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domingo, agosto 11, 2013

Las manos detrás de la mirada




Se dice que los reporteros gráficos no están en la obligación de intervenir en las tragedias que están pasando en su presencia. El suyo es un fin ulterior: comunicar la dimensión de la situación al público general para que este reaccione y ayude en masa. Lo poco que podría hacer el reportero, solo ante la adversidad de los otros, se multiplicará miles de veces cuando el resto de la humanidad se entere de lo que sucede. Esto los exime, por lo menos en teoría, de la obligación moral que el resto de mortales dotados de empatía sentimos. 

El argumento no se lo he escuchado directamente a un reportero, pero creo que hace parte del imaginario colectivo. Yo lo escuche de quien parecía un diplomático mientras coincidíamos en una imagen de una exposición fotográfica sobre el tsunami. En la imagen se veía una mujer en el techo de su casa, abrigada con una cobija, mirando a la cámara en medio de ese mar oscuro que ocupaba el resto del encuadre. Dije en voz alta que debería ser muy duro estar tomando aquella foto y no poder hacer nada por ayudar a aquella mujer. El diplomático soltó el argumento del fin ulterior, totalmente convencido de tener la razón—tal vez por eso pensé que era un diplomático. Intenté defender mi opinión contándole la historia de Omaira después del desastre en Armero, pero me di cuenta pronto que necesitaría aquella otra imagen para hacerme entender. Sonreí a su gesto condescendiente y seguí a otro panel.

Pensándolo con detenimiento, el argumento del fin último debe provenir de otros tiempos, de la era de oro de la imagen. Antes, cuando no había cámaras en todos lados y sólo se transmitían las palabras, seguramente una imagen era capaz de cambiar el rumbo de la historia. Pero ahora que estamos saturados y que se han entendido los límites de lo que la imagen puede decir sin desinformar, ¿tendrá aún sentido eximir de responsabilidad a los observadores de oficio?

Jonathan Katz, un periodista de AP que trabajaba en Haití cuando ocurrió el terremoto, no está tan seguro. Durante las primeras horas de la emergencia, acompañado de su guía local, Jonathan recorrió el infernal Puerto Príncipe intentando asimilar la dimensión de la debacle y transmitirla a su audiencia alrededor del mundo. En un momento intentó ayudar a alguien que buscaba dentro de una de tantas montañas de  escombros. Iluminó el interior del arrume con el flash de su cámara pero no logró ver nada. Sólo mucho después pudo ver que en las dos fotos que tomó una persona se movía. Estaba viva, pudo haber ayudado. Después de la experiencia cree que por lo menos existe la opción, que nunca se sabe.

Durante la etapa diecinueve del Tour de Francia, un corredor dio al piso en una bajada empinada. Los comentaristas llevaban rato advirtiendo que el trayecto era peligroso y que la llovizna que caía hacía más traicionero el descenso. Lo que sucedió fue inesperado: la moto que seguía al ciclista se detuvo al ver la caída. Al parecer el conductor llevaba la cámara encima porque la transmisión siguió mostrando al ciclista incorporándose con dificultad y al copiloto acercarse a intentar auxiliarlo. A decir verdad, no parecía que el copiloto pudiese hacer mucho en el momento, pero de alguna manera la carrera se sintió más humana.



domingo, julio 14, 2013

Sin falta



Mientras en las sociedades tranquilas hacen falta las noticias perturbadoras para mantener el interés de la audiencia, en las zonas convulsionadas se buscan los sucesos positivos para no espantarla.

Nada nuevo para el ciudadano promedio colombiano, pero aplica igual para Japón después del desastre de 2011. Ante la tragedia, las noticias en la televisión y en los periódicos locales siempre incluían alguna nota sobre un encuentro, un nacimiento, algo que sirviese de asidero en la incertidumbre.

Esto no duró mucho tiempo en los periódicos nacionales, que volvieron pronto al modo 'crisis en medio de la normalidad' que ha caracterizado el cubrimiento de lo relacionado con la planta nuclear. Sin embargo, aún dos años después del desastre, la búsqueda de noticias alentadoras aún se sentía en las zonas costeras del noreste. 

Uno de los periódicos que ojeé durante mi estancia en Ofunato traía en primera página la noticia de un premio a una estudiante de bachillerato. En Japón no es tan común el reconocimiento individual como el colectivo, así que la noticia me llamó la atención de inmediato. De hecho, resulta que es el único reconocimiento que otorgan los colegios a los graduandos: el premio a no faltar a ninguna clase (皆勤賞—kaikinsho).

En ese momento pensé que dicho premio debía ofrecer una oportunidad de oro para investigar si se ve reflejada o no la asistencia escolar en los logros durante la vida de los estudiantes. Si existían archivos sobre los estudiantes premiados, como efectivamente parecen existir**, se podría hacer un muestreo aleatorio en diferentes generaciones y hacer una encuesta sobre diversos aspectos del desarrollo personal. Me alcancé a imaginar haciendo regresiones que seguramente encontrarían lo que me parecía apenas lógico: no faltar al colegio no estaría correlacionado con el éxito.

La idea me quedó dando vuelta varios días en la cabeza. Semejante es el tamaño de mi estupidez.

¿Cuál sería el aporte de dicho trabajo al saber? La zona del desastre ansiosa de esperanza y yo pensando en poner a prueba la relevancia de sus voces de aliento.

Por supuesto, el sistema es mucho más inteligente y yo soy un gran ingenuo. Claro que todos saben que el premio no implica nada para el futuro de los que se lo ganan. Es la virtud detrás de estar ahí todos los días lo que se busca inculcar en los estudiantes: la virtud de ser responsables con el mínimo que es exigible a todos por igual. Sin importar los resultados, la sociedad está mucho mejor si cada uno de sus miembros reconoce que es admirable estar donde se debe estar todo el tiempo. La vida se encargará de premiar a los que sean exitosos, a quienes sus capacidades los harán merecedores de muchos otros logros y distinciones. En cambio, estar en el colegio todos los días es lo único que se podría dar por descontado, pero es eso mismo lo que lo hace valioso cuando se le mira en el largo plazo. ++
 
Luego, cuando le pregunté a Hiroko, me dijo que ella estuvo a punto de ganarse el premio en bachillerato, pero prefirió faltar unos días porque los que se ganan el premio dan la impresión de ser super saludables—¡no les da ni una gripa!—y eso no le parecía tan deseable. Después de un rato, confesó que ahora de adulta lamenta no haber recibido el premio.

Creo que no hay mayor premio que vivir en una sociedad donde es posible que exista tal premio.

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** En la página de Wikipedia del premio dicen que algunas escuelas esculpen el nombre de los estudiantes premiados en un mural de piedra conmemoratoria que se encentra a la entrada. Nunca he visto alguno. Sin embargo, también dice que otros lugares son menos rígidos en la definición de una falta para evitar los problemas que conlleva competir por el premio—sobre todo epidemias.

++ Otro ejemplo de estos premios son unos pases especiales que les dan a los conductores que no cometen ninguna infracción durante los 5/10 años que dura el documento. Estos, claro está, no salen en el periódico. 


martes, abril 30, 2013

Luto

 
Esta entrada llega casi dos meses tarde, no sin vergüenza. El 28 de febrero salí de Kyoto a Fukushima para pasar un par de semanas en la zona de desastre y ver como seguían evolucionando las cosas. El plan era llegar a Minami Soma y dar una vuelta por la antigua zona evacuada alrededor de los reactores nucleares, luego subir a donde unos amigos en Tome, Miyagi, pasar el fin de semana de voluntario en Ofunato, Iwate, y luego visitar Sendai hasta el 11 de marzo. Además de recolectar testimonios adicionales para la investigación, llevaba el firme propósito de escribir una entrada para la fecha, en la cual se viera reflejado todo el trabajo y reflexión de estos dos años.

Suele pasar que las grandes expectativas terminan en frustración. La magnitud de la tragedia y el caos de sentimientos que aún se siente después del triple desastre desafían el poder de lo que las palabras pueden decir. Es tan contundente esta sensación, que me parecía imposible que algo pudiese ser dicho sin perturbar la memoria de los muertos y desaparecidos, sin ofender a sus seres queridos y a los que aún sufren. El silencio parecía más delicado, más diciente, pero es difícil de imaginar que el mundo calle por más de un minuto. Quedaba entonces escuchar, ver, leer lo que los demás tenían que decir.

Dos detalles me llamaron la atención. Primero, el afán de llamar al público a no olvidar la tragedia. Esto tiene múltiples intenciones, todas buenas: insta a los políticos a darle prioridad a las tareas de reconstrucción; así mismo motiva al público y al sector privado a apoyar el proceso y las iniciativas locales para reinventar las áreas afectadas; además, el miedo a otra tragedia semejante se supone que persuade a la gente de prepararse mejor antes de que sea tarde.

No obstante, este no es un mensaje para las personas que viven en Fukushima, o en las costas de Miyagi e Iwate, para quienes perdieron a alguien o fueron desplazados de sus pueblos, tal vez de por vida. Es odioso encontrarse con esta petición contra el olvido mientras se está en un hogar temporal, evitando tocar las paredes del container por lo frías que se ponen en invierno, hablando pasito para que no escuchen los vecinos.

Sin duda son más los que necesitan ser recordados, y puede uno hacerse el de la vista gorda cada vez que se repite el llamada. Aún así, parece imposible de creer que la fecha en sí no sea suficiente para que recordar la tragedia. Si la gente necesita ser advertida contra el olvido, los otros 364 días parecen más apropiados.

El otro detalle provino de adentro. El deseo de escribir algo más trascendental me obligó a cuestionarme el cariz de cada una de las palabras que se usaban para anunciar el evento. Una barrera infranqueable apareció desde el comienzo: tan odioso como pedir que no olvidaran la tragedia parecía aquello de llamar a la fecha un aniversario.

En español, aniversario tiene un significado en apariencia neutro, mero indicador de años, pero su uso tiende a lo positivo. ¿Qué opinan? Tal vez sea porque los aniversarios se celebren y, como decían los Cadilacs, no hay nada que celebrar.

Por esos mismos días se cumplían diez años de la invasión estadounidense a Iraq, y el New York Times titulaba "10 años después, un aniversario que muchos iraquíes preferirían ignorar". Los elementos se repiten ante la tragedia: recordar/olvidar, celebrar/ignorar. Cabe entonces preguntarse si la falta de una palabra menos ambigua, que refleje la tristeza y el dolor que no desaparece, hace parte del problema de enfrentarse al pasado sin que la lengua traicione al corazón.

En japonés, la ceremonia del 11 a las 2:46 fue presentada como 追悼 (tsuitou), que traduce luto, o en inglés "memorial", pero esta palabra tampoco parece traducir bien al español: es homenaje, que vuelve y choca con el sentido de la fecha, o "en memoria", pero este no es sustantivo entonces tampoco sirve. La idea del luto es la que parece acercarse más a lo que ni se olvida ni se celebra. Con luto puedo uno acercarse a los sobrevivientes y escuchar sus dichas y el eco de sus penurias sin ser condescendiente, sin obligarlos a sonreír para que los voluntarios se sientan satisfechos de su buena labor.

Tal vez en la cultura católica el luto sea más famoso por ser un yugo impuesto a las viudas para que guarden compostura, un formalismo que se purga para volver a la normalidad, y por tanto un recurso finito para lidiar con la irreversibilidad de la muerte. Esta paradoja tiene menos sentido a la luz de la catástrofe, desnuda una batalla perdida contra la nimiedad de la existencia humana. El luto que sigue a la tragedia nunca se acaba, es una conversación que se mantiene ahí presente, y tiene todo el sentido.

Exacto. Una conversación, aunque tarde un año por cada palabra.

domingo, marzo 11, 2012

2:46

Se pasa el aniversario y sigo perplejo. Tantos sentimientos encontrados, tanto ruido adentro y afuera, tanta información entrando y saliendo por todos los sentidos; sólo atino a sentirme aturdido, atragantado de cosas que no se pueden expresar, pronto a criticar todo lo que se dice pero incapaz de decir algo sensato. He leído por ahí que no soy el único pero ¿cómo nos encontramos los que nos quedamos sin voz? ¿Cómo reconfortarnos?

Hay una verdad de a puño que los que fotografían, escriben en los diarios o salen en la tele entienden sin rechistar: es ahora o nunca. Nadie va a leer en una semana sobre el aniversario. Aún si se hace sin interés económico, el aniversario es la oportunidad de explotar la atención general. 

Por otro lado, es doloroso andar pensando en esto todo el tiempo. El otro día de visita en Kesennuma, mientras escuchaba los discursos sentidos de unas esposas filipinas afectadas por el tsunami, le pregunte al sacerdote que me acompañaba cómo podía soportar esas lágrimas todos los días. "De esto no hablamos nunca" contestó. Ahí entendí la ridícula tortura a la que me someto como investigador, la misma a la que se dejan todos los que ven noticieros todos los días. El dolor se entierra, la vida sigue. Si uno anda por ahí preguntando por el sufrimiento de la gente no puede esperar terminar el día feliz. El aniversario esta ahí para abrir la represa, desaguar y seguir adelante. 

En conclusión, para no perder la oportunidad, unos comentarios sueltos con las fotos del día. 

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Habían tres opciones para las ceremonias de hoy: la solemne, la rimbombante y la académica. Sin muertos en mi círculo más cercano, las actividades de la alcaldía no eran una opción. Luego en la televisión mostraron que todos los asistentes fueron de luto, muestra de que fue la decisión correcta. La rimbombante era ir a escuchar a Yunus, el nobel de paz, hablar sobre los negocios de interés social. No. Así que me quedé con los tecnócratas, los de siempre.


A pesar de como lo anunciaba la pantalla del recinto, así como las horas y horas de filmación que se tomaron hace una año, lo de aquel día no fue una película.


A la salida del evento empezaron las velas. Velas y flores aquí y allá.


No dejo de pensar que es de mal gusto que este nuevo edificio de almacenes en un lugar central de Sendai haya decidido abrir sus puertas por primera vez al público en estos días. ¿Esperaban subir el ánimo de sus conciudadanos con sus ofertas? 

No obstante, algo que ha sido muy claro durante este año es lo importante que son las empresas y el comercio en general para mantener una ciudad a flote. Donde hay almacenes hay luces, hay gente, circula la riqueza, hay vida. Las zonas costeras arrasadas por el tsunami son unos desiertos, y los pocos oasis son las tiendas provisionales donde se hace la compra y se relaja el corazón.


La zona roja de Sendai ha vivido un renacimiento después del terremoto como ninguna otra. En los días más oscuros de hace un año circulaban rumores sobre su posible quiebra ¿Quién iba a venir a divertirse en medio de tanto dolor? El pánico duro bien poco: primero se encargaron de distribuir alimento a los necesitados, luego se llenaron de las historias de los voluntarios, y últimamente propinan alivio al cansancio de los obreros que reconstruyen la región. 

Claro está, hoy estaban los negocios medio vacíos.


El edificio de la alcaldía señala el día mientras en las carpas se celebra un evento para darle gracias a todos quienes apoyaron la ciudad este año. Mientras veía las fotos, la alcaldesa pasó por mi lado y nos miramos un momento. La reconocí pero no me atreví a decirle nada. Encontrarla, en todo caso, me tranquilizó de algún modo que no entiendo del todo.


En el edificio contiguo usaron las luces para escribir el caracter con el que han descrito en el país el año pasado "絆" (kizuna) que significa lazos humanos. Muchos comentaristas han comentado la fuerza con la que la sociedad ha respondido a la tragedia. Pero, ajustado al contexto, creo que todos los humanos somos así: celebrantes y víctimas de la empatía. Más sorprendente es que tengan un sólo ideograma para simbolizar algo tan profundo.


En el piso escribieron "gracias" con velas que cada uno de los asistentes donó a la actividad. En los vasos cada quién escribió un mensaje que, me temo, terminará por quemarse.


Toda la semana, todos los medios han venido presentando el aniversario desde infinitos puntos de vista. Los desplazados, los que sobrevivieron de milagro, los que perdieron todo, los que aún buscan, todos han tenido un espacio. Se ha comentado la recuperación, los problemas, los avances, las perspectivas. Tanto se dijo y se presentó, que no se me ocurría que iban a dejar para el día señalado. Me da pena admitir que no haya podido imaginarlo. En cuatro páginas como estas, el periódico reprodujo cada uno de los nombres de los 19009 muertos y desaparecidos. 

Otra cosa que me atormentaba sobre el aniversario en esta guerra conmigo mismo brilló por su ausencia. Muchas veces durante este año critiqué que, a pesar de llevar la peor parte, todos los simposios, reuniones, decisiones importantes tuvieran lugar en Tokyo. Cuando hace unos meses se decidió que la ceremonia a la que asistirían los más importantes personajes se haría también en la capital, no pude dejar de sentir decepción. Cuál será mi sorpresa al enterarme que durante todo el día, en la televisión local de Sendai ningún canal parece haber pasado noticias sobre los eventos fuera de la región--Fukushima, Miyagi e Iwate. Ni siquiera la presencia del emperador después de su operación hace dos semanas desvió la atención del público local hacia las víctimas. En el resto del país si estuvo en todos los canales, por supuesto, pero no deja de ser una muestra del profundo respeto que esta sociedad tiene por cada uno de sus miembros. 


Broche de oro. No faltó en las noticias la historia del bebé que nació hace un año ni del bebé que nació hoy. Que imprescindible recordar que no sólo cosas tristes se celebran los onces de marzo de hoy hasta el fin del mundo. Sin embargo creo que los periodistas sufren de un sesgo nada despreciable al incluir sólo aquellos dos casos en esta sección de su cubrimiento del aniversario. Hace falta la noticia del bebé que fue hecho aquel día. Esa sí que es una muestra del vínculo humano en la adversidad. Tal vez el mejor polvo de la vida.

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Un amigo me dijo que le dio muchísimo más duro cumplir 31 que los mismísimos 30. Para estos últimos hay toda una preparación, muchos planes, reflexiones, festejos y algarabía. Pero llegan los 31 y uno simplemente es más viejo. Lo mismo puede que aplique a este y tantos otros aniversarios. La promesa es entonces encargarse de que no pasen los aniversarios tan a la ligera mientras queden fuerzas. 

Esperemos que la perplejidad lo permita.

Okamoto Kozo



Hace casi un año, los mejor informados notaron no sin suspicacia como el triple desastre representó en cierta manera un avance. En medio de la incertidumbre y presionados por el pánico de algunos, los japoneses no salieron a las calles a asesinar extranjeros. Rumores sobre violaciones y robos que los foráneos estarían aprovechando a perpetrar se dejaron escuchar una vez más, tal como en aquel septiembre de 1923. Esta vez un par de chinos fueron arrestados preventivamente, algunos voluntarios fueron acosados por la policía, grupos de vigilantes fueron formados en algunas zonas damnificadas, dueños de negocios se quedaron a dormir en sus locales para defenderse de los asaltantes, y japoneses aquí y allá hicieron comentarios discriminatorios. Pero nada como los entre 2500 y 6000 mil coreanos que se creen fueron masacrados entre autoridades y comités de vigilancia. 

Pueden haber varias explicaciones para esta mejora, pero lo que nos preocupaba aquella tarde charlando no era lo bueno que es que no salgan a matar gente extraña, sino el miedo que aún persiste al otro. Entonces la profesora japonesa recordó una de las razones que la movieron a dejar Puerto Rico.

Okamoto Kozo, recordó ella, ¡que nombre tan bonito! El hombre, estudiante de ciencias forestales en la Universidad de Kagoshima desembarcó en Tel Aviv junto con dos compañeros estudiantes de ingeniería en la Universidad de Kyoto. Llegaron vía Francia para no despertar sospechas. Recogieron sus maletas y echaron un ojo a ver si encontraban alguna forma de ir hacia la torre de control. Seguro no tardaron en desanimarse: Israel estaba como siempre en alerta máxima luego de que tres semanas atrás un grupo de palestinos secuestrara un avión proveniente de Viena, esperando canjear a los pasajeros por prisioneros.

La cosa no salió bien para los terroristas esa vez, aunque los pasajeros casi salieron ilesos. Fue entonces cuando Okamoto y sus colegas del Ejercito Rojo Japonés entraron en la escena para vengar la causa palestina. La torre de control debió parecerles un blanco simbólico: sin el centro de coordinación cuantos aviones no se verían obligados a sufrir aterrizajes de emergencia o colisiones,  advirtiendo al mundo entero del tamaño de su poder. Pero la cosa no era tan fácil con tantas fuerzas armadas custodiando el lugar. Tal vez los nervios también les obligaron a precipitarse. Abrieron sus maletas, sacaron sus rifles automáticos Vz. 58 y empezaron a disparar indiscriminadamente en el terminal. 

Los colegas de Okamoto terminaron muertos con las otras 26 víctimas de sus balas. Aquel mayo del 72, Okamoto fue apresado y años más tarde canjeado por prisioneros en el Líbano, donde aún vive exiliado. Su apoyo a la lucha parece imperecedero, aunque parece que alguna vez dio indicios de disculparse con sus víctimas, 8 nacionales israelíes, entre ellos un famoso científico, una ciudadana canadiense y 17 peregrinos puertoricenses. 

La profesora estaba por entonces aprendiendo español en la isla y la noticia le cayó como un balde de agua fría. Imaginó lo peor una vez se divulgara la noticia. Quizá no los grupos de vengadores ajusticiando japoneses por las calles de San Juan, pero de seguro un estigma constante por compartir la nacionalidad con los terroristas. Esperó por algún tiempo que el gobierno pidiera disculpas pero no hubo caso. En últimas, por esta y otras razones, incluyendo que exponerse a aquella vida en Puerto Rico no había sido la elección de su hijo sino propia, tiempo después la profesora volvió a su país. 

¿Fue aquella decisión producto de miedo al otro? ¿O es aquello de identificarse con las culpas de los nuestros lo que hace responsable a una sociedad? No se. El caso es que de Okamoto Kozo no existe entrada en español en la Wikipedia, aunque la masacre en el 2006 se volvió un día especial en Puerto Rico para educar a los isleños sobre el terrorismo. Que oportuno. Cada cultura apila aniversarios a su manera.

domingo, febrero 26, 2012

Víctimas de nuestra humanidad


Visto en los canales de Tokyo (el primero es la NHK)

De todo lo que se ha dicho, hay una característica del tsunami del año pasado que tal vez no se ha comentado lo suficiente: este ocurrió en el lugar del mundo que más preparado estaba para enfrentar aquellas olas gigantescas. La costa estaba protegida por barreras de más de cinco metros en los tramos habitados, unos monstruos horrorosos que los ajenos veíamos como una afrenta al paisaje marino. En los sitios más vulnerables, como los puertos, también existían corta olas en el mar. Por otro lado, las "fallas" tectónicas del archipiélago están cuidadosamente estudiadas. Los sistemas más avanzados de detección envían una señal a la NHK que inmediatamente pone la alerta, incluso antes de que el terremoto sacuda la zona. De ahí en adelante, se tienen como mínimo treinta minutos, en muchos sitios un poco más, para buscar refugio. Incluso, los pueblos en mayor riesgo aún conservan sistemas de parlantes distribuidos por la ciudad por los que se avisa del peligro desde la alcaldía, mientras una sirena estridente pone a todos en guardia. 

A pesar de todo esto, un poco más de diecinueve mil personas murieron. ¿Por qué? Esa es tal vez la pregunta que más atormenta a muchos, si no a todos los expertos—en su mayoría ingenieros. Primero que todo, es difícil pensar en ir un paso más allá de lo que ya la técnica ofrece. Los pronósticos de la ola se generan en minutos y se refinan en cuestión de media hora. El diseño de barreras está limitado a su costo, que llega a los billones de yenes, y que esta vez se observó no son garantía. Antes al contrario, la gente piensa que como hay barrera entonces no hay peligro. En la foto de abajo se puede ver en azul la zona que se pensaba estaba expuesta a las olas en Sendai y en rojo el área afectada.


La anterior es una pista de que la respuesta está más allá de lo que la ingeniería puede dar—y en la que la técnica puede pasar de protector a trampa mortal. Sin embargo, el problema es que a los que se murieron no se les puede preguntar porqué no escaparon. Un grupo de investigadores en la Universidad de Tohoku se han aventurado a preguntarle a los familiares de los desaparecidos porqué creen ellos que sus seres queridos se murieron y algunas pistas han conseguido. Pero la utilidad de esta información. me parece, es menor que el límite ético que transgrede—aunque puede que dependa de la manera en que se haga—puesto que periodistas de la NHK han llegado a resultados iguales sin tener que dar aquel paso.

De acuerdo a sus estudios, las respuestas psicológicas que afectan la evacuación son por lo menos cuatro. Primero está el sesgo de normalidad: que después del temblor la gente piense que todo va a estar bien. Esta es quizá la gran tragedia de la técnica, porque su raíz está en la naturaleza misma de la labor de los ingenieros de tsunamis. ¿Si lo que ellos hacen no es para ponernos a salvo, entonces para qué sirven? 

Una conclusión interesante respecto a este sesgo es que más información no incrementa la seguridad. Si a la población se le dice la escala del terremoto y la altura esperada de la ola se les pasa a ellos la responsabilidad de juzgar si es necesario o no evacuar en su caso particular. Un reporte del gobierno publicado en septiembre concluyó que es mejor decir que una gran ola viene—aunque se pasa por alto el problema de los falsos positivos, o sea la gente que se muere por escapar de un tsunami que no viene.

La segunda respuesta es el sesgo de conformismo, que la gente se reúna después del temblor y se sientan a salvo entre ellos. Este problema tiene unas implicaciones profundas para la reacción a desastres, porque el grupo puede dejar de valorar la información del exterior suponiendo que el otro sabe lo que está pasando y así, entre más grande el grupo, menos informadas son las decisiones. Los investigadores también asocian esto al hecho de que un número de gente murió arrastrada en sus carros esperando a que se moviera la fila—aunque algo del sesgo de normalidad puede que tenga que ver en este caso.

El tercero y cuarto atenuantes psicológicos están íntimamente relacionados y tienen unas implicaciones profundas en los límites de la evacuación contra tsunamis. Por un lado la gente tiene esa horrible tendencia a ayudar al prójimo, de preocuparse por los demás después de un evento catastrófico. Otro tanto de las víctimas fueron arrastradas mientras iban camino a buscar a sus hijos, a sus padres o a otras personas que sabían vulnerables. Por el otro lado, algunas personas prefieren morir a perder todo lo que con esfuerzo han acumulado durante su vida. Se hunden con su barco, tan simple como eso. Los investigadores sugieren que los primeros se encuentran a su paso con los segundos y en ello se consuma su tragedia.

Todo lo anterior apunta a una simple recomendación: en caso de emergencia, cuídese a sí mismo.

Trivial para el observador casual; una petición imposible, un lavado de conciencia para los expertos, en mi opinión. El 65% de las víctimas fueron mayores de 60 años, ¿qué proporción de ellos requería ayuda para escapar? La conclusión parece darlos por perdidos, lo que no es cosa sin importancia si se tiene en cuenta la manera acelerada con la que envejece la sociedad japonesa.

Además, ¿cómo tomaran este concejo quienes perdieron a sus seres queridos mientras ellos escapaban? ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de este desenlace? Mientras un bombero voluntario se perdía en el lodo tratando de que toda la gente de su zona evacuase a lugares altos, los médicos de un hospital geriátrico salieron corriendo y dejaron sus pacientes a la merced de aquella muerte fría. ¿Cómo vivirán su vida de acá en adelante?

Muy en el fondo, supongo que algo de razón tienen. Para cada quién es mejor estar vivo que muerto. Pero ¿no está la unidad de la comunidad cimentada en la vidas de sus héroes? ¿No es este mismo afecto por los demás el que sacará la región adelante? ¿Cómo será una sociedad en la que se salven sólo los más fuertes? Tal vez sea preferible, como dice Parfit, dejar de pensar que la propia vida sea tan importante.

Cuesta reconocer que ser egoísta sea la opción acertada, pero es difícil proponer una alternativa. Tal vez el problema está en la manera como se presenta el problema. Si en vez de contar cadáveres, se contaran las vidas que se salvaron—un número que hasta el momento no he escuchado en ningún lado—tendríamos una idea de cuan exitosa la protección fue. En el tsunami del Océano Índico en 2004 murieron 220 mil; en el terremoto de Haití murieron 316 mil. Lo normal es que los terremotos y los tsunamis maten mucha gente. Claro, la estadística no es consuelo para quienes perdieron a sus seres queridos; pero que alguien que no vivió las circunstancias le pida sensatez a los pobladores del litoral parece un poco de prepotencia ingenieril.


La voz que en Minami Sanriku anunció las olas hasta perderse en ellas nunca dejará de sonar