Mostrando las entradas con la etiqueta República Pop. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta República Pop. Mostrar todas las entradas

domingo, febrero 26, 2012

Víctimas de nuestra humanidad


Visto en los canales de Tokyo (el primero es la NHK)

De todo lo que se ha dicho, hay una característica del tsunami del año pasado que tal vez no se ha comentado lo suficiente: este ocurrió en el lugar del mundo que más preparado estaba para enfrentar aquellas olas gigantescas. La costa estaba protegida por barreras de más de cinco metros en los tramos habitados, unos monstruos horrorosos que los ajenos veíamos como una afrenta al paisaje marino. En los sitios más vulnerables, como los puertos, también existían corta olas en el mar. Por otro lado, las "fallas" tectónicas del archipiélago están cuidadosamente estudiadas. Los sistemas más avanzados de detección envían una señal a la NHK que inmediatamente pone la alerta, incluso antes de que el terremoto sacuda la zona. De ahí en adelante, se tienen como mínimo treinta minutos, en muchos sitios un poco más, para buscar refugio. Incluso, los pueblos en mayor riesgo aún conservan sistemas de parlantes distribuidos por la ciudad por los que se avisa del peligro desde la alcaldía, mientras una sirena estridente pone a todos en guardia. 

A pesar de todo esto, un poco más de diecinueve mil personas murieron. ¿Por qué? Esa es tal vez la pregunta que más atormenta a muchos, si no a todos los expertos—en su mayoría ingenieros. Primero que todo, es difícil pensar en ir un paso más allá de lo que ya la técnica ofrece. Los pronósticos de la ola se generan en minutos y se refinan en cuestión de media hora. El diseño de barreras está limitado a su costo, que llega a los billones de yenes, y que esta vez se observó no son garantía. Antes al contrario, la gente piensa que como hay barrera entonces no hay peligro. En la foto de abajo se puede ver en azul la zona que se pensaba estaba expuesta a las olas en Sendai y en rojo el área afectada.


La anterior es una pista de que la respuesta está más allá de lo que la ingeniería puede dar—y en la que la técnica puede pasar de protector a trampa mortal. Sin embargo, el problema es que a los que se murieron no se les puede preguntar porqué no escaparon. Un grupo de investigadores en la Universidad de Tohoku se han aventurado a preguntarle a los familiares de los desaparecidos porqué creen ellos que sus seres queridos se murieron y algunas pistas han conseguido. Pero la utilidad de esta información. me parece, es menor que el límite ético que transgrede—aunque puede que dependa de la manera en que se haga—puesto que periodistas de la NHK han llegado a resultados iguales sin tener que dar aquel paso.

De acuerdo a sus estudios, las respuestas psicológicas que afectan la evacuación son por lo menos cuatro. Primero está el sesgo de normalidad: que después del temblor la gente piense que todo va a estar bien. Esta es quizá la gran tragedia de la técnica, porque su raíz está en la naturaleza misma de la labor de los ingenieros de tsunamis. ¿Si lo que ellos hacen no es para ponernos a salvo, entonces para qué sirven? 

Una conclusión interesante respecto a este sesgo es que más información no incrementa la seguridad. Si a la población se le dice la escala del terremoto y la altura esperada de la ola se les pasa a ellos la responsabilidad de juzgar si es necesario o no evacuar en su caso particular. Un reporte del gobierno publicado en septiembre concluyó que es mejor decir que una gran ola viene—aunque se pasa por alto el problema de los falsos positivos, o sea la gente que se muere por escapar de un tsunami que no viene.

La segunda respuesta es el sesgo de conformismo, que la gente se reúna después del temblor y se sientan a salvo entre ellos. Este problema tiene unas implicaciones profundas para la reacción a desastres, porque el grupo puede dejar de valorar la información del exterior suponiendo que el otro sabe lo que está pasando y así, entre más grande el grupo, menos informadas son las decisiones. Los investigadores también asocian esto al hecho de que un número de gente murió arrastrada en sus carros esperando a que se moviera la fila—aunque algo del sesgo de normalidad puede que tenga que ver en este caso.

El tercero y cuarto atenuantes psicológicos están íntimamente relacionados y tienen unas implicaciones profundas en los límites de la evacuación contra tsunamis. Por un lado la gente tiene esa horrible tendencia a ayudar al prójimo, de preocuparse por los demás después de un evento catastrófico. Otro tanto de las víctimas fueron arrastradas mientras iban camino a buscar a sus hijos, a sus padres o a otras personas que sabían vulnerables. Por el otro lado, algunas personas prefieren morir a perder todo lo que con esfuerzo han acumulado durante su vida. Se hunden con su barco, tan simple como eso. Los investigadores sugieren que los primeros se encuentran a su paso con los segundos y en ello se consuma su tragedia.

Todo lo anterior apunta a una simple recomendación: en caso de emergencia, cuídese a sí mismo.

Trivial para el observador casual; una petición imposible, un lavado de conciencia para los expertos, en mi opinión. El 65% de las víctimas fueron mayores de 60 años, ¿qué proporción de ellos requería ayuda para escapar? La conclusión parece darlos por perdidos, lo que no es cosa sin importancia si se tiene en cuenta la manera acelerada con la que envejece la sociedad japonesa.

Además, ¿cómo tomaran este concejo quienes perdieron a sus seres queridos mientras ellos escapaban? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de este desenlace? Mientras un bombero voluntario se perdía en el lodo tratando de que toda la gente de su zona evacuase a lugares altos, los médicos de un hospital geriátrico salieron corriendo y dejaron sus pacientes a la merced de aquella muerte fría. ¿Cómo vivirán su vida de acá en adelante?

Muy en el fondo, supongo que algo de razón tienen. Para cada quién es mejor estar vivo que muerto. Pero ¿no está la unidad de la comunidad cimentada en la vidas de sus héroes? ¿No es este mismo afecto por los demás el que sacará la región adelante? ¿Cómo será una sociedad en la que se salven sólo los más fuertes? Tal vez sea preferible, como dice Parfit, dejar de pensar que la propia vida sea tan importante.

Cuesta reconocer que ser egoísta sea la opción acertada, pero es difícil proponer una alternativa. Tal vez el problema está en la manera como se presenta el problema. Si en vez de contar cadáveres, se contaran las vidas que se salvaron—un número que hasta el momento no he escuchado en ningún lado—tendríamos una idea de cuan exitosa la protección fue. En el tsunami del Océano Índico en 2004 murieron 220 mil; en el terremoto de Haití murieron 316 mil. Lo normal es que los terremotos y los tsunamis maten mucha gente. Claro, la estadística no es consuelo para quienes perdieron a sus seres queridos; pero que alguien que no vivió las circunstancias le pida sensatez a los pobladores del litoral parece un poco de prepotencia ingenieril.


La voz que en Minami Sanriku anunció las olas hasta perderse en ellas nunca dejará de sonar

domingo, junio 12, 2011

Música para sus oídos

Cangrejos gigantes del mar del norte, acuario de Osaka

Una maldición acompaña todo lo exótico. Como lo sabe todo turista, las cosas extrañas atraen por el sólo hecho de existir. El encanto interno, la calidad, la profundidad, la destreza, todo aquello pasa a segundo plano cuando la novedad deslumbra. Cuando la apariencia es todo lo que vale, esto no tiene porque inquietar a nadie. Bien puede la señorita reina de belleza decir cada perogrullada que se le ocurra, pues esto es secundario a su fin último. Pero cuando se trata de obras de arte, bien vale pensárselo dos veces.

Cierto, no en todas las artes la atracción exótica deja un sinsabor en el público. La pintura y la escultura casi que depende exclusivamente de ello. La música extraña, en cambio, es un refugio de minorías. El cine, un intercambio tan parecido al del turista, recurre a menudo a lo exótico, aunque en general con ello sacrifica contenido. La literatura, sobre todo la prosa, duele un poco más cuando se lee por lo que es, y no por su calidad.

Los escritores colombianos sufrieron por esto por casi treinta años, tal vez todavía un poco. A la sombre del nobel, el lector del mundo—o, más bien, su editor—esperaba más realismo mágico, como si en el país sólo se diera esta clase de plátano. Una sensación similar me queda después de leer las historias del libro de cuentos "A Thousand Years of Good Prayers" (traducido al español como "Los Buenos Deseos"). No puedo dejar de pensar que Li Yiyun gusta por lo que es, por decir lo que el público quiere oír. Para nadie es un misterio que China es un gran motivo de ansiedad en el resto del mundo, sobre todo el occidental. Saber todo lo posible sobre este gigante despertando, ese otro que habla en mamarrachos y no responde a nuestras convenciones, es el imperativo de todo aquel con la menor curiosidad por el futuro del mundo. Y Yiyun nos cuenta como los chinos llevan vidas distintas, distorsionadas por el sistema, de matrimonios arreglados, de vendedores de té, de actores parecidos a Mao, de científicos comunistas en misiones ultra-secretas. Mejor dicho, todo un Macondo.

Debo admitir que Yiyun empezó en desventaja, pues siguió inmediatamente después del grandioso libro de Alice Munro—aunque leo en Wikipedia que ya ha sido comparada con ella. Entonces fue evidente que Yiyun no escribe en su lengua materna: mientras Munro exigía constantes visitas al diccionario, los cuentos chinos fluían sin tropezones; lo cuál no es del todo malo, pero si dice algo del escritor. Sus personajes además de chinos son seres humanos, punto a favor, pero no todas las historias se sienten verosímiles. Cuentos como 'La muerte no es un mal chiste si se cuenta de la manera correcta' o el que da título a la colección, presentan una elaborada trama de sentimientos familiares y tragedias humanas que van más allá de su contexto. Tal vez en ellos se funda las expectativas que se tienen en la autora, pero no es algo constante en toda la colección.

Tal vez en plena contradicción conmigo mismo, de lo más agradable a través de los cuentos de Yiyun es su uso de los dichos populares para añadir profundidad a los pensamientos de sus personajes. Entre los que más me gustaron están:

* Una mujer acepta de la vida cualquier cosa y hace de ella lo mejor; un hombre regatea por algo mejor aunque sea menos que perfecto.

* Un hombre no puede ocultar por siempre su naturaleza revolucionaria, como una viuda no puede esconder el deseo de que se la coman.

* La promesa vacía de un hombre mantiene lleno el corazón de una mujer.

* La mala suerte siempre escoge un buen hombre.

* Lo que es de uno, es de uno.

Y pues, como dice este último dicho, bien conocido a ambos lados del Pacífico, si es cierto que Yiyun es capaz de escribir como los inmortales, acá hay unos ojos dispuestos a leer.

lunes, noviembre 02, 2009

El Sexo Oral es una ventaja evolutiva







Los chinos pueden cesurar hasta la pornografía escrita en internet, pero la ciencia es ciencia.

Según el Espectador, después de observar unos murciélagos, los vouyeristas chinos encontraron que el sexo oral es una ventaja evolutiva, y no sólo eso

jueves, marzo 29, 2007

Ariadna y Penélope y Yo

Cuando la multivalencia de la experiencia arrasa además con cualquier tenue orientación (‘Cualquier lugar es otro lugar’), el lector queda suspendido en un terreno fantástico donde la indeterminación consigue identificar un fragmento de espacio con el mundo de todos los mundos.
Fernando Zalamea Traba, sobre un fragmento de La Casa de Asterión de Borges

Foto con mis dos nenas

Esta es una historia que empieza casi por el final, conmigo parado en la puerta de mi cuarto – digo, casa –, cargado con mi morral, después de una semana larga en el norte de Japón. A pesar de llevar, para ese entonces, seis meses de habitar el país, aún me sentía un turista. ¿Volvía a casa? Saludé. No hubo respuesta. Miré con esperanzas mis trastos, mis libros, pero no encontré asidero. Me tendí a mirar el techo y no pude hacer mucho más hasta partir a China tres días después.

Ya en Beijing, tres semanas después, a pocos días de terminar la travesía, el recuerdo de lo que sentí en ese primer regreso me llenó de pánico. Como el viaje estuvo bastante intenso al comienzo, en la capital de la Republica Pop mis dos compañeros y yo decidimos bajar el ritmo y dejar algo de tiempo al ocio. Sin consuelo, me agarré a digerir las ultimas páginas del libro "Ariadna y Penélope: Redes y Mixturas en el Mundo Contemporáneo" del matemático y filósofo colombiano Fernando Zalamea Traba.

Este es un libro precioso que me acompaña, de una u otra manera, ya casi tres años. Explico. Me enteré de su existencia el 22 de Agosto de 2004, cuando el periódico de la Universidad Nacional publicó una reseña sobre el premio de Ensayos Jovelianos que obtuvo en España. El libro prometía luces sobre como abordar estudios que intenten abarcar la complejidad de nuestra realidad, cuan larga y ancha es, sin desfallecer ante la abundancia de información, ni la aparente inconexión reinante dentro del torrente. Al otro día salí a buscarlo.

Como era de esperarse, el libro no se encontraba en ninguna de las afamadas librerías de Bogotá y, aun más, en ellas no tenían conocimiento de su existencia, menos del honroso premio. Sin embargo, faltaba más, me prometieron que en un mes lo tendría en mis manos.

Pasaron varios sin esperanzas. Me tome el atrevimiento de buscar el correo del profesor y escribirle en noviembre del mismo año, para buscar pistas del preciado tomo. Muy amablemente reconoció que no había más opción que el Internet, no sin agregar el consolador “ya debería estar…” Llegó diciembre con su alegría, seguido del inicio del postgrado en la montaña que, a la par con mi trabajo en la SDS, se llevaron mi tiempo y embolataron mi búsqueda.

A pesar de todo, el recorte del periódico permaneció colgado en el tablero junto a mi cama, insinuante, coqueto, implorante. Luego, un sábado a mediados del 2005, después de una clase inspiradora de la especialización, se me ocurrió que sería una buena cosa conseguir el libro ese día. Como cuando uno sale prendido de un bar y la sigue en la casa. Y, bueno, ya se imaginarán, ahí estaba.

En el colectivo devoré la introducción y parte de la Desorientación, el primer capítulo, y ya no pude leer por un tiempo. La sensación podría asimilarse a hartarse con un suculento churrasco – entenderán que el símil está motivado porque ya va a ser un año que no veo uno de esos. Cada página es una experiencia deliciosa sobre el reto de encontrar un sentido a nuestro entorno, a atrapar lo múltiple en lo uno sin reducir, a vivir en lo polisémico sin desesperar, a recuperar el valor en lo que comprende sobre el valor de lo que brilla. Con tal fin, el autor se entrega a tejer a través de siete capítulos una red conceptual – llena de hechos – para permitirse ver a pesar del deslumbramiento, ser capaz de apagar esos hilos, devolverlos a su sitio y armonizar de nuevo las ideas y percepciones con las que vivimos. Es en ese sentido en el que el profesor Zalamea nos convoca a aceptar que los favores de Ariadna no son más suficientes para explorar el laberinto, y que es preciso echar mano del telar de la abnegada Penélope.

La digestión, como varios presumirán, toma tiempo. Aún hoy abro el libro y siento que nunca lo he leído, mas no encuentro en ello un reflejo de mi ignorancia sino un regalo soñado: qué más querría uno que un filete inagotable – lo siento, ha sido un largo año sin carne en abundancia. De ahí que aquel ejemplar me acompañase todo este tiempo, sin desfallecer ni afanar, hasta volver a la sala de un hostal a veinte minutos de la plaza Tiananmen en Beijing, donde el cansancio y una amenaza de tristeza me alentaban al goce de la lectura. Entonces, en el último momento, como si toda esta historia no pareciera ya de por sí irreal, un evento indescifrable terminó de revelar la naturaleza del vínculo que mi libro y yo tenemos: si, mío, porque ¿qué otra razón podría explicar que, a tres hojas del final, el libro dedicara un párrafo a comentar una de las caras de la tranquila Sendai a la que me compungía regresar?

Mediateca de Sendai, entre las ramas

Se trata de la Mediateca, un edificio ícono de la ciudad, construido por Toyo Ito, el cual, en palabras del profesor Zalamea, “… despliega toda la estructura interna del edifico hacia el exterior, intentando confundir borrosamente el ‘adentro’ y el ‘afuera’.” Para hacerlo envuelve con la armonía asimétrica de las redes que conforman la edificación, y difumina las fronteras con la transparencia. Síntesis del reto que enfrentamos cada día a nuestra manera. Un sitio por el que paso por lo menos una vez por semana y que jamás había visto en toda su magnitud, pero el cual me acompaña , de una u otra manera, ya casi tres años.

Hogar, dulce hogar,

panÓptiko

viernes, enero 26, 2007

以父之名



No, no es un error. Tampoco entiendo lo que está escrito, porque es chino no japonés. Pero lo que si comprendí una vez oí esta canción fue su gran importancia: es la primera canción creada en la República Pop, de la cual quedo prendado.

Las oraciones en italiano del comienzo despistan, los violines, la guitarra, el oboe, el hálito fantasmagórico, todo, pero la imagen no miente. Unos golpes de beat y lo tenemos ante nosotros: una verdadera sentencia china.

Las reacciones al grito son encontradas: van de lo hilarante a lo perturbador. Una risa nerviosa es lo que más puede acercarse a la realidad. Trae a la memoria el éxito que por el año 92 hizo famosa a la agrupación House of Pain, Jump Around, pero pronto se esfuma la impresión, por nada distinto a la poderosa entrada de ese sintetizador comprimido y dulzón, que se trae consigo esa melodía lastimera, que juega con ella, que se permite resbalar semitonos antes de alcanzar la nota precisa, con el sólo objetivo de no llevarnos con ella, sino arrastrarnos.

La lírica no puede ser más apropiada: inextricable como era de esperarse, pero sin atropellar con los sonidos guturales del árabe, o los golpes de garganta de las lenguas eslavas, nos llena de esos “zh” y “ch” tan avasalladores. Embelesa, somete. Considero que ello marca un nuevo hito sobre lo que será el futuro cercano de la cultura pop global. A un lado quedará el washu washu – como cantábamos todas esas canciones en inglés que nunca entendimos – y pasaremos a repetir gustosos el zhuchu zhuchu del nuevo viejo mundo.

A nuestra canción queda poco que pedirle. Que varíe, que se detenga, que continúe, que nos deje a solas con ese grito, luego con la secuencia de percusión, con ese macabro sintetizador, que vengan sin anunciarse todos, de improviso, una orgía en el oído. Que no se vaya. Que no se vaya.

Que suene otra vez.

panÓptiko

*************************************************************************

Quería anotar que esta es la primera vez que pego una nota musical, ya superado mi primer Caicedo, lo que muestra mi descuido para con todos, ustedes, yo y los otros. Por dos o tres Caicedos más que deseo, ¡que no pare de sonar!