martes, abril 30, 2013

Luto

 
Esta entrada llega casi dos meses tarde, no sin vergüenza. El 28 de febrero salí de Kyoto a Fukushima para pasar un par de semanas en la zona de desastre y ver como seguían evolucionando las cosas. El plan era llegar a Minami Soma y dar una vuelta por la antigua zona evacuada alrededor de los reactores nucleares, luego subir a donde unos amigos en Tome, Miyagi, pasar el fin de semana de voluntario en Ofunato, Iwate, y luego visitar Sendai hasta el 11 de marzo. Además de recolectar testimonios adicionales para la investigación, llevaba el firme propósito de escribir una entrada para la fecha, en la cual se viera reflejado todo el trabajo y reflexión de estos dos años.

Suele pasar que las grandes expectativas terminan en frustración. La magnitud de la tragedia y el caos de sentimientos que aún se siente después del triple desastre desafían el poder de lo que las palabras pueden decir. Es tan contundente esta sensación, que me parecía imposible que algo pudiese ser dicho sin perturbar la memoria de los muertos y desaparecidos, sin ofender a sus seres queridos y a los que aún sufren. El silencio parecía más delicado, más diciente, pero es difícil de imaginar que el mundo calle por más de un minuto. Quedaba entonces escuchar, ver, leer lo que los demás tenían que decir.

Dos detalles me llamaron la atención. Primero, el afán de llamar al público a no olvidar la tragedia. Esto tiene múltiples intenciones, todas buenas: insta a los políticos a darle prioridad a las tareas de reconstrucción; así mismo motiva al público y al sector privado a apoyar el proceso y las iniciativas locales para reinventar las áreas afectadas; además, el miedo a otra tragedia semejante se supone que persuade a la gente de prepararse mejor antes de que sea tarde.

No obstante, este no es un mensaje para las personas que viven en Fukushima, o en las costas de Miyagi e Iwate, para quienes perdieron a alguien o fueron desplazados de sus pueblos, tal vez de por vida. Es odioso encontrarse con esta petición contra el olvido mientras se está en un hogar temporal, evitando tocar las paredes del container por lo frías que se ponen en invierno, hablando pasito para que no escuchen los vecinos.

Sin duda son más los que necesitan ser recordados, y puede uno hacerse el de la vista gorda cada vez que se repite el llamada. Aún así, parece imposible de creer que la fecha en sí no sea suficiente para que recordar la tragedia. Si la gente necesita ser advertida contra el olvido, los otros 364 días parecen más apropiados.

El otro detalle provino de adentro. El deseo de escribir algo más trascendental me obligó a cuestionarme el cariz de cada una de las palabras que se usaban para anunciar el evento. Una barrera infranqueable apareció desde el comienzo: tan odioso como pedir que no olvidaran la tragedia parecía aquello de llamar a la fecha un aniversario.

En español, aniversario tiene un significado en apariencia neutro, mero indicador de años, pero su uso tiende a lo positivo. ¿Qué opinan? Tal vez sea porque los aniversarios se celebren y, como decían los Cadilacs, no hay nada que celebrar.

Por esos mismos días se cumplían diez años de la invasión estadounidense a Iraq, y el New York Times titulaba "10 años después, un aniversario que muchos iraquíes preferirían ignorar". Los elementos se repiten ante la tragedia: recordar/olvidar, celebrar/ignorar. Cabe entonces preguntarse si la falta de una palabra menos ambigua, que refleje la tristeza y el dolor que no desaparece, hace parte del problema de enfrentarse al pasado sin que la lengua traicione al corazón.

En japonés, la ceremonia del 11 a las 2:46 fue presentada como 追悼 (tsuitou), que traduce luto, o en inglés "memorial", pero esta palabra tampoco parece traducir bien al español: es homenaje, que vuelve y choca con el sentido de la fecha, o "en memoria", pero este no es sustantivo entonces tampoco sirve. La idea del luto es la que parece acercarse más a lo que ni se olvida ni se celebra. Con luto puedo uno acercarse a los sobrevivientes y escuchar sus dichas y el eco de sus penurias sin ser condescendiente, sin obligarlos a sonreír para que los voluntarios se sientan satisfechos de su buena labor.

Tal vez en la cultura católica el luto sea más famoso por ser un yugo impuesto a las viudas para que guarden compostura, un formalismo que se purga para volver a la normalidad, y por tanto un recurso finito para lidiar con la irreversibilidad de la muerte. Esta paradoja tiene menos sentido a la luz de la catástrofe, desnuda una batalla perdida contra la nimiedad de la existencia humana. El luto que sigue a la tragedia nunca se acaba, es una conversación que se mantiene ahí presente, y tiene todo el sentido.

Exacto. Una conversación, aunque tarde un año por cada palabra.

sábado, marzo 09, 2013

Descifrar la ciudad


Miguel (@juglardelzipa) escribió un post la semana pasada sobre la inseguridad en Bogotá, ante la popularidad de un trino suyo muy atinado sobre lo malo que es vivir con medio en la ciudad y, sobre todo, a la ciudad. Comparto el mensaje práctico y apoyo el llamado que hace a usar la ciudad sin miedo. Nada más triste que no poder andar por su hogar a gusto, que se vuelva un lugar inhóspito donde las horas permanecidas se le resten a la calidad de vida de sus habitantes. 

Además, no está de más recordar que la capacidad mental de los humanos es limitada y valiosa. Todo el esfuerzo que se le pone a la protección personal es esfuerzo que no se le está poniendo a otras cuestiones mucho más trascendentales. Esa sea quizá otra forma en que la inseguridad se retro-alimenta: exige gastar tiempo pensando en como defenderse, el cual se le resta a indagar sobre la naturaleza de la amenaza—o sobre la improcedencia de la medida de seguridad existente, cómo bien observa Miguel. 

En octubre pasado conocí un investigador español en temas de construcción de la paz que me hizo un comentario al respecto. Había hecho trabajo de campo en Colombia, viviendo en Bogotá por un tiempo, el cual pasó sin mayores sobresaltos. Sin embargo, ahora que buscaba nuevos rumbos laborales, volver al país no le atraía para nada: aunque nunca lo robaron, encontraba opresivo que todo el mundo le dijera que tuviera cuidado, que tuviera que estar en alerta permanente. En Japón, los extranjeros no caucásicos nos acostumbramos a que la gente se asuste de nosotros; pero ahora que estuve en Colombia sentí como hace rato no sentía que también yo debía asustarme del otro. Y sí, es una característica de la sociedad que pesa cuando se considera volver o no al país. 

Ni al español ni a mí se nos ocurrieron entonces soluciones prácticas para cambiar esta mentalidad. El círculo vicioso del “miedo al crimen” es uno bien reconocido, sobre el que existe todo una sub-disciplina académica, a pesar de la cual aún hay mucho por hacer. La invitación de Miguel es valiosa pero es incierto cuanta gente pueda ser convencida de esta manera. Yendo y viniendo en el Transmilenio el mes pasado, pensaba que una estrategia con mejores prospectos es convencerlos de hacerle “free rider” al miedo de todos. Es decir, venderles la idea de que la gente alrededor se cuida tanto que uno puede no cuidarse y aún estar protegido por los ojos alerta de los conciudadanos. Tal vez sea un pajazo mental, pero puede ser un primer paso.

Otra invitación que se me ocurre es a tomarse el problema con espíritu científico. Para aquellos que les interesa el tema y están a tiempo de hacerlo, experimentar y publicar sobre el crimen en la ciudad es una tarea pendiente. Las últimas dos visitas a Bogotá he pasado bastante tiempo en las librerías buscando literatura local sobre seguridad y es un poco desesperanzador lo poco que se encuentra. Lo que hay viene regularmente del derecho—lo que refuerza la queja de Miguel—y carece de robustez y detalle estadístico y casuístico. Con toda la importancia que le dan al crimen los bogotanos, es increíble encontrar tan poca literatura al respecto.

Dicha búsqueda necesita un montón de trabajo micro y puede representar riesgos para el investigador, pero creo que la ciudad lo valen. Habría que ir personalmente a medir, lo que supone exponerse al crimen. Pero otros profesionales como los médicos corren esos riesgos todo el tiempo y es precisamente por ello que son apreciados. Las visitas de Miguel a Guadalupe podrían convertirse en una tesis sobre percepción, realidad y recuperación de la ciudad. A la medida que se sumen resultados, es difícil creer que crezca el interés y fluya el apoyo público y privado—no por nada, las encuestas de victimización las apoya la Cámara de Comercio.

Para poner un ejemplo, hace unos años salió en el Tiempo un artículo sobre la efectividad de los agentes de tránsito en ciertas esquinas de Bogotá. El trabajo consistió en analizar muchas horas de video y ver los efectos de la presencia de la policía. En esa oportunidad, busqué al autor de la columna, un profesor de los Andes que conocía porque trabajaba en contaminación del aire, y él me contactó con un estudiante de pregrado que desarrolló el estudio. El estudiante me contó sobre su curiosidad sobre el tema y como los medios y la misma policía lo buscaron para conocer la investigación a fondo. Con todo lo valioso, parece que el esfuerzo del hombre fue una rueda suelta en la torre de marfil.

Ojalá pronto se le ponga remedio a este vacío mientras que la gente disfruta más de su ciudad.

sábado, febrero 02, 2013

Oportunidades perdidas



Hace una semana Kensuke empezó a montarse solo en su carro de Anpanman. Antes no alcanzaban los pies al piso para impulsarse bien, ni sabía como pasar la pierna al otro lado del asiento sin caerse. Luego un día logró hacer la gracia ayudado de las barras del espaldar, sólo que quedó sentado al revés. Esto no fue mayor tragedia, porque la silla se puede levantar para guardar cosas debajo, así que aprovechó para ir por ahí atesorando bolsas y medias de papá. Luego ya pudo hacerlo de frente, tomar el volante, mover la palanca. Cómo no tenemos carro y casi nunca montamos, creo que por ahora las direccionales no le hacen gracia; y cómo en este país casi nunca se escucha pitar, tampoco el claxon debe tener mayor sentido. Por ahora no se impulsa mucho, pero ya vendrán las carreras y los accidentes. 

Hubo, sin embargo, una reacción al descubrimiento que no me esperaba. Tan pronto entendió que el carro de Anpanman era para ir encima, pasó un tiempo tratando de montarse en su camioncito blanco. Le metía un pie y trataba de sentarse. Le metía el otro y trataba otra vez. Se rascaba la cabeza. Le dio mil vueltas y lloró de impaciencia. La mamá le mostró que ella tampoco podía, lo distrajo y ya no ha vuelto a intentarlo. 

¿Será que venimos al mundo programados para la frustración? Mientras lo veía pelear sin sentido contra lo imposible podía oírlo decir ¡Carajo! ¡Los carritos son para montarse y no me había dado cuenta! Ya me hice muy grande para este, que lástima. 

El suceso se repetirá muchas veces más en el futuro y se siente un poco de dolor contemplarlo. Será lo mismo cuando encuentre interesante uno de los libros que deshojó para siempre. Cuando vea en las fotos a un amigo que le caía muy bien pero del que nunca conservó un número telefónico u otra forma de contactarlo. Cuando recuerde a una novia con la que no llegó a casarse. Cuando trabaje y entienda todo lo que debió haber hecho en la universidad pero no hizo. Cuando tenga hijos y los vea intentado subirse a carros que no son para eso, aunque parezcan. Ahí entonces tal vez recapacite y deje de amargarse un poco por las cosas que no fueron porque quizás todo sea una ilusión y la posibilidad en realidad nunca haya existido.

 O tal vez no. Tal vez sea eso lo que hará por siempre tan complejo el volver.

domingo, enero 20, 2013

Disuasión

n-gramas, gracias a @cavorite


La historia del infierno en la tierra se repite con cierta frecuencia. Las cárceles del trópico son unos lugares tenebrosos, hediondos, siempre a punto de salir de control. La dignidad se esfuma, la integridad corre constante peligro. El peso de la ley alcanza su cenit en otro espacio sin ley. Si Dante fuera nuestro contemporáneo, no tendría que usar alegorías para describir  los círculos del averno. 

Ante esta situación denigrante son los defensores de derechos humanos quienes suelen llamar la atención pública. Sin embargo, esta es una causa desagradecida. Defender la dignidad de los criminales de la sociedad estigmatiza a todo aquel que lo intenta. No sólo el público cree que existen ene mil prioridades en que invertir dineros públicos antes que gastárselos en asegurarles mejores condiciones a los presos; sino que también, gracias a la cultura de la amenaza permanente, medidas extremas como la cadena perpetua y la pena capital ganan adeptos. En otras palabras, mejor hacer jabón con ellos, dos pájaros de un tiro. 

Desde los derechos humanos contestan que existe evidencia sobre la poca efectividad de la pena de muerte como disuasivo. Al contrario, la amenaza de muerte puede promover el uso de la violencia por parte de los criminales—en todo caso, van a morir si son aprehendidos. Además, históricamente la prisión nació como resultado de la inversión de papeles detrás de la pena capital: el que protege mata y el que mata es asesinado. 

Esta lógica tiene incluso implicaciones a nivel geo-político, pues varios autores han repetido que pasa lo mismo con las armas nucleares—el disuasivo por excelencia de las relaciones internacionales. Se dice que Japón no se rindió por las bombas sino que fue un pretexto para "salvar cara" ante una confrontación que ya llevaba perdida y que mantenía a punta de mentiras. Es más, hay quienes hablan del "síndrome Hiroshima", no como el miedo a todo lo nuclear, sino como la excusa que ha servido para que la derecha japonesa se victimice a sí misma, haga a un lado las memorias de su carnicería, y emprenda una vez más el camino hacia la guerra. 

Sin embargo, lo que menos se escucha es que se use esta misma lógica sobre la futilidad del castigo aplicada a las cárceles mismas. Si son tan terroríficos estos antros ¿por qué la gente sigue delinquiendo? ¿Les da lo mismo irse al infierno? Puede que al ser tan terribles, su efecto sea similar al de la pena de muerte en la psiquis del criminal, para lo cual sea necesario construir mega-cárceles (que quien las construye sabe no son la solución). Otros dirán que la cárcel tiene un componente de rehabilitación y re-socialización que no tiene que ver con la disuasión, el cual podría ser cierto, aunque la psicología da pistas de que la gente cambia sus conductos por otras vías.

Lo que es más difícil de digerir es que tal vez las cárceles sean menos necesarias de lo que se estima. Economistas sugieren que incrementar el número de policías sería mucho más efectivo que gastarse los billones en prisiones.

La teoría clásica de la disuasión dice que el castigo debe ser cierto, rápido y severo. Los infernales presidios ponen en duda la relevancia del último, mientras que el efecto "policía" no tiene que ver en principio con el castigo (¿o si?). Si disuadir es el objetivo, hay que buscar en otro lado la naturaleza de su ocurrencia.

sábado, enero 05, 2013

Lecturas del 2012


Alguien dijo en septiembre del año recién despachado que cualquier cosa que uno hace dos años seguidos es ya una tradición. Así, aunque el Hermano Cerdo no se haya animado esta temporada a alojar las bitácoras de sus compañeros de viaje, aprovecho el impulso para desempolvar el anaquel y abrir espacio a lo que ha de venir en el 2013.

El 2012 estuvo nutrido de lecturas rápidas, tanto de cuentos como novelas cortas—que vienen a ser como lo mismo. Dentro de los primeros, los dos libros del año fueron igual de buenos, imposibles de comparar. Por un lado terminé de leer la primera colección de Chejov a la que le echo el diente. Todo lo que dicen del ruso es cierto: su escritura es ágil, brillante y acogedora. ¡Que cercanos al corazón se sienten todos esos hombres, mujeres, niños y caballos!! En lo personal, prefiero ediciones con menos información por página, pero igual recomendado.

Catedral de Raymond Carver es otro clásico del cuento que tenía atrasado. La Wikipedia me recuerda que le gustaba a Bolaño, quien lo compara con Chejov, pero no se si fue por él que me enteré primero de su existencia—estoy seguro que Ricardo Silva lo recomendó por twitter. En todo caso, apoteósico. Carver es parco pero vertiginoso. Las historias tienen temas simples y eso las hace más sobrecogedoras. El cuento del niño en coma es escalofriante.

Novelas hubo de todos los sabores. Ya les conté sobre la más poderosa de ellas, así que comento un poco sobre las demás.

Tal vez la que siguió en potencia fue "La Cena" de Koch. Creo que nunca había leído algo que me produjese una nausea profunda. Durante mi primera juventud pasé bastante tiempo buscando esa sensación con cuentos de terror o temas sórdidos—recuerdo un libro de cuentos llamado juventud caníbal, que fue medio decepcionante. En el cine Saló de Pasolini marcó la pauta pero terminó volviéndose un película de la casa. Este libro, en cambio, con un artilugio borgeano, le pone a uno la sangre y la mierda en las manos. El trasfondo del libro es en teoría de mayor interés para los ciudadanos del primer mundo blanco, pero cualquier adicto a la alta tensión lo disfrutará.

Leí dos libros que me regalaron y, como al caballo, no puedo decir sino que gracias, que muy rico. La Historia Sin Fin me pareció chevere. Ya había leído Momo, y en esta el autor llevo la historia a otro nivel. El juego de colores en la tipografía es entretenido, pero la cosa como que se iba alargando con eso de tener tantos capítulos como letras en el abecedario (inglés).

A Delirio me fue difícil cogerle el ritmo y, cuando ya, pues se acabó. Cuando lo comparo con los cañonazos del año, quedo con la impresión de que estoy dejando atrás el gusto por la experimentación y le doy más valor al resultado.

Leí las tres novelas cortas que recomendó Alejandro el año pasado—para que vean que escribir reseñas si sirve. Las tres estuvieron buenas. Tal vez la de los trenes es un poco surrealista, pero cualquiera amerita la hora o dos que puede tomar leerlas.

Al Buda de los Suburbios lo traía desde que llegué por primera vez a Japón. Por alguna razón que no recuerdo lo cogí cuando salí para Indonesia en septiembre y fue un oportuno compañero. Durante el viaje me intoxique con una sopa de chivo y pasé bastante tiempo en el baño pasando sus páginas. La historia tragi-cómica de los inmigrantes indios en Inglaterra era del todo desconocida para mí, y esta fue una buena introducción.

Fue bueno leer de nuevo a Bolaño y recordar que existió y que hizo de las suyas. Creo que no hay mucho más que decir de él.

Javier Marías me pareció algo que recomendarían en el Malpensante, pero llegué a él por recomendación del blog de economía Marginal Revolution. Me pareció medio soso, repetitivo. La trama tiene algunas facetas interesantes, y la historia secundaria del pirómano en el Museo El Prado es divertida.

Cuando tomé la foto para esta entrada y escribí aquello de desempolvar el anaquel, caí en cuenta de lo poco que usé el Kindle para leer literatura en el 2012. En enero leí la novela Open City de Colé, la cual me gustó y reseñé en su momento. Fue curioso encontrársela en la lista del año de Arcadia, porque se había comentado que traducirla sería complicado—me pregunto si alguien de los que pasan por acá la ha leído. Y no fue hasta noviembre/diciembre que volví a usar el Kindle para leer de nuevo a David Mitchell y su Atlas de las Nubes, sobre el cual también ya he hablado.

En cuanto a novelas gráficas, sigo leyendo The Walking Dead, que va y viene. Este año publicaron el número cien, pero se notó que no estaban preparados para hacerlo especial, lo cual es de cierto modo bueno. En el Hermano Cerdo el año pasado alguien recomendó un historia de sirenas de Rumiko Takahashi—la misma de Ranma—y el Informe a Adolfo de Osamu Tezuka—el mismo de Astro-boy. El segundo ya me lo habían recomendado (y regalado), así que aproveche el impulso y, bueno, aguantó. El final se le iba embolatando pero eso le puede pasar a cualquiera. A Rumiko si no me la aguanté sino un tomo; ahí quedan los otros dos... Al señor del baño japonés, que en el 2012 le hicieron película y todo, hay que leerlo con traductor cultural al lado para encontrarle la gracia, así que también se quedó en un tomo.

Creo que eso fue todo. Fue un buen año, pero siento que es hora de echarle de nuevo el diente a novelas más largas. Tengo tres de esas estancadas y puede que les haya llegado su hora. En los intermedios me gustaría descubrir más cuentos, así que recibo recomendaciones.

Les deseo un feliz 2013 lleno de salud, amor y letras (y números también).

domingo, diciembre 09, 2012

Atlas de las Nubes

Amanohashidate, Prefectura de Kioto


David Mitchell ha escrito un libro magnifico. Lo único es que, si me imagino a mí hace ya casi un año pensando en leerlo, no me hubiese gustado toparme con ninguna reseña. Hay experiencias que se disfrutan mucho más cuando no se tiene la menor idea de lo que espera, lo cuál, entre mejor es la obra, se hace más difícil. Pero entonces ¿qué decir? 

Hace un par de semanas visitamos Amanohashidate, una de los tres paisajes más hermosos de Japón, según el poeta Matsuo Basho. Dado que los otros dos son destinos bastante populares, sorprende que el acceso a este sea tan complicado. Tuvimos que rentar un auto y manejar por tres horas hacia el norte, en el mar de Japón. Se puede hacer en tren, pero las conexiones no son tan buenas. La autopista está sin conectar en la mitad, así que toca meterse por un pueblo antes de subirse de nuevo. El lugar no esta debidamente señalizado y nos pasamos de la entrada antes de encontrar un lugar para parquear.

No tenía ni idea de que era Amanohashidate. Itsukushima, en Hiroshima, es famoso por un portal que durante marea alta queda dentro del océano. Matsushima, cerca a Sendai, es una colección de islotes decorados con pinos japoneses, tan propios del ideal tradicional de belleza de estas gentes, mínimo pero trascendental. De Amanohashidate no existe postal que recuerde. Podría haber sido cualquier cosa: una montaña sagrada, una playa de arenas musicales, un bosque de árboles torcidos. Como nubes que cuentan múltiples historias en su hacerse y re-hacerse.

Fue un buen viaje. No hizo falta un mapa porque el camino se fue haciendo evidente a medida que avanzábamos. El paisaje fue hermoso y las historias que vivimos y nos contamos mientras fuimos y volvimos cumplieron su papel de calentar el corazón. ¿Memorable? Sí, pero no de esa manera en que se pega otra monita en el álbum sólo para llenarlo y ostentar con los demás.  El Atlas de las Nubes está lleno de lecciones sobre como mirar el firmamento. 

Cuando Basho vio Matsushima, la inmortalizó en un poema:

¡Matsushima ah!
¡A-ah, Matsushima, ah!
¡Matsushima, ah! 

Aunque fuese la ruina de los escribidores de reseñas, bueno es encontrarse con libros como este. 

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Nota: Este humilde servidor sólo sufrió por un aspecto del libro: el inglés no es del todo amable con los no nativos. Las traducciones deberían de llegar.  
 

lunes, noviembre 19, 2012

Durmientes

La experiencia más intensa de los últimos meses ha sido, sin lugar a dudas, leer a la luz cómplice de la lámpara de la mesita, con mi aún joven mujer tendida al costado, la Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. Nuestra historia, es decir la del libro y yo, es larga y azarosa, llena de meandros y tiempos muertos (o más bien contemplativos), tal vez demasiado íntima, aún así creo que merece ser contada.

Hace doce años dos sucesos sin aparente relación despertaron mi curiosidad por las Bellas Durmientes. Después de alguna de las clases de japonés en la Universidad Nacional, dos compañeros buscaban terceros para zanjar un desacuerdo profundo: lo que uno pensaba era una obra maestra, llena de sensibilidad y ensoñación, para el otro no eran sino las perversiones de un viejo libidinoso. No sabía de la existencia del libro y la descripción que ofrecían no era definitiva: se trataba de un libro sobre un prostíbulo particular, donde viejos seniles podían ir a disfrutar los dones de jóvenes narcotizadas que no les hicieran sentir pena de sus vergüenzas. La discusión tenía un trasfondo sospechoso: quien defendía lo sublime en aquella historia de viejos y putas era una mujer, y quien la vilipendiaba era un hombre. La sola trama del libro no era suficiente para tomar partido pero el morbo y lo particular de la discusión se me quedó grabado.

Con Kawabata vine a intimar por esos mismos días gracias a una bonita edición del País de Nieve que saqué prestada de la biblioteca del papá de un amiga. Aunque estudiábamos la misma carrera, a ella la conocí por un evento en otra universidad, después del cual bailamos toda la noche con una orquesta en el Centro de Convenciones Gonzalo Jimenéz de Quesada. Bebimos y giramos merengues hasta el enajenamiento. Ahora que vivo en un lugar donde no es común bailar en pareja, estremece mucho más de lo normal recordar el efecto que tiene tomar a un otro por la cintura, ajustar a discreción y entrar en ese terreno misterioso de una esfera personal ajena. Mas que el dedo que explota una burbuja de soledad, parece un arponazo que la desgarra.

Luego visité a mi amiga un par de veces en su casa en planes no académicos, donde tomamos cervezas importadas, conocí el eneldo, con el cual se puede preparar pescado, y descubrí a Kawabata. La amistad con ella continuó pero la exploración de la biblioteca tuvo un final precipitado. Un sábado santo mientras charlábamos despreocupados mucho después de la cena, los padres decidieron ir a la vigilia pascual, arrastrando al resto de familia, sólo para zafarse de este tipo tan charlador hasta esas horas de la noche. No hubo otra visita.



País de Nieve sigue siendo el nombre que viene a mi mente cuando alguien pregunta por mi libro favorito—hoy en día algo que pasa mucho menos a menudo porque los adultos son gente hosca que no pregunta trivialidades. La portada de la edición tenía una figura que luego entendí era el peinado de una geisha—al principio creía que era el pétalo de una flor. La firma del papá de mi amiga estaba en la primera página y creo que una fecha, seguramente la de la compra del tomo. Luego la célebre escena del tren saliendo del túnel y entrando en el país de nieve, que corresponde a la parte occidental del noreste de Japón, la que vendría a ser con el correr del tiempo mi segundo hogar. Bastará con decir que la historia del amor imposible de un hombre adinerado y una aprendiz de puta fue otro tipo de arponazo. No hay tiempo para describir la sutiliza con que aquella trampa de sensiblerías en medio de la austeridad de sentimientos que impone una relación comercial va asfixiando al lector en la misma medida en que le complace. El caso es que desde entonces tuve claro que a Kawabata habría que volver.

Sin embargo, pasaron bastantes años antes de que las bellas durmientes cayeran en mis manos. Ese libro se suma a una no tan larga pero angustiosa lista de obras notables que las librerías bogotanas no se dignan (o dignaban, ahora no se) a inventariar. Dentro de mi lista estuvo Un yankee en la corte del rey Arturo, la obra completa de Sherlock Holmes—no las compilaciones arbitrarias que se les da por publicar, sino los volúmenes originales preparados por Sir ACD—y algunas novelas y cuentos de Lovecraft. La entrada más dramática de esa lista fue Las Metamorfosis de Ovidio, ya que por culpa del libro cuasi homónimo de Kafka, pocos libreros lo distinguen de entrada, haciendo de la peregrinación de tienda en tienda una penosa tarea de alfabetización sobre el que es hasta donde entiendo el mejor compendio de mitología griega escrito en aquellos tiempos. Creo que de ahí viene que no me haya nacido leer nada del austriaco.

Cuando dí con el libro entendí la razón de la escasez. Lo pregunté por curiosidad en esa librería pequeña pero fenomenalmente surtida en la 72 con 15, al lado de la siempre deslumbrante y en metástasis Panamericana. El librero no lo tenía en el momento pero lo podía conseguir en un par de días; advirtió, con un énfasis singular, cual era el precio del tomo. Dije que no había problema y me fui incrédulo de que en la ciudad funcionaran esos pactos informales sin dejar ninguna otra garantía  que la palabra. En la fecha indicada, un librito de un poco más de cien páginas, tapa blanda y tipografía inquietantemente grande se me entregó por lo que ahora parecía una fortuna.

Al contrario de lo que se podría esperar, no devoré el libro al instante. Vivir lejos, sin acceso a literatura en español ha hecho que mis visitas a las librerías se hayan convertido en la búsqueda compulsiva de un heroinómano. Así que las bellas durmientes se sumaron a la pila, y ahí se quedó por varios años.

Supongo que la espera también tiene que ver con las intenciones que de cuando en vez me entran de leer autores japoneses en su idioma. Un propósito frustrado hasta ahora, si no contamos la forzada lectura de Kitchen de Yoshimoto Banana, un cuento de Murakami al que no le vi luego sentido, y los mangas que compro cuando vienen recomendados. En últimas, leer en español es más cercano al corazón y si uno no consume lo que producen los traductores no puede esperar que se hagan muchas más y mejores traducciones para que todos podamos disfrutarlas y compartirlas.

Dejar los libros esperando en el estante también proporciona un placer diferente, como el añejar de un vino en la cava de la libido. Esa tal vez esa la principal arma de seducción de las obras de Kawabata, que se concentran en retratar en toda su imperfección lo que va desde las ansias de sensaciones del cliente hasta la nunca satisfactoria concreción del acto. Comprar y leer en el acto es un tipo de onanismo literario, un goce estéril—aunque como goce, merezca su espacio. Sacar el libro de su reposo cuando se está seguro que ha llegado la hora es una apuesta por multiplicar el placer, la cual no siempre sale bien pero vale la pena arriesgar.

Importante anotar que la incompletud que sufren los personajes de Kawabata no tienen que ver con el dinero. Ninguno de ellos tiene problema en pagar por los servicios que se imaginan que quieren, pero no todo es posible porque el corazón es caprichoso y el cuerpo se marchita. Aún así, los clientes vuelven porque ese periodo entre que se adquiere el libro hasta que se le intenta poseer es el que les permite llenarse de ilusión y recordar con mayor vivacidad otros tiempos en los que el placer fue más trascendental—quizá porque en la memoria todas las imperfecciones del hoy se hacen a un lado y se recuerda sólo el orgasmo, pues de lo contrario no se volvería a pasar todo el trabajo para llegar a él. De hecho, el viejo Eguchi se la pasa la mayor parte de su tiempo recordando otras felicidades que las turgencias de las bellas evocan. Con el tiempo, son los recuerdos los verdaderos protagonistas de las nuevas experiencias.

La espera también da tiempo para que el azar aderece la relación con fantasías de confabulaciones del destino. Así es que unos meses atrás leía Corazón tan blanco de Javier Marías, sobre quien creo había escuchado algo pero sólo compré cuando lo recomendaron en Marginal Revolution, un blog de economistas. La contraportada dice algo así como que es el mejor libro escrito en mucho tiempo pero a mí me iba cansando el tono repetitivo con el que el protagonista rumia los detalles de la trama—claro que la historia del pirómano del Museo el Prado es muy buena. En un paseo por Nueva York, mientras el protagonista espera que la amiga donde se está hospedando culmine una relación sexual que ha convenido por correspondencia con un sujeto misterioso, Juan entra a una librería y compra "un libro japonés por el título, House of the Sleeping Beauties se llamaba en inglés, el título no me gustaba pero lo compré por él". Es un detalle intrascendente para la novela, ¿tal vez una carnada para los curiosos? ¿Un elemento simbólico de significación profunda? No creo, con esa presentación tan insustancial. Sin embargo, para mí fue un clic de endorfina que me permitió acabar rápido con aquel drama de chispa retardada y dedicar mis noches a las bellas durmientes.




No fueron muchas las noches que pasé este verano con las vírgenes narcotizadas; suficientes para no olvidarlas, no tantas que hastiasen. Estos y otros recuerdos menos decentes—que aún no estoy tan viejo para contar sin vergüenza—se atropellaron con los del viejo Eguchi y completaron la potente dosis del veneno de Kawabata. La palidez de mi esposa tendida a la luz de la lámpara fue un escenario único para nuestras nostalgias. Eguchi siempre mantiene a su esposa en otra dimensión, de hijos y el hogar, que no se cruza con lo que son las bellas durmientes para él. Tampoco piensa que sea correcto, acepta que es malo en cierta medida, pero es lo que él es.

Me asaltó en algún momento la duda de si las mujeres tienen una oportunidad semejante de conocer el mundo que los hombres conocen a través de los burdeles. Si la compañera que hace años defendía lo sublime del libro llegaría a sentir tan íntimamente lo que Kawabata ponía en la mente del viejo. Esto no es razón de orgullo, por supuesto, pero sí es un mirada distinta a la naturaleza humana, a las fuerzas que siglos de civilización no consiguen doblegar. La duda no duró mucho porque el viejo Eguchi tenía un recuerdo apropiado que la bella de la noche supo evocar: una de sus últimas amantes fue una mujer casada con un extranjero. No me lo tomé a mal, fue más como una advertencia y  un mal agüero. La advertencia queda aquí escrita para que no se pierda entre la multitud de recuerdos, y el agüero se terminó de conjurar en la suerte final del viejo Eguchi, que bien debería leer todo aquel que haya llegado hasta éste, el punto final de la historia de un libro de un poco más de cien páginas.


jueves, agosto 09, 2012

In memoriam


domingo, junio 03, 2012

Far away, far away

Las gentes de nuestros días están acostumbradas a sentir cerca a sus seres queridos, incluso a los conocidos que por los nuevos medios se van haciendo querer. Una vasta infraestructura para el cariño está al alcance de cada vez más humanos. No pasa un día sin hacer pública la existencia, cruzando mensajes con otros a pocos o muchos kilómetros de distancia. Después del imperio del auricular, el reino es compartido ahora por los crípticos mensajes de texto o la más completa experiencia de las video llamadas. Atrás van quedando los viajes demasiado lejos como para no poder dar señales de vida. Las despedidas ya no son lo de antes.

Pero deberían.

El lunes pasado un incendio en un centro comercial de la capital de Catar, Doha, cobró la vida de diecinueve personas, trece de ellas niños.  El fuego afectó una guardería, razón detrás del trágico saldo. La noticia habría pasado inadvertida entre tantos infortunios diarios si una de las trabajadoras muertas no hubiese sido una filipina, quien al verse rodeada por la emergencia llamó a su abuela en Cotabato, pidiendo ayuda, diciendo que se moría. La prensa del país por supuesto cubrió la noticia con detalles, presentando como es costumbre el cuadro del abnegado trabajador filipino que en cualquier rincón del mundo se juega la vida por unos pesos que envía sagradamente a su anhelado hogar en el archipiélago. La historia tiene mucho de cierto, pero me pregunto si este cordón umbilical indestructible no tiene su parte en la tragedia.
 
La ilusión de la cercanía es una trampa de cariño: le da al que se queda un consuelo engañoso y al que se va una carga tal vez demasiado pesada. Por más llamadas y mensajes que se intercambien al día, el que no está sigue ausente en su forma más esencial. No se le puede proteger. Mientras tanto, la constante confirmación de los vínculos filiales dificultan al que se va integrarse a su nuevo ambiente. Esto suena superficial para que ve en ello sólo un aderezo social al objetivo último del eterno retorno. Pero, en últimas, las vidas de todos nosotros dependen en mayor medida de los que nos rodean que de los que nos quieren. El tiempo que se le dedica a unos es tiempo que no se le da a los otros, y el balance correcto nadie lo sabe.

Tal vez no sea el caso, pero aquella última llamada de la niñera filipina en Catar parece ser testimonio de esta trampa de cariño. Puede que todo ya estuviese perdido y que la tecnología le haya brindado la oportunidad de aquel romántico último adiós. Pero no está de más preguntarse si una llamada diferente hubiese podido hacer la diferencia en la adversidad.

jueves, mayo 31, 2012

Indignación

La indignación es la respuesta trivial a la complejidad de la vida. No tiene pierde. Se alimenta de sí misma y no permite dudas. Es categórica. 

La indignación es una respuesta automática del cerebro humano. Así como se retira la mano de una olla hirviendo, la indignación invade cuando se olfatea una injusticia, una arbitrariedad, una falta mayor, dejando el sentimiento en flor. 

La indignación es ISO 9,000, control de calidad de la moral humana. Una vez obtenido el sello, se tiene licencia para ir por la vida sin cuestionarse demasiado. No indignarse es de parias. No indignarse indigna.

La indignación es legión, pero es una legión perezosa. Se satisface al verse reflejada en mil espejos, lo que la convence de que la justicia es inminente—sin importar lo que ello signifique.

La indignación no parece tener reemplazo. Tal vez el miedo, la tristeza o la resignación. Pero ninguno de esos enaltece ni une en la oscuridad social. Suyo es el reino.

sábado, abril 07, 2012

Omelet



Marcela ojeaba detenidamente las páginas de su libro. En su mente recitaba, con el solo paso de la vista, formulas, terapias, procedimientos, medidas, y un sin fin de por menores sobre su oficio, cosas que había aprendido hace ya tiempo. Las páginas estaban llenas de diagramas, fotos, instructivos que Marcela era capaz de dibujar tan sólo con que le dieran el número.

Un par de horas antes, cuando aún el sol no se asomaba, empezó su día: a tientas, se puso las chanclas y se arrastró en la penumbra hasta la puerta contigua. Lo único que se podía oír a esa hora de la madrugada eran los trinos de algunos pajaritos, esos que se huelen que el sol ya sale y se regocijan en las postrimerías de la oscuridad. Con un movimiento mecánico encendió la luz del cuarto de Felipe, su hijo; él gruñó entre las cobijas y Marcela no dudó en repetir lo de cada mañana: “Levántate que se te hace tarde”.

La cafetera había quedado lista desde la noche anterior, sólo bastaba con oprimir un botón. Sacó una fruta de la nevera y la puso en la mesa. Era entonces cuando venía la mejor parte de la mañana, la que develaría el destino del día e iluminaría el futuro, el encuentro matinal con el impulso divino que rige al mundo: siempre revueltos, los huevos.

La mantequilla, en su medida exacta, dispuesta en el sartén antes de comenzar el calentamiento (suave y preciso), inicia una danza sutil a lo largo de la fina capa de teflón, dejando a su paso una estela lípida heterogénea. Esta danza permite vislumbrar en sus contornos el porvenir abiótico: en ella se ven las lluvias, los vientos, las nubes, el sol, incluso grandes sucesos como terremotos, heladas o inundaciones. Marcela recordaba haber presagiado eventos naturales en lugares muy lejanos cuando su magnitud era monumental, como un tsunami en las costas japonesas, o una erupción volcánica en las islas Fiji.

Luego venían los huevos. Dos, tomados al azar de una canastilla que siempre tenía veintitrés, vertidos al tiempo desde cada una de las manos de la médium. Las primeras salpicaduras producidas por el choque de las tres masas en cuestión, los dos huevos y la mantequilla, continuaban el trance vaticinador de la operación completa: su intensidad, la magnitud horizontal y vertical del vuelo de las gotas ardientes, su sobresalto y cantidad, llevaban cifrado el mensaje del sino propio de la vidente. Con una apropiada lectura de estos factores se podían esperar días emocionantes o sosegados; las distintas mediciones revelaban viajes, auguraban visitas sorpresa, la llegada de correspondencia, indicaban de manera precisa el estado de su ciclo menstrual.

Por último, quedaban los huevos en sí. Una vez en el sartén (obviamente inermes, pues sufrir alguna fractura en la caída era una afrenta fatal, que le significaba a la pitonisa ser abandonada de la gracia de los dioses hasta que no redimiera su falta de discreción con un sacrificio personal), era preciso proporcionar una mezcla específica, compuesta de un protocolo propio de movimientos cuidadosos que rompían la uniformidad inicial sin llegar a la otra homogeneidad de las tortillas comunes, en las que un tratamiento exagerado las postra a su vulgar simpleza. Esta mezcla debe ser propinada con una cuchara de palo, treinta centímetros de largo, con terminación en pala plana, sin ningún orificio ni rasgadura, elaborada de un tronco de roble cortado en luna llena por la propia practicante. Los movimientos precisos de la cuchara deben ser acompañados de la adición constante de dos pizcas de sal: factor crucial por el cual la cultista de este arte debe desarrollar una habilidad especial para propinarse, con una sola mano, tal cantidad, evitando discontinuidades en su flujo hacia el sartén. En una época Marcela utilizó la cavidad formada entre sus dedos gordo e índice, pero requería de un recipiente especial para poder sumergir su mano entera en la sal, lo cual había empezado a generar sospechas de los profanos a su oficio (amenaza que también podía costarle para siempre su don), motivo suficiente para desarrollar un doble atropamiento de pizcas entre los pares corazón – índice y gordo – anular. Lograda la adición y mezcla perfecta, sólo se disponen de trece segundos para retener el mensaje oculto en las casi infinitas formas proteicas, blancas y amarillas, fusionadas al instante. Cumplido el tiempo, todo se desvanecía en una solidez inerte, tras la cual los huevos se disponían en el plato y Marcela se sentaba, exhausta, a digerir toda la información.

Eran muchos otros los datos que ella debía tener en cuenta: la hora universal, la intensidad lumínica y sonora de todo el evento, la velocidad y dirección del viento, la fase lunar, las posiciones  planetarias y estelares, la temperatura y la presión ambiente. Todo esto entraba por todos y cada uno de los sensibles poros de Marcela, y se conjugaban en su interior hasta que la certeza iluminaba su razón, de un momento para otro, y la verdad del destino se hacía evidente. Marcela permanecía ensimismada, imperturbable, sentada a la mesa; Felipe, mientras tanto, se comía los huevos.

Acabado el desayuno, Felipe se despidió con un beso en la mejilla y Marcela respondió entre dientes alguna cosa que él no entendió. A ella, esa mañana, no le llegaba la chispa reveladora. Repasó en su mente todos los pasos, estaba segura de haber hecho todo bien. Preocupada, no volvió a descansar a su cama, como era su costumbre, sino que sacó uno de sus libros, esperando que si se abstraía en sus contenidos, llegaría a ella de improviso el gran momento.

En su cuarto empezaron a escucharse pasos apresurados y un refunfuñar: a su marido ya se le había hecho tarde para salir al trabajo. El alboroto la distrajo de su invaluable labor matutina. Calentó el café y se lo entregó a su esposo, que lo esperaba atorado con un pan entero en la boca. Observó con gracia como tragaba y a la vez arreglaba el maletín. Le acomodó el vestido mientras él terminaba de engullir. “Gracias mi amor” dijo él, le dio un beso y salió. En ese instante, con la sola energía sonora de ese beso, se desbordó el torrente onírico y se compactó en una única certeza. El anhelado resultado del proceso cabalístico de los huevos. Suspiró. Finalmente ese iba a ser un día normal. “Igual, las cosas importantes de la vida pasan un día común y corriente” pensó, con una sonrisa de satisfacción en los labios, mientras lavaba los trastos.

(firmado Vesta en su versión inicial, circa 2002)

domingo, marzo 25, 2012

Animales maravillosos y ciencias sociales


Elefantes en Nikko, Tochigi

Hubo unos años antes de que el Shogunato Tokugawa se decidiera a cerrar su fronteras al mundo durante los cuales los moradores del archipiélago japonés alcanzaron a enterarse de algunos detalles sobre como era el resto del mundo. Cosas insignificantes para la época como que la gente celebraba los cumpleaños, que el mundo mismo era redondo y que existían tierras lejanas donde habitaban todo tipo de criaturas extrañas. 

Sin fotografía o medios masivos para viajar, la dispersión de este conocimiento se hacía así, a las oídas; las descripciones de aquellos lugares misteriosos pasaban de boca en boca, se incluían en algunos textos y luego eran traducidas de nuevo en imágenes. 

Fue así como fueron concebidos algunos de los animales salvajes que adornan los templos en Nikko, 140 Km al norte de Tokyo. Al elefante de la derecha, por ejemplo, le cae la barriga como si fuera una ballena. Las orejas le salen en tubo cual lirio, y la cola parece ser la de un caballo. Dadas las licencias poéticas a las que tienen derecho los artesanos, no se puede ser muy exigente con el color, y más de uno coincidirá en que es relativamente sencillo describir una pata de elefante—aunque las uñas se ven un tanto garrudas. 

Un proceso un poco diferente es el que sucedió con las jirafas. En japonés, 麒麟 (kirin) es el nombre con el que se conocen a estos cuadrúpedos de cuellos larguiruchos, el cuál se utilizaba antes para describir un animal mitológico proveniente de la tradición china. Estos últimos eran una especie de unicornio atrigado cuyo cuerpo permanecía rodeado en fuego. Según Wikipedia, después de que un viajero chino trajo del África un par de jirafas y las instaló en la bonita Nanjing, la criatura mitológica y la bonita jirafa convergieron en la iconografía del este asiático. Un bonito ejemplo de (casi) todos los días es el logo de la cervecería Kirin, una de las más importantes de Japón.


De esta historia me acordaba el otro día que entre a escuchar una charla de un profesor de Rutgers sobre la situación de la guerra contra las drogas en México.  El profesor sacaba cifras de muertos, usaba diapositivas con mapas, contaba de que familia era cual, de cual otra Pascual; quien le hizo que a quien, como el otro se vengó y como el otro se re-vengó y así hasta el sol de hoy. El público, bastante reducido por cierto, escuchaba sin inmutarse, tal vez un poco por la forma de ser del japonés y otro poco por la tediosa traducción no simultánea. De los detalles más macabros de la violencia manita, el profesor pasó a culpar al modelo capitalista y neoliberal de todos los males del mundo. Un estudiante comprometido le preguntó que podían los japoneses hacer para ayudar a México a superar este problema. El profesor, claramente en problemas porque en la isla poco se consumen drogas, después de balbucear algo sobre la Yakuza dijo algo sobre ser menos capitalista y neoliberal...

En medio del circo ¿qué imagen pintaría de México quienes escucharon aquella historia? Aún con todos los adelantos tecnológicos que existen y siglos desde el advenimiento de la Ilustración, las imágenes que trasmitimos de otras realidades mantienen ese misticismo de maravilla que transportaban los viajeros de épocas remotas. Tan fácil como es cuadrar el enfoque para que no salga un elemento importante que desvirtúe la foto que se quiere tomar, es contar una historia que reduzca una sociedad y una geografía a una guerra entre emprendedores violentos. Dirán que las estadísticas son la respuesta, pero estas son a su vez reducciones con sus propios problemas

¿Qué tan oximorónicas son las ciencias sociales? ¿Dependerá de quién pinte los morracos? Tal vez.  


domingo, marzo 11, 2012

2:46

Se pasa el aniversario y sigo perplejo. Tantos sentimientos encontrados, tanto ruido adentro y afuera, tanta información entrando y saliendo por todos los sentidos; sólo atino a sentirme aturdido, atragantado de cosas que no se pueden expresar, pronto a criticar todo lo que se dice pero incapaz de decir algo sensato. He leído por ahí que no soy el único pero ¿cómo nos encontramos los que nos quedamos sin voz? ¿Cómo reconfortarnos?

Hay una verdad de a puño que los que fotografían, escriben en los diarios o salen en la tele entienden sin rechistar: es ahora o nunca. Nadie va a leer en una semana sobre el aniversario. Aún si se hace sin interés económico, el aniversario es la oportunidad de explotar la atención general. 

Por otro lado, es doloroso andar pensando en esto todo el tiempo. El otro día de visita en Kesennuma, mientras escuchaba los discursos sentidos de unas esposas filipinas afectadas por el tsunami, le pregunte al sacerdote que me acompañaba cómo podía soportar esas lágrimas todos los días. "De esto no hablamos nunca" contestó. Ahí entendí la ridícula tortura a la que me someto como investigador, la misma a la que se dejan todos los que ven noticieros todos los días. El dolor se entierra, la vida sigue. Si uno anda por ahí preguntando por el sufrimiento de la gente no puede esperar terminar el día feliz. El aniversario esta ahí para abrir la represa, desaguar y seguir adelante. 

En conclusión, para no perder la oportunidad, unos comentarios sueltos con las fotos del día. 

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Habían tres opciones para las ceremonias de hoy: la solemne, la rimbombante y la académica. Sin muertos en mi círculo más cercano, las actividades de la alcaldía no eran una opción. Luego en la televisión mostraron que todos los asistentes fueron de luto, muestra de que fue la decisión correcta. La rimbombante era ir a escuchar a Yunus, el nobel de paz, hablar sobre los negocios de interés social. No. Así que me quedé con los tecnócratas, los de siempre.


A pesar de como lo anunciaba la pantalla del recinto, así como las horas y horas de filmación que se tomaron hace una año, lo de aquel día no fue una película.


A la salida del evento empezaron las velas. Velas y flores aquí y allá.


No dejo de pensar que es de mal gusto que este nuevo edificio de almacenes en un lugar central de Sendai haya decidido abrir sus puertas por primera vez al público en estos días. ¿Esperaban subir el ánimo de sus conciudadanos con sus ofertas? 

No obstante, algo que ha sido muy claro durante este año es lo importante que son las empresas y el comercio en general para mantener una ciudad a flote. Donde hay almacenes hay luces, hay gente, circula la riqueza, hay vida. Las zonas costeras arrasadas por el tsunami son unos desiertos, y los pocos oasis son las tiendas provisionales donde se hace la compra y se relaja el corazón.


La zona roja de Sendai ha vivido un renacimiento después del terremoto como ninguna otra. En los días más oscuros de hace un año circulaban rumores sobre su posible quiebra ¿Quién iba a venir a divertirse en medio de tanto dolor? El pánico duro bien poco: primero se encargaron de distribuir alimento a los necesitados, luego se llenaron de las historias de los voluntarios, y últimamente propinan alivio al cansancio de los obreros que reconstruyen la región. 

Claro está, hoy estaban los negocios medio vacíos.


El edificio de la alcaldía señala el día mientras en las carpas se celebra un evento para darle gracias a todos quienes apoyaron la ciudad este año. Mientras veía las fotos, la alcaldesa pasó por mi lado y nos miramos un momento. La reconocí pero no me atreví a decirle nada. Encontrarla, en todo caso, me tranquilizó de algún modo que no entiendo del todo.


En el edificio contiguo usaron las luces para escribir el caracter con el que han descrito en el país el año pasado "絆" (kizuna) que significa lazos humanos. Muchos comentaristas han comentado la fuerza con la que la sociedad ha respondido a la tragedia. Pero, ajustado al contexto, creo que todos los humanos somos así: celebrantes y víctimas de la empatía. Más sorprendente es que tengan un sólo ideograma para simbolizar algo tan profundo.


En el piso escribieron "gracias" con velas que cada uno de los asistentes donó a la actividad. En los vasos cada quién escribió un mensaje que, me temo, terminará por quemarse.


Toda la semana, todos los medios han venido presentando el aniversario desde infinitos puntos de vista. Los desplazados, los que sobrevivieron de milagro, los que perdieron todo, los que aún buscan, todos han tenido un espacio. Se ha comentado la recuperación, los problemas, los avances, las perspectivas. Tanto se dijo y se presentó, que no se me ocurría que iban a dejar para el día señalado. Me da pena admitir que no haya podido imaginarlo. En cuatro páginas como estas, el periódico reprodujo cada uno de los nombres de los 19009 muertos y desaparecidos. 

Otra cosa que me atormentaba sobre el aniversario en esta guerra conmigo mismo brilló por su ausencia. Muchas veces durante este año critiqué que, a pesar de llevar la peor parte, todos los simposios, reuniones, decisiones importantes tuvieran lugar en Tokyo. Cuando hace unos meses se decidió que la ceremonia a la que asistirían los más importantes personajes se haría también en la capital, no pude dejar de sentir decepción. Cuál será mi sorpresa al enterarme que durante todo el día, en la televisión local de Sendai ningún canal parece haber pasado noticias sobre los eventos fuera de la región--Fukushima, Miyagi e Iwate. Ni siquiera la presencia del emperador después de su operación hace dos semanas desvió la atención del público local hacia las víctimas. En el resto del país si estuvo en todos los canales, por supuesto, pero no deja de ser una muestra del profundo respeto que esta sociedad tiene por cada uno de sus miembros. 


Broche de oro. No faltó en las noticias la historia del bebé que nació hace un año ni del bebé que nació hoy. Que imprescindible recordar que no sólo cosas tristes se celebran los onces de marzo de hoy hasta el fin del mundo. Sin embargo creo que los periodistas sufren de un sesgo nada despreciable al incluir sólo aquellos dos casos en esta sección de su cubrimiento del aniversario. Hace falta la noticia del bebé que fue hecho aquel día. Esa sí que es una muestra del vínculo humano en la adversidad. Tal vez el mejor polvo de la vida.

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Un amigo me dijo que le dio muchísimo más duro cumplir 31 que los mismísimos 30. Para estos últimos hay toda una preparación, muchos planes, reflexiones, festejos y algarabía. Pero llegan los 31 y uno simplemente es más viejo. Lo mismo puede que aplique a este y tantos otros aniversarios. La promesa es entonces encargarse de que no pasen los aniversarios tan a la ligera mientras queden fuerzas. 

Esperemos que la perplejidad lo permita.

Okamoto Kozo



Hace casi un año, los mejor informados notaron no sin suspicacia como el triple desastre representó en cierta manera un avance. En medio de la incertidumbre y presionados por el pánico de algunos, los japoneses no salieron a las calles a asesinar extranjeros. Rumores sobre violaciones y robos que los foráneos estarían aprovechando a perpetrar se dejaron escuchar una vez más, tal como en aquel septiembre de 1923. Esta vez un par de chinos fueron arrestados preventivamente, algunos voluntarios fueron acosados por la policía, grupos de vigilantes fueron formados en algunas zonas damnificadas, dueños de negocios se quedaron a dormir en sus locales para defenderse de los asaltantes, y japoneses aquí y allá hicieron comentarios discriminatorios. Pero nada como los entre 2500 y 6000 mil coreanos que se creen fueron masacrados entre autoridades y comités de vigilancia. 

Pueden haber varias explicaciones para esta mejora, pero lo que nos preocupaba aquella tarde charlando no era lo bueno que es que no salgan a matar gente extraña, sino el miedo que aún persiste al otro. Entonces la profesora japonesa recordó una de las razones que la movieron a dejar Puerto Rico.

Okamoto Kozo, recordó ella, ¡que nombre tan bonito! El hombre, estudiante de ciencias forestales en la Universidad de Kagoshima desembarcó en Tel Aviv junto con dos compañeros estudiantes de ingeniería en la Universidad de Kyoto. Llegaron vía Francia para no despertar sospechas. Recogieron sus maletas y echaron un ojo a ver si encontraban alguna forma de ir hacia la torre de control. Seguro no tardaron en desanimarse: Israel estaba como siempre en alerta máxima luego de que tres semanas atrás un grupo de palestinos secuestrara un avión proveniente de Viena, esperando canjear a los pasajeros por prisioneros.

La cosa no salió bien para los terroristas esa vez, aunque los pasajeros casi salieron ilesos. Fue entonces cuando Okamoto y sus colegas del Ejercito Rojo Japonés entraron en la escena para vengar la causa palestina. La torre de control debió parecerles un blanco simbólico: sin el centro de coordinación cuantos aviones no se verían obligados a sufrir aterrizajes de emergencia o colisiones,  advirtiendo al mundo entero del tamaño de su poder. Pero la cosa no era tan fácil con tantas fuerzas armadas custodiando el lugar. Tal vez los nervios también les obligaron a precipitarse. Abrieron sus maletas, sacaron sus rifles automáticos Vz. 58 y empezaron a disparar indiscriminadamente en el terminal. 

Los colegas de Okamoto terminaron muertos con las otras 26 víctimas de sus balas. Aquel mayo del 72, Okamoto fue apresado y años más tarde canjeado por prisioneros en el Líbano, donde aún vive exiliado. Su apoyo a la lucha parece imperecedero, aunque parece que alguna vez dio indicios de disculparse con sus víctimas, 8 nacionales israelíes, entre ellos un famoso científico, una ciudadana canadiense y 17 peregrinos puertoricenses. 

La profesora estaba por entonces aprendiendo español en la isla y la noticia le cayó como un balde de agua fría. Imaginó lo peor una vez se divulgara la noticia. Quizá no los grupos de vengadores ajusticiando japoneses por las calles de San Juan, pero de seguro un estigma constante por compartir la nacionalidad con los terroristas. Esperó por algún tiempo que el gobierno pidiera disculpas pero no hubo caso. En últimas, por esta y otras razones, incluyendo que exponerse a aquella vida en Puerto Rico no había sido la elección de su hijo sino propia, tiempo después la profesora volvió a su país. 

¿Fue aquella decisión producto de miedo al otro? ¿O es aquello de identificarse con las culpas de los nuestros lo que hace responsable a una sociedad? No se. El caso es que de Okamoto Kozo no existe entrada en español en la Wikipedia, aunque la masacre en el 2006 se volvió un día especial en Puerto Rico para educar a los isleños sobre el terrorismo. Que oportuno. Cada cultura apila aniversarios a su manera.