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lunes, julio 07, 2014

Suerte moderna

¿De cuándo acá aquello de que una cagada de pájaro es de buena suerte? No se trata de desvirtuar un dicho tan compasivo y desinteresado, tanto y más cuando el reflejo animal sería lo contrario: burlarse de la desgracia ajena. La pregunta hace referencia es al momento histórico en el que la humanidad desarrolló tal consideración por aquellos que se encontraban en el sitio equivocado durante el grácil planear de esas criaturas tan flojas de esfínter, pues en principio parecería que la frecuencia de estos incidentes no amerita un dicho. 

Los oráculos griegos eran famosos por vaticinar victorias o problemas si se avistaban tal o cual ave que representaba alguno de los dioses. El búho de Minerva, el faisan de Zeus. Pero de cagadas, nada. Tal vez sea un dicho marinero por aquello de las gaviotas que se agolpan en los muelles a tragar la basura de los barcos pesqueros. Tal vez llegó en burro hasta lo alto de las cordilleras y se perpetuó con las traicioneras bandadas de palomas que habitan las plazas. Tal vez, pero suena reforzado. 

Parece más lógico pensar que el dicho es un subproducto de la invención de la electricidad, el telégrafo y la distribución de la corriente por las ciudades y hasta por el campo. Los cables que van de poste en poste en las ciudades de todo el mundo deben haber aumentado la probabilidad de ser cagado por un pájaro de manera crítica, hasta el punto de merecer una voz de aliento que suena a sabiduría milenaria. Si algo de cierto hay en la relación entre el dicho y la electricidad, bienvenidas sean las cagadas en el nombre del progreso. 




domingo, abril 06, 2014

Delator

El baño de la oficina tiene cuatro orinales. Están dispuestos en fila en la misma pared donde queda la puerta. Al entrar por esta se gira a la derecha y, después de dejar atrás el secador de manos, se encuentra uno con los cuatro monolitos de porcelana. 

No hay nada inusual con los orinales; nada hace al baño destacarse entre tantos otros miles de espacios similares en lugares públicos, tanto comerciales como de enseñanza. Son unos orinales corrientes en un baño corriente.  Sin embargo, con el paso de los meses, la disposición de los orinales y los patrones de uso que la rutina empieza a hacer evidentes han resultado ser una ventana al alma de los habitantes del piso. 

El primer orinal es el de la urgencia. Siempre está sucio: no de la manera en que se ensucia el orinal de un estadio, pero sí salpicado, incluso acompañado de pequeños charcos en el  suelo. El primer orinal siempre anda de afán y deja las necesidades corporales para el último minuto. La urgencia a veces se confunde con el ensimismamiento: la cabeza anda en otro lado mientras el zapato se impregna de baño en el charco. 

El segundo orinal es el del asco. El sentido de la urgencia no es muy diferente al del primer orinal, pero una reacción en el último segundo obliga a un cambio de destino. La elección del segundo orinal es además mezquina, porque obliga a cualquiera que venga con una urgencia a usar el último orinal, pues como todos sabemos el orinal de distancia es una norma impajaritable. Es tan fuertemente antisocial el segundo orinal que casi nunca es usado. 

El cuarto orinal es el solapado. No se sabe si por timidez o por malicia, el del rincón siempre parece que esconde algo. Si es que acaso alguna vez se escoge el del rincón para que cualquiera que entre luego pueda acomodarse a sus anchas, se incurre en un error importante: el nerviosismo que se siente al compartir el baño con un habitante del rincón no permite que las cosas fluyan como se planea. Se odia  por esto profundamente al cuarto orinal. Nada bueno puede venir del orinal de las sombras.

Cualquiera supondría entonces que el tercer orinal es el único sin tacha, el de la armonía:  el que disuade a mezquinos y solapados mientras que acoge al urgido. Nada más equivocado. Si bien es cierto que hay algo armónico en este orinal, es tan estratégico que se hace odioso, incluso soberbio. El tercer orinal está imbuido por cierta superioridad moral que hace inmediatamente despreciable a cualquiera que es sorprendido usándolo, sobretodo porque obliga a ocupar el papel de la urgencia, aún sin existir tal impulso, y a pararse en el charco mientras el tercer orinal se regocija en su magnanimidad. Si al cuarto orinal se le odia, contra el tercero se siente rencor. 

Con los meses, los orinales del baño de la oficina han dejado entrever un destino trágico.  No hay elección fácil cuando se encuentran libres, y cuando se encuentra alguien en alguno de ellos una secuencia funesta de pensamientos enturbia la coexistencia laboral. Entiende uno entonces a aquellos que aguantan hasta llegar a casa o a la estación del tren, e incluso a los que esperan sigilosos sentados en alguno de los tres inodoros. Pero esa es otra historia. 


domingo, agosto 11, 2013

Las manos detrás de la mirada




Se dice que los reporteros gráficos no están en la obligación de intervenir en las tragedias que están pasando en su presencia. El suyo es un fin ulterior: comunicar la dimensión de la situación al público general para que este reaccione y ayude en masa. Lo poco que podría hacer el reportero, solo ante la adversidad de los otros, se multiplicará miles de veces cuando el resto de la humanidad se entere de lo que sucede. Esto los exime, por lo menos en teoría, de la obligación moral que el resto de mortales dotados de empatía sentimos. 

El argumento no se lo he escuchado directamente a un reportero, pero creo que hace parte del imaginario colectivo. Yo lo escuche de quien parecía un diplomático mientras coincidíamos en una imagen de una exposición fotográfica sobre el tsunami. En la imagen se veía una mujer en el techo de su casa, abrigada con una cobija, mirando a la cámara en medio de ese mar oscuro que ocupaba el resto del encuadre. Dije en voz alta que debería ser muy duro estar tomando aquella foto y no poder hacer nada por ayudar a aquella mujer. El diplomático soltó el argumento del fin ulterior, totalmente convencido de tener la razón—tal vez por eso pensé que era un diplomático. Intenté defender mi opinión contándole la historia de Omaira después del desastre en Armero, pero me di cuenta pronto que necesitaría aquella otra imagen para hacerme entender. Sonreí a su gesto condescendiente y seguí a otro panel.

Pensándolo con detenimiento, el argumento del fin último debe provenir de otros tiempos, de la era de oro de la imagen. Antes, cuando no había cámaras en todos lados y sólo se transmitían las palabras, seguramente una imagen era capaz de cambiar el rumbo de la historia. Pero ahora que estamos saturados y que se han entendido los límites de lo que la imagen puede decir sin desinformar, ¿tendrá aún sentido eximir de responsabilidad a los observadores de oficio?

Jonathan Katz, un periodista de AP que trabajaba en Haití cuando ocurrió el terremoto, no está tan seguro. Durante las primeras horas de la emergencia, acompañado de su guía local, Jonathan recorrió el infernal Puerto Príncipe intentando asimilar la dimensión de la debacle y transmitirla a su audiencia alrededor del mundo. En un momento intentó ayudar a alguien que buscaba dentro de una de tantas montañas de  escombros. Iluminó el interior del arrume con el flash de su cámara pero no logró ver nada. Sólo mucho después pudo ver que en las dos fotos que tomó una persona se movía. Estaba viva, pudo haber ayudado. Después de la experiencia cree que por lo menos existe la opción, que nunca se sabe.

Durante la etapa diecinueve del Tour de Francia, un corredor dio al piso en una bajada empinada. Los comentaristas llevaban rato advirtiendo que el trayecto era peligroso y que la llovizna que caía hacía más traicionero el descenso. Lo que sucedió fue inesperado: la moto que seguía al ciclista se detuvo al ver la caída. Al parecer el conductor llevaba la cámara encima porque la transmisión siguió mostrando al ciclista incorporándose con dificultad y al copiloto acercarse a intentar auxiliarlo. A decir verdad, no parecía que el copiloto pudiese hacer mucho en el momento, pero de alguna manera la carrera se sintió más humana.



miércoles, marzo 16, 2011

9.0 (segunda parte—el día después)

Gente hace fila en un supermercado con medio aviso caído

¿Qué hace uno la mañana del sábado después del sismo más fuerte en la historia de Japón? Ir a trabajar, por supuesto.

Confieso que esto me tomó por sorpresa. Sobrevivir era todo lo que me importaba, así que cuando Hiroko dijo que tenía que estar como siempre en el trabajo a las 8 AM me molesté. Supongo me entienden: con olas gigantes llevándose pueblos, réplicas cada diez minutos, sirenas yendo y viniendo, el trabajo era lo último que se me pasaba por la cabeza. Sin embargo, cuando uno tiene un trabajo de servicio a la comunidad, nutricionista en un kinder en su caso, todo lo que esté al alcance hacer por los demás puede hacer la diferencia. Los rescatistas, los soldados, los bomberos, los que atienden en estaciones de servicio, supermercados, etc., también tienen niños, y si ellos no pueden ir a hacer su trabajo por cuidar los niños, las cosas serían peores.

Así que a las siete ya estábamos listos para salir en las bicicletas. Como en la casa de los suegros ya todo estaba en su puesto, le dije a Hiroko que iba con ella—no la hubiera dejado ir sola en todo caso. Me puse una sudadera que me prestó la suegra sobre la pijama con la que salí corriendo el viernes, unas medias del suegro porque me había puesto los zapatos sin medias en la huida, y el abrigo que saqué la primera vez que me aventuré de nuevo dentro del apartamento—cuando el miedo no me dejó sacar ni medias. El viaje tomaría un poco menos de una hora a través de la ciudad, pero sería como una excursión a un lugar totalmente desconocido. y salvaje . No, de nuevo, porque los daños fuesen sustanciales, que afortunadamente en la mayor parte de la ciudad no lo han sido, sino porque la corriente del miedo nos predispone a ver grietas, ruinas, caos y dolor peores de los que verdaderamente hay, o incluso imaginarlos donde no existen.

La mayoría de daños visibles fueron en los muros de los jardines o los garajes. Una placa de concreto de un edificio cayó sobre una parada de bus, pero al parecer nadie estaba en ella en ese momento. Sólo un edificio en el recorrido se veía seriamente averiado. Los ventanales grandes en general estaban quebrados y en el suelo fisuras que no se sabe si han estado ahí siempre.

Puede sonar extraño, pero lo verdaderamente sorprendente era ver gente. Haciendo filas en los teléfonos públicos o en las tiendas de víveres; atascados en el tránsito o en hordas de bicicletas.
Gente que nunca sale, o que siempre está en el trabajo, que se mueve en bus, carro, tren, o subterráneo, que tiene trabajos a horas fuera de las normales, todos en las calles, de un lado para otro con un dejo de tristeza. Todos despertando a ese nuevo Japón inhóspito que dejó el terremoto.

En el kinder las cosas estaban más o menos en su sitio. La directora hablaba con una profesora que aún no recibía noticias de algún pariente, y que venía personalmente a decir que iba a faltar unos días. En algunos rincones se veían rastros de polvo de las paredes y una que otra fisura. Diez profesoras revisaban los salones y limpiaban los corredores. Sólo dos hermanos habían venido, y jugaban en el corredor. Hasta ese punto todo muy cotidiano, pero con cada encuentro empezaban a apilarse las tragedias. La directora vive en el área del puerto, a distancia suficiente para oír las alarmas de tsunami que se accionan con cada réplica, así que decidió dormir con su hijo en el carro, para salir en cualquier momento. La familia de varios aún no aparecía, sus casas sin ningún servicio. El señor del abasto de verduras vino a decir que tenía bananos, por si eran de alguna utilidad; el de la carnicería también vino, aunque a decir que no tenía nada aún, ni tan poco certeza de cuando iban a llegar provisiones de nuevo. La sub-directorora, después de dos horas de trapear el piso, nos dijo a todos que su hijo no había vuelto de la primaria el día anterior, la cual quedaba cerca del aeropuerto que en la televisión mostraban parcialmente sumergido. Pidió permiso para ir a buscarlo y luego volver a trabajar. Claro la directora le dijo que volviera la otra semana, pero ese era el espíritu que se respiraba.

Cuando acabamos las labores de Hiroko también pedimos permiso para volver. Como la pila de mi celular ya estaba en las últimas, paramos en un mercado a hacer fila para conseguir unas doble A. Los encargados habían acondicionado unos estantes junto a la puerta de carga y la gente ya le daba la vuelta al parqueadero. Sin embargo no tomó más de media hora: los empleados estaban haciendo bolsas con mercados individuales que vendían por mil yenes (veinte mil pesos), aunque su valor real estaba bastante por encima. No tenían pilas, pero aprovechamos para llevar dos bolsas, pues nunca se sabe.

De vuelta paramos en una videotienda donde se veían a unos empleados como pasmados en su interior. Adentro cajas de dvds hasta donde alcanzaba la vista. Les explicamos que necesitábamos unas pilas para el celular y dijeron que la registradora no servía, así que nos regalaron cuatro pares. Les dimos las gracias y seguimos nuestro camino. Hasta la gente de una videotienda puede ser útil en medio de una emergencia. Al sol de hoy he visto restaurantes regalando el almuerzo, a los peluqueros ofrecer shampoos para los que no se han podido bañar, a los casinos sacar extensiones de sus toma corrientes para los que no tienen luz. Todos ellos hacen parte del gran plan de rescate japonés.

Salir a trabajar es ganarle la guerra al miedo.

martes, marzo 15, 2011

9.0 (primera parte)


La tragedia empezó, gracias a Dios, cuando prendí el televisor. Por el poco caso que le hago, había olvidado que con el celular podía sintonizar los canales públicos. Hasta entonces todo había sido incertidumbre, caos. Sí, la tierra se había movido como nunca antes. Sí, paredes en medio de las vías aquí y allá, las sirenas que anuncian el pasar de los trenes retumbando sin parar, aunque ningún tren haya pasado aún, cuatro días después. Sí, no había luz, pero eso era apenas lógico. Parado en medio de la calle, que tenía frío por la nieve cayendo era todo lo que sabía, y esas eran buenas noticias.

Estábamos al rededor de una vela con mis suegros y la abuela. Ya había llegado un correo de mi esposa diciendo que venía caminando desde el trabajo, quizá a dos horas de distancia. Pensamos ir por ella, pero los correos llegaban con 30 minutos de diferencia, así que no sabíamos muy bien a donde ir. Entonces caí en cuenta y prendí el celular. Debí haberme dado cuenta antes de como se enrarecía el ambiente ¿de qué servía en ese momento saber que olas gigantes se habían llevado pueblos enteros y sumergido el aeropuerto? ¿Para qué ver las llamas consumir aquellos paisajes conocidos? ¿A quién le importaban las razones por las cuales había temblado o la magnitud del sismo? Si tan sólo pudiesen avisar cuando viene la siguiente réplica, para no sentir así una vez más que te traga la tierra. Pero todo lo que trae son penas, noticias de peligros sobre los que nada podemos hacer, una sensación que sobra en ese momento: pánico.

Hoy siguen los titulares tremendistas donde no se les necesitan, lucrándose del miedo. A cien kilómetros de las plantas nucleares, acá en Sendai la gente lo que menos necesita es preocuparse de la lluvia. Muchos sin combustible, gas, comida, agua, electricidad, y con los teléfonos intermitentes, la seguridad del aire libre, donde ninguna pared le va a caer encima a uno, es de las pocas cosas que quedan.

domingo, enero 10, 2010

Casi instantánea

(Noticia de hoy en el Japan News Network)

La señorita Sato (23) fue arrestada el 10 de enero, bajo sospecha de haber atropellado y causado la muerte a una anciana de 80 años, huyendo luego de la escena del crimen.

De acuerdo a las autoridades, la sospechosa continuó conduciendo por 6 o 7 kilómetros hasta su residencia. Al ser cuestionada, la sospechosa reconoció haber huido por la impresión.

Hacia las 4 y 5 PM del 10 de enero, la sospechosa al parecer arroyó con su vehículo a la anciana, una desempleada llamada Shige Ami que vivía cerca del lugar, emprendiendo entonces la huida. En apariencia, la muerte fue casi instantánea.

Luego de que un amigo, al cuál la sospechosa señorita Sato avisó de lo ocurrido, se comunicara con la línea 110, las autoridades descubrieron el automóvil en frente del jardín de la casa de la sospechosa. Los paramédicos confirmaron la muerte de la señora Ami, quién permanecía en el capó. En su casa, la sospechosa señorita Sato no presentaba heridas.

Las autoridades afirman que el lugar de accidente es una vía recta de un solo carril con fácil visibilidad.

(¿Será que la sospechosa señorita Sato alcanzó a pedir perdón?)

lunes, octubre 26, 2009

El precio del volcán


Ella es un volcán - La Unión


Si aún no se ha escrito un tratado sobre las penurias económicas de los turistas, juro que lo haré yo mismo algún día. Eso de no entender el idioma del que ofrece, y que todo encuentro sea el único, hacen que la palabra confianza pierda sentido, hasta caer en la paranoia del estafado. Aunque se sepa que la clave está en resignarse a sólo uno de los vivos, de manera que este espante a los otros y así disminuir el valor de la estafa, ese proceso de escoger al que ha de abusar de uno puede extenderse a todo el día, cada día, hasta el hastío. La parte más irónica es ese momento en que se ponen las cuentas unas junto a otras, y se revela la incoherencia de los precios que finalmente se pagaron, en moneda, en tiempo o en especie. En fin, a falta de fotos, les presento el viaje de domingo al volcán Taal, que está en medio de un lago y que a su vez contiene un lago, a dos horas al sur de Manila, saliendo por los municipios de Las Piñas y Zapote.

(La conversión a pesos colombianos debe ser más o menos multiplicando por 40)

Jeepney a la estación de MRT - 10 pesos (para saber que es un Jeepney ver aquí)

MRT hasta la estación de buses - 15 pesos (Metro Rail Transit)

Bus Manila-Tagaytay (2 horas) - 78 pesos (por alguna extraña razón el bus tiene un termómetro interno sólo para hacernos saber que estamos a 18 grados mientras afuera debe hacer 30. Estoy seguro que es una conspiración entre las compañías de buses y los almacenes de ropa para hacer a la gente comprar aquella prenda otrora innecesaria: un saco)

Café con dos panes - 18 pesos (¡Pan del verdadero!)

Jeepney hasta donde sale el Jeepney al volcán - 10 pesos

Jeepney al volcán (20 min en bajada) - 45 pesos (Aclaración: muchos de los conductores de jeepney son los hijos bastardos de los distintos tiranos que han asolado estas tierras - españoles, gringos, japoneses, o nativos - y disponen de su vehículo como se les venga en gana, especialmente si no está totalmente repleto. Con esto quiero decir que fueron 30 minutos dentro del Jeepney hasta que se le dio por arrancar, no sin antes advertir que no llevaba todo el cupo así que tocaba pagar 10 pesos más - el precio habitual era 35)

Tricicleta al hotel de confianza - 50 pesos (Que estaba a diez minutos a pie, lo que yo no sabía, pero todo viaje costaba 50, según el conductor)

Sprite - 40 pesos (tarifa de confianza)

Entrada al museo vulcanológico - 0 pesos (A tres kilómetros del hotel de confianza, estos caminados por falta de la anterior)

Triciclo de vuelta al paradero - 0 pesos !!! (Claro, porque el tipo tenía su propio barco que por rentarle salió gratis (?!))

Bote ida y vuelta al volcán - 950 pesos (tarifa igual para 8 como para 1 persona, como es el caso)

Propina al conductor - 50 pesos (Mi gran amigo Alberto, a quién se le dio su parte para espantar a los guías de 300 pesos y a los caballos de 500 pesos, además de recomendarme un restaurante en el pueblo porque almuerzo no hubo - Josephine's a 1 km de la rotonda, desde el cual quedaba más fácil tomar un bus de vuelta a Manila que desde la mismísima rotonda)

Alquiler de sombrero con opción de compra - 50 pesos (totalmente nuevo (?))

Entrada al volcán - 0 pesos!!!! (Valía 50, que mi amigo Alberto iba a pagar por mí, pero que luego de preguntar por el tiquete, resulta que justo se acabaron hoy, pero como yo sólo era uno, me lo dejaron gratis - que afortunado soy)

Derecho a usar el palo por el cual uno se baja y se sube del bote sin mojarse - 20 pesos (Pagados porque el chino buscó por 20 minutos a mi gran amigo Alberto, que estaba jugando basketball quien sabe donde)

Pop-cola del paradero - 10 pesos (ojo, no era la de confianza)

Jeepney de regreso al pueblo (20 min en subida) - 60 pesos (El viaje vale seiscientos pesos, ustedes verán; sólo eramos 8, discusión sin pelea - este un rasgo muy asiático - resolución después 50 minutos de esperar en aquella lata caliente)

Viaje rotonda-restaurante - 0 pesos (Se le pregunto a la tricicleta: ¡60 pesos! 1 Km se camina en unos 15 minutos. Las tres personas encuestadas coincidieron en que el restaurante estaba a 1 kilómetro, pero la distancia entre cada una de ellas era de un kilómetro. Tiempo caminado: 50 min aprox)

Desayuno-almuerzo-comida - 572 pesos (Restaurante de lujo para un tipo sucio, medio barbado, mal vestido y apestoso, y que además tiene cara de nativo. Se exhibió la guía Lonely Planet para despejar las dudas. Cena compuesta por sopa de frutos del mar, kaldereta de una carne que parece sobrebarriga, arroz en ajo, y jugo las cuatro estaciones: mango-piña-naranja-guayaba. El lugar tiene una gran vista, pero ya era de noche)

Jeepney restaurante-rotonda - 7 pesos (Frente al restaurante no pasan buses a Manila, además son las 7 pasadas y los buses se acaban a las 8. Creo que mi gran amigo Alberto ni come en Josephine's ni va a Manila muy seguido)

Bus Tagaytay-Manila (2 horas) - 78 pesos (Sin termómetro. Los pasajeros usan las cortinas para contener el aire acondicionado)

Pai de Coco - 160 pesos (Producto famoso de la región, recomendadísimo, vendido por un señor que se subió al bus - buco pie, buco pie. Caja de cartón arrugada por la humedad, que no era la del ambiente sino la del pai. Resultado: desabrido)

MRT a la Avenida Quezon - 15 pesos

Jeepney al hotel - No Aplica (Por alguna razón no hay jeepneys los domingos a las 10 de la noche. Taxi: 80 pesos)

Verle las piernas a la vecina que no cierra bien la persiana - no tiene precio (ESO es un volcán)

sábado, febrero 21, 2009

Los Diez Mandamientos de la Enzimología

En estos días en que busco algo de iluminación, sin discriminar la fuente, me encontré con este artículo que alguna vez un amigo me regaló porque sí. Teniendo en cuenta que el sentido místico de lo religioso tiene una relevancia importante dentro de la nueva edad media, y que estoy botando papeles, acá lo que dijo el señor Arthur Kornberg en el volumen 28, númenro 10, de Tendendencias en las Ciencias Bioquímicas:

  1. Cuenta con la enzimología para resolver y reconstituir eventos biológicos
  2. Confía en la universalidad de la bioquímica y el poder de la microbiología
  3. No creas nada sólo porque puedas explicarlo
  4. No mal gastes pensamientos limpios en enzimas sucias
  5. No mal gastes enzimas limpias en sustratos sucios
  6. Usa la genética y la genómica
  7. Ten presente que las células están molecularmente apretadas
  8. Depende en los virus para abrir ventanas
  9. Permanece atento al poder de los rastreadores radioactivos
  10. Emplea enzimas como reactivos únicos
Estoy seguro de que un conocimiento profundo del universo se esconde detrás de estas sentencias, y sólo cada quien puede encontrar su significado dentro de sí.

Be my porno Cohelo tonight...

viernes, febrero 13, 2009

La Paradoja de la Consistencia



¿Por qué el ano se mantiene saludable ante esfuerzos considerables, pero se resiente tanto con el fluir acuoso?

Aunque lo supiera, no lo entendería...

sábado, enero 24, 2009

Un chiste pésimo


una canción de venganza

A tono con las celebraciones de temporada, reflexionar sobre el racismo en la vida cotidiana no vendría nada mal. Una de las prácticas más comunes y que la gente tiende a ver con inocencia se trata de los chistes. No he leído teoría psicológica alguna al respecto, pero me da la impresión que como otras prácticas que nos confrontan con nuestros tabús, los chistes tienen inherentes en sí el doble filo de hacernos reir de nosotros mismos, o de arraigar viejos prejuicios. Sí las personas no acostumbran a hacer una reflexión ética de sus vidas, creería yo que es un poco más de lo segundo.

Este asunto tan serio viene a cuento a partir de un chiste que escuche en la niñez; ese en el que se pregunta por qué no hay negros albinos. Pues la semana pasada salió en el Economista esta terrorífica respuesta: no hay porque los médicos brujos los utilizan para hacer amuletos. Nada más tarantiniano.

Kill the Witch Doctor.

Algún día escribiré esa historia...

martes, octubre 23, 2007

Nostalgia Fraterna

Momentos después de un exceso de fraternidad
Sky Train, Bangkok

Hace ya unas semanas en el Japan Times apareció un articulo relativo al foco de aventuras extra-matrimoniales en el que se han convertido los gimnasios en este país. El fenómeno es especialmente marcado en las horas de la tarde, cuando las labores del hogar o académicas más apremiantes han sido evacuadas - mientras las laborales siguen su curso natural - y se dispone de un tiempo para un sano esparcimiento*. Sin entrar en demasiados detalles, mi intención esta vez es resaltar la explicación que un experto consultado por el periódico dio a la situación y las consecuencias para mi existencia:

"Cuando la gente suda junta, se genera un sentido de comunidad o fraternidad. Existe también un fuerte estímulo visual, pues la gente tiende a vestir prendas vistosas y sugestivas (showy) mientras hace ejercicio,"... "Cualquier cosa puede pasar en un lugar asi."

Vinieron entonces a mí los más dulces recuerdos de aquellos atestados buses a las seis de la tarde bajando por la calle veintiseis avenida el Dorado, repletos de secretarias del centro o del CAN, aferradas ellas y yo a una varilla y una ilusión. No nos faltaron sudores, pues incluso humores más íntimos acompañaron nuestros encuentros, y menos los estimulos visuales tan dados a nuestros géneros, al claroscuro capitalino y a las tendencias de la moda ejecutiva - tanto de la secretaria como del bus. Lugares y ocasiones estas donde todo pudo haber pasado pero, por algún miserable capricho del destino, no nos enteramos a tiempo.

Considerando hacer mis pases con los gimnasios,

panÓptiko

* Nota al pie: como me gusta eso del esparcimiento, es tan elocuente, tan gráfico... que rico.

domingo, mayo 13, 2007

Caos dorado

Foto sugestiva

Nikko, Japón

No me pregunten como me enteré, pero mis fuentes son confiables. Esta semana tuve oportunidad de revisar evidencia contundente que asegura una victoria a los miembros del género masculino en esa pugna por comprensión de nunca concluir: el reguero al orinar.

Seguro que, en más de una ocasión, habrán sufrido o dado esos discursos femeninos indignados, en los que aseguran que no les cabe en la cabeza que seamos incapaces de atinarle al nunca suficientemente amplio hueco del sanitario. Algunos callan, otros hacen falsas promesas, los más valientes intentan explicaciones físico-anatómicas, y los más listos salen con un buen chiste. Sin embargo, ninguno había salido bien librado.

Y es que, aunque todos los hombres comprendemos lo que sucede, como es de caprichosa la experiencia, que tan impredecible el fluir e irremediable su voluntad, la explicación escapa a lo que las palabras pueden expresar. De manera que todos los intentos han sido frustrados, el tiempo perdido. El asunto ha pasado a convertirse en emblema de las discusiones de género: prueba del trato desconsiderado, evidencia de un diseño defectuoso, argumento conclusivo para relegar al hombre a la postración. Pero quiero decirles, amigos y amigas, que hemos estado mirando en el lugar equivocado, lo que equivale a decir, con toda la ironía del caso, miando fuera del tiesto.

El sentimiento de culpa que llevamos ya interno por nuestras micciones desbordadas nos viene de cuna. Aunque el carácter incontenible del fenómeno evita que nos abstengamos de cometerlo, cada episodio se convierte en una fuente profunda de reflexión. ¿Cómo diablos fue a dar por allá? Nos obligamos entonces a una observación detallada, a una casuística de los regueros, que van desde el traicionero choque completamente elástico, hasta la teoría del caos, la cual alcanza sanitarios, pisos y, en el peor de los casos, la propia ropa. Todo este ensimismamiento, atado al sentimiento de culpa, es el que ha evitado que se cambie la perspectiva y echemos una mirada más allá: al alter-ego.

Es verídico. El hecho de que no sea evidente ningún reguero en el orinar de ellas, aunado al complejo arriba presentado, había mantenido el análisis lejos de las características propias de su excreción. La “invisibilidad” del acto hacía suponer que se trataba del directo fluir de una manguera. Nada más equivocado. La salida de la lluvia dorada femenina es tanto o más caótica que la masculina. Muchos más los tejidos que podrían desviarla, mucho más cercanas las vellosidades en capacidad de canalizarlo, más proclive la superficie a la acción incierta de la tensión superficial. En fin, la dispersión de los chorros es más escandalosa de la que se nos recrimina.

El argumento es irrebatible. Una vez ellas lo escuchen, derivaran entre la risa y el rubor: no es algo que hayan visto – por el obvio impedimento físico – pero sí sentido, aunque jamás verbalizado. Vendrá entonces el reconocimiento y con ello una fase más humanizada del conflicto. Porque la prueba no niega el reguero – ni la responsabilidad de cada quien con el propio – pero sí despeja los mitos de inverosimilitud, llevándose con ello los sentimientos vergonzosos, y acerca los cuerpos en esa deliciosa complejidad merecedora de la más paciente condescendencia.

Feliz día, mamáses.

panÓptiko
O.A.G.S.