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domingo, enero 03, 2016

Lecturas del 2015



Tal vez este blog parezca moribundo,  pero al menos las lecturas continúan. O eso intento.

En el 2015 los libros fueron mucho menos que en el ubérrimo 2014, pero tengo muchas buenas excusas: la familia creció y... No, la verdad es que durante el año que se fue le dediqué mucho más tiempo a los juegos de mesa, sobre los cuales tendría que escribir en algún momento. Volví a comprar un iPod por cuestiones familiares, y leer y escuchar música al tiempo no funciona tan bien. La no ficción también se robo una buena porción de mi tiempo de lectura, sobre la cuál tampoco escribo acá, pero tal vez debería—en Twitter prometí una reseña de Superforcasters que no he cumplido. Además, el primer libro del año fue una faena titánica que me dejó fatigado.

El gigantesco volumen escrito por Vikram Seth sobre la búsqueda de marido en la India de los cincuenta es una lectura deliciosa. Según Wikipedia, es la novela más larga publicada en un sólo tomo (en inglés, por lo menos). Casi todas las mil trescientas y tantas apeñuscadas páginas de la novela son agradables: sin mucha diatriba o introspección como Dostoyevsky, ni vacuas como Proust, mucho menos experimentales como Joyce. Lo de Seth es pura novela en el sentido televisivo de la palabra: dramas convencionales, coloreados por las múltiples fuerzas políticas, económicas, sociales y religiosas particulares de la India recién independizada y separada de Paquistán. 

Enfrentarse a una novela de semejantes dimensiones amerita un par de comentarios de forma:
  • Imposible de leer en el transporte público: hice el deber de cargarla unas semanas pero era muy difícil leerla de pie en un tren lleno. Esas faenas me recordaron algunos compañeros del colegio que desarmaban los libros para cargar sólo los capítulos que estábamos estudiando en el momento. No fui capaz de imitarlos. 
  • No tengo una cita que destacar: leer semejante libro es como nadar en el océano, donde cualquier error puede resultar en una muerte prematura. La novela tiene suficientes sub-divisiones para hacer la lectura fácil, pero aún así no podía dejar de concentrarme en llegar a la siguiente pausa para descansar. Ese afán por terminar no permite disfrutar de los detalles de la buena prosa. 
  • No es un buen regalo: los que la han recibido de mis manos se quedan con una risita nerviosa. 


Sin pocos alientos para más, el resto del año las lecturas fueron más sosegadas. Terminé de leer la trilogía de sirenas de Rumiko Takahashi, que empecé y dejé hace un par de años. Esta bien para pasar el rato. Ese mismo 2012, Alejandro Gaviria recomendó al escritor brasileño Machado de Asis, y este año por fin pude echarle diente a la única colección de cuentos que encontré en el mercado. Muy buen escritor: breve y contundente. No creo haber leído alguien con ese estilo en el siglo diecinueve. Recomendado. 

Cumplí con el propósito de leerme otro libro de Alice Munro este año. Esta vez fue Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage. Bueno como siempre. Sin embargo, debo decir que esta vez me empecé a aburrir de la misma temática repetida en diversas formas: mujeres en el proceso de cometer algún tipo de transgresión de género tras el cual salen airosas. Claro está que esta colección tiene un par de cuentos que son realmente geniales, sobre todo el último, 'The Bear Came Over the Mountain' el cuál creo que inspiró una película. No estoy seguro si lea otro libro de Munro en el 2016. 

El año pasado quedé con ganas de leer más de Shinichi Hoshi, así que me hice a otra colección de cuentos. 'Esopo del futuro' empieza con unas cuantas fábulas griegas adaptadas a nuestros tiempos. Tal vez la que más me hizo gracia fue la de la hormiga y la cigarra: mientras que hace dos mil años, por andar cantando la cigarra moría de hambre en el invierno, hoy los cantantes desempeñan un rol importante en las sociedades, mientras que el ahorrar y ahorrar de las hormigas ha dejado de ser atractivo. El resto de la colección es más ciencia ficción como en 'Poco-chan', con los mismos altibajos, pero entretenido en general. No se si existen traducciones al español. Deberían.

Falta nombrar a Hermann Hesse y su Lobo Estepario, uno de esos libros que traje hace casi diez años y no había tocado. De Hesse sólo había leído Bajo la rueda, por recomendación de un tío—hecho que me pareció un poco macabro, dado el mensaje del libro. El lobo es la historia de un señor solitario que desaparece dejando sólo su diario, el cual da cuenta de una vida sobria que da un giro inusitado hacia la locura. No entendí muy bien como fue a dar a donde fue a dar, pero estuvo bien. 

Para el 2016 no hay promesas. Hay libros apilados, como siempre, pero me gustaría encontrar algo nuevo. Bienvenidas todas las recomendaciones.

Feliz resto de año. 

lunes, julio 27, 2015

Tarea terrorista

El otro día en Twitter, @sandraborda publicó el siguiente trino, en parte como invitación a leer el libro Talking to Terrorist de Jonathan Powell

Varios en la tribuna le dimos ejemplos que desvirtúan la hipótesis y el asunto terminó en una acusación generalizada sobre los debates sobre libros que no se han leído. En lo personal, creo que este reclamo tampoco tiene mucho sustento mas, por no dejar pasar, hice el esfuerzo de leer la muestra gratis del libro para el kindle—introducción y parte del primer capítulo. Los siguientes son los comentarios de la lectura: 

+ El autor reconoce desde el principio que su trabajo no es académico. En ese sentido, la afirmación, más que una hipótesis que va a ser puesta a prueba, debería ser tomada por el lector como una convicción o como una estrategia de ventas. 

+ Lo último porque al parecer la verdadera intención del autor es escribir sobre el arte de la negociación, un tema que sin duda es muy importante y relevante para el momento actual en Colombia—aunque menos atractivo sin la primera afirmación. 

+ Además, la definición de terrorismo escogida por el autor—no existe un acuerdo al respecto—podría invalidar la afirmación, ya que terroristas (cito de memoria, por que las muestras gratis no permiten subrayar) son aquellos grupos que tienen soporte político de base que dificultan una solución por la fuerza. Es decir, la afirmación puede que no sea ni hipótesis, ni convicción, sino una definición. 

+ Me quedo con la duda de saber a que se refiere en últimas el autor con negociar, dado que el primer capítulo empieza presentando el asunto como que el punto es no negarse a hablar, pero no ceder. Esto suena muy bonito en principio, pero no veo muy claro que es negociar sino ceder en alguna forma. El asunto tiene un aire del famoso "sólo la puntica", con lo cual no digo que esté en contra de negociar (es importante hacerlo) sino que no es honesto vender la negociación como un proceso en el que no se va a dar (¿perder?) algo. 




lunes, enero 12, 2015

Lecturas del 2014


El primer año en la gran ciudad fue un gran éxito en cuanto lecturas. Resultó que la línea de metro al trabajo no es muy popular, por lo cual lleva casi siempre puestos desocupados por la mañana y no se atiborra por las noches, así que hubo casi una hora neta de lectura diaria. En las mañanas por lo general libros académicos para complementar el trabajo y por las noches literatura. Treinta minutos diarios suena a poco, pero es suficiente para leer un poco más de un libro por mes, el doble de lo que se leyó el año pasado. Así que, a pesar del pronóstico negativo, este resultó ser un año revelación en cantidad y, lo que es aún mejor, en calidad. 

Parte del pesimismo derivaba del plan de destinar más tiempo a leer en japonés, pero en la noche de regreso a casa no quedaban muchas ganas de más esfuerzo: de los libros populares tal vez entienda el 80~90%, y de los más complicados el porcentaje puede decrecer ostensiblemente. Aún así, tres libros en ese idioma se colaron este año. 

El primero fue una novela que ganó el Premio Naoki, uno de los dos más famosos premios literarios del país. Cohete del barrio popular, de Jun Ikeida, cuenta la historia de una firma de ingeniería de barrio que desarrolla un sistema de válvulas necesario para un proyecto aerospacial del más alto calibre. La trama se divide en dos arcos narrativos simples: la empresa pequeña no está dispuesta a vender su patente y la grande se rehusa a aceptar como proveedor una empresa de barrio, así que primero intentan por medios legales quebrar la empresa pequeña para que ceda; luego, cuando no pueden, encuentran defectos en la pieza e intentan demostrar que una empresa pequeña no tiene el sistema de calidad necesario para suministrar las piezas. 

¿Desabrido? Puede parecerlo, pero esta novela fue refrescante en varios aspectos. Los humanos pasamos la mayor parte de nuestras vidas trabajando, pero no vienen a la mente muchos trabajos literarios que se centren en esta parte de la vida. Sobretodo si se reconoce la gran complejidad del mundo laboral de hoy. Este año en las mañanas leí la Condición Humana de Hannah Arendt, donde este tema es parte primordial, lo que pudo influir en encontrar el tema interesante. Además, es agradable encontrarse con libros donde los protagonistas no son escritores, ni piensan en escribir, ni quieren escribir, ni están frustrados por no hacerlo. 

Otro libro en japonés fue Poko-chan de Shinichi Hoshi, un escritor de ciencia ficción que escribe cuentos cortos y es famoso por ellos. El tema espacial no me convence tanto, pero en algunos cuentos me recuerda a Poe. Este estuvo muy divertido y quedé con ganas de más y de traducirles algo. El último fue Río Profundo de Shusaku Endo, el mismo de Silencio y Samurai, dos libros fuera de serie. El japonés de este libro es mucho más complicado de lo usual y toco suplementarlo con la traducción al inglés. La historia se desarrolla en India, donde varios personajes van a intentar solucionar distintas crisis en sus vidas. No se compara a lo otros dos libros, en especial porque le hace falta una historia central más fuerte, pero tiene sus momentos. 

En inglés sólo hubo dos títulos, pero los dos fueron superlativos. Tres años después de la primera vez volví a leer a Alicia Munro, esta vez The Love of a Good Woman. Ella no necesita presentación ni recomendación. ¿Por qué no la leo más? Tal vez por lo mismo que uno no se come todo un pote de arequipe, sino que lo va dosificando para magnificar el placer. Dejé comprado el siguiente, por si las moscas. 

The Last Samurai de Helen DeWitt fue el último libro del año y fue una verdadera sorpresa. Un niño prodigio y su particular madre sobreviven en Londres la crianza en medio de dificultades económicas y de adaptación. Es un libro que no sólo está hermosamente escrito, pero es visualmente atractivo. Esta entrevista a la autora puede servir de aperitivo a los interesados. 

Entre los libros en español se colaron cuatro novelas colombianas — contando como dos el libro de Ricardo Silva. Entre ellas, la mejor es sin dudas Sin Remedio de Antonio Caballero. No entiendo por que este libro no es más famoso. Ya ni recuerdo por que accidente vine a saber de él y a topármelo por accidente en la Lerner del Norte. Es un espiral decadente en la Bogotá de los ochentas, donde converge todo el imaginario de las élites capitalinas. El protagonista es un poeta mantenido de una de estas familias tradicionales,  quien empieza a perder el rumbo cuando su novia lo deja y sus amigos artistas se comprometen con la revolución. Al leer la novela sentí que estaba por encima de Opio en la nubes, y que merece lectores de culto como tanto como esta.

La doble novela de Ricardo Silva están buenas, pero creo que es un ejercicio muy arriesgado: obligar al lector a leer dos libros con estilos (o de géneros) diametralmente opuestos da pie a juzgar en que la va mejor al escritor. Los personajes malos de El Espantapájaros son demasiado malos para ser ciertos. La decadencia en el libro de Caballero también es teatral, pero no se siente forzada. En cambio, Comedia romántica fluye muy agradablemente a pesar de que esté totalmente construida a través de un diálogo, en la que los personajes van envejeciendo a medida que avanza el libro. Me sorprendió que Ricardo haya salido indemne con una frase que el personaje masculino dice en la primera página: sobre la forma de ser del personaje femenino dice "… nada que no se pueda domesticar con un embarazo." Aplausos para la madurez del público y del escritor.

A Piedad Bonet quería leerle algo, pero creo que El Prestigio de la Belleza no fue el mejor lugar para empezar. Tal vez intente de nuevo.

De las traducciones al español hubo un poco de todo. Disfruto mucho la historia de Omar Khayyám, uno de esos genios musulmanes de la época dorada de su civilización—el vivió en Persia entre 1048 y 1131. Amin Maalouf, un escritor libanés radicado en Francia, escribió una novela sobre su historia y su famoso libro de poesías, las Rubaiyat. La primera mitad del libro cuenta la vida del poeta y la segunda una historia de aventuras en Irán durante la revolución. Muy refrescante y entretenido.

La Trilogía de Nueva York de Paul Auster estuvo entretenida. Son unas historias de detectives   escritores surrealistas, a la David Lynch. La última parte la devoré en las vacaciones de verano en un cuarto sin aire acondicionado, así que la asocio con algo de sofoco. Leí El Jugador de Dostoevsky, y no me mereció ningún comentario en particular. Tal vez agradezco que nunca me ha tentado el mundo de las apuestas.

Tenía curiosidad de leer a Margarita Yourcenar porque un profesor que tuve en Bogotá hacía referencia a ella por su uso del lenguaje. Las Memorias de Adriano son sin lugar a dudas un libro hermoso, muy elaborado, investigado en detalle y lleno de pasajes sublimes. Sin embargo, no soy muy bueno para seguir elucubraciones que fluyen sin parar por páginas y páginas, así que se terminó yendo a medio leer, como se escuchan a los locos que se encuentra uno en las reuniones de académicos.

Natsume Soseki es un famoso escritor japonés de finales del siglo 19 a quien también estaba en mora de leer. Kokoro es su obra más conocida y la traducción que se consigue está muy bien. Lastimosamente, el año pasado se cumplieron 100 años de su publicación y leí por error un artículo donde contaban el final del libro, así que no lo disfrute. Aún intentando poner esto a un lado, no quedé convencido.

Por último, De que hablamos cuando hablamos del amor de Raymond Carver. Este tampoco necesita presentación. Que cuentista tan poderoso.

En el 2014 dejé The Walking Dead porque no me gustó como cerraron el arco de las primeras cien ediciones. También dejé de mezclar música en casa, de ver cine, y me dediqué de lleno a los juegos de mesa y a la paternidad. Leí mucho de ética consecuencialista, lo cual disfruto en demasía. Las lecturas matutinas merecerían un post aparte, pero supongo que son aburridas y no le interesan a nadie.

Confieso que tengo aún varios libros que traje conmigo hace 9 años y que aún no he leído. No creo lograrlo, pero me gustaría terminarlos antes de cumplir una década con ellos.

Gracias por leer. Abrazos.

(foto aparte porque anda en préstamo)

viernes, enero 03, 2014

Lecturas del 2013


Las lecturas del año pasado no fueron tantas, aunque entre líneas dicen mucho sobre las profundas transformaciones en el horizonte. El plan original era leer tres libros extensos que se venían cociendo en la biblioteca hace tiempo, pero sólo logré terminar dos de ellos. En los intermedios quería leer cuentos y ninguno se coló en la pila—el de Kawabata me parece es otra cosa—incluso después de que uno de los mayores descubrimientos de los últimos años recibió el Nobel por sus hazañas. En su lugar se colaron unas novelas variopintas y muchas otras cosas que ahora hago en el tiempo 'libre' que se le exprime al trabajo. Sobre ellas, especialmente la paternidad y los juegos de mesa, espero escribir luego, pero el trasfondo es un poco preocupante: esta es la primera vez que siento que la lectura para el trabajo afecta mi deseo de descansar con más lectura. Ojalá sea algo pasajero.

Otro problema respecto a los libros largos, y la primera lección del año, fue que en la práctica no se puede leer tanto mientras se viaja. A pesar de que hubo mucho movimiento, los libros gigantes hubo que dejarlos en el sofá por varias semanas: son muy pesados para pasearlos y la incomodidad de los aviones hace que sean menos reconfortantes. Es muy poco lo que cabe en los bolsillos de la silla del frente y es difícil concentrarse con todo el ruido y movimiento. Pensaría que los libros electrónicos son una alternativa pero el hecho de que toque apagarlos es un poco frustrante, porque entonces toca tener otra lectura para esos momentos y, bueno, ¿por qué no seguir leyendo el libro físico si ya empezamos?

'Vida y Destino', el monumental retrato de la Batalla de Stalingrado, fue el único libro sobre el cual pude sacar el tiempo para escribir una reseña, a la cual no tengo nada que añadirle. 'Conversación en La Catedral' era otra tarea pendiente para entender porqué le dieron el premio a Vargas Llosa. Hasta entonces sólo había leído un par de novelas eróticas un poco desesperantes, que supongo el jurado no tuvo en cuenta para su decisión. El libro resultó muy bueno, tanto en técnica como en contenido. La Catedral es un restaurante obrero donde se cuenta la historia detrás de la dictadura militar en Perú. Aunque la arquitectura del restaurante no se asemeja a la de los grandiosos templos cristianos, la historia se va contando a través de ecos entrecruzados típicos de estos lugares, lo que le confiere un ritmo muy agradable y la hace sentir menos extensa. De alguna manera estaba prevenido sobre el maniqueísmo que suele enlodar las historias con contento político—un prejuicio, porque los ejemplos que se me ocurren son libros que no he leído de William Ospina y Santiago Gamboa, que creo jamás leeré—pero Vargas Llosa elude muy bien la maldad como propósito, y le dedica tiempo a la maldad causada por la circunstancia. Los personajes son quizá arquetípicos, el matón, la muchacha del servicio, la moza del poderoso, el periodista melancólico, pero sirven muy bien para el objetivo de retratar las divisiones sociales del momento, y tal vez de ahora. En fin, todo muy bueno, sin embargo, debo decir que no quedé con ganas de más. No se porqué, pero me gustaría saberlo.

El libro de Orths fue una compra compulsiva después de leer un comentario en algún blog. Fue muy agradable el contraste con los dos gigantes del año, como la aceituna en el martini. La historia de la camarera es redonda y salada, con un corazón relleno, sin pepa. El nudo voyerista es bien carnoso, porque la idea de que alguien pudo haber estado debajo de la cama en alguno de los hoteles en los que hemos pernoctado es muy poderosa, pero la historia nunca pierde su esencia aceitunezca. Recomendado.

Kawabata no pierde su efecto poderoso en mi. La bailarina de Izu es una historia deliciosamente sugestiva, llena de esas tensiones sexuales tan diferentes al canon occidental de deseo mamífero y mujeres fatales. Un joven adinerado estudiante sigue a una tropa de artistas itinerantes en su camino a través de una zona de termas al sur de Tokyo, donde viven. Poco a poco se va ganando su confianza y con ello la oportunidad de acercarse a la bailarina, quien puede ser sólo una niña pero puede que no. Deseo, tensión, ambigüedad... lo típico. El libro contiene otra serie de escritos menores, los cuales no me parecieron trascendentes. Las páginas del diario del escritor mientras cuidaba a su abuelo agonizante son fuertes, y muestran una faceta de Kawabata que no conocía, pero tal vez sean sólo para los fanáticos.

El descubrimiento del año fue que puedo leer libros de mediana extensión en japonés sin sentirme muy frustrado. Creo que entiendo 90% del contenido y puedo leer trescientas páginas en un mes. Seguro se me escapa un montón de sutilezas y el otro diez por ciento pude ser muy significativo, pero no tengo tiempo para usar el diccionario e, igual, es posible que las sutilezas se escapen a las traducciones también, muy seguramente en inglés el cuál tampoco domino en lo literario. Los que siguen fuera de mi rango son libros de más de una generación atrás, o los intencionalmente enredados. Los primeros me dan lástima porque me gustaría leer varios clásicos, los otros últimamente me tienen sin cuidado.

Dos de las novelas fueron de Keigo Higashino, 'Secreto' y 'Asesinato en la villa máscara' (traducción textual, disculpas), un autor popular de novelas negras y de misterio. A Hiroko le gustan mucho los libros del señor, hay varios apilados en su rincón de la biblioteca, así que en una de esas me animé a intentar el más recomendado. Secreto es la historia del padre de una niña de secundaria quien durante un viaje con su mamá de vacaciones, sufre un violento accidente tras el cual su cuerpo queda con vida pero poseído por la conciencia de su madre. Padre e hija esconden este secreto e intentan llevar una vida normal, condenada a la frustración—por razones que Kawabata se negaría a aceptar. Otras historias se desarrollan al tiempo en relación a otras víctimas del accidente y las causas del mismo, las cuales no siempre se sienten tan importantes, incluso parecen alargues, pero en eso el idioma puede jugarme una mala pasada. Algo que disfruté mucho fueron los comentarios ingenieriles del protagonista, técnico de una planta de motores, que seguramente se derivan de los estudios universitarios del autor. Muy refrescante que ninguno de los personajes sea algún tipo de escritor, tan típico en los libros colombianos—alguien mencionó algo al respecto en estos días en Twitter, pero no recuerdo que fue.

El otro libro es un thriller estándar, con algunos giros interesantes y un final un tanto alternativo, pero que otra vez se sintió más largo de lo necesario. 

Por último, está el libro de la señora Kubo, que llegó por un link que colgó @infrahumano . Con los años me he vuelto intolerante a los reportes exóticos sobre tierras lejanas, ya sean las adoptivas o las naturales. En el artículo recomiendan obras de autores que no son nuevas, o que no parecen ser populares acá, pero el caso de Kubo la información parecía fidedigna: el libro de 2010 recibió un premio a la mejor novela para mayores de 18, fue reimpresa en 2012 y parece seguir vendiendo bien. Es decir, otra compra compulsiva.

Es difícil decir de que se trata el libro. Tal vez traducir el título como 'Yo, poca cosa, contemplé el cielo' da una mejor idea del contenido: las vidas de cinco personajes medio fracasados, que sufren  dramas con alto contenido sexual, de los cuales parecen salir un poco menos mal librados, aunque no se puede estar tan seguro. ¿Quedó claro? Fue mi mejor intento. Las historias se siguen cronológicamente, todos los personajes están unidos en el mismo pueblo—la historia no pasa en Tokyo como dicen en el link—tres son compañeros de colegio, los otros son la mamá y la amante de uno de los muchachos. La euforia sexual va cediendo a lo patético de las circunstancias: cada uno de los personajes ha sido abandonado y humillados de algún modo, y en elaborar esa tristeza se va buena parte del libro. 

Al comienzo me dio pena leer este libro en el tren, pero en tanto fui avanzando, me fue ganando el pesar por las vidas miserables ahí retratadas. ¿Existirán tales personas en Japón? Kubo logra transmitir una profunda desazón y el contexto hace que lo inusual de los personajes no se sienta tan extraño—una partera en Japón, una esposa estéril teniendo fantasías 'manga' con un estudiante de secundaria, un muchacho que vive del sistema de bienestar con su abuela, cuyo padre se suicidó en un lago por el que pasa a diario y a quien hasta su mamá ausente le roba. Como era de esperarse, no hay un gran final, pero el mensaje de seguir adelante a pesar de todo no parece del todo superfluo.  No lo recomendaría sin conocer a fondo a quien lo piensa leer—hace años perdí algunas amistades recomendado Saló. 

En fin. Este año lo voy a dejar sin promesas porque se siente mucha incertidumbre. Está el otro libro largo pendiente, y otro tanto de compras compulsivas acumuladas. Sin embargo, las otras ocupaciones están robando cada vez más de mi tiempo, y la posibilidad de quedarme para siempre en este archipiélago enrevesado me invita a entregarme del todo a su idioma. Ya veremos. 

Un feliz 2014 para todos, lleno de sorpresas placenteras.

jueves, agosto 22, 2013

El viento se levanta — 風立ちぬ



Hayao Miyazaki, el afamado director de animación japonesa, presentó su más reciente trabajo hace poco más de un mes. Fue una espera larguísima: cinco años desde Ponyo, la película del pez que se vuelve humano—muy bella y todo, pero dirigida a los pequeños más pequeños de la casa—y nueve años desde El castillo andante de Howl. El viento se levanta es la primera película para adultos del director, notorio por varios detalles grandes y pequeños que presenta la película: discurre en el periodo de entre guerras tocando indirectamente la participación japonesa en equipo con los Nazis, los personajes de la película fuman constantemente—ya hubo una demanda de la liga local anti-tabaco—hay besos e insinuaciones directas de sexo (conyugal). Todo esto sin comprometer el estilo onírico que es sello del trabajo de Miyazaki. Es, sin duda alguna, una joya.

La película ha causado gran controversia debido a su temática. El viento se levanta cuenta la historia de Jiro Horikoshi, quien diseño el Mitsubishi A6M Zero, un avión de guerra que le dio la ventaja aérea a Japón durante la primera parte de la guerra. La película coincide con crecientes tensiones entre los gobiernos del vecindario y las intenciones del partido en el poder de reformar la constitución para que el país pueda tener de nuevo un ejército regular y participara en la defensa colectiva. Miyazaki ha aprovechado la película para meter la cucharada y criticar al gobierno por sus desfachateces. Algunos políticos le han pedido que se calle, otros medios dicen que un sector del público resiente que haya tocado el tema de la guerra, pero en últimas no ha pasado mayor cosa en lo político y la película ha sido un gran éxito.

Para quienes viven lejos de Japón, y sobre todos para quienes viven en países en desarrollo afectados por conflictos, El viento se levanta tal vez debería ser vista más bien desde la reflexión que yace en el fondo. La principal motivación de Miyazaki fueron los sentimientos encontrados que le generaba la genialidad de Horikoshi y lo absurdo de la guerra. Su conclusión fue que a Horikoshi no se le podía echar la culpa de la guerra y esa pasión con la que se entregó a crear una máquina maravillosa es algo que merece reconocimiento. 

Horikoshi sueña desde niño en hacer su avión. Lee revistas de aviación en inglés con ayuda de un diccionario, en su casa humilde lejos de Tokio. Toda su vida está consagrada a su sueño. Trabaja duro, aún más que sus compañeros de la Universidad Imperial. Le reciben en una filial de Mitsubishi en Nagoya, donde a la par de los proyectos existentes para el ejército, Horikoshi prosigue en el diseño de su avión. 

Las cosas no van del todo bien y Horikoshi se toma un descanso creativo durante el cual conoce el amor. Pero aún este amor es sólo una excusa para continuar persiguiendo su sueño. (+comentario con spoiler después del video).

Hay una escena, no obstante, en la que Horikoshi admite tener un motivo diferente a su sueño. Al volver tarde del trabajo, una familia harapienta espera cerca a una tienda mientras la calle se ve oscura y vacía. Horikoshi le pregunta al tendero quienes son, y él les explica que están esperando al señor de la casa, quien compra la comida para cenar juntos pero aquel día aún no llegaba. Horikoshi les ofrece lo que compró para él, mas no se lo reciben. Se pregunta entonces ¿por qué será Japón tan pobre? y se entrega con más ahínco a su trabajo. 

Miyazaki exalta con su película a quienes construyeron a la nación japonesa a pesar de la guerra y las circunstancias políticas. Sus ingenieros, sus científicos, sus creadores esmerados y trabajadores sacaron adelante un país maravilloso a pesar de la destrucción y el uso inapropiado que otros hicieron de sus invenciones. De hecho, Miyazaki escogió para la voz de Horihoshi no a un típico actor de voz, sino a Hideaki Anno, el creador de Evangelion, quien Miyazaki estima por la calidad de su trabajo—ellos no pertenecen al mismo estudio. La voz de Anno deja claro desde un comienzo que la intención del director no es presentarnos a Horikoshi como a un héroe o un genio idealizado, pero como a un nerdo de carne y hueso que se distingue por su trabajo.

Si usted es una de esas personas de ciencia y tecnología batallando en medio del fango de la política, vea El viento se levanta y nunca olvide que la prosperidad está del otro lado de la montaña, a pesar de la guerra.

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De ñapa, acá está el tema principal de la película: Nube de avión.



+ El día que Horikoshi termina su avión, la esposa desaparece para siempre—se va a una clínica en las montañas donde al parecer muere. Tal vez sea una impresión errada, pero me parece que la muchacha durante la película es una alegoría de la nación y su relación con Horikoshi: la belleza y la inspiración que le mueve, pero que a la vez conoce en la adversidad y quien vive en una condición muy frágil de salud. Aún así le apoya y acompaña en su sueño, sin importar que ha de desaparecer en parte por cerrar los ojos al contexto.

sábado, enero 05, 2013

Lecturas del 2012


Alguien dijo en septiembre del año recién despachado que cualquier cosa que uno hace dos años seguidos es ya una tradición. Así, aunque el Hermano Cerdo no se haya animado esta temporada a alojar las bitácoras de sus compañeros de viaje, aprovecho el impulso para desempolvar el anaquel y abrir espacio a lo que ha de venir en el 2013.

El 2012 estuvo nutrido de lecturas rápidas, tanto de cuentos como novelas cortas—que vienen a ser como lo mismo. Dentro de los primeros, los dos libros del año fueron igual de buenos, imposibles de comparar. Por un lado terminé de leer la primera colección de Chejov a la que le echo el diente. Todo lo que dicen del ruso es cierto: su escritura es ágil, brillante y acogedora. ¡Que cercanos al corazón se sienten todos esos hombres, mujeres, niños y caballos!! En lo personal, prefiero ediciones con menos información por página, pero igual recomendado.

Catedral de Raymond Carver es otro clásico del cuento que tenía atrasado. La Wikipedia me recuerda que le gustaba a Bolaño, quien lo compara con Chejov, pero no se si fue por él que me enteré primero de su existencia—estoy seguro que Ricardo Silva lo recomendó por twitter. En todo caso, apoteósico. Carver es parco pero vertiginoso. Las historias tienen temas simples y eso las hace más sobrecogedoras. El cuento del niño en coma es escalofriante.

Novelas hubo de todos los sabores. Ya les conté sobre la más poderosa de ellas, así que comento un poco sobre las demás.

Tal vez la que siguió en potencia fue "La Cena" de Koch. Creo que nunca había leído algo que me produjese una nausea profunda. Durante mi primera juventud pasé bastante tiempo buscando esa sensación con cuentos de terror o temas sórdidos—recuerdo un libro de cuentos llamado juventud caníbal, que fue medio decepcionante. En el cine Saló de Pasolini marcó la pauta pero terminó volviéndose un película de la casa. Este libro, en cambio, con un artilugio borgeano, le pone a uno la sangre y la mierda en las manos. El trasfondo del libro es en teoría de mayor interés para los ciudadanos del primer mundo blanco, pero cualquier adicto a la alta tensión lo disfrutará.

Leí dos libros que me regalaron y, como al caballo, no puedo decir sino que gracias, que muy rico. La Historia Sin Fin me pareció chevere. Ya había leído Momo, y en esta el autor llevo la historia a otro nivel. El juego de colores en la tipografía es entretenido, pero la cosa como que se iba alargando con eso de tener tantos capítulos como letras en el abecedario (inglés).

A Delirio me fue difícil cogerle el ritmo y, cuando ya, pues se acabó. Cuando lo comparo con los cañonazos del año, quedo con la impresión de que estoy dejando atrás el gusto por la experimentación y le doy más valor al resultado.

Leí las tres novelas cortas que recomendó Alejandro el año pasado—para que vean que escribir reseñas si sirve. Las tres estuvieron buenas. Tal vez la de los trenes es un poco surrealista, pero cualquiera amerita la hora o dos que puede tomar leerlas.

Al Buda de los Suburbios lo traía desde que llegué por primera vez a Japón. Por alguna razón que no recuerdo lo cogí cuando salí para Indonesia en septiembre y fue un oportuno compañero. Durante el viaje me intoxique con una sopa de chivo y pasé bastante tiempo en el baño pasando sus páginas. La historia tragi-cómica de los inmigrantes indios en Inglaterra era del todo desconocida para mí, y esta fue una buena introducción.

Fue bueno leer de nuevo a Bolaño y recordar que existió y que hizo de las suyas. Creo que no hay mucho más que decir de él.

Javier Marías me pareció algo que recomendarían en el Malpensante, pero llegué a él por recomendación del blog de economía Marginal Revolution. Me pareció medio soso, repetitivo. La trama tiene algunas facetas interesantes, y la historia secundaria del pirómano en el Museo El Prado es divertida.

Cuando tomé la foto para esta entrada y escribí aquello de desempolvar el anaquel, caí en cuenta de lo poco que usé el Kindle para leer literatura en el 2012. En enero leí la novela Open City de Colé, la cual me gustó y reseñé en su momento. Fue curioso encontrársela en la lista del año de Arcadia, porque se había comentado que traducirla sería complicado—me pregunto si alguien de los que pasan por acá la ha leído. Y no fue hasta noviembre/diciembre que volví a usar el Kindle para leer de nuevo a David Mitchell y su Atlas de las Nubes, sobre el cual también ya he hablado.

En cuanto a novelas gráficas, sigo leyendo The Walking Dead, que va y viene. Este año publicaron el número cien, pero se notó que no estaban preparados para hacerlo especial, lo cual es de cierto modo bueno. En el Hermano Cerdo el año pasado alguien recomendó un historia de sirenas de Rumiko Takahashi—la misma de Ranma—y el Informe a Adolfo de Osamu Tezuka—el mismo de Astro-boy. El segundo ya me lo habían recomendado (y regalado), así que aproveche el impulso y, bueno, aguantó. El final se le iba embolatando pero eso le puede pasar a cualquiera. A Rumiko si no me la aguanté sino un tomo; ahí quedan los otros dos... Al señor del baño japonés, que en el 2012 le hicieron película y todo, hay que leerlo con traductor cultural al lado para encontrarle la gracia, así que también se quedó en un tomo.

Creo que eso fue todo. Fue un buen año, pero siento que es hora de echarle de nuevo el diente a novelas más largas. Tengo tres de esas estancadas y puede que les haya llegado su hora. En los intermedios me gustaría descubrir más cuentos, así que recibo recomendaciones.

Les deseo un feliz 2013 lleno de salud, amor y letras (y números también).

domingo, diciembre 09, 2012

Atlas de las Nubes

Amanohashidate, Prefectura de Kioto


David Mitchell ha escrito un libro magnifico. Lo único es que, si me imagino a mí hace ya casi un año pensando en leerlo, no me hubiese gustado toparme con ninguna reseña. Hay experiencias que se disfrutan mucho más cuando no se tiene la menor idea de lo que espera, lo cuál, entre mejor es la obra, se hace más difícil. Pero entonces ¿qué decir? 

Hace un par de semanas visitamos Amanohashidate, una de los tres paisajes más hermosos de Japón, según el poeta Matsuo Basho. Dado que los otros dos son destinos bastante populares, sorprende que el acceso a este sea tan complicado. Tuvimos que rentar un auto y manejar por tres horas hacia el norte, en el mar de Japón. Se puede hacer en tren, pero las conexiones no son tan buenas. La autopista está sin conectar en la mitad, así que toca meterse por un pueblo antes de subirse de nuevo. El lugar no esta debidamente señalizado y nos pasamos de la entrada antes de encontrar un lugar para parquear.

No tenía ni idea de que era Amanohashidate. Itsukushima, en Hiroshima, es famoso por un portal que durante marea alta queda dentro del océano. Matsushima, cerca a Sendai, es una colección de islotes decorados con pinos japoneses, tan propios del ideal tradicional de belleza de estas gentes, mínimo pero trascendental. De Amanohashidate no existe postal que recuerde. Podría haber sido cualquier cosa: una montaña sagrada, una playa de arenas musicales, un bosque de árboles torcidos. Como nubes que cuentan múltiples historias en su hacerse y re-hacerse.

Fue un buen viaje. No hizo falta un mapa porque el camino se fue haciendo evidente a medida que avanzábamos. El paisaje fue hermoso y las historias que vivimos y nos contamos mientras fuimos y volvimos cumplieron su papel de calentar el corazón. ¿Memorable? Sí, pero no de esa manera en que se pega otra monita en el álbum sólo para llenarlo y ostentar con los demás.  El Atlas de las Nubes está lleno de lecciones sobre como mirar el firmamento. 

Cuando Basho vio Matsushima, la inmortalizó en un poema:

¡Matsushima ah!
¡A-ah, Matsushima, ah!
¡Matsushima, ah! 

Aunque fuese la ruina de los escribidores de reseñas, bueno es encontrarse con libros como este. 

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Nota: Este humilde servidor sólo sufrió por un aspecto del libro: el inglés no es del todo amable con los no nativos. Las traducciones deberían de llegar.  
 

lunes, noviembre 19, 2012

Durmientes

La experiencia más intensa de los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, leer a la luz cómplice de la lámpara de la mesita, con mi aún joven mujer tendida al costado, la Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. Nuestra historia, es decir la del libro y yo, es larga y azarosa, llena de meandros y tiempos muertos (o más bien contemplativos), tal vez demasiado íntima, aún así creo que merece ser contada.

Hace doce años dos sucesos sin aparente relación despertaron mi curiosidad por las Bellas Durmientes. Después de alguna de las clases de japonés en la Universidad Nacional, dos compañeros buscaban terceros para zanjar un desacuerdo profundo: lo que uno pensaba era una obra maestra, llena de sensibilidad y ensoñación, para el otro no eran sino las perversiones de un viejo libidinoso. No sabía de la existencia del libro y la descripción que ofrecían no era definitiva: se trataba de un libro sobre un prostíbulo particular, donde viejos seniles podían ir a disfrutar los dones de jóvenes narcotizadas que no les hicieran sentir pena de sus vergüenzas. La discusión tenía un trasfondo sospechoso: quien defendía lo sublime en aquella historia de viejos y putas era una mujer, y quien la vilipendiaba era un hombre. La sola trama del libro no era suficiente para tomar partido pero el morbo y lo particular de la discusión se me quedó grabado.

Con Kawabata vine a intimar por esos mismos días gracias a una bonita edición del País de Nieve que saqué prestada de la biblioteca del papá de un amiga. Aunque estudiábamos la misma carrera, a ella la conocí por un evento en otra universidad, después del cual bailamos toda la noche con una orquesta en el Centro de Convenciones Gonzalo Jimenéz de Quesada. Bebimos y giramos merengues hasta el enajenamiento. Ahora que vivo en un lugar donde no es común bailar en pareja, estremece mucho más de lo normal recordar el efecto que tiene tomar a un otro por la cintura, ajustar a discreción y entrar en ese terreno misterioso de una esfera personal ajena. Mas que el dedo que explota una burbuja de soledad, parece un arponazo que la desgarra.

Luego visité a mi amiga un par de veces en su casa en planes no académicos, donde tomamos cervezas importadas, conocí el eneldo, con el cual se puede preparar pescado, y descubrí a Kawabata. La amistad con ella continuó pero la exploración de la biblioteca tuvo un final precipitado. Un sábado santo mientras charlábamos despreocupados mucho después de la cena, los padres decidieron ir a la vigilia pascual, arrastrando al resto de familia, sólo para zafarse de este tipo tan charlador hasta esas horas de la noche. No hubo otra visita.



País de Nieve sigue siendo el nombre que viene a mi mente cuando alguien pregunta por mi libro favorito—hoy en día algo que pasa mucho menos a menudo porque los adultos son gente hosca que no pregunta trivialidades. La portada de la edición tenía una figura que luego entendí era el peinado de una geisha—al principio creía que era el pétalo de una flor. La firma del papá de mi amiga estaba en la primera página y creo que una fecha, seguramente la de la compra del tomo. Luego la célebre escena del tren saliendo del túnel y entrando en el país de nieve, que corresponde a la parte occidental del noreste de Japón, la que vendría a ser con el correr del tiempo mi segundo hogar. Bastará con decir que la historia del amor imposible de un hombre adinerado y una aprendiz de puta fue otro tipo de arponazo. No hay tiempo para describir la sutiliza con que aquella trampa de sensiblerías en medio de la austeridad de sentimientos que impone una relación comercial va asfixiando al lector en la misma medida en que le complace. El caso es que desde entonces tuve claro que a Kawabata habría que volver.

Sin embargo, pasaron bastantes años antes de que las bellas durmientes cayeran en mis manos. Ese libro se suma a una no tan larga pero angustiosa lista de obras notables que las librerías bogotanas no se dignan (o dignaban, ahora no se) a inventariar. Dentro de mi lista estuvo Un yankee en la corte del rey Arturo, la obra completa de Sherlock Holmes—no las compilaciones arbitrarias que se les da por publicar, sino los volúmenes originales preparados por Sir ACD—y algunas novelas y cuentos de Lovecraft. La entrada más dramática de esa lista fue Las Metamorfosis de Ovidio, ya que por culpa del libro cuasi homónimo de Kafka, pocos libreros lo distinguen de entrada, haciendo de la peregrinación de tienda en tienda una penosa tarea de alfabetización sobre el que es hasta donde entiendo el mejor compendio de mitología griega escrito en aquellos tiempos. Creo que de ahí viene que no me haya nacido leer nada del austriaco.

Cuando dí con el libro entendí la razón de la escasez. Lo pregunté por curiosidad en esa librería pequeña pero fenomenalmente surtida en la 72 con 15, al lado de la siempre deslumbrante y en metástasis Panamericana. El librero no lo tenía en el momento pero lo podía conseguir en un par de días; advirtió, con un énfasis singular, cual era el precio del tomo. Dije que no había problema y me fui incrédulo de que en la ciudad funcionaran esos pactos informales sin dejar ninguna otra garantía  que la palabra. En la fecha indicada, un librito de un poco más de cien páginas, tapa blanda y tipografía inquietantemente grande se me entregó por lo que ahora parecía una fortuna.

Al contrario de lo que se podría esperar, no devoré el libro al instante. Vivir lejos, sin acceso a literatura en español ha hecho que mis visitas a las librerías se hayan convertido en la búsqueda compulsiva de un heroinómano. Así que las bellas durmientes se sumaron a la pila, y ahí se quedó por varios años.

Supongo que la espera también tiene que ver con las intenciones que de cuando en vez me entran de leer autores japoneses en su idioma. Un propósito frustrado hasta ahora, si no contamos la forzada lectura de Kitchen de Yoshimoto Banana, un cuento de Murakami al que no le vi luego sentido, y los mangas que compro cuando vienen recomendados. En últimas, leer en español es más cercano al corazón y si uno no consume lo que producen los traductores no puede esperar que se hagan muchas más y mejores traducciones para que todos podamos disfrutarlas y compartirlas.

Dejar los libros esperando en el estante también proporciona un placer diferente, como el añejar de un vino en la cava de la libido. Esa tal vez esa la principal arma de seducción de las obras de Kawabata, que se concentran en retratar en toda su imperfección lo que va desde las ansias de sensaciones del cliente hasta la nunca satisfactoria concreción del acto. Comprar y leer en el acto es un tipo de onanismo literario, un goce estéril—aunque como goce, merezca su espacio. Sacar el libro de su reposo cuando se está seguro que ha llegado la hora es una apuesta por multiplicar el placer, la cual no siempre sale bien pero vale la pena arriesgar.

Importante anotar que la incompletud que sufren los personajes de Kawabata no tienen que ver con el dinero. Ninguno de ellos tiene problema en pagar por los servicios que se imaginan que quieren, pero no todo es posible porque el corazón es caprichoso y el cuerpo se marchita. Aún así, los clientes vuelven porque ese periodo entre que se adquiere el libro hasta que se le intenta poseer es el que les permite llenarse de ilusión y recordar con mayor vivacidad otros tiempos en los que el placer fue más trascendental—quizá porque en la memoria todas las imperfecciones del hoy se hacen a un lado y se recuerda sólo el orgasmo, pues de lo contrario no se volvería a pasar todo el trabajo para llegar a él. De hecho, el viejo Eguchi se la pasa la mayor parte de su tiempo recordando otras felicidades que las turgencias de las bellas evocan. Con el tiempo, son los recuerdos los verdaderos protagonistas de las nuevas experiencias.

La espera también da tiempo para que el azar aderece la relación con fantasías de confabulaciones del destino. Así es que unos meses atrás leía Corazón tan blanco de Javier Marías, sobre quien creo había escuchado algo pero sólo compré cuando lo recomendaron en Marginal Revolution, un blog de economistas. La contraportada dice algo así como que es el mejor libro escrito en mucho tiempo pero a mí me iba cansando el tono repetitivo con el que el protagonista rumia los detalles de la trama—claro que la historia del pirómano del Museo el Prado es muy buena. En un paseo por Nueva York, mientras el protagonista espera que la amiga donde se está hospedando culmine una relación sexual que ha convenido por correspondencia con un sujeto misterioso, Juan entra a una librería y compra "un libro japonés por el título, House of the Sleeping Beauties se llamaba en inglés, el título no me gustaba pero lo compré por él". Es un detalle intrascendente para la novela, ¿tal vez una carnada para los curiosos? ¿Un elemento simbólico de significación profunda? No creo, con esa presentación tan insustancial. Sin embargo, para mí fue un clic de endorfina que me permitió acabar rápido con aquel drama de chispa retardada y dedicar mis noches a las bellas durmientes.




No fueron muchas las noches que pasé este verano con las vírgenes narcotizadas; suficientes para no olvidarlas, no tantas que hastiasen. Estos y otros recuerdos menos decentes—que aún no estoy tan viejo para contar sin vergüenza—se atropellaron con los del viejo Eguchi y completaron la potente dosis del veneno de Kawabata. La palidez de mi esposa tendida a la luz de la lámpara fue un escenario único para nuestras nostalgias. Eguchi siempre mantiene a su esposa en otra dimensión, de hijos y el hogar, que no se cruza con lo que son las bellas durmientes para él. Tampoco piensa que sea correcto, acepta que es malo en cierta medida, pero es lo que él es.

Me asaltó en algún momento la duda de si las mujeres tienen una oportunidad semejante de conocer el mundo que los hombres conocen a través de los burdeles. Si la compañera que hace años defendía lo sublime del libro llegaría a sentir tan íntimamente lo que Kawabata ponía en la mente del viejo. Esto no es razón de orgullo, por supuesto, pero sí es un mirada distinta a la naturaleza humana, a las fuerzas que siglos de civilización no consiguen doblegar. La duda no duró mucho porque el viejo Eguchi tenía un recuerdo apropiado que la bella de la noche supo evocar: una de sus últimas amantes fue una mujer casada con un extranjero. No me lo tomé a mal, fue más como una advertencia y  un mal agüero. La advertencia queda aquí escrita para que no se pierda entre la multitud de recuerdos, y el agüero se terminó de conjurar en la suerte final del viejo Eguchi, que bien debería leer todo aquel que haya llegado hasta éste, el punto final de la historia de un libro de un poco más de cien páginas.


sábado, febrero 04, 2012

Dos de vaqueros

Cierto mundo de ciertos niños

Entre el año pasado y este, sin querer queriendo, leí dos novelas de autores negros; por casualidad nigerianos los dos. La curiosidad existía desde antes, supongo. (Tal vez desde aquel tomo tercero de "El Mundo de los Niños", el cuál, si mal no recuerdo, cumplió esa importante misión de enseñarme que los niños africanos viven en la selva, en tribus que andan en taparrabos.) Digo supongo porque no escojo mis lecturas por el sexo, raza, u otra característica del autor distinta a que lo pueda leer, y que parezca apetitoso. Y si lo del apetito se le deja a la inercia comercial local, es muy fácil para cualquier sudamericano crecer, reproducirse y morir con la manida imagen salvaje, escrita con seguridad por algún europeo, a la Tin Tin en el Congo.

Superado lo de la inercia, el problema de leer autores del Africa negra es por donde empezar; que del inabarcable universo de alternativas literarias, los libros y sus autores asomen en el momento preciso. Entonces sucedió como con las eclipses lunares, que algunos años no se dejan ver, pero otros años ocurren más de una vez. Los dos libros no podrían ser más distintos, pero como ya va rato sin reseñar, los despacho en una sola entrada.

Medio Sol Amarillo - Chimamanda Ngozi Adichie











Al primer libro llegué por una popular charla que la autora dio en TED. En ella Chimamanda explica precisamente el peligro de quedarse con una sola historia sobre las personas y los lugares. La charla sólo tarda veinte minutos y haría falta otra entrada para comentarla. El caso es que su advertencia sobre la dignidad de las personas con una sola historia resonó con mi búsqueda, así que le di la oportunidad al libro.

La novela cuenta la historia de la guerra de secesión que la República de Biafra libró (y brutalmente perdió) en los cincuentas, desde el punto de vista de un grupo de personas atadas a su lucha: unas hermanas de una familia de clase alta ligada a negocios con el gobierno, el novio británico de una de ellas, el profesor universitario pro-revolución (esposo de la otra hermana) y su muchacho del servicio—a la usanza de Nigeria, al parecer.

La autora se toma el tiempo de presentarnos a cada uno de los personajes en detalle, mientras la tragedia es apenas un eco en el trasfondo. La hermana que se casa con el profesor activista universitario, sufre las presiones familiares pertinentes por dejar prestigiosos pretendientes por aquel idealista. El mucamo recrea su vida fuera de su aldea, y nos transmite otro ángulo de la vida del profesor universitario. El escritor británico—quien supongo es blanco—representa la tensión entre el querer mezclarse entre la gente sobre la que ha querido escribir, y su abolengo. La otra hermana, un ser huraño y misterioso, se encarga de mantenernos al tanto de los intríngulis en las altas esferas de Biafra. Debo reconocer que en esta parte me sentí culposamente desencantado de la novela, tal vez porque estas personas eran tan normales, tan como cualquier otro, que me generaba cierto tedio.

Pero luego se precipita la tormenta de la guerra, y toda esta red de personas, relaciones e ideales son puestas a prueba. La pomposidad del profesor universitario de poco sirve ante la hambruna que deja la derrota. El escritor británico no puede evitar mentir para salvarse. El espiral de infortunios en el que va degradando el conflicto, arrastra a los personajes a su mínimo, más allá de la desesperanza. Es ahí cuando en la narración empiezan a aflorar todos los lugares comunes que se esperarían de una novela sobre una guerra en el África Sub-Sahariana, la miseria, la mezquindad, haciendo evidente la importancia de aquella pausada primera parte.

El contraste asesta el golpe donde es. Y cuando ya cree uno que se ha acabado el dolor, una patada en la entrepierna nos recuerda que siempre se puede estar peor.

Aunque al libro llegué por aquello de la literatura negra, no pude dejar de leerlo como alguien que vivió la tensa calma de un conflicto que no llegó hasta aquellos extremos, pero tal vez pudo. Es decir, me pareció una advertencia para los idealistas justicieros del mundo, aquellos que apoyan todas las formas de lucha desde sus iPhones. Me parece incluso que sería una buena lectura para el colegio, si es que aún leen novelas.

(Si alguno queda con ganas de leerlo, tal vez enriquezca la experiencia leer este obituario del general Emeka Ojukwu, máximo gobernador de Biafra, que en parte explica como se perdió aquel millón de vidas a la testarudez de sus líderes)

Open City—Teju Colé

El segundo libro llegó a mí por la trivialidad de las listas de "mejores vendidos", y por la extraña naturaleza de las reseñas que este ha recibido. El New Yorker o el Economist, elogian la obra pero a la vez no es tan claro que es lo magnífico. El lenguaje, sí, pero de resto la historia no dice nada: un psiquiatra, mitad nigeriano mitad alemán, que camina por Nueva York y habla de lo que se ocurre.

Mientras escribo la reseña, no dejo de pensar en que de no ser por la coyuntura, jamás hubiese leído un libro con tal descripción. De verdad que es una sensación extraña la que dejan cada uno de los capítulos de Open City. Después de alguno de ellos, me quedé en la cama pensando que tal vez algo similar pensaron de Proust sus contemporáneos. Sólo he podido con la mitad del primer tomo de En busca del tiempo perdido, pero Teju Colé me hace pensar que el problema de la divagación es estar lejos de lo que mueve al autor. Me parece semejante la forma en la que ambos se dejan llevar por la sin-historia de sus reflexiones, sus paseos físicos y mentales, las páginas y páginas que se pueden seguir a un detalle que parecía superfluo. Pero mientras lo de Proust es soso a más no poder, las ciudades de Colé son muy de todos nosotros.

Podrá sonar a sacrilegio comparar a Colé con Proust, pero las reseñas lo ponen a la altura de escritores como Gustave Flaubert—de quién no he leído nada, pero supongo que no es muy lejano ¿o me equivoco? La prosa del libro está elaborada con esmero, los adjetivos parecen estar en su sitio, sin que se encuentre tan siquiera uno de más. Las caminatas fluyen como fluye la mente del lector, lo que recuerda que leer es pasear. A veces el movimiento, la calle, el ruido lo es todo, pero un minuto más allá se pierde uno en cavilaciones, algunas veces vanas, otras tantas trascendentales.

No sin ironía, Open City fue todo lo que esperaba de Medio Sol Amarillo: una compleja introspección en la multiplicidad de identidades de un personaje para quien el color de piel es un factor. Pronto el autor logra disipar la importancia de su raza, en un prisma de vivencias y anécdotas bien lejos de la convención: minuciosas observaciones sobre arte, arquitectura, música clásica, por ejemplo. Dala impresión de que los caminantes de las ciudades somos una clase estándar de humano. Así que cuando la raza resurge como algo relevante, resulta que la cosa no es con los negros, sino con todos nosotros. Incluso, en un aparte mientras el personaje principal dialoga con el ilustrado magrebí encargado de un café internet en Bruselas, el autor reflexiona sobre la maldición de un árabe intentando escribir como occidental en Europa. Un elegante artilugio del autor para reflexionar sobre su propia condición— o por lo menos eso me parece a mí.

Para los que aún no se convencen, sepan que el libro tiene su pequeña zancadilla hacia el final. No es para nada un hilo conductor, pero que el libro tenga una pequeña historia de más de un capítulo le dio contentillo al psico-rígido interior.

Los escritores de reseñas dicen que la traducción del texto será una proeza. Vale la pena el esfuerzo.


sábado, diciembre 17, 2011

DDHH: Aquella nueva vieja utopía

(Hace más de dos meses empecé a escribir esta reseña y si no la publico así, a medio acabar, luego se pierde. Disculpas)

¿A quién no le gusta hacer parte de una gran narrativa histórica? Saberse heredero de la fuerza y la sabiduría de una civilización capaz de proezas deslumbrantes; pertenecer a aquella estirpe que en determinado momento jugó un papel fundamental haciendo del mundo lo que es y será; verse legitimado a emprender proyectos hercúleos, en la frontera de lo imposible; dar opiniones sobre lo humano y lo divino, separar el bien del mal.

Muchas de esas historias pululan en el día a día. Historias de patria, de raza, de clase, de religión. Ideas que usamos de escudo y bandera para sortear las incertidumbres profundas de la existencia, algunos incluso para ganarse la vida. Entre estas podemos contar también la idea de los derechos humanos: esa visión utópica de una humanidad en plenitud, aquella certificación que expide cada año los Estados Unidos, ese cubil en Naciones Unidas donde africanos y asiáticos discuten sobre la verdad del holocausto, contundente leitmotif que adereza los reportes de sufrimiento alrededor del mundo, esa compañera habitual de la indignación. El conjunto es particular, no hay duda, pero eso sólo hace más intrigante conocer los recovecos en la evolución de una idea tan poderosa a la hora de mantenerse a la altura moral de la época.

Pero ¿y si no existe tal legendaria historia? ¿En qué quedamos si los derechos humanos resultan ser un movimiento que apenas empezó en los setentas? Porque ese es precisamente el principal hallazgo de Samuel Moyn, un historiador de la universidad de Columbia que se dio a la tarea de construir por primera vez esta historia. Si, por primera vez, porque aunque sería falso afirmar que es escasa la literatura sobre los derechos humano, todo lo contrario, Moyn se encuentra con que los especialistas presentan aquella historia de la misma manera como antes se presentaba la historia de la iglesia. Es decir, verdad revelada, algo que en lugar de ser inventado es descubierto. Moyn dedica entonces el ochenta por ciento de su libro a desmentir uno a uno los mitos fundacionales de los derechos humanos, y al final dedica un momento a responder la pregunta de marras.

El primero y más famoso origen de los derechos humanos es la larga discusión sobre la existencia de derechos naturales, la cual empieza con los griegos y se materializa en los derechos del hombre y la revolución francesa. Dejando a un lado lo que en la práctica resultó de dicha revolución, Moyn muestra cuan distinta es la naturaleza de ambas ideas. Mientras que los derechos naturales y del hombre sirvieron—y aún sirven—para fundar la idea del estado, los derechos humanos buscan, por el contrario, trascenderlo. Los derechos naturales aparecen ya en Hobbes con el fin de fortalecer al Leviatán. Así aparecen en la constitución estadounidense, entre otras. Incluso Marx presento en su obra los derechos del hombre como parte del problema, no de la solución. La idea romántica que ensalza a los pensadores franceses con la moral mundial de hoy en día carece de fundamento real.

El referente por antonomasia de los derechos humanos es la Declaración Universal que acompañó la creación de las Naciones Unidas pero, como comenta un observador, la idea murió en el proceso de su nacimiento. Los derechos humanos aparecieron como un eslogan de la guerra, una razón para apoyar a los Aliados. Sin un contenido definido, la idea sirvió a Roosvelt para promover sus ideas, algo así como las famosas 'locomotoras'. Luego, la creación de las Naciones Unidas tuvo por objetivo lograr una balanza de poder, no moralizar el mundo. Una vez claras las reglas de funcionamiento del Concejo de Seguridad, el resto fueron adornos. La formulación de la declaración fue percibida desde el comienzo como "occidental", y de su votación se abstuvo el gobierno soviético—síntoma de cosas por venir.

Sin embargo, los detalles que más convincentes de la historia de Moyn tienen que ver con la irrelevancia de la Declaración después de su aprobación. Mientras los cristianos, que antes se oponían a los derechos porque a través de ellos se creó el estado secular, empezaron a apoyar los derechos humanos—prueba de que los humanos son hijos de Dios, no del estado—ningún pensador en ese momento le interesó promoverlos, defenderlos, o tan si quiera definirlos. Las misiones humanitarias de NU que se siguieron no usaron los derechos humanos como bandera, y tanto los resultados de los juicios de Nuremberg y la convención contra el genocidio fueron concebidas en su propio marco de ideas.

Los derechos humanos tampoco surgieron con los movimientos anti-coloniales y de autonomía que se sucedieron en la posguerra. Muy al contrario, argumenta Moyn, estos surgieron en parte debido a la crisis de estos. Las campañas de liberación no usaron la idea de los derechos humanos, aunque sí la de los derechos del hombre, en tanto que servía de sustento para crear sus propios estados. Los idealistas de pies en la tierra al comienzo apoyaron los alzamientos en armas que siguieron al anti-colonialismo, pero pronto tuvieron que repensar su posición, ante las guerras, dictaduras y estados totalitarios que siguieron aquellos sueños de libertad.

Moyn encuentra el germen de lo que hoy llamamos derechos humanos en los disidentes del régimen soviético en los sesentas y setentas. Por ejemplo, Andrei Dmitrievich Sakharov tituló su discurso al recibir el nobel de paz en 1975 "Paz, Progreso y Derechos Humanos", leído en su ausencia por su esposa. La idea es simple: ante el fracaso de las grandes ideas, "volver de los problemas globales a la defensa de los individuos".

Claro, la cosa en Latinoamérica no podía ser sencilla. Los derechos humanos fueron usados por OEA después de expulsar a Cuba, mientras se hacían los de la vista gorda con otros regímenes. Por otro lado, la iglesia en los estados militares como Chile, se acogió a la idea de los derechos humanos para intentar hacer contrapeso a las atrocidades en su propio patio.

Entre tanto, la conferencia de los 20 años de la Declaración Universal en Teherán terminaba en un soberano fracaso. Los derechos humanos también aparecen en los acuerdos de Helsinki, que buscaban reducir las tensiones a ambos lados de la cortina de hierro, pero esta sección del tratado, según Henry Kissinger, importaba un pepino.

Parte del problema, académico por lo menos, radica en la dificultad de introducir en el derecho internacional a los individuos a la par de los estados, su objeto original de estudio. A esto Moyn le destina otro capítulo de su estudio, delineando los argumentos que disuadieron un apoyo temprano a la idea, que sólo surgió hasta que el movimiento fue creciendo por si solo.

Moyn cierra haciendo un balance de las tensiones que soporta esta última utopía en pie. Mientras la idea de los derechos humanos se consolidó por su minimalismo, más allá de lo político, bajo su sombra se han ido acumulando asuntos que no corresponden a esta naturaleza. Pero esto es algo que los seguidores del movimiento aún no aceptan. Es una elección dura: dejar la moralina y reconocer su nuevo carácter político, o retroceder en sus exigencias. En mi opinión, ninguna de las dos parece posible, aunque me inclino por la segunda. Como admite el autor, quien prefiere la primera, que sólo haya quedado esta, no quiere decir que en el futuro no habrá otras utopías. Mi apuesta va por esas utopías invisibles.

Un muy buen libro, sobre todo para los escépticos.



viernes, septiembre 23, 2011

Inframundo

Bienvenidos
Kyoto, Otoño 2010

Hay varias formas de pasear por un cementerio. Muchos sólo van el día que son llamados a ayudar con la mudanza de alguien cercano, cuando no se tiene cabeza para ponderar las condiciones del vecindario. Mantienen la mirada baja, procuran guardar silencio, y no pisan el pasto más de la cuenta. Algunos no volverán al sitio sino hasta la próxima mudanza, mientras que aquellos que repiten las visitas con alguna frecuencia suelen ignorar el bosque de tumbas cuando propician cuidados a su árbol particular.

Otros pasean por los cementerios para recrear una historia que sienten les pertenece pero que a veces parece desfallecer. Aquellos lugares donde se apilan recuerdos de caudillos y visionarios son común objeto de reverencia, y nunca faltan fanáticos y curiosos que se asoman cada tarde en busca del recuerdo de aquella fuerza que ahora les falta.

No sólo los ídolos inspiran a los paseantes. También las tragedias de legiones con o sin nombre convocan a la contemplación de lo que fue y podría volver a ser. Tanto la monotonía sagrada de los cementerios militares como las interminables colmenas donde yacen las víctimas motivan de vez en cuando un paseo dominical. El laberinto con o sin muros de las osamentas en reposo reduce al visitante a la nimiedad de su pequeña existencia, abriendo el camino a lecciones profundas de vida—aunque estas no necesariamente sean deseables. En todo caso, a pesar de su multitud, estas necrópolis se presentan como la unidad de un bien (o un mal) superior, y en la agregación pierden algo de humanidad.

Otro tipo de fuerza es la que se extrae del ejercicio subversivo de colarse en medio de la noche a hacer gala de las ínfulas de poder adolescente. La soledad acompañada de los cementerios cobra un nuevo significado cuando se pone el sol, y la miopía da vía libre a la imaginación. No es seguro si los adolescentes retan al mundo con sus transgresiones, o si las sociedades mantienen los tabús para cultivar a sus jóvenes; el caso es que la idea de mezclarse en la penumbra con los que ya no están es perturbadoramente seductora. El primer paseo tal vez no deje de ser placer onanista, pero quienes perseveran en este ejercicio, que no siempre requiere del desplazamiento físico e incluso puede prescindir de la oscuridad de la noche, tienen la oportunidad de descubrir tesoros preciosos, como los que se encuentran encerrados en la colección de cuentos 'Inframundo' de Javier Moreno.

Los cementerios son al final de cuentas colecciones de historias que no nos sabemos pero que tienen aquel final común que sobrecoge al visitante. Son potencia y diversidad, pero con un grado menor de incertidumbre. Los relatos de 'Inframundo' aprovechan esta poderosa multiplicidad para recrear pasiones cotidianas que carcomen hasta a los mortales más serenos. Cada una de las exploraciones y los casos escava un hoyo en el camposanto y deja que los restos hablen por sí mismos. Las voces se dejan escuchar con propiedad, dejando a un lado el lirismo de los ventrílocuos impostores. No hay excesos de drama, ni chistes flojos. Es decir, el médium hace su trabajo cabalmente y nos hace avergonzar de nuestro morbo juvenil.

Cuidadosamente elaborado, el Inframundo lo deja a uno con ganas de pasar más seguido.

domingo, julio 17, 2011

Señal que envejecemos

Super héroes en algún lugar de Caracas

Paradójico como pueda sonar, la vejez no se mide en unidades de tiempo. El numerito aquel puede darnos alguna idea de las condiciones de un cuerpo, de las experiencias que cualquier animal humano ya debió haber vivido, pero estas aproximaciones pueden ser engañosas. Las dos abuelas de la casa tienen ochenta y tantos, y mientras una apenas si puede caminar, la otra monta una hora de bicicleta diaria y mantiene una fanegada de hortalizas. Aunque las sociedades y sus gobiernos se valen de estas cuentas para intentar poner un orden a sus incertidumbres, la experiencia personal de atravesar el espacio-tiempo tiene poco que ver con el número de días, meses, o años que llevamos respirando. La memoria, por poner otro ejemplo, no es transitiva: que hoy me acuerde de lo que hice ayer, y que ayer me acordara de lo que hice antes de ayer, no quiere decir que hoy me acuerde de lo que hice antes de ayer. La asimetría de los recuerdos no guarda proporción con el contador en el documento de identidad.

Así las cosas, la vejez tiene que medirse entonces a punta de síntomas. Y las edades no pueden ser un guarismo, sino una matriz alfa-numérica de estados y eventos que dan una idea de lo que el cuerpo de cada mortal puede o no puede ya dar. En mi caso, soy ya de los que tienen que preocuparse del colesterol, de los que le duelen las rodillas al hacer deporte, de los que las películas de culto le dejan de maravillar, de los que no rezonga al tener que hacer oficio en la casa, de los que baila una vez cada dos meses no más de cuatro horas, de los que no le ve gracia a emborracharse por el simple gusto de hacerlo.

También soy ya de los que reconoce la literatura existencial adolescente cuando se la encuentra, con sus urgencias y sus vacíos. Esto lo descubrí después de leer la colección de cuentos de Mauricio Salvador "El hombre elástico", parte del encomiable proyecto editorial pariente de el Hermano Cerdo. Trataré con un par de brochazos dibujar la matriz a la que me refiero.

Primero, todos los cuentos están en primera persona, el narrador que mejor responde a la necesidad de plasmar constantemente todas las vacilaciones del protagonista. Por esto mismo, no es fácil encontrar en los 'yos' de cada cuento a una persona diferente, aunque debo resaltar que Salvador logra por momentos transmitirnos la niñez del protagonista del cuento que le da el título a la colección. Sin embargo, y este es otro rasgo, en este género es inevitable ceder a menudo al lirismo propio de lo existencial, remitiendo al lector de nuevo a lo inconfundiblemente adolescente. Las relaciones problemáticas con el padre o la madre, o con los hermanos son otro ingrediente común en los relatos. Y no es que estos sean temas exclusivos de este tipo de literatura, pero en este caso las relaciones son generalmente monocromáticas, y es difícil ver humanos más allá de los estereotipos familiares que atormentan al adolescente. Las arandelas respectivas, como la novia, usar el carro de la casa, o conseguir dinero para salir a divertirse, terminan de redondear el perfil del libro.

La lectura de "El hombre elástico" fue, en últimas, una señal de que envejezco; tal como los resultados del laboratorio clínico. Eso hizo nuestros momentos juntos provechosos, a pesar de lo que los rasgos que describo puedan hacer pensar. No se puede disfrutar la vejez si no se es consciente de ella. De hecho, quizá el único lunar que le encontré al libro fue no aceptarse a sí mismo por lo que es. En el último mini-relato, 1990, el personaje supone sus escritos "en el bote de la basura una tarde de depresión postadolescente", pero nada en la colección da pie para agregar aquel "post", para hacernos creer que existe un más allá que ese vacío de incertidumbres más allá del hogar. Pero, ahora que escribo esta reseña, me parece que esta negación es de lo más consecuente, y que el detalle no es un lunar sino una espinilla.

domingo, junio 12, 2011

Música para sus oídos

Cangrejos gigantes del mar del norte, acuario de Osaka

Una maldición acompaña todo lo exótico. Como lo sabe todo turista, las cosas extrañas atraen por el sólo hecho de existir. El encanto interno, la calidad, la profundidad, la destreza, todo aquello pasa a segundo plano cuando la novedad deslumbra. Cuando la apariencia es todo lo que vale, esto no tiene porque inquietar a nadie. Bien puede la señorita reina de belleza decir cada perogrullada que se le ocurra, pues esto es secundario a su fin último. Pero cuando se trata de obras de arte, bien vale pensárselo dos veces.

Cierto, no en todas las artes la atracción exótica deja un sinsabor en el público. La pintura y la escultura casi que depende exclusivamente de ello. La música extraña, en cambio, es un refugio de minorías. El cine, un intercambio tan parecido al del turista, recurre a menudo a lo exótico, aunque en general con ello sacrifica contenido. La literatura, sobre todo la prosa, duele un poco más cuando se lee por lo que es, y no por su calidad.

Los escritores colombianos sufrieron por esto por casi treinta años, tal vez todavía un poco. A la sombre del nobel, el lector del mundo—o, más bien, su editor—esperaba más realismo mágico, como si en el país sólo se diera esta clase de plátano. Una sensación similar me queda después de leer las historias del libro de cuentos "A Thousand Years of Good Prayers" (traducido al español como "Los Buenos Deseos"). No puedo dejar de pensar que Li Yiyun gusta por lo que es, por decir lo que el público quiere oír. Para nadie es un misterio que China es un gran motivo de ansiedad en el resto del mundo, sobre todo el occidental. Saber todo lo posible sobre este gigante despertando, ese otro que habla en mamarrachos y no responde a nuestras convenciones, es el imperativo de todo aquel con la menor curiosidad por el futuro del mundo. Y Yiyun nos cuenta como los chinos llevan vidas distintas, distorsionadas por el sistema, de matrimonios arreglados, de vendedores de té, de actores parecidos a Mao, de científicos comunistas en misiones ultra-secretas. Mejor dicho, todo un Macondo.

Debo admitir que Yiyun empezó en desventaja, pues siguió inmediatamente después del grandioso libro de Alice Munro—aunque leo en Wikipedia que ya ha sido comparada con ella. Entonces fue evidente que Yiyun no escribe en su lengua materna: mientras Munro exigía constantes visitas al diccionario, los cuentos chinos fluían sin tropezones; lo cuál no es del todo malo, pero si dice algo del escritor. Sus personajes además de chinos son seres humanos, punto a favor, pero no todas las historias se sienten verosímiles. Cuentos como 'La muerte no es un mal chiste si se cuenta de la manera correcta' o el que da título a la colección, presentan una elaborada trama de sentimientos familiares y tragedias humanas que van más allá de su contexto. Tal vez en ellos se funda las expectativas que se tienen en la autora, pero no es algo constante en toda la colección.

Tal vez en plena contradicción conmigo mismo, de lo más agradable a través de los cuentos de Yiyun es su uso de los dichos populares para añadir profundidad a los pensamientos de sus personajes. Entre los que más me gustaron están:

* Una mujer acepta de la vida cualquier cosa y hace de ella lo mejor; un hombre regatea por algo mejor aunque sea menos que perfecto.

* Un hombre no puede ocultar por siempre su naturaleza revolucionaria, como una viuda no puede esconder el deseo de que se la coman.

* La promesa vacía de un hombre mantiene lleno el corazón de una mujer.

* La mala suerte siempre escoge un buen hombre.

* Lo que es de uno, es de uno.

Y pues, como dice este último dicho, bien conocido a ambos lados del Pacífico, si es cierto que Yiyun es capaz de escribir como los inmortales, acá hay unos ojos dispuestos a leer.

sábado, agosto 08, 2009

Brisa Sabanera


Gracias a Alejandro y al Hermano Cerdo, me reí en el avión de vuelta a la isla con Juan Carlos Rodríguez y "El Viento Agitando las Cortinas". El libro está conformado por tres historias en las que amor y sexo reinan entre seres de carne y hueso con vidas comunes. Cada uno de los relatos recrea distintas fantasías masculinas - el fetichismo hacia los calzones, la niña bonita del colegio, la profesora de la universidad - que agradan por lo íntimas y se desenvuelven sin aberraciones. La voz sincera del autor permanece ausenta de pretensiones, y el par de horas que puede tomar de la primera a la última página, se sienten como una cerveza entre amigos.

Concuerdo con el Hermano Cerdo en que la edición es un gran regalo para la lectura casual: el tamaño de la fuente y la densidad de información por página son ideales para ambientes estresantes y para aquellos de nosotros que tenemos una fijación con pasar las páginas. Además, las formas usadas ayudan bastante: todos cuentos largos pero con múltiples pausas, párrafos y frases no demasiado largos, diálogos bien fluidos. Dentro de la forma epistolar del tercer cuento, "Mil veces el mal camino", el autor se permite jugar con los accidentes propios de los correos electrónicos, añadiéndole sabor a la historia sin dejarse llevar por las posibilidades.

Podrán suponer que los personajes femeninos están mejor llevados que los masculinos, casi inexistentes. O, mejor dicho, al único hombre que descubrimos en los relatos es al yo de la primera persona quien nos revela a las mujeres de sus tormentos: tías, mamás, amigas de la mamá, profesoras, compañeras, todas motores de la acción y el monólogo interno. Dado esto, es importante resaltar que el autor no cae en clichés o en aquel deleznable lugar común de la mujer fatal, sino que cada una de ellas es tan real como nos es permitido a las encarnaciones de testosterona conocer. Esto no es poca cosa si se tiene en cuenta que la mayoría de los personajes son o proclives a la ridiculez, como la profesora de poesía francesa, o al derroche de adjetivos, como la niña más bonita del colegio.

Sin embargo, debido a un prejuicio personal sobre la estética que le corresponde al cuento, encuentro un lunar importante en los finales de las historias. Tal vez sea mucho pedir que, usando la forma epistolar, la última carta se guarde un golpe contundente para la posdata - a todas luces un riesgo muy grande - pero las otras dos historias mantienen su buen ritmo impasible hasta el final de la última hoja: y así se van, duro contra el muro. No es poco consuelo que esto pase por emoción, en vez de por falta de gasolina, pero es una pena que la tensión tan bien lograda a lo largo de las historias no llegue a feliz término. Quizá por ello me quedo con el segundo cuento, "¿Quién se acuerda del Capitán Scott?", donde la redondez deja, si bien no una satisfacción, por lo menos el alivio de que el torrente iba para algún lado.

Un buen libro, recomendado incluso para aquellos con poca fe en las letras - es decir, para cuando no sepa que regalarle a un amigo o al cuñado. Si le da por regalárselo a una mujer, por favor dígale que mande sus impresiones a este espacio. Estoy a la espera.