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domingo, julio 26, 2015

Bitácora del verano


Esta semana acabó el pre-escolar y por más de un mes Kensuke estará todo el día en casa. Aunque es muy pronto para que le dejen tareas, desde ya lo van acostumbrando a mantener una rutina durante el descanso, así no le da duro cuando tenga que volver. Usando calcomanías, cada día debe completar un calendario con ciertas actividades: cepillarse los dientes, ordenar sus cosas, registrar si hubo algún evento especial, llevar la bitácora del clima y la de sus excrementos. Para esto último hay cuatro tipos de calcomanías: la bichi-bichi para la soltura, el koro-koro para las bolitas estreñidas, el moko-moko para la masa a medio camino de la consistencia saludable, y por último el añorado bollo banana. Es así que todas las mañanas vamos juntos a comprobar cual es la calcomanía del día y comentamos los resultados durante el desayuno. Ambiente familiar. 

lunes, octubre 13, 2014

El pasado no perdona

Hace un par de años, unos niños jugando fútbol en una mezquita en Estambul me preguntaron que de donde era. Cuando les dije que era colombiano gritaron ¡Falcao! y salieron corriendo a seguir con su juego. 

No había imaginado antes que la patria pudiese ser asociada con algo diferente a drogas y crimen. Tantos años viviendo por fuera nunca me había pasado algo semejante. La gente a menudo recuerda el café, claro, pero por alguna razón esa opción se siente como una convención sin significado. Café es lo que se dice antes de confesar lo que en verdad primero viene a la mente. La conexión emocional primordial con la palabra Colombia. 

Es por esto que la reacción de los niños me pareció tan importante: al decir Falcao expresaban no un conocimiento sino un sentimiento. Aunque luego se enteren de los malos tiempos de aquellas tierras, al escuchar la palabra será otra cosa lo que imaginen. Desde entonces aprecio un poco más a los deportistas, les sigo y les animo para que sigan impresionando a las gentes del mundo por donde pasen. 

Por supuesto, este es un cambio lento e incierto, el cual no está exento de producir efectos secundarios. Esto lo descubrí el mes pasado en Grecia, ya de salida en la última requisa del aeropuerto. Un tipo espigado, ojeroso, de nariz gigante como la de los jugadores de su selección, esperaba antes del detector de metales para que los pasajeros no olvidaran quitarse todo lo que hacía pitar la máquina. Me hizo la seña para pasar y entonces reparó en el pasaporte en mi mano. ¡Colombia… dijo y pude sentir como una serie de sentimientos encontrados se agolpaban en una sonrisa postiza… ¿Hace cuántos años fue que mataron a Pablo Escobar?  Muchos, y seguí de largo, atragantado de rabia por esa revancha inesperada. 


lunes, julio 07, 2014

Suerte moderna

¿De cuándo acá aquello de que una cagada de pájaro es de buena suerte? No se trata de desvirtuar un dicho tan compasivo y desinteresado, tanto y más cuando el reflejo animal sería lo contrario: burlarse de la desgracia ajena. La pregunta hace referencia es al momento histórico en el que la humanidad desarrolló tal consideración por aquellos que se encontraban en el sitio equivocado durante el grácil planear de esas criaturas tan flojas de esfínter, pues en principio parecería que la frecuencia de estos incidentes no amerita un dicho. 

Los oráculos griegos eran famosos por vaticinar victorias o problemas si se avistaban tal o cual ave que representaba alguno de los dioses. El búho de Minerva, el faisan de Zeus. Pero de cagadas, nada. Tal vez sea un dicho marinero por aquello de las gaviotas que se agolpan en los muelles a tragar la basura de los barcos pesqueros. Tal vez llegó en burro hasta lo alto de las cordilleras y se perpetuó con las traicioneras bandadas de palomas que habitan las plazas. Tal vez, pero suena reforzado. 

Parece más lógico pensar que el dicho es un subproducto de la invención de la electricidad, el telégrafo y la distribución de la corriente por las ciudades y hasta por el campo. Los cables que van de poste en poste en las ciudades de todo el mundo deben haber aumentado la probabilidad de ser cagado por un pájaro de manera crítica, hasta el punto de merecer una voz de aliento que suena a sabiduría milenaria. Si algo de cierto hay en la relación entre el dicho y la electricidad, bienvenidas sean las cagadas en el nombre del progreso. 




domingo, julio 06, 2014

Lección de juegos

Algo que he aprendido de los juegos de mesa es que entre más larga sea una partida mayor debe ser la satisfacción que debe dar el simple hecho de jugar. No tiene mucho sentido pasarse horas fraguando estrategias, gastándole energía a la suerte y devanándose los sesos en decisiones difíciles a las que uno se ha sometido voluntariamente para que al final un simple marcador reduzca toda la experiencia a la frustración de varios y a la gloria de uno. Un juego largo debe proporcionar un sentido de realización durante el proceso en que cada jugador se enfrenta al problema y usa los recursos que tiene a disposición como mejor le parece. En lo posible, el juego debe dejar huellas para que luego se mire atrás y se entienda que tanto influyó el azar, como las decisiones dieron frutos más o menos provechosos, como podría hacerse mejor si existe una próxima vez. Eso, el éxito del juego está en que se quiera volver. Por supuesto que es ideal ganar, pero la victoria en un juego largo es efímera porque deja solos a los ganadores, tanto más si el hambre por vencer es más fuerte que el goce del juego. 

Es gracioso, pero es suficiente con que un juego dure un poco más de una hora para que empiece a parecerse a la vida misma.  

domingo, abril 06, 2014

Delator

El baño de la oficina tiene cuatro orinales. Están dispuestos en fila en la misma pared donde queda la puerta. Al entrar por esta se gira a la derecha y, después de dejar atrás el secador de manos, se encuentra uno con los cuatro monolitos de porcelana. 

No hay nada inusual con los orinales; nada hace al baño destacarse entre tantos otros miles de espacios similares en lugares públicos, tanto comerciales como de enseñanza. Son unos orinales corrientes en un baño corriente.  Sin embargo, con el paso de los meses, la disposición de los orinales y los patrones de uso que la rutina empieza a hacer evidentes han resultado ser una ventana al alma de los habitantes del piso. 

El primer orinal es el de la urgencia. Siempre está sucio: no de la manera en que se ensucia el orinal de un estadio, pero sí salpicado, incluso acompañado de pequeños charcos en el  suelo. El primer orinal siempre anda de afán y deja las necesidades corporales para el último minuto. La urgencia a veces se confunde con el ensimismamiento: la cabeza anda en otro lado mientras el zapato se impregna de baño en el charco. 

El segundo orinal es el del asco. El sentido de la urgencia no es muy diferente al del primer orinal, pero una reacción en el último segundo obliga a un cambio de destino. La elección del segundo orinal es además mezquina, porque obliga a cualquiera que venga con una urgencia a usar el último orinal, pues como todos sabemos el orinal de distancia es una norma impajaritable. Es tan fuertemente antisocial el segundo orinal que casi nunca es usado. 

El cuarto orinal es el solapado. No se sabe si por timidez o por malicia, el del rincón siempre parece que esconde algo. Si es que acaso alguna vez se escoge el del rincón para que cualquiera que entre luego pueda acomodarse a sus anchas, se incurre en un error importante: el nerviosismo que se siente al compartir el baño con un habitante del rincón no permite que las cosas fluyan como se planea. Se odia  por esto profundamente al cuarto orinal. Nada bueno puede venir del orinal de las sombras.

Cualquiera supondría entonces que el tercer orinal es el único sin tacha, el de la armonía:  el que disuade a mezquinos y solapados mientras que acoge al urgido. Nada más equivocado. Si bien es cierto que hay algo armónico en este orinal, es tan estratégico que se hace odioso, incluso soberbio. El tercer orinal está imbuido por cierta superioridad moral que hace inmediatamente despreciable a cualquiera que es sorprendido usándolo, sobretodo porque obliga a ocupar el papel de la urgencia, aún sin existir tal impulso, y a pararse en el charco mientras el tercer orinal se regocija en su magnanimidad. Si al cuarto orinal se le odia, contra el tercero se siente rencor. 

Con los meses, los orinales del baño de la oficina han dejado entrever un destino trágico.  No hay elección fácil cuando se encuentran libres, y cuando se encuentra alguien en alguno de ellos una secuencia funesta de pensamientos enturbia la coexistencia laboral. Entiende uno entonces a aquellos que aguantan hasta llegar a casa o a la estación del tren, e incluso a los que esperan sigilosos sentados en alguno de los tres inodoros. Pero esa es otra historia. 


viernes, enero 03, 2014

Lecturas del 2013


Las lecturas del año pasado no fueron tantas, aunque entre líneas dicen mucho sobre las profundas transformaciones en el horizonte. El plan original era leer tres libros extensos que se venían cociendo en la biblioteca hace tiempo, pero sólo logré terminar dos de ellos. En los intermedios quería leer cuentos y ninguno se coló en la pila—el de Kawabata me parece es otra cosa—incluso después de que uno de los mayores descubrimientos de los últimos años recibió el Nobel por sus hazañas. En su lugar se colaron unas novelas variopintas y muchas otras cosas que ahora hago en el tiempo 'libre' que se le exprime al trabajo. Sobre ellas, especialmente la paternidad y los juegos de mesa, espero escribir luego, pero el trasfondo es un poco preocupante: esta es la primera vez que siento que la lectura para el trabajo afecta mi deseo de descansar con más lectura. Ojalá sea algo pasajero.

Otro problema respecto a los libros largos, y la primera lección del año, fue que en la práctica no se puede leer tanto mientras se viaja. A pesar de que hubo mucho movimiento, los libros gigantes hubo que dejarlos en el sofá por varias semanas: son muy pesados para pasearlos y la incomodidad de los aviones hace que sean menos reconfortantes. Es muy poco lo que cabe en los bolsillos de la silla del frente y es difícil concentrarse con todo el ruido y movimiento. Pensaría que los libros electrónicos son una alternativa pero el hecho de que toque apagarlos es un poco frustrante, porque entonces toca tener otra lectura para esos momentos y, bueno, ¿por qué no seguir leyendo el libro físico si ya empezamos?

'Vida y Destino', el monumental retrato de la Batalla de Stalingrado, fue el único libro sobre el cual pude sacar el tiempo para escribir una reseña, a la cual no tengo nada que añadirle. 'Conversación en La Catedral' era otra tarea pendiente para entender porqué le dieron el premio a Vargas Llosa. Hasta entonces sólo había leído un par de novelas eróticas un poco desesperantes, que supongo el jurado no tuvo en cuenta para su decisión. El libro resultó muy bueno, tanto en técnica como en contenido. La Catedral es un restaurante obrero donde se cuenta la historia detrás de la dictadura militar en Perú. Aunque la arquitectura del restaurante no se asemeja a la de los grandiosos templos cristianos, la historia se va contando a través de ecos entrecruzados típicos de estos lugares, lo que le confiere un ritmo muy agradable y la hace sentir menos extensa. De alguna manera estaba prevenido sobre el maniqueísmo que suele enlodar las historias con contento político—un prejuicio, porque los ejemplos que se me ocurren son libros que no he leído de William Ospina y Santiago Gamboa, que creo jamás leeré—pero Vargas Llosa elude muy bien la maldad como propósito, y le dedica tiempo a la maldad causada por la circunstancia. Los personajes son quizá arquetípicos, el matón, la muchacha del servicio, la moza del poderoso, el periodista melancólico, pero sirven muy bien para el objetivo de retratar las divisiones sociales del momento, y tal vez de ahora. En fin, todo muy bueno, sin embargo, debo decir que no quedé con ganas de más. No se porqué, pero me gustaría saberlo.

El libro de Orths fue una compra compulsiva después de leer un comentario en algún blog. Fue muy agradable el contraste con los dos gigantes del año, como la aceituna en el martini. La historia de la camarera es redonda y salada, con un corazón relleno, sin pepa. El nudo voyerista es bien carnoso, porque la idea de que alguien pudo haber estado debajo de la cama en alguno de los hoteles en los que hemos pernoctado es muy poderosa, pero la historia nunca pierde su esencia aceitunezca. Recomendado.

Kawabata no pierde su efecto poderoso en mi. La bailarina de Izu es una historia deliciosamente sugestiva, llena de esas tensiones sexuales tan diferentes al canon occidental de deseo mamífero y mujeres fatales. Un joven adinerado estudiante sigue a una tropa de artistas itinerantes en su camino a través de una zona de termas al sur de Tokyo, donde viven. Poco a poco se va ganando su confianza y con ello la oportunidad de acercarse a la bailarina, quien puede ser sólo una niña pero puede que no. Deseo, tensión, ambigüedad... lo típico. El libro contiene otra serie de escritos menores, los cuales no me parecieron trascendentes. Las páginas del diario del escritor mientras cuidaba a su abuelo agonizante son fuertes, y muestran una faceta de Kawabata que no conocía, pero tal vez sean sólo para los fanáticos.

El descubrimiento del año fue que puedo leer libros de mediana extensión en japonés sin sentirme muy frustrado. Creo que entiendo 90% del contenido y puedo leer trescientas páginas en un mes. Seguro se me escapa un montón de sutilezas y el otro diez por ciento pude ser muy significativo, pero no tengo tiempo para usar el diccionario e, igual, es posible que las sutilezas se escapen a las traducciones también, muy seguramente en inglés el cuál tampoco domino en lo literario. Los que siguen fuera de mi rango son libros de más de una generación atrás, o los intencionalmente enredados. Los primeros me dan lástima porque me gustaría leer varios clásicos, los otros últimamente me tienen sin cuidado.

Dos de las novelas fueron de Keigo Higashino, 'Secreto' y 'Asesinato en la villa máscara' (traducción textual, disculpas), un autor popular de novelas negras y de misterio. A Hiroko le gustan mucho los libros del señor, hay varios apilados en su rincón de la biblioteca, así que en una de esas me animé a intentar el más recomendado. Secreto es la historia del padre de una niña de secundaria quien durante un viaje con su mamá de vacaciones, sufre un violento accidente tras el cual su cuerpo queda con vida pero poseído por la conciencia de su madre. Padre e hija esconden este secreto e intentan llevar una vida normal, condenada a la frustración—por razones que Kawabata se negaría a aceptar. Otras historias se desarrollan al tiempo en relación a otras víctimas del accidente y las causas del mismo, las cuales no siempre se sienten tan importantes, incluso parecen alargues, pero en eso el idioma puede jugarme una mala pasada. Algo que disfruté mucho fueron los comentarios ingenieriles del protagonista, técnico de una planta de motores, que seguramente se derivan de los estudios universitarios del autor. Muy refrescante que ninguno de los personajes sea algún tipo de escritor, tan típico en los libros colombianos—alguien mencionó algo al respecto en estos días en Twitter, pero no recuerdo que fue.

El otro libro es un thriller estándar, con algunos giros interesantes y un final un tanto alternativo, pero que otra vez se sintió más largo de lo necesario. 

Por último, está el libro de la señora Kubo, que llegó por un link que colgó @infrahumano . Con los años me he vuelto intolerante a los reportes exóticos sobre tierras lejanas, ya sean las adoptivas o las naturales. En el artículo recomiendan obras de autores que no son nuevas, o que no parecen ser populares acá, pero el caso de Kubo la información parecía fidedigna: el libro de 2010 recibió un premio a la mejor novela para mayores de 18, fue reimpresa en 2012 y parece seguir vendiendo bien. Es decir, otra compra compulsiva.

Es difícil decir de que se trata el libro. Tal vez traducir el título como 'Yo, poca cosa, contemplé el cielo' da una mejor idea del contenido: las vidas de cinco personajes medio fracasados, que sufren  dramas con alto contenido sexual, de los cuales parecen salir un poco menos mal librados, aunque no se puede estar tan seguro. ¿Quedó claro? Fue mi mejor intento. Las historias se siguen cronológicamente, todos los personajes están unidos en el mismo pueblo—la historia no pasa en Tokyo como dicen en el link—tres son compañeros de colegio, los otros son la mamá y la amante de uno de los muchachos. La euforia sexual va cediendo a lo patético de las circunstancias: cada uno de los personajes ha sido abandonado y humillados de algún modo, y en elaborar esa tristeza se va buena parte del libro. 

Al comienzo me dio pena leer este libro en el tren, pero en tanto fui avanzando, me fue ganando el pesar por las vidas miserables ahí retratadas. ¿Existirán tales personas en Japón? Kubo logra transmitir una profunda desazón y el contexto hace que lo inusual de los personajes no se sienta tan extraño—una partera en Japón, una esposa estéril teniendo fantasías 'manga' con un estudiante de secundaria, un muchacho que vive del sistema de bienestar con su abuela, cuyo padre se suicidó en un lago por el que pasa a diario y a quien hasta su mamá ausente le roba. Como era de esperarse, no hay un gran final, pero el mensaje de seguir adelante a pesar de todo no parece del todo superfluo.  No lo recomendaría sin conocer a fondo a quien lo piensa leer—hace años perdí algunas amistades recomendado Saló. 

En fin. Este año lo voy a dejar sin promesas porque se siente mucha incertidumbre. Está el otro libro largo pendiente, y otro tanto de compras compulsivas acumuladas. Sin embargo, las otras ocupaciones están robando cada vez más de mi tiempo, y la posibilidad de quedarme para siempre en este archipiélago enrevesado me invita a entregarme del todo a su idioma. Ya veremos. 

Un feliz 2014 para todos, lleno de sorpresas placenteras.

domingo, julio 14, 2013

Sin falta



Mientras en las sociedades tranquilas hacen falta las noticias perturbadoras para mantener el interés de la audiencia, en las zonas convulsionadas se buscan los sucesos positivos para no espantarla.

Nada nuevo para el ciudadano promedio colombiano, pero aplica igual para Japón después del desastre de 2011. Ante la tragedia, las noticias en la televisión y en los periódicos locales siempre incluían alguna nota sobre un encuentro, un nacimiento, algo que sirviese de asidero en la incertidumbre.

Esto no duró mucho tiempo en los periódicos nacionales, que volvieron pronto al modo 'crisis en medio de la normalidad' que ha caracterizado el cubrimiento de lo relacionado con la planta nuclear. Sin embargo, aún dos años después del desastre, la búsqueda de noticias alentadoras aún se sentía en las zonas costeras del noreste. 

Uno de los periódicos que ojeé durante mi estancia en Ofunato traía en primera página la noticia de un premio a una estudiante de bachillerato. En Japón no es tan común el reconocimiento individual como el colectivo, así que la noticia me llamó la atención de inmediato. De hecho, resulta que es el único reconocimiento que otorgan los colegios a los graduandos: el premio a no faltar a ninguna clase (皆勤賞—kaikinsho).

En ese momento pensé que dicho premio debía ofrecer una oportunidad de oro para investigar si se ve reflejada o no la asistencia escolar en los logros durante la vida de los estudiantes. Si existían archivos sobre los estudiantes premiados, como efectivamente parecen existir**, se podría hacer un muestreo aleatorio en diferentes generaciones y hacer una encuesta sobre diversos aspectos del desarrollo personal. Me alcancé a imaginar haciendo regresiones que seguramente encontrarían lo que me parecía apenas lógico: no faltar al colegio no estaría correlacionado con el éxito.

La idea me quedó dando vuelta varios días en la cabeza. Semejante es el tamaño de mi estupidez.

¿Cuál sería el aporte de dicho trabajo al saber? La zona del desastre ansiosa de esperanza y yo pensando en poner a prueba la relevancia de sus voces de aliento.

Por supuesto, el sistema es mucho más inteligente y yo soy un gran ingenuo. Claro que todos saben que el premio no implica nada para el futuro de los que se lo ganan. Es la virtud detrás de estar ahí todos los días lo que se busca inculcar en los estudiantes: la virtud de ser responsables con el mínimo que es exigible a todos por igual. Sin importar los resultados, la sociedad está mucho mejor si cada uno de sus miembros reconoce que es admirable estar donde se debe estar todo el tiempo. La vida se encargará de premiar a los que sean exitosos, a quienes sus capacidades los harán merecedores de muchos otros logros y distinciones. En cambio, estar en el colegio todos los días es lo único que se podría dar por descontado, pero es eso mismo lo que lo hace valioso cuando se le mira en el largo plazo. ++
 
Luego, cuando le pregunté a Hiroko, me dijo que ella estuvo a punto de ganarse el premio en bachillerato, pero prefirió faltar unos días porque los que se ganan el premio dan la impresión de ser super saludables—¡no les da ni una gripa!—y eso no le parecía tan deseable. Después de un rato, confesó que ahora de adulta lamenta no haber recibido el premio.

Creo que no hay mayor premio que vivir en una sociedad donde es posible que exista tal premio.

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** En la página de Wikipedia del premio dicen que algunas escuelas esculpen el nombre de los estudiantes premiados en un mural de piedra conmemoratoria que se encentra a la entrada. Nunca he visto alguno. Sin embargo, también dice que otros lugares son menos rígidos en la definición de una falta para evitar los problemas que conlleva competir por el premio—sobre todo epidemias.

++ Otro ejemplo de estos premios son unos pases especiales que les dan a los conductores que no cometen ninguna infracción durante los 5/10 años que dura el documento. Estos, claro está, no salen en el periódico. 


martes, abril 30, 2013

Luto

 
Esta entrada llega casi dos meses tarde, no sin vergüenza. El 28 de febrero salí de Kyoto a Fukushima para pasar un par de semanas en la zona de desastre y ver como seguían evolucionando las cosas. El plan era llegar a Minami Soma y dar una vuelta por la antigua zona evacuada alrededor de los reactores nucleares, luego subir a donde unos amigos en Tome, Miyagi, pasar el fin de semana de voluntario en Ofunato, Iwate, y luego visitar Sendai hasta el 11 de marzo. Además de recolectar testimonios adicionales para la investigación, llevaba el firme propósito de escribir una entrada para la fecha, en la cual se viera reflejado todo el trabajo y reflexión de estos dos años.

Suele pasar que las grandes expectativas terminan en frustración. La magnitud de la tragedia y el caos de sentimientos que aún se siente después del triple desastre desafían el poder de lo que las palabras pueden decir. Es tan contundente esta sensación, que me parecía imposible que algo pudiese ser dicho sin perturbar la memoria de los muertos y desaparecidos, sin ofender a sus seres queridos y a los que aún sufren. El silencio parecía más delicado, más diciente, pero es difícil de imaginar que el mundo calle por más de un minuto. Quedaba entonces escuchar, ver, leer lo que los demás tenían que decir.

Dos detalles me llamaron la atención. Primero, el afán de llamar al público a no olvidar la tragedia. Esto tiene múltiples intenciones, todas buenas: insta a los políticos a darle prioridad a las tareas de reconstrucción; así mismo motiva al público y al sector privado a apoyar el proceso y las iniciativas locales para reinventar las áreas afectadas; además, el miedo a otra tragedia semejante se supone que persuade a la gente de prepararse mejor antes de que sea tarde.

No obstante, este no es un mensaje para las personas que viven en Fukushima, o en las costas de Miyagi e Iwate, para quienes perdieron a alguien o fueron desplazados de sus pueblos, tal vez de por vida. Es odioso encontrarse con esta petición contra el olvido mientras se está en un hogar temporal, evitando tocar las paredes del container por lo frías que se ponen en invierno, hablando pasito para que no escuchen los vecinos.

Sin duda son más los que necesitan ser recordados, y puede uno hacerse el de la vista gorda cada vez que se repite el llamada. Aún así, parece imposible de creer que la fecha en sí no sea suficiente para que recordar la tragedia. Si la gente necesita ser advertida contra el olvido, los otros 364 días parecen más apropiados.

El otro detalle provino de adentro. El deseo de escribir algo más trascendental me obligó a cuestionarme el cariz de cada una de las palabras que se usaban para anunciar el evento. Una barrera infranqueable apareció desde el comienzo: tan odioso como pedir que no olvidaran la tragedia parecía aquello de llamar a la fecha un aniversario.

En español, aniversario tiene un significado en apariencia neutro, mero indicador de años, pero su uso tiende a lo positivo. ¿Qué opinan? Tal vez sea porque los aniversarios se celebren y, como decían los Cadilacs, no hay nada que celebrar.

Por esos mismos días se cumplían diez años de la invasión estadounidense a Iraq, y el New York Times titulaba "10 años después, un aniversario que muchos iraquíes preferirían ignorar". Los elementos se repiten ante la tragedia: recordar/olvidar, celebrar/ignorar. Cabe entonces preguntarse si la falta de una palabra menos ambigua, que refleje la tristeza y el dolor que no desaparece, hace parte del problema de enfrentarse al pasado sin que la lengua traicione al corazón.

En japonés, la ceremonia del 11 a las 2:46 fue presentada como 追悼 (tsuitou), que traduce luto, o en inglés "memorial", pero esta palabra tampoco parece traducir bien al español: es homenaje, que vuelve y choca con el sentido de la fecha, o "en memoria", pero este no es sustantivo entonces tampoco sirve. La idea del luto es la que parece acercarse más a lo que ni se olvida ni se celebra. Con luto puedo uno acercarse a los sobrevivientes y escuchar sus dichas y el eco de sus penurias sin ser condescendiente, sin obligarlos a sonreír para que los voluntarios se sientan satisfechos de su buena labor.

Tal vez en la cultura católica el luto sea más famoso por ser un yugo impuesto a las viudas para que guarden compostura, un formalismo que se purga para volver a la normalidad, y por tanto un recurso finito para lidiar con la irreversibilidad de la muerte. Esta paradoja tiene menos sentido a la luz de la catástrofe, desnuda una batalla perdida contra la nimiedad de la existencia humana. El luto que sigue a la tragedia nunca se acaba, es una conversación que se mantiene ahí presente, y tiene todo el sentido.

Exacto. Una conversación, aunque tarde un año por cada palabra.

sábado, febrero 02, 2013

Oportunidades perdidas



Hace una semana Kensuke empezó a montarse solo en su carro de Anpanman. Antes no alcanzaban los pies al piso para impulsarse bien, ni sabía como pasar la pierna al otro lado del asiento sin caerse. Luego un día logró hacer la gracia ayudado de las barras del espaldar, sólo que quedó sentado al revés. Esto no fue mayor tragedia, porque la silla se puede levantar para guardar cosas debajo, así que aprovechó para ir por ahí atesorando bolsas y medias de papá. Luego ya pudo hacerlo de frente, tomar el volante, mover la palanca. Cómo no tenemos carro y casi nunca montamos, creo que por ahora las direccionales no le hacen gracia; y cómo en este país casi nunca se escucha pitar, tampoco el claxon debe tener mayor sentido. Por ahora no se impulsa mucho, pero ya vendrán las carreras y los accidentes. 

Hubo, sin embargo, una reacción al descubrimiento que no me esperaba. Tan pronto entendió que el carro de Anpanman era para ir encima, pasó un tiempo tratando de montarse en su camioncito blanco. Le metía un pie y trataba de sentarse. Le metía el otro y trataba otra vez. Se rascaba la cabeza. Le dio mil vueltas y lloró de impaciencia. La mamá le mostró que ella tampoco podía, lo distrajo y ya no ha vuelto a intentarlo. 

¿Será que venimos al mundo programados para la frustración? Mientras lo veía pelear sin sentido contra lo imposible podía oírlo decir ¡Carajo! ¡Los carritos son para montarse y no me había dado cuenta! Ya me hice muy grande para este, que lástima. 

El suceso se repetirá muchas veces más en el futuro y se siente un poco de dolor contemplarlo. Será lo mismo cuando encuentre interesante uno de los libros que deshojó para siempre. Cuando vea en las fotos a un amigo que le caía muy bien pero del que nunca conservó un número telefónico u otra forma de contactarlo. Cuando recuerde a una novia con la que no llegó a casarse. Cuando trabaje y entienda todo lo que debió haber hecho en la universidad pero no hizo. Cuando tenga hijos y los vea intentado subirse a carros que no son para eso, aunque parezcan. Ahí entonces tal vez recapacite y deje de amargarse un poco por las cosas que no fueron porque quizás todo sea una ilusión y la posibilidad en realidad nunca haya existido.

 O tal vez no. Tal vez sea eso lo que hará por siempre tan complejo el volver.

domingo, marzo 11, 2012

2:46

Se pasa el aniversario y sigo perplejo. Tantos sentimientos encontrados, tanto ruido adentro y afuera, tanta información entrando y saliendo por todos los sentidos; sólo atino a sentirme aturdido, atragantado de cosas que no se pueden expresar, pronto a criticar todo lo que se dice pero incapaz de decir algo sensato. He leído por ahí que no soy el único pero ¿cómo nos encontramos los que nos quedamos sin voz? ¿Cómo reconfortarnos?

Hay una verdad de a puño que los que fotografían, escriben en los diarios o salen en la tele entienden sin rechistar: es ahora o nunca. Nadie va a leer en una semana sobre el aniversario. Aún si se hace sin interés económico, el aniversario es la oportunidad de explotar la atención general. 

Por otro lado, es doloroso andar pensando en esto todo el tiempo. El otro día de visita en Kesennuma, mientras escuchaba los discursos sentidos de unas esposas filipinas afectadas por el tsunami, le pregunte al sacerdote que me acompañaba cómo podía soportar esas lágrimas todos los días. "De esto no hablamos nunca" contestó. Ahí entendí la ridícula tortura a la que me someto como investigador, la misma a la que se dejan todos los que ven noticieros todos los días. El dolor se entierra, la vida sigue. Si uno anda por ahí preguntando por el sufrimiento de la gente no puede esperar terminar el día feliz. El aniversario esta ahí para abrir la represa, desaguar y seguir adelante. 

En conclusión, para no perder la oportunidad, unos comentarios sueltos con las fotos del día. 

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Habían tres opciones para las ceremonias de hoy: la solemne, la rimbombante y la académica. Sin muertos en mi círculo más cercano, las actividades de la alcaldía no eran una opción. Luego en la televisión mostraron que todos los asistentes fueron de luto, muestra de que fue la decisión correcta. La rimbombante era ir a escuchar a Yunus, el nobel de paz, hablar sobre los negocios de interés social. No. Así que me quedé con los tecnócratas, los de siempre.


A pesar de como lo anunciaba la pantalla del recinto, así como las horas y horas de filmación que se tomaron hace una año, lo de aquel día no fue una película.


A la salida del evento empezaron las velas. Velas y flores aquí y allá.


No dejo de pensar que es de mal gusto que este nuevo edificio de almacenes en un lugar central de Sendai haya decidido abrir sus puertas por primera vez al público en estos días. ¿Esperaban subir el ánimo de sus conciudadanos con sus ofertas? 

No obstante, algo que ha sido muy claro durante este año es lo importante que son las empresas y el comercio en general para mantener una ciudad a flote. Donde hay almacenes hay luces, hay gente, circula la riqueza, hay vida. Las zonas costeras arrasadas por el tsunami son unos desiertos, y los pocos oasis son las tiendas provisionales donde se hace la compra y se relaja el corazón.


La zona roja de Sendai ha vivido un renacimiento después del terremoto como ninguna otra. En los días más oscuros de hace un año circulaban rumores sobre su posible quiebra ¿Quién iba a venir a divertirse en medio de tanto dolor? El pánico duro bien poco: primero se encargaron de distribuir alimento a los necesitados, luego se llenaron de las historias de los voluntarios, y últimamente propinan alivio al cansancio de los obreros que reconstruyen la región. 

Claro está, hoy estaban los negocios medio vacíos.


El edificio de la alcaldía señala el día mientras en las carpas se celebra un evento para darle gracias a todos quienes apoyaron la ciudad este año. Mientras veía las fotos, la alcaldesa pasó por mi lado y nos miramos un momento. La reconocí pero no me atreví a decirle nada. Encontrarla, en todo caso, me tranquilizó de algún modo que no entiendo del todo.


En el edificio contiguo usaron las luces para escribir el caracter con el que han descrito en el país el año pasado "絆" (kizuna) que significa lazos humanos. Muchos comentaristas han comentado la fuerza con la que la sociedad ha respondido a la tragedia. Pero, ajustado al contexto, creo que todos los humanos somos así: celebrantes y víctimas de la empatía. Más sorprendente es que tengan un sólo ideograma para simbolizar algo tan profundo.


En el piso escribieron "gracias" con velas que cada uno de los asistentes donó a la actividad. En los vasos cada quién escribió un mensaje que, me temo, terminará por quemarse.


Toda la semana, todos los medios han venido presentando el aniversario desde infinitos puntos de vista. Los desplazados, los que sobrevivieron de milagro, los que perdieron todo, los que aún buscan, todos han tenido un espacio. Se ha comentado la recuperación, los problemas, los avances, las perspectivas. Tanto se dijo y se presentó, que no se me ocurría que iban a dejar para el día señalado. Me da pena admitir que no haya podido imaginarlo. En cuatro páginas como estas, el periódico reprodujo cada uno de los nombres de los 19009 muertos y desaparecidos. 

Otra cosa que me atormentaba sobre el aniversario en esta guerra conmigo mismo brilló por su ausencia. Muchas veces durante este año critiqué que, a pesar de llevar la peor parte, todos los simposios, reuniones, decisiones importantes tuvieran lugar en Tokyo. Cuando hace unos meses se decidió que la ceremonia a la que asistirían los más importantes personajes se haría también en la capital, no pude dejar de sentir decepción. Cuál será mi sorpresa al enterarme que durante todo el día, en la televisión local de Sendai ningún canal parece haber pasado noticias sobre los eventos fuera de la región--Fukushima, Miyagi e Iwate. Ni siquiera la presencia del emperador después de su operación hace dos semanas desvió la atención del público local hacia las víctimas. En el resto del país si estuvo en todos los canales, por supuesto, pero no deja de ser una muestra del profundo respeto que esta sociedad tiene por cada uno de sus miembros. 


Broche de oro. No faltó en las noticias la historia del bebé que nació hace un año ni del bebé que nació hoy. Que imprescindible recordar que no sólo cosas tristes se celebran los onces de marzo de hoy hasta el fin del mundo. Sin embargo creo que los periodistas sufren de un sesgo nada despreciable al incluir sólo aquellos dos casos en esta sección de su cubrimiento del aniversario. Hace falta la noticia del bebé que fue hecho aquel día. Esa sí que es una muestra del vínculo humano en la adversidad. Tal vez el mejor polvo de la vida.

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Un amigo me dijo que le dio muchísimo más duro cumplir 31 que los mismísimos 30. Para estos últimos hay toda una preparación, muchos planes, reflexiones, festejos y algarabía. Pero llegan los 31 y uno simplemente es más viejo. Lo mismo puede que aplique a este y tantos otros aniversarios. La promesa es entonces encargarse de que no pasen los aniversarios tan a la ligera mientras queden fuerzas. 

Esperemos que la perplejidad lo permita.

sábado, febrero 04, 2012

Dos de vaqueros

Cierto mundo de ciertos niños

Entre el año pasado y este, sin querer queriendo, leí dos novelas de autores negros; por casualidad nigerianos los dos. La curiosidad existía desde antes, supongo. (Tal vez desde aquel tomo tercero de "El Mundo de los Niños", el cuál, si mal no recuerdo, cumplió esa importante misión de enseñarme que los niños africanos viven en la selva, en tribus que andan en taparrabos.) Digo supongo porque no escojo mis lecturas por el sexo, raza, u otra característica del autor distinta a que lo pueda leer, y que parezca apetitoso. Y si lo del apetito se le deja a la inercia comercial local, es muy fácil para cualquier sudamericano crecer, reproducirse y morir con la manida imagen salvaje, escrita con seguridad por algún europeo, a la Tin Tin en el Congo.

Superado lo de la inercia, el problema de leer autores del Africa negra es por donde empezar; que del inabarcable universo de alternativas literarias, los libros y sus autores asomen en el momento preciso. Entonces sucedió como con las eclipses lunares, que algunos años no se dejan ver, pero otros años ocurren más de una vez. Los dos libros no podrían ser más distintos, pero como ya va rato sin reseñar, los despacho en una sola entrada.

Medio Sol Amarillo - Chimamanda Ngozi Adichie











Al primer libro llegué por una popular charla que la autora dio en TED. En ella Chimamanda explica precisamente el peligro de quedarse con una sola historia sobre las personas y los lugares. La charla sólo tarda veinte minutos y haría falta otra entrada para comentarla. El caso es que su advertencia sobre la dignidad de las personas con una sola historia resonó con mi búsqueda, así que le di la oportunidad al libro.

La novela cuenta la historia de la guerra de secesión que la República de Biafra libró (y brutalmente perdió) en los cincuentas, desde el punto de vista de un grupo de personas atadas a su lucha: unas hermanas de una familia de clase alta ligada a negocios con el gobierno, el novio británico de una de ellas, el profesor universitario pro-revolución (esposo de la otra hermana) y su muchacho del servicio—a la usanza de Nigeria, al parecer.

La autora se toma el tiempo de presentarnos a cada uno de los personajes en detalle, mientras la tragedia es apenas un eco en el trasfondo. La hermana que se casa con el profesor activista universitario, sufre las presiones familiares pertinentes por dejar prestigiosos pretendientes por aquel idealista. El mucamo recrea su vida fuera de su aldea, y nos transmite otro ángulo de la vida del profesor universitario. El escritor británico—quien supongo es blanco—representa la tensión entre el querer mezclarse entre la gente sobre la que ha querido escribir, y su abolengo. La otra hermana, un ser huraño y misterioso, se encarga de mantenernos al tanto de los intríngulis en las altas esferas de Biafra. Debo reconocer que en esta parte me sentí culposamente desencantado de la novela, tal vez porque estas personas eran tan normales, tan como cualquier otro, que me generaba cierto tedio.

Pero luego se precipita la tormenta de la guerra, y toda esta red de personas, relaciones e ideales son puestas a prueba. La pomposidad del profesor universitario de poco sirve ante la hambruna que deja la derrota. El escritor británico no puede evitar mentir para salvarse. El espiral de infortunios en el que va degradando el conflicto, arrastra a los personajes a su mínimo, más allá de la desesperanza. Es ahí cuando en la narración empiezan a aflorar todos los lugares comunes que se esperarían de una novela sobre una guerra en el África Sub-Sahariana, la miseria, la mezquindad, haciendo evidente la importancia de aquella pausada primera parte.

El contraste asesta el golpe donde es. Y cuando ya cree uno que se ha acabado el dolor, una patada en la entrepierna nos recuerda que siempre se puede estar peor.

Aunque al libro llegué por aquello de la literatura negra, no pude dejar de leerlo como alguien que vivió la tensa calma de un conflicto que no llegó hasta aquellos extremos, pero tal vez pudo. Es decir, me pareció una advertencia para los idealistas justicieros del mundo, aquellos que apoyan todas las formas de lucha desde sus iPhones. Me parece incluso que sería una buena lectura para el colegio, si es que aún leen novelas.

(Si alguno queda con ganas de leerlo, tal vez enriquezca la experiencia leer este obituario del general Emeka Ojukwu, máximo gobernador de Biafra, que en parte explica como se perdió aquel millón de vidas a la testarudez de sus líderes)

Open City—Teju Colé

El segundo libro llegó a mí por la trivialidad de las listas de "mejores vendidos", y por la extraña naturaleza de las reseñas que este ha recibido. El New Yorker o el Economist, elogian la obra pero a la vez no es tan claro que es lo magnífico. El lenguaje, sí, pero de resto la historia no dice nada: un psiquiatra, mitad nigeriano mitad alemán, que camina por Nueva York y habla de lo que se ocurre.

Mientras escribo la reseña, no dejo de pensar en que de no ser por la coyuntura, jamás hubiese leído un libro con tal descripción. De verdad que es una sensación extraña la que dejan cada uno de los capítulos de Open City. Después de alguno de ellos, me quedé en la cama pensando que tal vez algo similar pensaron de Proust sus contemporáneos. Sólo he podido con la mitad del primer tomo de En busca del tiempo perdido, pero Teju Colé me hace pensar que el problema de la divagación es estar lejos de lo que mueve al autor. Me parece semejante la forma en la que ambos se dejan llevar por la sin-historia de sus reflexiones, sus paseos físicos y mentales, las páginas y páginas que se pueden seguir a un detalle que parecía superfluo. Pero mientras lo de Proust es soso a más no poder, las ciudades de Colé son muy de todos nosotros.

Podrá sonar a sacrilegio comparar a Colé con Proust, pero las reseñas lo ponen a la altura de escritores como Gustave Flaubert—de quién no he leído nada, pero supongo que no es muy lejano ¿o me equivoco? La prosa del libro está elaborada con esmero, los adjetivos parecen estar en su sitio, sin que se encuentre tan siquiera uno de más. Las caminatas fluyen como fluye la mente del lector, lo que recuerda que leer es pasear. A veces el movimiento, la calle, el ruido lo es todo, pero un minuto más allá se pierde uno en cavilaciones, algunas veces vanas, otras tantas trascendentales.

No sin ironía, Open City fue todo lo que esperaba de Medio Sol Amarillo: una compleja introspección en la multiplicidad de identidades de un personaje para quien el color de piel es un factor. Pronto el autor logra disipar la importancia de su raza, en un prisma de vivencias y anécdotas bien lejos de la convención: minuciosas observaciones sobre arte, arquitectura, música clásica, por ejemplo. Dala impresión de que los caminantes de las ciudades somos una clase estándar de humano. Así que cuando la raza resurge como algo relevante, resulta que la cosa no es con los negros, sino con todos nosotros. Incluso, en un aparte mientras el personaje principal dialoga con el ilustrado magrebí encargado de un café internet en Bruselas, el autor reflexiona sobre la maldición de un árabe intentando escribir como occidental en Europa. Un elegante artilugio del autor para reflexionar sobre su propia condición— o por lo menos eso me parece a mí.

Para los que aún no se convencen, sepan que el libro tiene su pequeña zancadilla hacia el final. No es para nada un hilo conductor, pero que el libro tenga una pequeña historia de más de un capítulo le dio contentillo al psico-rígido interior.

Los escritores de reseñas dicen que la traducción del texto será una proeza. Vale la pena el esfuerzo.


martes, enero 03, 2012

Año nuevo, vida nueva


Que en el 2012 el balance de alegrías y adversidades esté a su favor.

Perseverancia y fortuna.


viernes, diciembre 23, 2011

El Catador de Embutidos

Segundo tomo de la pentalogía de la incompletud

(hoja rasgada por la mitad, numerada con un tres)

...para siempre perdida. Quizás

domingo, agosto 21, 2011

Teoría general de las energías

En busca del consentimiento divino en forma de viento, Templo Jingu en Ise, Prefectura Mie

La sabiduría popular dice que uno debe reservarse de celebrar los buenos pronósticos hasta que se hagan realidad. ¿Puede haber algo más difícil? No creo ser el único que habrá experimentado esas ganas de compartir aquella alegría que tal vez será, de pensar en voz alta acerca de las posibilidades que parece traer el destino cuando esta de humor. Las noticias no dejan de rebotar entre sien y sien, y es imposible pensar en otro tema de conversación.

Pero la sensatez de los siglos y siglos dice que no, que hay que aguantarse. No ensilles antes de traer las bestias, recalcan algunos. Otros traen a colación la historia de aquel soberano romano, quien en medio de todas sus riquezas no se consideraba feliz. ¿La razón? No se puede cantar victoria hasta que se muere. Siempre existe la posibilidad de que la vida se guarde una última curva por la que nos iremos al abismo; las tragedias aguardan en cada esquina, y para sufrirlas no hay sino que estar vivo.

La formula más "académica" en que se expresa esta creencia es quizá aquella que aduce la disipación de las energías. Cuando uno recibe la noticia, toda la potencia de que las posibilidades se concreten se aglutinan en nuestro pecho, y de canalizar esta energía depende que la suerte se apiade cuando llegue el momento. Ir contando por ahí las posibles buenas nuevas es dispersar esta energía, mezclarla con los pensamientos impuros de otros, incluso generar un ambiente adverso hecho de las envidias que salpullen hasta en los corazones menos esperados—porque así somos lo humanos.

Cerrar el pico se vuelve entonces la prueba de fuego con la que se le mostrará al destino que uno es digno de sus dones. Parece sencillo, pero todo esa energía hace de los actos más naturales una proeza hercúlea, como pedirle a Orfeo que no mire hacia atrás en su camino fuera del inframundo. ¿Es esto suficiente para triunfar en la vida? Seguro que no, pero no seguir los principios de los antiguos es suficiente para sentirse culpable del resultado de la historia, así la revisión racional de todos los hechos nos haga pasar por orates.

Ahora bien, ¿y qué pasa en los casos en que los buenos presagios son todo por lo cual uno podrá ser feliz? Hay un comercial de alguna lotería japonesa que promociona no la dicha de los futuros multimillonarios, sino la felicidad habitual que le trae a las personas que la compran; ese galope de corazón que trae una esperanza. Dada las bajas probabilidades del asunto ¿hace alguna diferencia que uno le cuente al mundo que compró la lotería? ¿Necesitamos de una mejor teoría general de las energías para sobrellevar la menuda incertidumbre de nuestras vidas?

En todo caso, es de oráculos expresarse con palabras veladas, así como es ingenuo suponer que el destino no entiende que la entrada teórica en un blog cualquiera es un intento solapado de hacerle trampa.

miércoles, julio 27, 2011

Paraíso Reggeton

(Varios sucesos de esta semana me han hecho recordar este cuento que escribí hace más de siete años. Lo subo a la propia nubecita antes de que se refunda)


“Es chévere ser el mejor, pero es mejor ser chévere”

Héctor Lavoe


El Chamo asegura el amplificador a la parrilla de su ninja, enciende y arranca endemoniado. En un minuto ya está en la carretera, subiendo la loma. A pesar de la velocidad el aire está caliente, lleno de tierra seca y sal marina. Se va formando a su espalda el remedo de ciudad en la madrugada. El Rodadero es un poco de luces y bulla, una discoteca que tiene al mar de accesorio para cuando la montonera se emborracha o se arrecha. Por él, que se levantara una ola gigante y se tragara a ese burdel de mierda.

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El Chamo García vivía en el cuarto pequeño de una pensión en María Cacho, un barrio al occidente de Santa Marta. El abanico que venía con la habitación funcionaba y el baño estaba al final del corredor, como a dos puertas. Aunque tenía derecho a un cajón en la cocina, no lo usaba; en su lugar se robaba un espacio en la nevera, que no era comunal sino de su vecino del lado, el Joe, para guardar una botella de whiskey y una jarra de agua. El Joe (que el Chamo pronunciaba Jou, como le había escuchado a un gringo) al comienzo se emputaba, pero con el tiempo había terminado por ignorarlo. Sin embargo, jamás le dio su consentimiento. “Ese se guarda motivos para mandarme a comer mierda cuando se le de la gana”, decía el Chamo siempre que se acordaba del asunto.


Era sábado. Con un cruel mediodía de julio encima, no sabía si el dolor de cabeza era por el calor, la dormidera o puro guayabo. Apenas sintió algo de fuerzas se paró por un vaso de agua. En la cocina estaba el Joe, hombre juicioso, pescador de oficio, siervo de Cristo, almorzando lo que dejó para sí de la atarraya de la mañana.


- Entonce Joe, ¿harto pescado?- dijo con naturalidad el Chamo, sacando la jarra de agua de la nevera. El Joe levantó la mirada del plato e hizo esa mueca que no era ni una sonrisa prepotente, ni una cínica desaprobación, sino algo intermedio, la cara que el Chamo imaginaba hacían los curas del otro lado del confesionario.

- Gracias al señor - la cara se fue desarrugando, los ojos reaparecieron y siguió con su pescado.


El Chamo sintió que no iba a ser capaz de retener lo que llevaba en el estómago, así que se bebió a fondo la jarra entera, dejando que un poco resbalara, escurriera por su cuello, su camiseta manga sisa, los boxers, y terminara encharcando el piso.


- ¡No Chamo! Tiene que limpia,

- Fresco Joe que yo ahora limpio- dejó que el agua calmara el caos en su panza y pasó el pie por el charco para esparcirlo. El Joe, intentado contenerse, se concentró en su almuerzo – Y qué viejo Joe ¿Qué va hacer hoy? Vamo a la Escollera que hoy me presento.


Antes de contestar pasó con tranquilidad el bocado, tomo un sorbo de jugo de mango, tras lo que procedió a hacer de nuevo su cara:- Gracia, Chamo, pero tu sabe que yo no tomo, no bailo, y no me gusta esa carajada de música demoníaca.

- Pero ¿cuál demoníaca?

- Ese ritmo del infierno sólo incita a la lascivia, al morbo, al pecado de la carne.

- ¿Cuál infierno? ¿Pero de qué me habla mi Joe? ¿Me va a decir tú a mí que no hay algo má natural que querer tener a la hembrita bien pegadito, bien rico?

- Pero no a la primera que se te pasa por el frente. ¡Y no te la va a dar tú de santo! Yo te he visto Chamo en… ¿cómo e que le llaman? Ah sí, en el perreo, con una y con otra. Y no sólo e eso, ese ritmo embruja la gente, la vuelve lujuriosa y puerca, y despué ya no hay arrepentimiento que valga.

- Joe, eso lo que es e ¡pura sabrosura! Lo que te pasa e que te falta una buena hembra que te la mueva, ¡no joda!, verá como te cambia esa cara; ya parece un viejo de 60 año.

- ¡A mi no me hace falta que me la mueva nadie! –se paró de la mesa y se llevó los platos al fregadero para lavarlos- Es precisamente eso Chamo, no e sino ponerse a escuchar esa música tuya, y ya no puede uno dejar de menearse, como se debe menear el mismísimo Lucifer.

- Te a puesto que a Cristo también le gustaba el meneo- el Chamo se tomó el cuncho de agua en la jarra y la puso a llenar de nuevo, evitando que el Joe siguiera lavando –¿y sabe una cosa?- puso tono reverencial y le dijo al oído- te juro por lo que má quiera, por tu señor que también e el mío pero má chévere porque, ajá, e el mío, que un día te va a cantar a travé de mi labios y va a tener que reconocerlo, porque lo mío e pura sabrosura divina.

- ¡No joda Chamo!- sacó un brazo y lo empujó fuerte- Que lo que tú eres e un demonio, y el día que mi Señor se ponga en tu boca te va e a callar.


El Chamo se carcajeo con sorna. Guardó de nuevo la jarra en la nevera y se fue para su cuarto.

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La Mona, que parecía no existir a la espalda del Chamo, se decide a agarrarlo por la cintura para no caerse. Él ni se mosquea. Llegan a la cima y aparece la ciudad: menos hipócrita y superficial, pero no por eso menos animada. Bajando se ve el morro rodeado de mar y un barco anclado. “Eso,” piensa la Mona “un barco pa’ largarme de una buena vez. Me destierro yo sola ¿Quién quiere esta vida de mierda? ¡Qué se joda el Chamo! ¡Qué se joda mi familia! ¡Qué se jodan! Me largo en un barco, ayudo en la cocina y se lo doy al capitán. Igual, pa’ nada má me ha buscado un hombre. Me largo con mi capitán y no vuelven a saber de mí.” El Chamo acelera y la Mona, de puro instinto, lo termina de abrazar.

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Plantada junto al Rodrigo del malecón, la Mona chupaba raspado y miraba al mar. El Chamo pitó dos veces, ella lo reconoció y fue hacia él. Su pelo dorado jugaba con el sol del atardecer, uniéndola al paisaje. Vestía un top y una faldita, verdaderos responsables de contener toda esa voluptuosidad que la ropa interior si acaso tapaba. Le dio un beso al Chamo y se encaramó a su espalda, entre el amplificador y él, sin el más mínimo pudor por lo que se le pudiera ver.

- ¿A dónde vamo, mami?

- De concierto- contestó la Mona sin dudarlo. El Chamo arrancó rumbo a su casa.


Estacionó la moto en la pensión, se metieron al cuarto y echaron llave.


La Mona se fue bajando los cuquitos sin quitarse la falda y se dejó caer de espaldas en la cama. El Chamo ya se le iba a echar encima cuando ella lo repelió con las piernas:

- ¡Ah - ah! Así no -entonces el Chamo se desvistió, tomó a la Mona por los pies y se empezó a acercar.


Escúchame mami,

Que te vo’ a dar tu merecido


TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa

TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa


Encontré a mi mami un atardecera,

ella ya sabía que venía a querela,

moviendo su cosita se me acercó,

me dijo: papi, papi, quiero tu cuerpó.


La llevé para la pieza y la quise amar,

pero mi mami quería antes oírme cantar,

yo le digo: mami, mami, no sea mala conmigo,

ábreme las piernas que hoy vengo decidido


TU

lo sabe mami que hoy vengo decidido.


Muerde la almohada,

viene la marea,

ya no lo resistes,

mira como se menea.


La Mona se retuerce

El Chamo se estremece

El Chamo te lo dijo

Y te dio tu merecido


TU

lo sabía mami que venía decidido.

TU

lo sabía mami, ese fue tu merecido.

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Después de la loma van apareciendo casas y casas. En una que otra se ven tipos bien acomodados en sus mecedoras tomando ron con los amigos, equipos a todo volumen, todos muertos de risa. El odio del Chamo ya no tiene limites. “Todos se pueden ir a la mismísima…”. Deja la avenida y se mete entre calles, pero no le da resultado. Al parecer, Santa Marta entera se le estaba burlando en la cara.

____________________________


Cerró la puerta con seguro y se apoderó del baño, que al Chamo se le hacía que era un soberbio camerino. Se detuvo sorprendido al ver el tipo que tenía en frente. “No joda, Chamo, lo vamo acabar”. Su pelo, perfectamente engominado, parecía querer escapar de la cabeza para tapar su rostro. Su camisa de rayas oblicuas se abría casi hasta el abdomen, revelando ese jugoso y lampiño trozo de man que era el Chamo, bestia bronceada, canela lujurioso. El pantalón se le ceñía con lascivia a las piernas y al bulto; remataban el atuendo unas sandalias tejidas, de esas de la Sierra. “No joda Chamo, tú lo que eres e un ángel obsceno, un cupido del sexo”.


Se echó unas gotas de agua en la cara, para que pareciera que ya empezaba a sudar, y salió del baño. Lo esperaban el Pete y el Migue, sus compañeros de grupo. Ellos estaban de negro y el Chamo de blanco, listos para el show. Se fueron caminando entre el tumulto a la tarima. El Chamo podía sentir como iba en cámara lenta mientras la gente lo deseaba sin saberlo, del puro feeling de tenerlo cerca.


Antes de subir se les acercó un camaján de dos metros, gafas oscuras, ropa elegante.

- Chamo, te tengo una razón de Don Rafa.

- Claro, como no, ¿qué será?- Don Rafa era un traqueto de la región, conocido y respetado por el empuje y progreso que llevaba por donde iba. Siempre que le salía bien un negocio armaba unos parrandones del carajo, una semana de sólo música, trago y putas. En una de esas conoció al Chamo, y de ahí no dejó de contratarlo cuando se quedaba en el Rodadero.

- Te manda a decir que tiene una lunita de miel esta noche, que tú sabes, en su apartamento, en dos horas.

- Dile que con mucho gusto, que allá no vemo- Don Rafa descubrió el particular poder de la música del Chamo en una de esas celebraciones, así que también lo tenía reservado para otras ocasiones, en las que les terminaba yendo mejor a los dos, por lo que el Chamo se animó.


Se despidieron y siguieron su camino. Arriba tomaron sus puestos y el Máni, su DJ, respondió desde la consola con una descarga tremenda. Lleno de ilusión con todo lo que le esperaba, el Chamo se sintió inspirado.


¡Mi gente!

Te lo voy a decir una sola vez,

y ya no va’ a poder dejar de perrear.


Mi táctica

¡Mi táctica!

E mirarte despacito pa’ que no te me acobarde

calentarte suavecito pa’ que no te de calambre

quererte y aprenderte pa’ que nunca te me espante


Mi táctica

¡Mi táctica!

Es hacerte sentir como mujer ninguna,

que cuando te levante te duela hasta la nuca

que me busque no me encuentre y toqué pedir ayuda


Mi táctica

¡Mi táctica!

Que e mi estrategia, te la dejo con cariño

decirte mil palabra pa’ tenerte a mi ladito

y luego al fin diga: I need you, papi, I need you.

____________________________


- Toma, mami.

- Gracia papi ¿pitillos?

- Acá tienes.

- ¡Está delicioso!

- Como te venía contando. Me bajé entonce de la tarima y se me acercan esa do viejas. Yo pensé que eran gringas porque eran alta, flaca y monas; pero cuando me llamaron que dizque tío, pue yo ya supe.

- ¿Y qué querían?

- Primero me pidieron que le enseñara a bailar, que ella querían saber como era que se hacía pa’ moverse así y yo ahí, ajá, chévere. Me la lleve pa’ la pista y le enseñé uno pasos. Eso sí, al principio me tocó arrimarselo pa’ que cogieran el ritmo, pero ya despué no podían parar.

- ¿Ah sí?

- No te moleste, mami, que fue con la mejor intención patriótica.

- Ajá.

- El caso e que empezaron a pasar trago la españoleta esa y a calentarse. Ahí fue cuando una me preguntó que si le mostraba lo que era el perreo. Yo me le puse serio y le dije “el perreo no e cosa de broma, puede que despué de saberlo no quiera salir de aquí, que quedes atrapada” Ella se rió y me dijo que no le importaba. Entonce me la llevé y le mostré.

- ¡No Chamo! Ya me cansé tu siempre la misma pendejada, no puede ver una falda porque sale babiando detrá.

- Pero si no pasó nada mami, lo único que hice fue decirlo que e el perreo.

- Ese cuentico…

- Te lo juro.

- A ver, ¿qué le dijiste?

- Pue nada, mami, que esa cosa e algo metafísico, mami, algo de espíritu. Que empieza con el ritmo, el corazón se calienta y parece que estuviera montando burro…

- ¿¿Burro?? ¿Tas loco?

- ¿Tú te imagina un perro cuando hacemo un perreo bien chévere? ¿Tú siente un perro? No joda, mami, si acaso diciendo burro me entendió un poquito de lo que le estaba explicando. Luego de lo del burro, le dije que tenía que abrí los ojo y ver a su papi al frente y darse cuenta pa’ donde iba todo ese cuento del burro. Entonce ambo saben lo que sienten pero no como hacerse entendé, y empieza uno a menearlo de una forma y el otro de otra, y se sienten frustrado y se buscan má, pero tampoco y ¿entonce qué? Pue se acercan má, cierran los ojo y se concentran en el burro y de nuevo se buscan, se aprietan, se sueltan, y le meten má flow al asunto, y se provocan, se azotan, se devoran... Pero se acaba la canción y se da cuenta de que sólo pasó en su cabeza.

- Ya, ya, ya, y se supone que yo me quedo como una imbécil, convencida de que tú ere un santo.

- Pero Monita, si eso fue lo que pasó ¿Qué quiere que te diga? ¿Qué me comí a la españoleta esa? Te lo juro por lo nuestro que e sagrado que yo no la he vuelto a embarrar.

- Tú lo que ere e un sinvergüenza degenerado, bueno pa na.

- ¡No seas tan complicada, mujer…! ¡Mujer, no te vayas!

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Cuando los gemidos cesaron, el grupo dejó de cantar. Una espinita se alojaba en la cabeza del Chamo, y empezaba a darle mal genio.

- ¿Qué hacemo, Chamo? –murmuro el Pete. Detrás de la cortina que dividía el cuarto del Penthouse se escuchaba movimiento. El Chamo les hizo señas de que empacaran y dijo fuerte:

- Bueno Don Rafa, nosotro no vamo.


Se corrió la división y apareció el mulato gigante en calzoncillos, con un fajo de billetes en la mano.

- Gracias muchachos. Cualquier cosa los llamo de nuevo- les dio la mano, les entregó la plata y se fue para el baño -¡Ah! Háganme el favor y me dejan a esa vieja en Santa Marta.


Don Rafa cerró la puerta y se oyó la ducha. A Pete y a Migue esa cosa ya les olía mal, habían sentido una sospecha creciendo en el Chamo al escuchar los gemidos, así que cogieron sus equipos como pudieron y se fueron.

- Suerte, Chamo. No vemo mañana en playa.


Él ni se volteó. Se acercó a la cama y el contorno fantasma bajo la sábana fue apareciendo hasta que ya no lo pudo negar.

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Apaga la moto y la mete empujada. La Mona mantiene la cabeza baja y lo sigue. El Chamo lleva el amplificador consigo. Se detiene en la cocina, saca su jarra, la bota en el fregadero, y se lleva su whiskey. La Mona se adelanta hasta la puerta de la pieza, la abre y espera en el umbral a que el Chamo la ponga dónde quiera. Pero él no se acerca. Busca por el corredor una toma para su aparato y alista todo. La Mona, inmóvil.


- Sónido -ajusta el volumen y apaga el micrófono. Baja un sorbo grande de su botella. Camina hasta la Mona, la toma por el antebrazo y la arrastra por el corredor. Ella, resignada, ni se inmuta cuando la mete de un empujón dentro de un cuarto y la encierra.


Check it out Joe,

que así e como comienza.


Era de madrugada,

las estrellas brillaban,

entonce la Mona

se metió entre tu cama.


Llevaba en su cara un poco de tristeza,

pero con ese cuerpo a nadie le interesa.

Check it out Joe, de lo pies a la cabeza.

Check it out Joe, que así e como comienza.


Su cuerpo se desnuda,

te amarra a su cintura,

y te dice al oído

“al que madruga Dios le ayuda.”


Check it out Joe, que del cielo te saludan.

Check it out Joe, que de milagros no se duda.


Siente su fuego,

siente su calor,

no retroceda

ella e pura vibración

vibración vibración

pura vibración

vibración

vibración

vibración.


Joe,

Esto te lo trae el Chamo pa’ que lo bailes pa’ que lo cantes pa’ que lo goce…

Tú sabes quien e…


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que no se pare hasta mañana.


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que si no para no se calla.


Check it out Joe, que ella e pura alimaña.

Check it out Joe, que si no hay plata no se amaña.


Check it out Joe, que así e como esto se acaba.

Check it out Joe, que así e como todo acaba.


De una patada deja sus equipos esparcidos por el corredor. Sólo lleva consigo su botella a través del corrillo de vecinos que lo veían cantarle a la puerta del Joe, sin siquiera intuir lo que estaba pasando. Se toma otro sorbo, se acomoda en su ninja, más liviana que nunca, y la enciende.

- ¡Y ahí tiene su puta nevera pa’ que se la meta por donde le quepa!- sale rugiendo fuera de la pensión, sin cerrar la puerta.