convence tanto, pero en algunos cuentos me recuerda a Poe. Este estuvo muy divertido y quedé con ganas de más y de traducirles algo. El último fue Río Profundo de Shusaku Endo, el mismo de Silencio y Samurai, dos libros fuera de serie. El japonés de este libro es mucho más complicado de lo usual y toco suplementarlo con la traducción al inglés. La historia se desarrolla en India, donde varios personajes van a intentar solucionar distintas crisis en sus vidas. No se compara a lo otros dos libros, en especial porque le hace falta una historia central más fuerte, pero tiene sus momentos. 

En inglés sólo hubo dos títulos, pero los dos fueron superlativos. Tres años después de la primera vez volví a leer a Alicia Munro, esta vez The Love of a Good Woman. Ella no necesita presentación ni recomendación. ¿Por qué no la leo más? Tal vez por lo mismo que uno no se come todo un pote de arequipe, sino que lo va dosificando para magnificar el placer. Dejé comprado el siguiente, por si las moscas. 

The Last Samurai de Helen DeWitt fue el último libro del año y fue una verdadera sorpresa. Un niño prodigio y su particular madre sobreviven en Londres la crianza en medio de dificultades económicas y de adaptación. Es un libro que no sólo está hermosamente escrito, pero es visualmente atractivo. Esta entrevista a la autora puede servir de aperitivo a los interesados. 

Entre los libros en español se colaron cuatro novelas colombianas — contando como dos el libro de Ricardo Silva. Entre ellas, la mejor es sin dudas Sin Remedio de Antonio Caballero. No entiendo por que este libro no es más famoso. Ya ni recuerdo por que accidente vine a saber de él y a topármelo por accidente en la Lerner del Norte. Es un espiral decadente en la Bogotá de los ochentas, donde converge todo el imaginario de las élites capitalinas. El protagonista es un poeta mantenido de una de estas familias tradicionales,  quien empieza a perder el rumbo cuando su novia lo deja y sus amigos artistas se comprometen con la revolución. Al leer la novela sentí que estaba por encima de Opio en la nubes, y que merece lectores de culto como tanto como esta.

La doble novela de Ricardo Silva están buenas, pero creo que es un ejercicio muy arriesgado: obligar al lector a leer dos libros con estilos (o de géneros) diametralmente opuestos da pie a juzgar en que la va mejor al escritor. Los personajes malos de El Espantapájaros son demasiado malos para ser ciertos. La decadencia en el libro de Caballero también es teatral, pero no se siente forzada. En cambio, Comedia romántica fluye muy agradablemente a pesar de que esté totalmente construida a través de un diálogo, en la que los personajes van envejeciendo a medida que avanza el libro. Me sorprendió que Ricardo haya salido indemne con una frase que el personaje masculino dice en la primera página: sobre la forma de ser del personaje femenino dice "… nada que no se pueda domesticar con un embarazo." Aplausos para la madurez del público y del escritor.

A Piedad Bonet quería leerle algo, pero creo que El Prestigio de la Belleza no fue el mejor lugar para empezar. Tal vez intente de nuevo.

De las traducciones al español hubo un poco de todo. Disfruto mucho la historia de Omar Khayyám, uno de esos genios musulmanes de la época dorada de su civilización—el vivió en Persia entre 1048 y 1131. Amin Maalouf, un escritor libanés radicado en Francia, escribió una novela sobre su historia y su famoso libro de poesías, las Rubaiyat. La primera mitad del libro cuenta la vida del poeta y la segunda una historia de aventuras en Irán durante la revolución. Muy refrescante y entretenido.

La Trilogía de Nueva York de Paul Auster estuvo entretenida. Son unas historias de detectives   escritores surrealistas, a la David Lynch. La última parte la devoré en las vacaciones de verano en un cuarto sin aire acondicionado, así que la asocio con algo de sofoco. Leí El Jugador de Dostoevsky, y no me mereció ningún comentario en particular. Tal vez agradezco que nunca me ha tentado el mundo de las apuestas.

Tenía curiosidad de leer a Margarita Yourcenar porque un profesor que tuve en Bogotá hacía referencia a ella por su uso del lenguaje. Las Memorias de Adriano son sin lugar a dudas un libro hermoso, muy elaborado, investigado en detalle y lleno de pasajes sublimes. Sin embargo, no soy muy bueno para seguir elucubraciones que fluyen sin parar por páginas y páginas, así que se terminó yendo a medio leer, como se escuchan a los locos que se encuentra uno en las reuniones de académicos.

Natsume Soseki es un famoso escritor japonés de finales del siglo 19 a quien también estaba en mora de leer. Kokoro es su obra más conocida y la traducción que se consigue está muy bien. Lastimosamente, el año pasado se cumplieron 100 años de su publicación y leí por error un artículo donde contaban el final del libro, así que no lo disfrute. Aún intentando poner esto a un lado, no quedé convencido.

Por último, De que hablamos cuando hablamos del amor de Raymond Carver. Este tampoco necesita presentación. Que cuentista tan poderoso.

En el 2014 dejé The Walking Dead porque no me gustó como cerraron el arco de las primeras cien ediciones. También dejé de mezclar música en casa, de ver cine, y me dediqué de lleno a los juegos de mesa y a la paternidad. Leí mucho de ética consecuencialista, lo cual disfruto en demasía. Las lecturas matutinas merecerían un post aparte, pero supongo que son aburridas y no le interesan a nadie.

Confieso que tengo aún varios libros que traje conmigo hace 9 años y que aún no he leído. No creo lograrlo, pero me gustaría terminarlos antes de cumplir una década con ellos.

Gracias por leer. Abrazos.

(foto aparte porque anda en préstamo)

lunes, noviembre 19, 2012

Durmientes

La experiencia más intensa de los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, leer a la luz cómplice de la lámpara de la mesita, con mi aún joven mujer tendida al costado, la Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. Nuestra historia, es decir la del libro y yo, es larga y azarosa, llena de meandros y tiempos muertos (o más bien contemplativos), tal vez demasiado íntima, aún así creo que merece ser contada.

Hace doce años dos sucesos sin aparente relación despertaron mi curiosidad por las Bellas Durmientes. Después de alguna de las clases de japonés en la Universidad Nacional, dos compañeros buscaban terceros para zanjar un desacuerdo profundo: lo que uno pensaba era una obra maestra, llena de sensibilidad y ensoñación, para el otro no eran sino las perversiones de un viejo libidinoso. No sabía de la existencia del libro y la descripción que ofrecían no era definitiva: se trataba de un libro sobre un prostíbulo particular, donde viejos seniles podían ir a disfrutar los dones de jóvenes narcotizadas que no les hicieran sentir pena de sus vergüenzas. La discusión tenía un trasfondo sospechoso: quien defendía lo sublime en aquella historia de viejos y putas era una mujer, y quien la vilipendiaba era un hombre. La sola trama del libro no era suficiente para tomar partido pero el morbo y lo particular de la discusión se me quedó grabado.

Con Kawabata vine a intimar por esos mismos días gracias a una bonita edición del País de Nieve que saqué prestada de la biblioteca del papá de un amiga. Aunque estudiábamos la misma carrera, a ella la conocí por un evento en otra universidad, después del cual bailamos toda la noche con una orquesta en el Centro de Convenciones Gonzalo Jimenéz de Quesada. Bebimos y giramos merengues hasta el enajenamiento. Ahora que vivo en un lugar donde no es común bailar en pareja, estremece mucho más de lo normal recordar el efecto que tiene tomar a un otro por la cintura, ajustar a discreción y entrar en ese terreno misterioso de una esfera personal ajena. Mas que el dedo que explota una burbuja de soledad, parece un arponazo que la desgarra.

Luego visité a mi amiga un par de veces en su casa en planes no académicos, donde tomamos cervezas importadas, conocí el eneldo, con el cual se puede preparar pescado, y descubrí a Kawabata. La amistad con ella continuó pero la exploración de la biblioteca tuvo un final precipitado. Un sábado santo mientras charlábamos despreocupados mucho después de la cena, los padres decidieron ir a la vigilia pascual, arrastrando al resto de familia, sólo para zafarse de este tipo tan charlador hasta esas horas de la noche. No hubo otra visita.



País de Nieve sigue siendo el nombre que viene a mi mente cuando alguien pregunta por mi libro favorito—hoy en día algo que pasa mucho menos a menudo porque los adultos son gente hosca que no pregunta trivialidades. La portada de la edición tenía una figura que luego entendí era el peinado de una geisha—al principio creía que era el pétalo de una flor. La firma del papá de mi amiga estaba en la primera página y creo que una fecha, seguramente la de la compra del tomo. Luego la célebre escena del tren saliendo del túnel y entrando en el país de nieve, que corresponde a la parte occidental del noreste de Japón, la que vendría a ser con el correr del tiempo mi segundo hogar. Bastará con decir que la historia del amor imposible de un hombre adinerado y una aprendiz de puta fue otro tipo de arponazo. No hay tiempo para describir la sutiliza con que aquella trampa de sensiblerías en medio de la austeridad de sentimientos que impone una relación comercial va asfixiando al lector en la misma medida en que le complace. El caso es que desde entonces tuve claro que a Kawabata habría que volver.

Sin embargo, pasaron bastantes años antes de que las bellas durmientes cayeran en mis manos. Ese libro se suma a una no tan larga pero angustiosa lista de obras notables que las librerías bogotanas no se dignan (o dignaban, ahora no se) a inventariar. Dentro de mi lista estuvo Un yankee en la corte del rey Arturo, la obra completa de Sherlock Holmes—no las compilaciones arbitrarias que se les da por publicar, sino los volúmenes originales preparados por Sir ACD—y algunas novelas y cuentos de Lovecraft. La entrada más dramática de esa lista fue Las Metamorfosis de Ovidio, ya que por culpa del libro cuasi homónimo de Kafka, pocos libreros lo distinguen de entrada, haciendo de la peregrinación de tienda en tienda una penosa tarea de alfabetización sobre el que es hasta donde entiendo el mejor compendio de mitología griega escrito en aquellos tiempos. Creo que de ahí viene que no me haya nacido leer nada del austriaco.

Cuando dí con el libro entendí la razón de la escasez. Lo pregunté por curiosidad en esa librería pequeña pero fenomenalmente surtida en la 72 con 15, al lado de la siempre deslumbrante y en metástasis Panamericana. El librero no lo tenía en el momento pero lo podía conseguir en un par de días; advirtió, con un énfasis singular, cual era el precio del tomo. Dije que no había problema y me fui incrédulo de que en la ciudad funcionaran esos pactos informales sin dejar ninguna otra garantía  que la palabra. En la fecha indicada, un librito de un poco más de cien páginas, tapa blanda y tipografía inquietantemente grande se me entregó por lo que ahora parecía una fortuna.

Al contrario de lo que se podría esperar, no devoré el libro al instante. Vivir lejos, sin acceso a literatura en español ha hecho que mis visitas a las librerías se hayan convertido en la búsqueda compulsiva de un heroinómano. Así que las bellas durmientes se sumaron a la pila, y ahí se quedó por varios años.

Supongo que la espera también tiene que ver con las intenciones que de cuando en vez me entran de leer autores japoneses en su idioma. Un propósito frustrado hasta ahora, si no contamos la forzada lectura de Kitchen de Yoshimoto Banana, un cuento de Murakami al que no le vi luego sentido, y los mangas que compro cuando vienen recomendados. En últimas, leer en español es más cercano al corazón y si uno no consume lo que producen los traductores no puede esperar que se hagan muchas más y mejores traducciones para que todos podamos disfrutarlas y compartirlas.

Dejar los libros esperando en el estante también proporciona un placer diferente, como el añejar de un vino en la cava de la libido. Esa tal vez esa la principal arma de seducción de las obras de Kawabata, que se concentran en retratar en toda su imperfección lo que va desde las ansias de sensaciones del cliente hasta la nunca satisfactoria concreción del acto. Comprar y leer en el acto es un tipo de onanismo literario, un goce estéril—aunque como goce, merezca su espacio. Sacar el libro de su reposo cuando se está seguro que ha llegado la hora es una apuesta por multiplicar el placer, la cual no siempre sale bien pero vale la pena arriesgar.

Importante anotar que la incompletud que sufren los personajes de Kawabata no tienen que ver con el dinero. Ninguno de ellos tiene problema en pagar por los servicios que se imaginan que quieren, pero no todo es posible porque el corazón es caprichoso y el cuerpo se marchita. Aún así, los clientes vuelven porque ese periodo entre que se adquiere el libro hasta que se le intenta poseer es el que les permite llenarse de ilusión y recordar con mayor vivacidad otros tiempos en los que el placer fue más trascendental—quizá porque en la memoria todas las imperfecciones del hoy se hacen a un lado y se recuerda sólo el orgasmo, pues de lo contrario no se volvería a pasar todo el trabajo para llegar a él. De hecho, el viejo Eguchi se la pasa la mayor parte de su tiempo recordando otras felicidades que las turgencias de las bellas evocan. Con el tiempo, son los recuerdos los verdaderos protagonistas de las nuevas experiencias.

La espera también da tiempo para que el azar aderece la relación con fantasías de confabulaciones del destino. Así es que unos meses atrás leía Corazón tan blanco de Javier Marías, sobre quien creo había escuchado algo pero sólo compré cuando lo recomendaron en Marginal Revolution, un blog de economistas. La contraportada dice algo así como que es el mejor libro escrito en mucho tiempo pero a mí me iba cansando el tono repetitivo con el que el protagonista rumia los detalles de la trama—claro que la historia del pirómano del Museo el Prado es muy buena. En un paseo por Nueva York, mientras el protagonista espera que la amiga donde se está hospedando culmine una relación sexual que ha convenido por correspondencia con un sujeto misterioso, Juan entra a una librería y compra "un libro japonés por el título, House of the Sleeping Beauties se llamaba en inglés, el título no me gustaba pero lo compré por él". Es un detalle intrascendente para la novela, ¿tal vez una carnada para los curiosos? ¿Un elemento simbólico de significación profunda? No creo, con esa presentación tan insustancial. Sin embargo, para mí fue un clic de endorfina que me permitió acabar rápido con aquel drama de chispa retardada y dedicar mis noches a las bellas durmientes.




No fueron muchas las noches que pasé este verano con las vírgenes narcotizadas; suficientes para no olvidarlas, no tantas que hastiasen. Estos y otros recuerdos menos decentes—que aún no estoy tan viejo para contar sin vergüenza—se atropellaron con los del viejo Eguchi y completaron la potente dosis del veneno de Kawabata. La palidez de mi esposa tendida a la luz de la lámpara fue un escenario único para nuestras nostalgias. Eguchi siempre mantiene a su esposa en otra dimensión, de hijos y el hogar, que no se cruza con lo que son las bellas durmientes para él. Tampoco piensa que sea correcto, acepta que es malo en cierta medida, pero es lo que él es.

Me asaltó en algún momento la duda de si las mujeres tienen una oportunidad semejante de conocer el mundo que los hombres conocen a través de los burdeles. Si la compañera que hace años defendía lo sublime del libro llegaría a sentir tan íntimamente lo que Kawabata ponía en la mente del viejo. Esto no es razón de orgullo, por supuesto, pero sí es un mirada distinta a la naturaleza humana, a las fuerzas que siglos de civilización no consiguen doblegar. La duda no duró mucho porque el viejo Eguchi tenía un recuerdo apropiado que la bella de la noche supo evocar: una de sus últimas amantes fue una mujer casada con un extranjero. No me lo tomé a mal, fue más como una advertencia y  un mal agüero. La advertencia queda aquí escrita para que no se pierda entre la multitud de recuerdos, y el agüero se terminó de conjurar en la suerte final del viejo Eguchi, que bien debería leer todo aquel que haya llegado hasta éste, el punto final de la historia de un libro de un poco más de cien páginas.


domingo, marzo 11, 2012

2:46

Se pasa el aniversario y sigo perplejo. Tantos sentimientos encontrados, tanto ruido adentro y afuera, tanta información entrando y saliendo por todos los sentidos; sólo atino a sentirme aturdido, atragantado de cosas que no se pueden expresar, pronto a criticar todo lo que se dice pero incapaz de decir algo sensato. He leído por ahí que no soy el único pero ¿cómo nos encontramos los que nos quedamos sin voz? ¿Cómo reconfortarnos?

Hay una verdad de a puño que los que fotografían, escriben en los diarios o salen en la tele entienden sin rechistar: es ahora o nunca. Nadie va a leer en una semana sobre el aniversario. Aún si se hace sin interés económico, el aniversario es la oportunidad de explotar la atención general. 

Por otro lado, es doloroso andar pensando en esto todo el tiempo. El otro día de visita en Kesennuma, mientras escuchaba los discursos sentidos de unas esposas filipinas afectadas por el tsunami, le pregunte al sacerdote que me acompañaba cómo podía soportar esas lágrimas todos los días. "De esto no hablamos nunca" contestó. Ahí entendí la ridícula tortura a la que me someto como investigador, la misma a la que se dejan todos los que ven noticieros todos los días. El dolor se entierra, la vida sigue. Si uno anda por ahí preguntando por el sufrimiento de la gente no puede esperar terminar el día feliz. El aniversario esta ahí para abrir la represa, desaguar y seguir adelante. 

En conclusión, para no perder la oportunidad, unos comentarios sueltos con las fotos del día. 

+*+*+*+*+*+*+*+

Habían tres opciones para las ceremonias de hoy: la solemne, la rimbombante y la académica. Sin muertos en mi círculo más cercano, las actividades de la alcaldía no eran una opción. Luego en la televisión mostraron que todos los asistentes fueron de luto, muestra de que fue la decisión correcta. La rimbombante era ir a escuchar a Yunus, el nobel de paz, hablar sobre los negocios de interés social. No. Así que me quedé con los tecnócratas, los de siempre.


A pesar de como lo anunciaba la pantalla del recinto, así como las horas y horas de filmación que se tomaron hace una año, lo de aquel día no fue una película.


A la salida del evento empezaron las velas. Velas y flores aquí y allá.


No dejo de pensar que es de mal gusto que este nuevo edificio de almacenes en un lugar central de Sendai haya decidido abrir sus puertas por primera vez al público en estos días. ¿Esperaban subir el ánimo de sus conciudadanos con sus ofertas? 

No obstante, algo que ha sido muy claro durante este año es lo importante que son las empresas y el comercio en general para mantener una ciudad a flote. Donde hay almacenes hay luces, hay gente, circula la riqueza, hay vida. Las zonas costeras arrasadas por el tsunami son unos desiertos, y los pocos oasis son las tiendas provisionales donde se hace la compra y se relaja el corazón.


La zona roja de Sendai ha vivido un renacimiento después del terremoto como ninguna otra. En los días más oscuros de hace un año circulaban rumores sobre su posible quiebra ¿Quién iba a venir a divertirse en medio de tanto dolor? El pánico duro bien poco: primero se encargaron de distribuir alimento a los necesitados, luego se llenaron de las historias de los voluntarios, y últimamente propinan alivio al cansancio de los obreros que reconstruyen la región. 

Claro está, hoy estaban los negocios medio vacíos.


El edificio de la alcaldía señala el día mientras en las carpas se celebra un evento para darle gracias a todos quienes apoyaron la ciudad este año. Mientras veía las fotos, la alcaldesa pasó por mi lado y nos miramos un momento. La reconocí pero no me atreví a decirle nada. Encontrarla, en todo caso, me tranquilizó de algún modo que no entiendo del todo.


En el edificio contiguo usaron las luces para escribir el caracter con el que han descrito en el país el año pasado "絆" (kizuna) que significa lazos humanos. Muchos comentaristas han comentado la fuerza con la que la sociedad ha respondido a la tragedia. Pero, ajustado al contexto, creo que todos los humanos somos así: celebrantes y víctimas de la empatía. Más sorprendente es que tengan un sólo ideograma para simbolizar algo tan profundo.


En el piso escribieron "gracias" con velas que cada uno de los asistentes donó a la actividad. En los vasos cada quién escribió un mensaje que, me temo, terminará por quemarse.


Toda la semana, todos los medios han venido presentando el aniversario desde infinitos puntos de vista. Los desplazados, los que sobrevivieron de milagro, los que perdieron todo, los que aún buscan, todos han tenido un espacio. Se ha comentado la recuperación, los problemas, los avances, las perspectivas. Tanto se dijo y se presentó, que no se me ocurría que iban a dejar para el día señalado. Me da pena admitir que no haya podido imaginarlo. En cuatro páginas como estas, el periódico reprodujo cada uno de los nombres de los 19009 muertos y desaparecidos. 

Otra cosa que me atormentaba sobre el aniversario en esta guerra conmigo mismo brilló por su ausencia. Muchas veces durante este año critiqué que, a pesar de llevar la peor parte, todos los simposios, reuniones, decisiones importantes tuvieran lugar en Tokyo. Cuando hace unos meses se decidió que la ceremonia a la que asistirían los más importantes personajes se haría también en la capital, no pude dejar de sentir decepción. Cuál será mi sorpresa al enterarme que durante todo el día, en la televisión local de Sendai ningún canal parece haber pasado noticias sobre los eventos fuera de la región--Fukushima, Miyagi e Iwate. Ni siquiera la presencia del emperador después de su operación hace dos semanas desvió la atención del público local hacia las víctimas. En el resto del país si estuvo en todos los canales, por supuesto, pero no deja de ser una muestra del profundo respeto que esta sociedad tiene por cada uno de sus miembros. 


Broche de oro. No faltó en las noticias la historia del bebé que nació hace un año ni del bebé que nació hoy. Que imprescindible recordar que no sólo cosas tristes se celebran los onces de marzo de hoy hasta el fin del mundo. Sin embargo creo que los periodistas sufren de un sesgo nada despreciable al incluir sólo aquellos dos casos en esta sección de su cubrimiento del aniversario. Hace falta la noticia del bebé que fue hecho aquel día. Esa sí que es una muestra del vínculo humano en la adversidad. Tal vez el mejor polvo de la vida.

+*+*+*+*+*+*+*+

Un amigo me dijo que le dio muchísimo más duro cumplir 31 que los mismísimos 30. Para estos últimos hay toda una preparación, muchos planes, reflexiones, festejos y algarabía. Pero llegan los 31 y uno simplemente es más viejo. Lo mismo puede que aplique a este y tantos otros aniversarios. La promesa es entonces encargarse de que no pasen los aniversarios tan a la ligera mientras queden fuerzas. 

Esperemos que la perplejidad lo permita.

martes, enero 03, 2012

Año nuevo, vida nueva


Que en el 2012 el balance de alegrías y adversidades esté a su favor.

Perseverancia y fortuna.


lunes, marzo 21, 2011

La semana después—9.0, tercera parte

La verdulería recupera su importancia

El viernes 18 de marzo, a las 2:46pm , comíamos croquetas de huevo, repollo con salsa de ajonjolí, arroz y sopa de miso; de postre un pastelito de limón y te verde para la digestión. Fue necesario hacer una fila de cuatro horas para conseguir los víveres, pero lo importante es que los teníamos. El terremoto no sólo altera el abastecimiento de productos a las zonas afectadas, también alinea las necesidades de la gente, de manera que todos quieren de lo mismo al mismo tiempo, contribuyendo a que el sistema colapse. Como cuando todos quieren ir al nuevo centro comercial el sábado en la tarde.

Sin embargo, aunque la escasez es lo más preocupante, tal vez la reacción de la gente sea lo más difícil de solucionar. Ya desde el miércoles o jueves después de la tragedia, los abastos de barrio, muy parecidos a los colombianos, tenían surtidos básicos de vegetales, frutas, aceite, artículos de limpieza y algo de arroz. Sin embargo, como la gente ya no piensa en ellos cuando va a hacer mercado, estos se encontraban mas bien solos. Para el sábado, ya los almuerzos se apilaban en los restaurantes del centro mientras la gente hacía fila para obtener cosas más específicas como medicinas, pastelitos de limón, y pan—el pan no es una comida tradicional en Japón, su producción es más complicada, y su baja densidad no es adecuada para las circunstancias. La comida, en conclusión, ya no es un problema.

Como saben, la conexión a Internet nunca se perdió; un día después los teléfonos funcionaban con intermitencia. Dónde vivimos la luz llegó al tercer día. Al cuarto volvió el agua. Luego vinieron las novelas y los programas de variedades; los casinos entraron en pleno funcionamiento y algunos cafés abrieron sus puertas. Las carreteras principales y los servicios intermunicipales de buses empezaron a ir y venir con alguna regularidad. La ciudad se rehace gradualmente a sí misma con la ayuda de miles de manos que hacen lo que está a su alcance.

Otras cosas tomarán más tiempo. Lo más problemático es el gas natural, del que una gran porción de la población depende para cocinar y para darse una ducha caliente—esta una parte vital de la cultura japonesa, no un capricho como dice mi mamá. La planta que recibía el gas en el puerto fue borrada por el tsunami, y los arreglos pueden tardar entre uno y dos meses. Entre tanto la gente ha recurrido a cocinetas para camping, microondas, y algunos han podido migrar a gas propano, del que parece haber provisión suficiente. Para la cuestión del baño, algunos termales a las afueras de la ciudad han ofrecido gratis sus servicios para que la gente vaya y se relaje. También hay casas con calentadores eléctricos que han abierto sus puertas para que los vecinos laven sus penas.

La gasolina y el keroseno son un poco más complicados, y las filas en las estaciones de servicio continúan. Tienen prioridad los carros de trabajo, aunque para los particulares aumenta gradualmente la oferta; por lo pronto, las calles están llenas de peatones y bicicletas, un paraíso mockusiano. En las ciudades densas como las japonesas el desabastecimiento de combustibles es llevadero, y los que viven lejos del trabajo salen un poco más temprano y toman un bus, o comparten vehículo y se turnan en las filas. Los arreglos del tren toman más tiempo, y mientras la prioridad sean los damnificados de la costa, los arreglos irán a media marcha. Por último, el aeropuerto quizá vuelva a funcionar en octubre, aunque la pista ya fue despejada y desde allí operan los equipos de rescate y los ejércitos de otros países.

Otra historia, claro está, es la de las más 300 mil persona afectadas por el maremoto que en este momento viven en refugios; tampoco la de los más de 12 mil desaparecidos. Las labores de reconstrucción tardaran por lo menos un año, y para muchos no hay un lugar al cuál volver. Ninguna de estas historias, la de la normalidad de Sendai ni la de la permanente zozobra del posdesastre, es tan interesante para los medios como la del Apocalipsis nuclear, y pasaran desapercibidas para la masa que busca el próximo miedo del cuál sentirse seguro.

lunes, febrero 28, 2011

Lo oportuno de llamarse Óscar



Óscar Wao vino a presentarse personalmente en el lugar menos esperado—aunque si se le piensa dos veces, aquel era su hábitat natural. Su presencia chillona encumbraba el primer estante de la biblioteca del Instituto Cervantes en Manila, Filipinas. Por aquellos días buscaba obsesionado copias de las novelas escritas por el héroe nacional, José Rizal. Cualquiera creería que esto no tiene problema, tan difícil como comprar cualquier Gabo en Bogotá; y, claro, librería que se respete en el país mantiene un buen inventario de estas en diferentes ediciones. Todas menos alguna en el idioma original en el que se escribieron: español. Sólo algunos viejos aún hablan aquella lengua que por trescientos años de generaciones de curas se negaron a enseñar para así blindar su dominio del archipiélago, y que cincuenta años de pragmatismo estadounidense relegó al subconsciente del país. Pero esa es harina de otro costal.

El caso es que llego allí, le veo y entonces me llegan ecos de Óscar y sus hazañas. El hombre, todo un "mejor vendido", había recibido en 2008 entre otros premios el prestigioso Pulitzer en la categoría ficción, ¡el primero para un libro escrito en spanglish! Supongo que no fui el único al que no le llamó la atención dicha proeza. Premios y spanglish sólo parecen ir juntos en los concursos de reggeton, los cuales con el mayor de los gustos bailo a pesar de sus letras. Pero encontrarselo en Manila, donde hay tanto gwapo y se come con kubyertos, avalado por la casa ñ es suficiente para deshacer prejuicios.

El viejo Óscar, un negro gordo dominicano que se va muriendo entre Nueva Jersey y Santo Domingo, traicionado por su ñoñez y su lívido, resultó ser un gran tipo con el que no hubo problemas de comunicación. Tal vez sea porque leí la versión en español y me desenvuelvo con alguna solvencia en el inglés, pero el idioma no fue nunca chocante. Al contrario, le da una fluidez a la historia que pierde mucho escritor cada vez que se cranéa los diálogos de sus personajes, en lugar de dialogarlos—espero me entiendan.

De hecho, es una lástima que se llegue a la compañía del viejo Óscar condicionado por su idioma, ya que puede echar al traste la buena historia que se trae entre carnes. Voluptuosidad y tiranía en todas sus formas atormentan a la familia de León—no confundir con el homónimo salcero menos voluptuoso. Están malditos: malditos en sus cuerpos, en sus hormonas, y en el siniestro personaje que dominó sus vidas por más de treinta años, Rafael "El Jefe" Trujillo. La cortina de plátano tendida por este, una figura soberbia que sintetiza represión y trópico, nunca abandona a los que una vez estuvieron tras de ella. Ni a sus hijos. Y quién sabe hasta cuando.

Mucho más difícil para el lector promedio—si es que este existe— debe ser entender todas las alusiones a los comics, a los juegos de rol, al anime y a la literatura de ciencia ficción. Este tal vez sea el punto flojo del libro no tanto por el nivel de detalle—el libro pone a prueba hasta al más fanático del Señor de los Anillos—sino porque el narrador, un atlético y lujurioso dominicano, es siempre displicente con toda esa ñoñería, así que no se explica uno porque se sabe todo con tanto detalle, o porque habría de molestarse en hacérnoslo saber a cada oportunidad.

En resumen, una buena novela para mantener vivas las más típicas pesadillas de nuestra latinoamérica: la carne y los caudillos.

domingo, febrero 20, 2011

Leyenda de un suicidio



Uno de los cambios más dolorosos en la vida de cualquiera debe ser reconocer en sus padres a otro humano más. Encontrarlos un día cualquiera en su limitada racionalidad, engañados por su manera de ver el mundo, errando en sus juicios, nublados por sus pasiones, en una palabra: débiles. Y con esto no me refiero a los conflictos típicos de la adolescencia, los cuales son más un cambio en las reglas de juego. El cambio de yugo va acompañado de cierta rabia hacia el antiguo opresor, pero aún es muy temprano para captar toda la dimensión de la condición humana.

El fenómeno que quiero describir se parece quizás un poco a verlos envejecer, que los abandonen los reflejos y sus ojos se cansen, que dejen de divertirse con las mismas cosas y sus hábitos de dormir empiecen a dominar sus vidas. Sin embargo, este proceso va acompañado de cierta ternura natural, nostálgica pero familiar; entonces aún viejos siguen llenando la figura del padre y la madre, esa fuente de estabilidad psicológica.

Es precisamente cuando esta figura es traicionada que el dolor surge. Lo entienden mejor quienes tienen un padre alcohólico, o perdido en cualquier otro vicio. Enajenados, los padres pierden su investidura de poder y se vuelen comunes, miserables en la medida que todos lo somos. Supongo que algo se quiebra dentro de uno después de vivir esto, como si se volara parte del techo del hogar imaginario al que nos vamos a dormir todas las noches; el dolor de dormir a la intemperie. Pero, en últimas, siempre se le puede echar la culpa al factor externo, y en ello algo de la consistencia de ese pilar interior mantiene cierta fuerza.

Lo más terrible, creo ahora, debe ser tener un padre depresivo. Verlo llorar, desvariar, saltar de la euforia a la tristeza, pasar del cariño al fastidio de un momento a otro sin mediar nada que explique el cambio. Esta es precisamente la historia que cuenta David Vann en su colección de cuentos "Legend of a suicide"--que en español fue publicada con el nombre "Sukkwan Island", el título del relato principal. A través de diferentes etapas de la vida, la voz del hijo va describiendo la caída del padre, cómo se desdibuja en su incoherencia, hasta la auto-destrucción.

Las historias se desarrollan en su mayoría en Alaska, en medio de esa nada fría que tanto ayuda al ensimismamiento. El autor logra transmitir con el pasar de las páginas la soledad del paisaje, la nimiedad del individuo, y la urgencia de sobrevivir en un ambiente tan agreste. El escenario se ajusta a la intimidad de las conversaciones, al vaivén de los monólogo, al constante desvanecer.

Algo que no me parece tan positivo es que el autor está profundamente atado a las historias. Su propio padre se suicidó cuando el tenía trece años, y además practica la pesca, otro motor de las historias en la Leyenda. Esto sin duda agrega cierto morbo que hace la lectura más abrasiva, el puño en el estómago del que muchos gustamos. Pero esta no puede más que generar dudas sobre el verdadero talento del autor--aunque la crítica ha sido positiva sobre su nueva novela.

En todo caso es un buen libro y lo recomiendo. Eso sí, me uno a las voces que ven un error en que sea presentado como una novela y se la haya cambiado el título. Aunque los nombres sean los mismos, cada una de las historias tiene un desarrollo diferente, y molestarse por conectarlas puede estropear la calidad de la obra. Ojalá tengan oportunidad de disfrutarla.

domingo, septiembre 12, 2010

Kaleño



Sí tuviera que escoger un trabajo manual, ahora que el segundo chance como estudiante se acerca a su fin, me gustaría manejar una pulverizadora.

Nunca había sentido pasión alguna por las grandes máquinas. Aunque entiendo los principios de la mecánica, e incluso sea capaz de ayudar a un varado, los autos me tienen sin cuidado. Tampoco me causaron mayor impresión las instalaciones industriales que conocí durante mi formación como ingeniero, ni en mi trabajo. La novedad de su tecnología me aburre muy rápido, como se pasan las páginas de una revista. Pero eso cambió cuando conocí estas bestias pellizcadoras.

Nunca había visto una hasta el año pasado, cuando empecé a ir a la universidad en bicicleta - con sólo 200 años, Colombia no ha tenido aún que desconstruirse a gran escala. Un edificio viejo que había en el camino, de tal vez seis o siete pisos, amaneció un día rodeado de titanes color pastel. Sus largos brazos en reposo parecían garzas dobladas al amanecer. Como suelo salir temprano, por un tiempo sólo las vi parqueadas junto al edificio, que iba perdiendo su silueta. La verdad es que no les presté atención hasta el día en que las encontré en su danza. En ese momento la tenaza tenía apretado un pedazo del que por ahora era el último piso. El sonido del motor hacía entender que forcejeaba. El soberbio brazo de treinta metros, a pesar de la tensión, no temblaba. Tuve que orillarme para no afectar el tráfico de mortales en sus preocupaciones habituales. Unos segundos más y la pieza de concreto terminó por ceder. Cascada de piedras, nube de polvo, varillas despelucadas al sol. El agua atrapada en una tubería chorreó cual sangre de gallina que encuentra colgada su final. En tierra, las otras hermanas arrumaban, trituraban y disponían los escombros sin inmutarse. En su viaje de regreso, el brazo de la pulverizadora reflejó por un instante el sol naciente, antes de enzarzarse otra vez con ese que siempre y nunca es el último piso.

No puedo entender como hace el conductor de esta bestia para no gritar mientras trabaja. Si llegase el día de hacer mío ese brazo, necesitaría protección dental como los boxeadores, para no arruinar mis dientes; tal es la impresión que me produce la pulverizadora. Imagino que el operario debe desahogar en su trabajo todos sus odios y frustraciones, que debe llevar una vida tranquila y que tal vez hasta se la deje montar de su pareja. Una vida con tantas oportunidades de desfogue no puede sino conducir a la iluminación y la trascendencia.

Puedo entender que duden de mi cordura. La maquinaria pesada está lejos de la idea de espiritualidad, y más bien suele ser asociada con lo bruto, lo tosco, lo sucio. Pero eso no es más que otra construcción social, como aquello de todos los mecánicos de carros deben tener los overoles engrasados. Como una extensión del ser, la máquina descubre nuestra alma y lleva a nuevos niveles nuestra relación con el entorno. Entenderlo y mostrar un mínimo de empatía es no sólo posible, sino provechoso. Para que se hagan una idea, miren con atención:



De vuelta a lo abstracto,

panÓptiko

jueves, abril 29, 2010

No Samurai (Especial Centenario - parte I)

Utsukushima Showdown

Esta historia termina en una escena conocida, un poco modificada, pero conocida. Se trata de los acontecimientos detrás de una parte trivial en Cazadores del Arca Perdida. El hombre se levanta temprano en la mañana, al despuntar, se lava la cara y dedica dos horas a medir su katana contra el viento. Es un ejercicio meticuloso. Un sólo golpe es suficiente para definir el encuentro. Es necesario entonces que la mano no dude cuando llegue el momento. Que las piernas no pierdan el apoyo ni por un segundo, aunque su movimiento fluya con la ferocidad del mar. La vista siempre en el enemigo, atento a sus movimientos, forzando el error con su fortaleza espiritual.

Después de desayunar pescado y arroz, dedica la mañana a practicar caligrafía. No sólo aprende de la sabiduría detrás de los caracteres ancestrales, sino que también desnuda su corazón con el pincel. Los trazos en el papel reflejan la armonía de sus pasiones, cuando la duda le puede a la serenidad, cuando la furia o el amor perturban la mesura; todas estas, emociones que viajan con la katana en busca de la victoria, pero que no son tan fáciles de leer en el aire.

El hombre sale al mercado. Su presencia es sinónimo de orden. Tal vez no de justicia, pero si de seguridad contra la incertidumbre. Entonces una gritería agita algún rincón del entramado de kioskos. El hombre se apresura a averiguar de que se trata, en contra del sentido común del comerciante, que prefiere esconderse o correr. Unos jóvenes escapan entre la multitud, y mientras el hombre los ve perderse en una cuadra, el perseguidor lo encara. Hombre blanco, cabellos dorados, ojos azules. Ni el viento ni los caracteres hubiesen podido preparar su alma para este encuentro. Blande su espada sin control, mientras algo dentro de él cree que es mejor esperar pero la idea se pierde en la premura. De todas maneras, no toca un pelo del contrincante, lo suyo es sólo una amenaza, una muestra vulgar de fuerza a lo desconocido. Sin embargo, el hombre blanco no se inmuta, desenfunda, dispara. Adiós al hombre.

Se que es una exageración ridícula, que seguramente existieron samurais perezosos, desmedidos, o con mala letra. También primó la tiranía en ciertos reinos de lo que era Japón, muy seguramente también la ley del más fuerte. Pero eso no quita la sensación de que algo se perdió cuando las armas desincentivaron el cultivo de cuerpo-mente. Un ejercicio más allá de lo deportivo o lo militar, más bien una arte político de lo que ha de ser nuestra existencia física. Eso era el samurai.

Este año Colombia celebra 200 años de su nacimiento como lucha por una identidad, mientras que la ciudad de Nara, antigua capital del imperio, celebra sus 1300 años de nacer por vocación, sin conocer yugos. Con motivo de esta casualidad de celebraciones, me gustaría pensar un rato en lo diferentes que son los dos aniversarios, y en lo que una culicagada de 200 podría ser en 1100 años.

Larga vida al imperio,

domingo, febrero 28, 2010

¿El Eterno Retorno?

Me gustó esta gráfica de un artículo del Economist, aunque quien sabe que tanto vuelva a subir la proporción asiática.

Por lo pronto, me preparo para volver...

domingo, enero 03, 2010

Pretencioso



En aproximadamente un año deberé estar entregando mi disertación doctoral. Es una idea lo suficientemente espantosa para cerrar twitter, facebook y, claro, los tres blogs que alimento con alguna regularidad. No ayuda para nada el hecho que el profesor Rodrik - el penúltimo a la izquierda - haya hecho algo similar para poder escribir un libro. De hecho, el último en la lista es un estudiante colombiano de doctorado que anda en las mismas. La conciencia me dice que lo debo cerrar.

Pero, como diría Gilberto, el corazón me dice que no debo. Tanto el blog de Alejandro Gaviria como el de Chris Blattman, que en medio de sus miles de ocupaciones y viajes, mantienen unos lugares bien agradables, nutridos en ideas y noticias interesantes, son de gran inspiración. El último defiende el oficio del bloguero como un momento relajante que no tiene porque tomar más de 30 minutos diarios. Alejandro mata dos pájaros de un tiro subiendo sus columnas de opinión en El Espectador, pero el tiempo que le dedica a los comentaristas creo que rebasa la recomendación del profesor de Yale.

El problema empieza cuando uno sigue a otros monstruos del blog. Digamos que ni "Aid Watch" ni "Boing Boing" cuentan porque son escritos por equipos. Pero otros muchos, incluyendo a los de la izquierda, escriben casi a diario extensos y bellos textos que sería ridículo intentar emular. Revisando los borradores que quedan en la bandeja de entrada, me encuentro con textos que me gustaría tejer hasta volver crónicas o cuentos, pero caigo ahora en cuenta que puede que este no sea el espacio para tales esfuerzos.

De manera que, haciendo un balance, el blog no se cierra, pero intentaré dejar de ser pretencioso cuando me siento a consentirlo. En mi lista de enlaces "para el blog" hay un sinfín de links que llevan varios años en remojo, esperando su gran noche. La vida nos muestra, sin embargo, que las mejores noches no son las que planeamos sino las que nos sorprenden. Así que me haré menos bola cuando me siente al teclado, y le dejaré al tiempo que haga de estos escritos cantos rodados.

Como dicen en Japón: shinpuru isu besuto.

Buen viento en esta nueva década.

miércoles, julio 15, 2009

No, We can't



Una de las razones por las cuales es difícil estudiar la in/seguridad como concepto analítico es lo diferente que son las visiones objetivas y subjetivas del mismo. Mientras la tradición de los expertos hace ahínco en la protección de las fronteras y el uso de la fuerza militar, los individuos generalmente se preocupan por una gama mucho más amplia de amenazas a sus vidas diarias: delincuencia, salud, ingreso, ambiente, alimentación, etc. Esta asimetría es una de las razones detrás de la propuesta de la seguridad humana: mover el foco de los medios para conseguir cierto tipo de seguridad a los individuos que la necesitan, promete ayudar a cerrar la brecha entre la seguridad ofrecida y la requerida. Sin embargo, tal vez la asimetría de la in/seguridad sea una condición natural irremediable e, inclusive, que no necesariamente sea indeseable.

La seguridad humana suele ser acotada, en su versión más popular, por dos postulados traídos de un célebre discurso de Franklin Delano Roosvelt: libres de necesidad y libres de miedo ("freedom from want and freedom from fear"). Con estos dos conceptos, la necesidad y el miedo, se pretende pues abarcar todas las posibles fuentes de daño a los individuos y comunidades. Por un lado, la manera objetiva de enfrentarlos es la protección, idea tradicional de lo que es deber del Estado sólo que ampliada a un número mayor de amenazas, mientras que el frente subjetivo se vale del empoderamiento. Este último quiere decir que las comunidades sean capaces de hacer frente ellas mismas a sus problemas.

Hasta acá todo muy bonito pero es importante, entre tantas cosas, visitar cada vez que se pueda los límites del empoderamiento y de la extinción del miedo para no olvidar hasta donde es razonable llevar las intenciones. En esta ocasión, en lo que respecta al lado subjetivo del asunto, traigo a colación dos artículos interesantes de las semanas pasadas. El primero es sobre el posible efecto dañino de los libros de auto-ayuda. Según el estudio, por más que una persona se repita a sí misma que puede, si esta es consciente de que no es así, las palabras de ánimo servirán para nada. Aún peor, el conflicto interno entro lo que se quiere creer y lo que se sabe es su incapacidad, puede llegar a entorpecer el resultado en la tarea emprendida. Si el empoderamiento no es realista en la magnitud de la amenaza y las capacidades de la comunidad, la cosa puede acabar en desastre.

El otro artículo es una nueva joya de los estudios evolutivos. Según un psicólogo de la Universidad de Michigan, cierto nivel de depresión tiene un importante papel en el desarrollo de nuestras vidas. Según el experto, la depresión nos ayuda a evitar tratar de alcanzar objetivos demasiado altos, y así ahorrar energías y recursos para nuevas metas más asequibles. Susceptibles a la depresión crónica serían entonces aquellos que no pueden - o no son capaces - de sufrir sus depresiones normales. De esta manera, y reconociendo las oscuras relaciones de la depresión y el miedo, es importante considerar como de estos sentimientos nacen algunos de los cambios en las poblaciones, las semillas de lo que podrá moverlos ya sea a responder a una amenaza, o exigir adecuada protección - para no hablar de la lección particular para cada uno de entender nuestras depresiones.

En el fondo, es precisamente del miedo y de las depresiones compartidas de donde son avistadas inicialmente las amenazas que luego será menester afrontar con el aparato de seguridad. Por tanto, es en el entendimiento de la complejidad del ser humano, en donde pueden encontrarse las claves para soluciones más durables a los problemas que nos aquejan a todos.

OAGS

P.D. Si quieren revisar los límites del empoderamiento objetivo, pueden leer este post de Blattman sobre como el 30% de la población de Liberia está capacitada en cuestiones de paz, mientras que el país aún no tiene carreteras.

jueves, junio 04, 2009

Pareja de pingüinos homosexuales adoptó un pollito

Se que había dicho me iba a concentrar en mis escritos académicos, pero hay noticias que no se pueden dejar pasar. Gracias, Daniel. Claro está que la nota necesita aclaraciones:

+ Los pingüinos adoptaron un polluelo, que no es lo mismo que un pollito.

+ No se nos explica nunca en que consiste la homosexualidad de los pingüinos. Menos, su impacto social.

+ Los pingüinos son ovíparos, así que la intensidad de su sexualidad es bastante reducida - quiero decir, todo esto de las caricias y la leche materna. Los padres los vomitan y los apachurran.

Me pregunto que querían con esta nota...

Supongo que los leyeran. Y lo lograron.

viernes, mayo 08, 2009

Las japonesas los prefieren bajos

¿Tal para cuál?

Para todos los que crecimos en la clase media de un país en desarrollo durante los 80s y 90s, el futuro era un cuadro de un sólo color: amarillo progreso. El camino estaba trazado, casi casi como si se tratase del destino: del colegio a la universidad - o algún estudio superior -, luego a hacer plata, comprar un carro, una casa, tener una familia, seguir de para arriba hacia el amarillo. Desde que no se le zafara una tuerca a uno, no había pierde. Los juegos de video eran costosos, la televisión muy mala, el Internet demasiado técnico, los celulares imposibles, los instrumentos musicales igual de inaccesibles... Fuera del vicio y el fútbol, no quedaba de otra.

Uno de los consuelos de este camino era que uno no tenía que preocuparse mucho por quedarse solo. La mamá siempre decía que uno era muy buen partido, así que era cuestión de tiempo para que le llegase a uno su media naranja. De hecho, era más bien lo contrario: sin importar lo feito que uno fuese, el mensaje era "valórese". Esto porque con lo apetitoso que uno se estaba poniendo, de seguro lo enredaba a uno alguna mugrosa, lugar donde acaba todo sueño de progreso.

Sin embargo, otra es la historia en el mundo multicolor, donde el futuro es más nebuloso, y son muchas las formas respetables de ganarse la vida. En términos económicos, el movimiento de la mano de obra de los oficios al sector productivo y financiero, crea al tiempo una demanda de divertimento y una escasez de gente dedicada a los oficios varios. De manera que ser músico, actor, peluquero, o cocinero son alternativas legítimas, que no generan barullo en la reunión de tías.

Japón es un lugar paradigmático en lo que se refiere a estos dos escenarios porque, sin tener en cuenta las profundas diferencias culturales, el país se desarrollo rápidamente, en treinta años si contamos desde la recuperación post-guerra, o en un poco más de un siglo, si empezamos desde cuando se abrió a occidente. El hecho es que los abuelos japoneses - que son bastantes - no conocían de mayores lujos, y en general llevaron una vida similar a la de nuestros padres, mientras que los pequeños crecieron sumergidos en el mundo de la opulencia - o por lo menos de la modernidad. Es así que los cambios de percepción inter-generacionales se encuentran bien marcados entre las diferentes edades; mientras que los viejos entienden de la vida rural, los jóvenes preguntan si en el país de uno hay edificios.

Todo el rollo para contarles algo más bien intrascendente, pero no por ello menos chocante, sobre el cambio de gustos de las mujeres japonesas de hoy respecto al partido ideal. Esta semana salió en el periódico un artículo sobre el cambio de las tradicionales "tres Kou's" - que viene del ideograma de alto - a las "tres Tei's" - que hace referencia al ideograma de bajo. De entrada es evidente que es un cambio brusco. A nadie sorprenderá que ls Kou's correspondan al paradigma nacional de progreso: Alto grado de estudio, Alto nivel salarial, y Alta estatura. Pero los tiempos cambian, y ahora las mujeres los prefieren bajos: Bajo riesgo en el ingreso, Baja dependencia, y Bajo perfil. En otras palabras, ya que las japonesas igual han de trabajar y llevar el pan a la casa, no quieren mantenidos económica, alimentaria o afectivamente; y, además, que no se crean la gran cosa y hagan caso.

¿Y qué hacemos los monocromáticos?

Mal partido.

panÓptiko

lunes, enero 05, 2009

Brille el nuevo año con luz propia

El espectáculo de luces de Sendai, EXCLUSIVO de fin de año

Hacia el trece de diciembre la avenida Jozenji, la más septentrional de las que comprenden el centro de Sendai, se prende en las noches para animar la crudeza del invierno. Los árboles del corredor vial de tal vez un kilómetro de distancia, que tres cuartas partes del año pasan entre el verde y el amarillo, por dos semanas se ven colmados de lucecitas para colorear las noches, cuando estas son más largas. El resultado es un agradable y emotivo paisaje de fin de año, atestado a reventar de locales y turistas.

La iluminación es ya una institución de la ciudad, y con el tiempo se han ampliado y sofisticado sus características. No sólo comprende la avenida Jozenji, sino que también las plazas de la alcaldía y el parque frente a la gobernación, ambos justo al este de la vía, se adornan en luces multicolor, y se prestan para las ventas callejeras de comidas, bebidas, dulces y chucherías. Al extremo oeste, una vieja locomotora a vapor que sirve de juguete a los niños también resplandece abigarrada. Además, dado que aunque todos querríamos estar preentes en la inauguración, esto es a todas luces imposible, cada cierto tiempo todo vuelve a la oscuridad habitual por una media hora, para así regalarle a todos un poco de la magia del encendido.

Acompañantes tradicionales y modernos salen al paso de la iluminación. Las ventas de papa asada se distinguen desde lejos por el constante pitar de la olla a vapor en que se cuecen desde tiempos immemoriables. Claro está que en los carros de papas más moderno, con un sistema más eficiente de cocción, mediante un altavoz y la grabación del pitido mantienen vivo el ícono sonoro de su existencia. La avenida Jozenji es cruzada hacia la mitad de su recorrido por la avenida Kokubuncho, dónde se ubica la zona rosa de la ciudad. Así que por momentos las luces propias de sus hermosas habitantes se asoman y resuenan con el paisaje, arrastrando a más de uno hacia sus puertas, donde es muy probable que se les vayan las luces.

También está la camioneta cuatro por cuatro conducida por un santa clouss degado, iluminada como requiere la ocasión, desde la que grita vitores en algún lenguaje oscuro, que se confunde con la música de villancicos anglo-sajones. Hay triciclos aerodinámicos, maniobrados por émulos de alguno de los rangers de moda, que ofrecen a niños, jóvenes, adultos o ancianos, la oportunidad de dar un paseo mágico entre los árboles, cambiando la turba de gente por el trancón de carros. Claro que hay momentos en que los rangers hacen gala de sus superpoderes y meten sus triciclos por los andenes, esquivando peatones y cerrando coches, no por combatir algún temible enemigo, sino por alcanzar la meta de clientes.

Este año instalaron un pista de patinaje para que la gente se despabilase un poco. La entrada era gratis pero el alquiler de los patines tenía un módico coste. Al parecer la demanda sobrepasó la capacidad del escenario, y desde afuera no se veía mucho hacia donde podían moverse los deportistas y curiosos que se lanzaban al hielo. Sin embargo se movían, en otra muestra cotidiana de coordinación nacional. También se habilitó desde el año pasado el segundo piso descapotado de un bus para ofrecer una ronda de lujo. Por una no tan módica suma, los dichosos pasajeros podían observar el evento unos cuatro metros más cerca de las estrellas. El capricho parecer estar muy en boga entre los buscadores de patrones escondidos en las geometrías forestales, entre los adictos al detalle y los que adolecen de fuertes defectos visuales. Pero aún resta por constatar si los trancones de ida y de venida, en el frío decembrino, no destiñen el recuerdo.

No es ajeno el espectáculo a los agüeros. Dicen las malas lenguas que quien va con su pareja a ver el peyento - que así se conoce, derivado del inglés pageant - de seguro termina. Pero dice Hiroko, una experta en el tema, que dado que las personas van sin falta a ver las iluminaciones cada año incluso antes de empezar a tener parejas, y que la persona promedio (?) tiene varias relaciones sentimentales antes de casarse, es natural que el número de parejas que terminan después del peyento sea mucho mayor que el número de parejas que continuen (¡se podría decir lo mismo de Monserrate!). Si se le suma lo compremetedor de las fechas - regalo de navidad y visita a los padres de año nuevo, lo que en Japón puede casi que equipararse a promesa de matrimonio - y la cercanía del San Valentín - temporada oficial para una nueva relación - la teoría coje más fuerza. Como puede verse, la iluminación da incluso para profundos análisis socológicos.

Un último detalle de crueldad corona el espectáculo máximo del fin de año sendaireño, que congrega a habitantes de toda la región noreste, Tokio incluida, y que reafirma su condición de metropolis japonesa. Quizá no sea crueldad sino fría racionalidad económica. Incluso puede haber un profundo sentido filosófico de oriente, que escapa a los ímpetus festivos del resto de mortales. El caso es que toda la magia, todo el candor, toda esta euforia de luces, minifaldas, risas y colores, se apaga súbita e irreversiblemente, el 31 de diciembre a las doce cero cero.

Brille el nuevo año con luz propia,

panÓptiko

P.D. Feliz cumpleaños, bella Bibi

miércoles, diciembre 31, 2008

Jóvenes que prometen virginidad practican sexo tanto como los que olvidan la promesa

Esta entelequia del Tiempo del 30 de diciembre ofrece un broche de oro para este ano.

Primero, aclara de una vez por todas que la virginidad es algo que se promete, o sea, algo que se obliga a hacer, decir o dar. Esta cosificación es importante, puesto que la virginidad, en principio intangible (?), con el acto verbal de prometerla se hace canjeable, transable, se vuelve casi un bien externo.
Ahora luego, el titular va más allá y afirma que la promesa es inata, una condición pre-configurada en el hardware humano, ya que las conductas posibles respecto a la "promesa de virginidad" son cumplirla, no cumplirla u olvidarla. No se considera un escenario en el que la promesa nunca haya existido. como este escenario es totalmente factible, podría decirse entonces que existe cierto aire radical en el enunciado, conservador, que se cierra a ver la sociedad en monocromático.
Lo que el titular deja en un limbo, un tema de particular importancia, es si esta promesa es posible de ser hecha multiples veces por el mismo jóven. En otras palabras, si la virginidad es un constructo social más que una condición biológica. La palabra 'tanto' es ambigua en este sentido, porque al discriminar los dos grupos en torno a la promesa, deja abierta la posibilidad a que el grupo de los que prometen mantenga su población constante aún cuando falten a su promesa, pudiendo prometer de nuevo. Puede ser también, no un constructo social, sino un re-constructo quirurgico. Casos se han visto.

Feliz año para todos. Que cumplan sus promesas,

panÓptiko

P.D. Ahora que leí el artículo - basado en un paper de la revista Pediatrics -, encuentro esta última frase esclarecedora: "...casi todos los que prometieron virginidad consideran que ése fue un voto que no tenían obligatoriamente que cumplir".

Allá ustedes...

domingo, diciembre 14, 2008

La delgada línea de pelo

El postre

El estudio no es algo que esté hecho para los humanos. Lo académico es la ilusión de una humanidad que no somos. Perdón por ser tan categórico pero se me hace que un poco de sinceridad cruda hace falta en este tema. Las pruebas están en cualquier lado, pero son más fáciles de apreciar en el primer mundo. Gracias a la tecnología, a una mayor cantidad de gente nos es posible acceder a las charlas que los grandes profesores dan en las más renombradas instituciones, y se da uno cuenta de que son charlas cortas, llenas de animosidades al rededor de unos pocos puntos claves. Los extensos papers, los libros, las hojas de cálculo, todos quedan a un lado para el examen personal, si es que las muchas obligaciones dejan tiempo para ello. Y aún así, si se molesta uno en observar el público en medio de una explicación, es fácil ver cuanta gente está desconectada, escribiendo algo más, o con la mirada perdida. Según las habilidades del expositor, la atención dura entre unos segundos y algunos minutos. Luego empieza uno a rascase la cabeza, otro se saca algo de la orejas, aqueste se urga la nariz, cuando no es que una ola de sueño empieza a barrer el recinto. En las conferencias, los optimismistas nos turnamos el podio para que todos tengan su merecido descanzo y, durante la merienda, el almuerzo o la cena, compartimos impresiones sobre el título de las presentaciones de los demás, y se estrechan relaciones para trabajos conjuntos que luego justificaran el sueldo y uno que otro viaje adicional. Una delgada línea de pelo nos separa del animal interno, que no se hace esperar cuando las cosas se ponen ligeramente densas, porque cada académico con su trabajo es como un poeta del montón pero sin siquiera la básica rima consonante. Prohibitivamente íntimos e inescrutables. Por eso los mejores académicos son los que no se toman muy en serio y se preocupan más por la humanidad del resto de los mortales que lo acompañan. En últimas eso es lo que queda al final del día.

Los postres en Malasia son muy ricos.

panÓptiko

sábado, noviembre 15, 2008

re-cOnectado


Un gran contrabajista y una mala cámara

Lamento no haber avisado que me quedaba sin conexión por unas semanas - hasta hoy. Gracias a todos los que enviaron mensajes preguntando por las razones del silencio, o ideas para nuevos posts. La verdad estaba escribiendo algo más elaborado para mi regreso este semestre al blog, pero después de varias horas infructuosas, decidí dejarles este saludo primero.

Ya nos vemos,

panÓptiko

P.S. El del video es el viejito japonés más cool que he visto en mi vida. Una leyenda viva del Jazz japonés, me dijeron, pero no recuerdo el nombre...

miércoles, julio 16, 2008

Al Gore y la inquisición verde

Aparecido hoy en la edición del Japan Times, una prueba más de lo que desde este pequeño espacio se sostiene - espero encontrar una versión en español pronto.

By BJORN LOMBORG

COPENHAGEN — When it comes to global warming, extreme scare stories abound. Al Gore, for example, famously claimed that a whopping 6 meters of sea-level rise would flood major cities around the world.

Gore's scientific adviser, Jim Hansen from NASA, has even topped his protege. Hansen suggests that there will eventually be sea-level rises of 24 meters, with a 6-meter rise happening just this century. Little wonder that fellow environmentalist Bill McKibben states that "we are engaging in a reckless drive-by drowning of much of the rest of the planet and much of the rest of creation."

Given all the warnings, here is a slightly inconvenient truth: Over the past two years, the global sea level hasn't increased. It has slightly decreased. Since 1992, satellites orbiting the planet have measured the global sea level every 10 days with an amazing degree of accuracy — 3-4 mm. For two years, sea levels have declined. (All of the data is available at sealevel.colorado.edu.)

This doesn't mean that global warming is not true. As we emit more COe, over time the temperature will moderately increase, causing the sea to warm and expand somewhat. Thus, the sea-level rise is expected to pick up again. This is what the United Nations climate panel is telling us; the best models indicate a sea-level rise over this century of 18 to 59 cm, with the typical estimate at 30 cm. This is not terrifying or even particularly scary — 30 cm is how much the sea rose over the last 150 years.

Simply put, we're being force-fed vastly over-hyped scare stories. Proclaiming 6 meters of sea-level rise over this century contradicts thousands of U.N. scientists, and requires the sea-level rise to accelerate roughly 40-fold from today. Imagine how climate alarmists would play up the story if we actually saw an increase in the sea-level rise.

Increasingly, alarmists claim that we should not be allowed to hear such facts. In June, Hansen proclaimed that people who spread "disinformation" about global warming — CEOs, politicians, in fact anyone who doesn't follow Hansen's narrow definition of the "truth" — should literally be tried for crimes against humanity.

It is depressing to see a scientist — even a highly politicized one — calling for a latter-day Inquisition. Such a blatant attempt to curtail scientific inquiry and stifle free speech seems inexcusable.

But it is perhaps also a symptom of a broader problem. It is hard to keep up the climate panic as reality diverges from the alarmist predictions more than ever before: The global temperature has not risen over the past 10 years, it has declined precipitously in the last year and a half, and studies show that it might not rise again before the middle of the next decade.

With a global recession looming and high oil and food prices undermining the living standards of the Western middle class, it is becoming ever harder to sell the high-cost, inefficient Kyoto-style solution of drastic carbon cuts.

A much sounder approach than Kyoto and its successor would be to invest more in research and development of zero-carbon energy technologies — a cheaper, more effective way to truly solve the climate problem.

Hansen is not alone in trying to blame others for his message's becoming harder to sell. Canada's top environmentalist, David Suzuki, stated earlier this year that politicians "complicit in climate change" should be thrown in jail. Campaigner Mark Lynas envisions Nuremberg-style "international criminal tribunals" against those who dare to challenge the climate dogma. Clearly, this column places me at risk of incarceration by Hansen & Co.

But the globe's real problem is not a series of inconvenient facts. It is that we have blocked out sensible solutions through an alarmist panic, leading to bad policies.

Consider one of the most significant steps taken to respond to climate change. Adopted because of the climate panic, biofuels were supposed to reduce COe emissions. Hansen described them as part of a "brighter future for the planet." But using biofuels to fight climate change must rate as one of the worst global "solutions" to any great challenge in recent times.

Biofuels essentially take food from mouths and puts it into cars. The grain required to fill the tank of an SUV with ethanol is enough to feed one African for a year. Thirty percent of this year's corn production in the United States will be burned up on America's highways. This has been possible only through subsidies that globally will total $15 billion this year alone.

Because increased demand for biofuels leads to cutting down carbon-rich forests, a 2008 Science study showed that the net effect of using them is not to cut COe emissions, but to double them. The rush toward biofuels has also strongly contributed to rising food prices, which have tipped another roughly 30 million people into starvation.

Because of climate panic, our attempts to mitigate climate change have provoked a disaster. We will waste hundreds of billions of dollars, worsen global warming, and dramatically increase starvation.

We have to stop being scared silly, stop pursuing stupid policies, and start investing in smart long-term R&D. Accusations of "crimes against humanity" must cease. Indeed, the real offense is the alarmism that closes minds to the best ways to respond to climate change.

Bjorn Lomborg, author of "The Skeptical Environmentalist" and "Cool It," is director of the Copenhagen Consensus Center and adjunct professor at Copenhagen Business School. © 2008 Project Syndicate (www.project-syndicate.org)

viernes, junio 06, 2008

Economista del Desarrollo: ¿El último bastión de la era de los expertos?

El experto, del otro lado del escritorio

En el anterior post hice una referencia somera a los expertos, en cuanto a su papel dentro de la nueva edad media. Debo aclarar en este momento que la característica a la que quería hacer referencia, más que a su existencia, es a su crisis - bueno, en cierta medida un implica a la otra, en cuanto una crisis es un movimiento en la identidad. El experto es aquel que sabe, al que le hacemos caso, y por lo tanto quien tiene cierto poder sobre nosotros. No debe ser confundido con la autoridad, el presidente o el sacerdote o el juez, aquellos cuyo poder no reside en su nivel de conocimiento sobre la realidad sino en la simpatía popular, en lo normativo o en el dogma. Podría decirse que los expertos son aquellos que no tienen refugio seguro en la retórica. Al médico se le mueren los pacientes, al ingeniero se le caen los puentes, mientras que Dios no falla, lo de los jueces es fallar, y todo lo demás pasa a las espaldas del presidente.

Pero obsérvese ahora que una de las transformaciones que sacaron a occidente de la primera edad media fue precisamente la mano que los expertos le brindaron a las arbitrariedades de las autoridades. Los eclipses no fueron más razón de paganismo, las enfermedades señal del mal, las hambrunas cedieron y así se mantenía la cabeza sobre el cuello de los monarcas, los juicios sofisticaron sus pruebas y estilizaron sus castigos. Los expertos ayudaron a mover la percepción de las autoridades del vasallaje y el látigo, a la de un mal necesario; es decir, del príncipe al gobernante. Por consecuente, una crisis entre los expertos no podría traer otra consecuencia que una nueva edad media. Hoy quería presentarles algunos ejemplos de uno de los bastiones más importantes de esta crisis, por todo lo que él representa; este es el economista del desarrollo.

En ocasión de la publicación del reporte de la Comisión del Crecimiento, auspiciada por el Banco Mundial, el economista William Easterly, ex-funcionario del mismo, tituló su columna en el Financial Times: "Confíe en los expertos en desarrollo - en los 7 billones de ellos". Con tal ironía pretende el profesor de la Universidad de Nueva York despachar una estirpe de insignes figuras de nuestra época. Las críticas del profesor se centran en los 4 millones de dólares - sin contar conferencias, seminarios, talleres, etc. - empleados para lograr conclusiones como que: "Es difícil saber cómo una economía responderá a una política, y la respuesta correcta en este momento puede que no se aplique al futuro". En otras palabras, no sabemos pero ahí vamos.

Para hacer justicia al reporte, otros economistas de gran renombre como Martin Wolfe del mismo diario, o Dani Rodrik de Harvard, hacen contrapeso y señalan puntos valiosos en el reporte, especialmente en cuanto a cosas que salieron bien y cosas que salieron mal, pero reconociendo en el fondo algo en el fondo del argumento de Easterly: la importancia del contexto a la hora de tomar cualquier decisión. De hecho, Rodrik lo desarrolla un poco más este punto en artículo que titula la nueva economía del desarrollo. Los elementos del paradigma naciente son, además del contexto, el pragmatismo, soportado en la experimentación, echando mano a herramientas sofisticadas de diagnóstico y evaluación - léase, ensayo y error. ¿No estarán diciendo lo mismo ambos bandos? ¿Uno que los que dan recetas no sirven, y otro que los que vienen si van a saber como es que es?

Por otro lado, Alejandro Gaviria ya había señalado hace unas semanas la caída en desgracia de las entidades multilaterales para el desarrollo. A nivel mundial la cruzada más reconocida en pro del desarrollo la lleva Bono, mientras en el nivel regional Juanes, Shakira y Alejandro Saenz, entre otros, toman la vocería y salen en las fotos. ¿Traerán ellos el milagro para salir de la pobreza? Seguramente no. El punto de Alejandro es que tales milagros no existen, pero la gente los sigue esperando, así que hace falta alguien que consuele sus esperanzas. Un poco de marketing y un poco de tiempo para el procesos lento e incierto de reformarse o desaparecer.

Si damos una mirada transversal, la crisis toca las instituciones, las metodologías, incluso la epistemología - porque, acaso ¿qué es conocer el contexto sino mirar las cosas con otros ojos? - y termina materializándose en el cuerpo de los economistas. Pero, ¿cuál es el papel de estas personas, en últimas? Mas allá de la respuesta obvia, habría que observar que fue gracias al manejo del flujo de recursos entre ciudades, con el mercantilismo y los fisiócratas, en el desarrollo de la estadística y su análisis, gracias al establecimiento del mercado en sus diferentes escalas, como fue posible dar el tránsito a la modernidad. Los economistas trajeron una promesa de seguridad diferente del ojo de dios y la disciplina, que implicaba una transformación del entorno, aquel en el que hemos vivido.

Mas, ahora, de repente, cuando se caen los consensos, agonizan las instituciones que les decían que hacer, y los maestros dicen que no estaba del todo correcto lo que les enseñaron, el vestido del emperador pierde un poco su sex appeal. Diagnóstico, evaluación, experimental, contexto, pragmático, todos estos términos señalan en una sola dirección: los expertos no tenían ni idea de lo que en estaba sucediendo.Tal vez nunca lo supieron, pero ahora es más que evidente.

Perdonarán que hayan tantos elementos por ahí sueltos, que espero ir revisando con el paso de los posts. Sólo querría arriesgarme a comentar algo sobre el objeto específico de hoy. Entonces ¿quién si no el economista del desarrollo? Más allá de la respuesta natural, la encarnada por Bono, la que caracteriza esta nueva edad media, es bueno señalar que si llevamos la urgencia del pragmatismo y el contexto al extremo, la única esperanza está en formar una nueva generación de economistas, el economista latinoamericano, el economista colombiano, el economista bogotano, el economista caribeño, pacífico, andino, llanero, amazónico, tropical, en fin, el que se necesite.

Curiosa su inexistencia, ¿no creen?

Así es la edad media,

panÓptiko