Visto en los canales de Tokyo (el primero es la NHK)
La anterior es una pista de que la respuesta está más allá de lo que la ingeniería puede dar—y en la que la técnica puede pasar de protector a trampa mortal. Sin embargo, el problema es que a los que se murieron no se les puede preguntar porqué no escaparon. Un grupo de investigadores en la Universidad de Tohoku se han aventurado a preguntarle a los familiares de los desaparecidos porqué creen ellos que sus seres queridos se murieron y algunas pistas han conseguido. Pero la utilidad de esta información. me parece, es menor que el límite ético que transgrede—aunque puede que dependa de la manera en que se haga—puesto que periodistas de la NHK han llegado a resultados iguales sin tener que dar aquel paso.
De acuerdo a sus estudios, las respuestas psicológicas que afectan la evacuación son por lo menos cuatro. Primero está el sesgo de normalidad: que después del temblor la gente piense que todo va a estar bien. Esta es quizá la gran tragedia de la técnica, porque su raíz está en la naturaleza misma de la labor de los ingenieros de tsunamis. ¿Si lo que ellos hacen no es para ponernos a salvo, entonces para qué sirven?
La segunda respuesta es el sesgo de conformismo, que la gente se reúna después del temblor y se sientan a salvo entre ellos. Este problema tiene unas implicaciones profundas para la reacción a desastres, porque el grupo puede dejar de valorar la información del exterior suponiendo que el otro sabe lo que está pasando y así, entre más grande el grupo, menos informadas son las decisiones. Los investigadores también asocian esto al hecho de que un número de gente murió arrastrada en sus carros esperando a que se moviera la fila—aunque algo del sesgo de normalidad puede que tenga que ver en este caso.
El tercero y cuarto atenuantes psicológicos están íntimamente relacionados y tienen unas implicaciones profundas en los límites de la evacuación contra tsunamis. Por un lado la gente tiene esa horrible tendencia a ayudar al prójimo, de preocuparse por los demás después de un evento catastrófico. Otro tanto de las víctimas fueron arrastradas mientras iban camino a buscar a sus hijos, a sus padres o a otras personas que sabían vulnerables. Por el otro lado, algunas personas prefieren morir a perder todo lo que con esfuerzo han acumulado durante su vida. Se hunden con su barco, tan simple como eso. Los investigadores sugieren que los primeros se encuentran a su paso con los segundos y en ello se consuma su tragedia.
Todo lo anterior apunta a una simple recomendación: en caso de emergencia, cuídese a sí mismo.
Trivial para el observador casual; una petición imposible, un lavado de conciencia para los expertos, en mi opinión. El 65% de las víctimas fueron mayores de 60 años, ¿qué proporción de ellos requería ayuda para escapar? La conclusión parece darlos por perdidos, lo que no es cosa sin importancia si se tiene en cuenta la manera acelerada con la que envejece la sociedad japonesa.
Además, ¿cómo tomaran este concejo quienes perdieron a sus seres queridos mientras ellos escapaban? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de este desenlace? Mientras un bombero voluntario se perdía en el lodo tratando de que toda la gente de su zona evacuase a lugares altos, los médicos de un hospital geriátrico salieron corriendo y dejaron sus pacientes a la merced de aquella muerte fría. ¿Cómo vivirán su vida de acá en adelante?
Muy en el fondo, supongo que algo de razón tienen. Para cada quién es mejor estar vivo que muerto. Pero ¿no está la unidad de la comunidad cimentada en la vidas de sus héroes? ¿No es este mismo afecto por los demás el que sacará la región adelante? ¿Cómo será una sociedad en la que se salven sólo los más fuertes? Tal vez sea preferible, como dice Parfit, dejar de pensar que la propia vida sea tan importante.
Cuesta reconocer que ser egoísta sea la opción acertada, pero es difícil proponer una alternativa. Tal vez el problema está en la manera como se presenta el problema. Si en vez de contar cadáveres, se contaran las vidas que se salvaron—un número que hasta el momento no he escuchado en ningún lado—tendríamos una idea de cuan exitosa la protección fue. En el tsunami del Océano Índico en 2004 murieron 220 mil; en el terremoto de Haití murieron 316 mil. Lo normal es que los terremotos y los tsunamis maten mucha gente. Claro, la estadística no es consuelo para quienes perdieron a sus seres queridos; pero que alguien que no vivió las circunstancias le pida sensatez a los pobladores del litoral parece un poco de prepotencia ingenieril.
La voz que en Minami Sanriku anunció las olas hasta perderse en ellas nunca dejará de sonar