En el año 2007, el ocaso de la segunda era de la tecnología, una pareja está a punto de vivir un drama del siglo pasado.
Ella una esposa frustrada. Él, un empleado por horas que sobrelleva las precariedades de la situación movido por sus anhelos de amar. Uno para el otro, lograran lo que parecía imposible: un divorcio, la esperanza de un futuro modesto pero feliz.
Nunca se imaginaron que el fruto de su pasión estuviese proscrito desde su concepción.
300
Algunos, en algún lado, hace 300 días
300
300 los días que deben pasar antes de que el hijo de una divorciada no se presuma vástago del ex marido y por tanto deba llevar su apellido (Código Civil, Artículo 772, 1898)
Él, soportándola con su brazo y mirándola mojar en lágrimas al bebé que ríe inocente: "¿Es esta la pena que debemos pagar?"
Helicópteros rodeando la Torre de Tokyo.
Un anciano arrugado, en perfecto traje, en medio de la imponente plenaria de la cámara: "Eso puede ser cierto, pero normalmente las cosas pasan en orden: usted se divorcia y luego concibe al hijo de su nuevo compañero."
Los tres subiendo presurosos las escaleras de la torre.
Un abogado joven, de pelo largo hasta la nuca y gafas sobrias, en medio de un juicio: "... pero los tiempos han cambiado, su señoría"
Helicópteros y escaleras.
Un periodista a la entrada de lo que tiene que ser un tribunal: "¿Qué piensa de su conducta?" La madre, golpeada pero digna, sin el bebé en sus brazos: "Se que lo que hice fue ilegal", relámpagos, obturadores, "pero el niño es inocente y no tiene porque sufrir".
Escaleras, helicópteros.
El viejo, iracundo: "Si aceptáramos la prueba de ADN estaríamos abriendo la puerta a que una mujer pueda quedar embarazada durante el proceso de divorcio."
El padre gritando: "¡Sólo queremos ser felices!"
El bebé parece resbalar en el mirador de la torre.
Helicópteros.
El padre grita al cielo: "Noooooooooo"
El anciano cierra los ojos.
El abogado baja la cabeza.
La madre se estira en el aire intentando alcanzar algo.
La pantalla oscurece y se escucha:
"Ellos quieren proteger la familia... ... eso es lo que queremos hacer nosotros"
Hace unos días viajaba con un amigo japones hacia su casa en el pueblito cercano de Iwanuma, cuando me notó distraido con el paisaje. Al contrario de lo que muchos piensan, no todo Japón es una masa urbana informe, y en el camino podían verse pequeñas casas en medio de medianos campos de cultivo, separadas unas de otras quizá trescientos metros. "Muy útil vivir en una de esas casas, se puede hacer ruido y no se molesta a los vecinos" comentó mi amigo, y mientras nos reímos alcance a pensar en que yo hubiera dicho lo mismo, en esas cosas que compartimos los citadinos a pesar de nuestro origen. "El problema es que la gente se muere y nadie se da cuenta".
Esto último también pasa en nuestras realidades pero de seguro con menos frecuencia que en estas tierras. Sin lugar a dudas el perfil demográfico influye fuertemente, aún también la prolijidad en el trato y el "respeto" a la individualidad tienen un papel dentro del fenómeno. El control sobre la manera en que los individuos se comportan dentro de la sociedad japonesa recae principalmente en el grupo al que pertenezcan, donde esa individualidad es casi inexistente, moldeada a conveniencia del grupo. Pero si el grupo en una evolución consecuente concluye que tener el pelo morado - por decir algo - no tiene ningún inconveniente, pues este se verá rondar por la calles sin el menor viso de vergüenza. Así que si uno decide desaparecer del mundo y no salir de la casa, o salir y no hablar con nadie, la gente al rededor supone que esos son los códigos del grupo en el que se desenvuelve, por lo cual no tiene sentido cuestionarlo.
Lo que no deja de sorprenderme - aunque no es que lo de arriba no me sorprenda, mas bien creo que ahora me maravilla - son las locuras que pueden estar asociadas al modelo. Hace unas semanas encontraron los cuerpos de cinco miembros de una familia en una casa en la prefectura de Fukuoka, Kyushu. Los exámenes de ADN fueron los que permitieron determinar el parentesco, ya que todo parece indicar que son mas de tres los anos que llevan descomponiéndose juntos, aunque no se sabe bien la fecha, el orden, ni las circunstancias. Los cadáaveres corresponden a los padres, nacidos en 1908 y 1915, y tres de sus hijos, nacidos en 1942, 1944 y 1951. Otros tres hijos de la pareja, encontrados durante la investigación, sugirieron a las autoridades que las cinco muertes fueron por causas naturales. Al preguntar porque los cuerpos no habían sido apropiadamente dispuestos, argumentaron creer que la gente resucita después de muerta.
Sólo para contarles que ya salió el nuevo café de temporada, llamado: “Colombia Jazmín” – está escrito al frente. Viene en una bonita lata verde decorada con guacamayas, orquídeas, granos de café, hojas de plátano, de palma y de otras – supongo de café, pero vaya uno a saber –, todo en un fondo de montaña y sol; disponible ya en todos los supermercados y tiendas del país. ¿Pero quién distribuye nuestro café de esta manera tan bella, dejando en el consumidor común una imagen tan distinta de la que circula generalmente en los medios sobre el país? Pues quién más, The Coca Cola Company.
“Cuando la multivalencia de la experiencia arrasa además con cualquier tenue orientación (‘Cualquier lugar es otro lugar’), el lector queda suspendido en un terreno fantástico donde la indeterminación consigue identificar un fragmento de espacio con el mundo de todos los mundos.” Fernando Zalamea Traba, sobre un fragmento de La Casa de Asterión de Borges
Foto con mis dos nenas
Esta es una historia que empieza casi por el final, conmigo parado en la puerta de mi cuarto – digo, casa –, cargado con mi morral, después de una semana larga en el norte de Japón. A pesar de llevar, para ese entonces, seis meses de habitar el país, aún me sentía un turista. ¿Volvía a casa? Saludé. No hubo respuesta. Miré con esperanzas mis trastos, mis libros, pero no encontré asidero. Me tendí a mirar el techo y no pude hacer mucho más hasta partir a China tres días después.
Ya en Beijing, tres semanas después, a pocos días de terminar la travesía, el recuerdo de lo que sentí en ese primer regreso me llenó de pánico. Como el viaje estuvo bastante intenso al comienzo, en la capital de la Republica Pop mis dos compañeros y yo decidimos bajar el ritmo y dejar algo de tiempo al ocio. Sin consuelo, me agarré a digerir las ultimas páginas del libro "Ariadna y Penélope: Redes y Mixturas en el Mundo Contemporáneo" del matemático y filósofo colombiano Fernando Zalamea Traba.
Este es un libro precioso que me acompaña, de una u otra manera, ya casi tres años. Explico. Me enteré de su existencia el 22 de Agosto de 2004, cuando el periódico de la Universidad Nacional publicó una reseña sobre el premio de Ensayos Jovelianos que obtuvo en España. El libro prometía luces sobre como abordar estudios que intenten abarcar la complejidad de nuestra realidad, cuan larga y ancha es, sin desfallecer ante la abundancia de información, ni la aparente inconexión reinante dentro del torrente. Al otro día salí a buscarlo.
Como era de esperarse, el libro no se encontraba en ninguna de las afamadas librerías de Bogotá y, aun más, en ellas no tenían conocimiento de su existencia, menos del honroso premio. Sin embargo, faltaba más, me prometieron que en un mes lo tendría en mis manos.
Pasaron varios sin esperanzas. Me tome el atrevimiento de buscar el correo del profesor y escribirle en noviembre del mismo año, para buscar pistas del preciado tomo. Muy amablemente reconoció que no había más opción que el Internet, no sin agregar el consolador “ya debería estar…” Llegó diciembre con su alegría, seguido del inicio del postgrado en la montaña que, a la par con mi trabajo en la SDS, se llevaron mi tiempo y embolataron mi búsqueda.
A pesar de todo, el recorte del periódico permaneció colgado en el tablero junto a mi cama, insinuante, coqueto, implorante. Luego, un sábado a mediados del 2005, después de una clase inspiradora de la especialización, se me ocurrió que sería una buena cosa conseguir el libro ese día. Como cuando uno sale prendido de un bar y la sigue en la casa. Y, bueno, ya se imaginarán, ahí estaba.
En el colectivo devoré la introducción y parte de la Desorientación, el primer capítulo, y ya no pude leer por un tiempo. La sensación podría asimilarse a hartarse con un suculento churrasco – entenderán que el símil está motivado porque ya va a ser un año que no veo uno de esos. Cada página es una experiencia deliciosa sobre el reto de encontrar un sentido a nuestro entorno, a atrapar lo múltiple en lo uno sin reducir, a vivir en lo polisémico sin desesperar, a recuperar el valor en lo que comprende sobre el valor de lo que brilla. Con tal fin, el autor se entrega a tejer a través de siete capítulos una red conceptual – llena de hechos – para permitirse ver a pesar del deslumbramiento, ser capaz de apagar esos hilos, devolverlos a su sitio y armonizar de nuevo las ideas y percepciones con las que vivimos. Es en ese sentido en el que el profesor Zalamea nos convoca a aceptar que los favores de Ariadna no son más suficientes para explorar el laberinto, y que es preciso echar mano del telar de la abnegada Penélope.
La digestión, como varios presumirán, toma tiempo. Aún hoy abro el libro y siento que nunca lo he leído, mas no encuentro en ello un reflejo de mi ignorancia sino un regalo soñado: qué más querría uno que un filete inagotable – lo siento, ha sido un largo año sin carne en abundancia. De ahí que aquel ejemplar me acompañase todo este tiempo, sin desfallecer ni afanar, hasta volver a la sala de un hostal a veinte minutos de la plaza Tiananmen en Beijing, donde el cansancio y una amenaza de tristeza me alentaban al goce de la lectura. Entonces, en el último momento, como si toda esta historia no pareciera ya de por sí irreal, un evento indescifrable terminó de revelar la naturaleza del vínculo que mi libro y yo tenemos: si, mío, porque ¿qué otra razón podría explicar que, a tres hojas del final, el libro dedicara un párrafo a comentar una de las caras de la tranquila Sendai a la que me compungía regresar?
Mediateca de Sendai, entre las ramas
Se trata de la Mediateca, un edificio ícono de la ciudad, construido por Toyo Ito, el cual, en palabras del profesor Zalamea, “… despliega toda la estructura interna del edifico hacia el exterior, intentando confundir borrosamente el ‘adentro’ y el ‘afuera’.” Para hacerlo envuelve con la armonía asimétrica de las redes que conforman la edificación, y difumina las fronteras con la transparencia. Síntesis del reto que enfrentamos cada día a nuestra manera. Un sitio por el que paso por lo menos una vez por semana y que jamás había visto en toda su magnitud, pero el cual me acompaña , de una u otra manera, ya casi tres años.
"Pero... ¿crees tú que para esa canción somos diferentes?" Margarita, desde algún lado
sin título
Una melodía triste se dejó escuchar en un café cerca de la estación de
metro más oriental de una ciudad remota. Un par que se miraba, que reía de alguna tontería, encontró en la risa algo grotesco, insoportable. El hombre de la enorme máquina de capuchinos, veterano ya en el arte de producir la cantidad de espuma exacta, seguro de su actuar, dejó su pulgar resbalar un segundo bajo el vapor hirviente. Un problema de física cuántica, un arreglo matricial que no cuadraba tras horas de trabajo, un movimiento de dígitos, un mal cambio de signo encontrado y una nueva página. El dinero en la caja que no cuadra. Una suma y otra. Nada. El número en la calculadora contiene varios ceros. Los botones del aparato soportan más presión de la que están diseñados a resistir. Un mensaje lleno de trivialidades sobre una tarde de helados y vitrinas empieza a ser des-escrito, letra a letra en un celular. La masa lista, harina cubriendo el mesón para evitar que la menor adherencia estropee la perfecta figura de las donas. De la puerta del horno escapa un vaho demasiado caliente y en la bandeja espera un solo anillo, de los tantos que cabrían.
¿Cómo medir la intensidad de la tristeza en una canción que sonó una vez en un café cerca a la estación más oriental del metro de una ciudad remota? Los vidrios permanecen transparentes y los dos no se miran a los ojos. La taza de café no vuelve a llenarse con la mirada, ni el mordisco en la dona de chocolate progresa más allá o más acá. Los labios no se mueven, tampoco hay lágrimas. Ni la menor mueca de dolor asoma y el gesto es solemne mientras la espuma crece. Más números y formulas y ecuaciones llenan la página, hasta casi el final. Entonces la pequeña esfera metálica vuelve a rodar por los lugares que hace poco recorrió. Las formas dejan de distinguirse. La calculadora muestra la misma cifra de varios ceros. Nada más. El mensaje sigue desapareciendo. Leído en el orden en que se desvanece no revela nada (¿A dónde irán los mensajes des-escritos?) La dona ya no está sola. Un pedazo de masa se acomoda en su centro. Sin embargo, no encaja. La integridad de su piel resulta rasguñada en varios lugares mientras en otros, ciertamente menores pero significativos, el vacío sigue siendo el mismo.
¿Cómo supo la sordera que la canción que sonó cerca de la estación de metro más oriental en un café de una ciudad remota era triste? La bolita se volvió a confundir con la masa, y en la dona remanecen las cicatrices, a pesar de los cuidados. La pantalla del celular dejó de brillar. La calculadora muestra un cero. Nada más. En el vaivén de la esfera ya se vislumbran algunas figuras antropomórficas, aunque en algunas partes el papel ha dado paso a la mesa. El dedo está rojo. La espuma se derrama. El pocillo sigue vacío. El mordisco del mismo tamaño. Pero los vidrios se empañan.
¿Y cómo supo entonces cuando una canción triste en la ciudad remota donde la estación más oriental del metro tenía cerca un café en el que ella sonaba dejó de sonar? No, no lo sabe.
"El 'no' no es contradicción, es complemento, generalización" en alguna parte de la Filosofía del No (creo) Gaston Bachelard
Para esa ocasión especial, nada mejor que un vaso de lavaza en sus dos presentaciones: amarilla y negra
Llevaba casi tres semanas dedicado exclusivamente a escribir un ensayo sobre la epistemología de Gaston Bachelard, cuando llegó un correo electrónico fatídico: unas conferencias a las que había estado asistiendo el semestre que termina, resultaron requerir un reporte para obtener los créditos respectivos. Según decía el correo, era una cuestión voluntaria, pero como eran conferencias de mi área la "voluntariedad" estaba en entredicho.
Intenté argumentar que el lapso propuesto era muy corto para escribir algo, a ver si lograba esquivar el asunto y seguir en mi oficio, pero recibí como respuesta cinco días mas de plazo.
Resultado, llevo tres días en el limbo. Fue muy duro meterme en el viaje mental del viejo Bachelard para que me sacaran a las malas. Estaba lleno de cosas en si mismas, fenómenos, racionalismos experimentados, "no"s que no expresan contradicciones, dialectizaciones horizontales, verticales, patas arriba...
Entonces me siento a ver los artículos sobre los que debería trabajar y las letras resbalan por mi cerebro. Paso largas horas viéndolas, de todas maneras. Las letras también pueden ser imágenes, y uno puede encontrar figuras en su dispersión, como en las nubes. Fui a tomarme un café, comerme una dona y leer un rato, para que minutos mas tarde anunciaran que se habían acabado las donas y que tenían que cerrar. Camine de vuelta a casa y en el cruce del tren tuve que detenerme a que pasara. A lo lejos se veía venir, lento. Empezó a tardarse más de lo normal, lo que ya es en sí una eternidad. Note como iba reduciendo la velocidad a la que se acercaba, como si fuera adrede, hasta quedar detenido unos metros antes de donde yo esperaba. El conductor se bajó tranquilo con sus paquetes y se devolvió caminando por donde había venido. Me pareció que le quedó bien parqueado.
Al otro día tomé un bus a la universidad. Lo habitual. El conductor siguió todas las normas de etiqueta del conducir de ciudad intermedia: saludar a los otros conductores, hacer los anuncios de las paradas y pedir la vía amablemente. Pero un automóvil no vio este último y algo se transformó en el conductor: empezó a andar más rápido, por el carril que no le correspondía, pasó un semáforo en amarillo y cerró al carro en cuestión. Tal vez la gente no se percató del asunto – o tal vez si, ¿qué sabe uno que piensa la gente? – porque la cosa fue pasar de los 40 km/h a los vertiginosos 60, pero para alguien como yo, sensible a la semántica vial de nuestras calles y carreras (si, si, si, y diagonales, transversales, autopistas, etc.) fue todo un acontecimiento.
Esa noche, es decir anoche, tuve uno de los sueños más sorprendentes que haya tenido al sol de hoy: soñé que era el cambio y no la cosa en sí. ¿Cuál cosa? No lo se, pero había logrado dejar de serla para pasar a entender el movimiento, la dinámica. Indescriptible el sentimiento al levantarme.
Me senté de nuevo frente a mi trabajo y nada. Bloqueo total. Lo trágico es que el sentido de obligación no me permite hacer nada más. Ojo que hacer no se refiere a pensar. Los pensamientos se concentran es en lo que estoy dejando de hacer, eso que nos tortura más pérfidamente.
Me permití contestar un mail en el que me preguntaban por las cosas que se pueden hacer en Colombia y no en Japón. Me centré especialmente en los olores a excrementos de distintos animales que se pueden sentir por la calle. Hace ya varios meses me sorprendió el olor a heces de caballo en una avenida pero, aunque me tomé mi tiempo en inspeccionar el lugar, no habían tales. También vi mojones de perro una tarde en una calle, pero no me detuve a oler (tampoco estoy tan mal). Admito que los perros de una casa del vecindario donde vivo si huelen a orines, así como Tokyo al amanecer.
De nuevo me aburrí. Salí al cetro a almorzar y en el camino al restaurante un japonés horroroso - con esto me refiero en particular a su peluqueado estrambótico y sus cejas vulgarmente depiladas (si, no sobra el adjetivo, depiladas no es suficiente) - me detuvo, y empezó a decirme que venía de una feria en un parque cercano, me pasó un llavero, una carterita y un cd, diciendo que el llavero era fino, que tenia un precio en el mercado de 3500 yenes, pero que hoy estaba vendiendo todo en sólo 1500 yenes!!!!!!! (Todo en japonés, y en Japón, por si las dudas)
Mirando lo anterior con detenimiento, desde la perspectiva que me permite la memoria de todos esos momentos fugaces (¿será que hay alguno que no lo sea?), he llegado a la conclusión de que son suficientes para enloquecerse. Pero el hecho de no estarlo - ¿qué loco dice que lo está? - debía ser motivo suficiente de regocijo, para aprender a dar una pausa a las cosas cuando te oprimen sin sentido. Así que decidí dejarme escribirles lo sucedido, otra de las cosas que no pasaban desde que Bachelard entro a mi vida, hasta que llegaron seis ancianas en kimono al Starbucks de la puerta oriental de la estación y me sacaron de mi mesa para poder sentarse cómodamente.
Sigo sin idea de que decir sobre la situación de las comunidades receptoras de refugiados en el norte de Tanzania, el papel que desempeña el programa para el desarrollo de las naciones unidas en ello, y su relación con el concepto de la seguridad humana, pero me siento tranquilo mientras escribo, subo y contemplo este post.
¿Si la obligación de esconderlo no fuese sino otro aspecto del deber de confesarlo?
Michel Foucault, La voluntad del saber, Historia de la Sexualidad
Especial de temporada, zona caliente de Sendai
Este es un post complicado, de dos historias que van juntas en mí pero difieren en tiempo. Lo que llaman diacrónicas, en contraposición a sincrónicas. Un ejemplo: hace tiempo leí sobre un escritor que entrando a un país x, en inmigración le preguntaron “¿es usted polígamo?”, y el replicó “Perdón, ¿diacrónica o sincrónicamente?”. No quedó claro, ¿verdad? Bueno, el caso es que las dos ocasiones que les refiero a continuación, me han dado pie para deleitarme imaginando posibles frustraciones de auto complacencia, y como es una de las dos cosas que más me gusta hacer en la vida – imaginar, imaginar – aquí van.
Clase de lectura japonesa. Cecilia entra al salón y deja sus cosas en el asiento del lado. Ellas son un arrume de papeles y un video. Argentina, menuda, es profesora de español en la universidad - lo que explica porqué lleva estas cosas – y aprovecha su tiempo libre para aprender el idioma, como todos. Empieza la clase y, de repente, la japonesa cuarentona que tenemos enfrente se detiene al encontrarse el video junto a Cecilia. Entonces pregunta: - ¿Ese video es suyo? - De la biblioteca, para mi clase. La japonesa intenta decir algo pero se atora, mira de nuevo el video, ojea la reseña, nos pone nerviosos, hasta que al fin suelta: - Yo se que usted es una persona buena, que es para su clase, pero no debería andar por ahí con esas películas. A los niños no se les pueden mostrar esas cosas, y si alguien la ve por ahí cargándola van a pensar que le gustan esas cosas, usted sabe, las mujeres desnudas. La compañía que distribuye esta cinta es famosa por ese tipo de películas, así que cualquiera que la viera sospecharía de usted. Si fuera un hombre, digamos – un pequeño silencio y, en medio de la multitud, mi nombre – pues es normal que cargue este tipo de películas, las lleve solo para su cuarto y, bueno, que pase una noche divertida. Pero, Cecilia, no es recomendable que una profesora ande por la universidad cargando una de estas.
Todo el discurso fue acompañado por las risas de todos, incluso algunos pidieron permiso para ojear la cinta. Al terminar la clase, Cecilia me comentó de que se trataba el asunto: Como agua para chocolate.
La anécdota me dejó dos inquietudes. Resulta que coincidencialmente, meses atrás un amigos mexicano, en uno de esos característicos arranques de nacionalismo que les son propios, me regaló una copia de esa película, dejando en claro que era la que más le gustaba de las hechas en su tierra. De modo que el asunto de la distribuidora podría pasar a ser un asunto diplomático. Además, ¿Cuántas japonesas se privaran de ver esta maravillosa historia de amor, a ellas que tanto les gustan? ¿Y cuántos japoneses se verán conmovidos hasta las lágrimas en su tal vez frustrado tributo a Onán?
La otra historia es la de una tarde perdida, tal vez hace dos años, esperando bus en la décima con Jiménez, nudo pop de mi querida Bogotá. En el habitual estado de alerta que demanda la zona, me sentí atraído por una larga hilera color carne que me llamaba desde la vitrina de la Panamericana. No es que sea un color extraño a la actividad comercial de la vecindad, pero ese estilo Ámsterdam en tan reputado lugar ameritaba el riesgo de descuidarse. Al acercarme me encontré con todos los posibles kamasutras – el tántrico, el animado -, los conozca su pareja, los secretos de alcoba, diccionarios del uso y manuales técnico-eróticos que puedan existir. En las portadas predominaban esos desnudos casuales de parejas caucásicas, de peinados ochenteros y risas a medio camino entre la chirigota y la vergüenza, que falazmente procuran transmitir esa confianza en la desnudez y el éxito lúbrico buscado por el comprador, y que a más de uno lo obligará a ponerle un forro o a esconder el dichoso libro (no puedo dejar pasar la ocasión de recordar el único género que supera en hilaridad esta generación de portadas sexi-educativas: las escenas soft porno que ponen en los noticieros cuando pasan un noticia sobre setso) Mas, entre ellos, una aparición: pequeño, blanco con tres pares de labios multicolor en la portada, el primer tomo de la historia de la sexualidad de Michel Foucault.
(Michel Foucault es uno de los principales filósofos franceses del siglo xx, y la Historia de la Sexualidad su última gran empresa, truncada en el tercer tomo por su muerte a comienzos de los ochenta)
Aún paso tardes fantaseando con aquel que compre ese precioso ejemplar. ¿Acaso un pudoroso urgido que no se toma el tiempo de mirar lo que compra por el peso de los dedos imaginarios que lo señalan y lo hacen sentir pecaminoso? ¿o tal vez un intelectual de cafetín decidido a buscar en la historia alguna vieja táctica que le traiga nuevos éxitos? ¿Uno de esos que piensan que todo tiempo pasado fue mejor? ¿Un amante que quiere dar una indirecta? Las miles de posibilidades no pueden ser más deliciosas.
Lo más irónico es que quizá todas las respuestas buscadas por mis curiosos imaginarios están, de uno u otro modo, en ese tomo, que obviamente traje conmigo.
¿Pero por qué traje ese libro conmigo? Tal vez esta pregunta tenga la misma respuesta que la segunda inquietud que me dejó la primera historia – les advertí desde el principio que era una historia complicada –: ¿por qué diablos a la profesora de japonés le dio por ponerme de ejemplo?
Los caminos de la Voluptuosidad son inescrutables…
“Cuando la palabra falla nos queda el silencio, pero cuando triunfa y se ha terminado de decir, también nos queda el silencio.”
Echeverri, 2005.
Nada como un buen silencio. Nuestra era del ruido se ha encargado de apreciarlos. Se les busca en medio del tumulto, pero también en la intimidad. Sean quizás los más difíciles de conseguir, como los más placenteros, los en pareja. Tienen peculiar cabida entre las artes, aunque en general cortan todas los medios que tenemos de expresarnos porque el silencio es ausencia, un ensayo de muerte, en la cual todo se resume a lo mismo. En la música es fundamental, estructura, acento, alerta, incluso estruendo. En el cine puede ser banda sonora, pero también hilo visual, composición de siluetas que entrañen una ausencia. Tal vez la fotografía sea el silencio de un video, y de una foto un lugar común, algo que no nos diga nada.
Todo esto para contarles que ya son tres las semanas despilfarrando archivos de texto en un post que me deje contento, y la papelera, aunque se ve llena en el rincón de la pantalla, no se desborda.
Si no hay como un silencio bien logrado, menos hay como una buena excusa.
No, no es un error. Tampoco entiendo lo que está escrito, porque es chino no japonés. Pero lo que si comprendí una vez oí esta canción fue su gran importancia: es la primera canción creada en la República Pop, de la cual quedo prendado.
Las oraciones en italiano del comienzo despistan, los violines, la guitarra, el oboe, el hálito fantasmagórico, todo, pero la imagen no miente. Unos golpes de beat y lo tenemos ante nosotros: una verdadera sentencia china.
Las reacciones al grito son encontradas: van de lo hilarante a lo perturbador. Una risa nerviosa es lo que más puede acercarse a la realidad. Trae a la memoria el éxito que por el año 92 hizo famosa a la agrupación House of Pain, Jump Around, pero pronto se esfuma la impresión, por nada distinto a la poderosa entrada de ese sintetizador comprimido y dulzón, que se trae consigo esa melodía lastimera, que juega con ella, que se permite resbalar semitonos antes de alcanzar la nota precisa, con el sólo objetivo de no llevarnos con ella, sino arrastrarnos.
La lírica no puede ser más apropiada: inextricable como era de esperarse, pero sin atropellar con los sonidos guturales del árabe, o los golpes de garganta de las lenguas eslavas, nos llena de esos “zh” y “ch” tan avasalladores. Embelesa, somete. Considero que ello marca un nuevo hito sobre lo que será el futuro cercano de la cultura pop global. A un lado quedará el washu washu – como cantábamos todas esas canciones en inglés que nunca entendimos – y pasaremos a repetir gustosos el zhuchu zhuchu del nuevo viejo mundo.
A nuestra canción queda poco que pedirle. Que varíe, que se detenga, que continúe, que nos deje a solas con ese grito, luego con la secuencia de percusión, con ese macabro sintetizador, que vengan sin anunciarse todos, de improviso, una orgía en el oído. Que no se vaya. Que no se vaya.
Quería anotar que esta es la primera vez que pego una nota musical, ya superado mi primer Caicedo, lo que muestra mi descuido para con todos, ustedes, yo y los otros. Por dos o tres Caicedos más que deseo, ¡que no pare de sonar!
Koffi me contó ayer sobre una particular "leyendo urbana" - por llamarlo de alguna manera - que circula entre los jóvenes de su país. El es un medico de Costa de Marfil que pertenece al mismo programa al que yo estoy inscrito, Seguridad Humana, por si alguien no lo sabía. La ocasión: clase de salud internacional, cuyo tema del día era el Sida. Yo comentaba los avances que la sociedad colombiana ha tenido en cuanto a educación sexual y el respeto a la diferencia. Mientras hacía hincapié en la importancia que han tenido las redes de apoyo conformadas por importantes personalidades de la política y del mundo de los negocios en la aceptación de la homosexualidad en el país, Koffi escuchaba atento, listo a preguntar. Tan pronto terminé, alzó su mano y dijo "Pero.. ¿esa gente, digo, las redes, ya eran ricas?" "¿A qué se refiere?" "Es que entre los jóvenes de Costa de Marfil existe una creencia mística según la cual si se tiene sexo entre hombres un poder del cielo vendrá a ayudarlos a tener mucho dinero"
Bueno, ya casi se va el duodécimo día del mes y, al parecer, lo último que voy a hacer este año es escribir en el blog.
Enero la pasaré con algunos amigos, beberé un poco y dormiré bastante. Luego iré a un templo importante, lleno de zorros, y me concentraré en este año.
placi dios Inari Jinja, Kyoto
Febrero la aprovecharé recorriendo nuevos lugares, siempre rodeado de amigos, pero esta vez también de venados – sin cuernos, que alivio. Bajaré la cabeza ante buda y estaré contento.
Nara, atendida por sus propietarios
En Marzo veré desde lo alto algo que fue destruido por la naturaleza y vuelto a construir por la tenacidad del hombre. Bajaré entonces, entre amenazas de matrimonio, chinos y océano a mezclarme entre la gente.
Desde Rokko Kobe
Abril estará lleno de maravillas tradicionales. Dorado desde las estancias hasta las legiones divinas. Así, envuelto en oro, algunas breves separaciones, pero alegría en el corazón.
El otro Dorado Kyoto
Una representación suprema de poder vendrá en Mayo a abrirme sus puertas. Aprenderé a distinguir entre lo antiguo y lo recién avejentado, compartiendo lo vivido con nuevos amigos.
Himeji y Jo, Himeji, prefectura de Hyogo
En Junio me espera el maestro en la mitad de mi viaje, para orientarme y darme ánimo. También me recibirán con gratitud los lazos invisibles.
Tren a Atami,carrilera, mar y carreteras sobre ella
Julio traerá un recuerdo vívido. Luego un largo y difícil viaje, pero cerrado a satisfacción.
Almacen Maluko entre Kuroiso y Sendai
Agosto, echado.
Septiembre con nuevos bríos, Octubre hacendoso, Noviembre reconfigurado.
Y en Diciembre, después de sumergirme con juicio en mis inquietudes, ganaré algunos partidos y me encontraré en nueva forma. Ya al final, terminaré por rememorar mis cosas y compartírselas, para así desearles un provechoso 2008.
De espaldas a la sociedad: el drama interior del espacio exterior
Todo comenzó hace muchos años cuando vivía en Venezuela y seguía de cerca las peripecias de Ultraman. Son tiempos inaccesibles en mi cabeza, de los cuales difícilmente recuerdo la ciudad de Caracas, pero sí ese dinosaurio nefando, o ese calamar intrépido que amenazaba con destruir la preciosa civilización que el magnífico equipo científico protegía con su vida. Bueno, con la de Ultraman, cada vez que el bicho adquiría dimensiones inconmensurables.
Maléfico gorrión cocinero en festival de la Hoja Azul, Avenida Josenji, Sendai
Ahora me pregunto que influencia pudieron tener en mi tierna formación estos abnegados japoneses, científicos capaces de las más grandes proezas por el bien mundial. Tal vez a ellos se deba en buena parte mi fascinación por la ciencia y, por otro lado, por estar familiarizado con ellos, creo que nunca se me hizo raro ver a gente con ojos rasgados por la calle, ni los señalé o incomodé con la mirada. (Supongo que entienden que lo contrario me pasa con frecuencia por estos lares)
Tremebundo engendro cúbico en campaña de beneficencia, Shibuya, Tokyo
Luego vino la época de la perubólica, y otro desafío de legiones infernales amenazando la pacífica existencia terrestre. No se cuantos recuerden a Liveman, pero para mi marca el cierre de mi relación honesta con el sentai, que así se conoce a este genero de entretenimiento. Se trataba de un grupo de estudiantes con habilidades en artes marciales – y danza coreográfica – que, cuando la cosa se ponía ruda, disponían de un robot para enfrentar un sin fin de engendros, hechos a partir de cualquier objeto imaginable, agigantados cuando casi se les daba por vencidos, gracias a los poderes de los misteriosos – y, de paso, andróginos - doctores malignos. El detalle del robot, que se llevo no sin resquemor la trusa gigante, vino a rememorar los buenos tiempos de Mazinger, Dínamo o el Vengador, de los que no se si algún día hablaré.
Sádica gotita discute con su "manager",
zona "comercial", Sendai
(Para contextualizar al lector que aún no sabe de que estoy hablando, de este género – copiado y más bien “de generado” - es que vienen los power rangers)
Héroe promedio saluda desde su triciclo promocional,
Shibuya, Tokyo
Al poco tiempo de llegar, dentro de las personalidades que decoran la rutina diaria, me fui encontrando aquellos villanos del sentai de mi infancia. Como era de esperarse, son menos feos de cómo se veían, y un poco más flacos – la cámara siempre te sube unos kilitos. Tampoco se dedican a hacer el mal, mas bien son buenas personas; aprovechan su grado de recordación e imagen para impulsar productos y eventos que pocas veces coinciden con su esencia, pero a los cuales se acoplan rápidamente. Porque ¿qué hay que no podamos identificar con una reina de belleza o un vil engendro del espacio exterior?
Diabólico oso relajoso frente a edificio de maquinitas, Akihabara, Tokyo
Por lo pronto yo, amante de las causas perdidas, me les uní por un rato, para acabar con los estigmas y ponerme en sus zapatos o, mejor dicho, en su cara.
Reproduzco parte de la columna de esta semana de Alejandro Gaviria, mi blog colombiano de cabecera, haciendo eco a la propuesta del autor, con la que me siento plenamente identificado, aunque lejos de poder llevarla a cabal cumplimiento en el corto plazo. Los invito a leer la columna completa (haciendo clic en el título de este post), a hacer sus comentarios en cualquiera de los dos - traeré acá el comentario que hice y lo pegaré a su vez, para no desencajar - , y a pensar seriamente la cosa.
"Quisiera aprovechar esta columna para hacer una propuesta sencilla. O para plantear una mera inquietud. La propuesta no pretende alterar el contrato social. Ni propiciar un cambio institucional. Ni instaurar un nuevo modelo económico. El objetivo es más modesto. Se trata, en general, de una invitación a hacer justicia social con nuestras propias manos (o bolsillos). A quitarle al Estado el monopolio de la redistribución. A intervenir voluntariamente un mercado específico. A no respetar los términos de intercambio. A pagar más de lo que toca.
"Si el lector quiere conocer los detalles de la propuesta, lo invito a leer de una vez el último párrafo de esta columna...
"Así las cosas, no estaría de más pagar algo más. Y en eso consiste, precisamente, la esencia de mi propuesta. En dar propinas abundantes a los proveedores de servicios personales. Hasta que duela como dijo recientemente el filósofo Peter Singer. En pagarles 20, 30 o 70% más a las empleadas domésticas. En no negociar hasta el último peso del precio de los servicios de niñeras y tramitadores. En remunerar generosamente a quienes nos facilitan la vida con su trabajo. Y a quienes les pagamos apenas una fracción de lo que estamos dispuestos a pagar. Para que así, con el tiempo, los servicios personales sean lo que deben ser: una mercancía que se compra y se vende, y no una forma velada de esclavitud."
Si me dedicara simplemente a hacerles post con comentarios con cada cosa loca que me encuentro o, para restringirlo un poco más, con las que guardo en registro fotográfico, creo que podría subir algo todos los días. Pero hay ocasiones especiales como la reciente visita al alquiler de películas, que rompen mi inercia.
Fuera de la intrincada experiencia de encontrar algún título, la aún inexplorada extensa zona de pornografía – confortablemente aislada y llamativa – y todas las otras peculiaridades que se puedan imaginar, el siguiente hallazgo me dejo sin aliento, obligándome a huir ipso facto.
Para el señor Freddy que hace rato me preguntaba al respecto. (Sigan el link, en inglés, para ahondar en esta interesante rama del conocimiento, antiquísima de por sí, de la cual deviene el vulgar yoga que ahora los humanos osan practicar)
Una vez volví de China, estaba resuelto a colgar un artículo cada semana, incluso más seguido. Pero, como siempre, la vida se encarga de acomodar nuestras promesas a nuestras capacidades. Solamente logré subir la frecuencia cuando empecé a colgar videos. Sin textos que los acompañasen, se me hizo que no tenía gracia. Vino entonces un artículo de Ricardo, y una serie de comentarios en un par de blogs, que me dejaron pensativo acerca de a utilidad de estos espacios virtuales.
Lo primero que me pregunté fue ¿pertenezco o no a la comunidad de blogs, o blogosfera? Pensaría uno que por el solo hecho de tener un blog uno pertenece a ella. Pero si se mira con detalle, el hecho de existir no te hace miembro. Debes leer otros blogs, participar en sus discusiones, publicar con frecuencia y con audacia, de manera que se vaya formando un público, proceso que requiere tiempo y esfuerzo. Además, si quieres ser popular, se debe hablar de ciertos temas, aparecer en ciertos sitios y desarrollar una estética. Se trata, pues, de tener otra vida.
Desafortunadamente sólo tenemos una, existimos en un solo lugar y tiempo a la vez. Así que todo el tiempo que le dedique a este espacio se lo quito a la vida real y, carajo, no vine tan lejos a pasármela conectado. Para escribir sobre la vida, primero hay que vivirla.
Se hace necesario desagraviar a los asiduos alimentadores de blogs, a quienes respeto de manera especial. Los clasifico en dos tipos, que en algunas ocasiones se confunden: quienes viven de sus blogs, o de una actividad asociada a la necesidad de emitir opiniones – léase periodistas, economistas, historiadores, etc. -, y están aquellos que sufren de algún trastorno psicológico o social, el cual compensan con el ejercicio del grito electrónico – a todas luces positivo por lo económico y práctico de la terapia (¿o sedante?). Repito que me refiero a los publicadores patológicos, aquellos que desbordan nuestra capacidad asimilativa, para no herir susceptibilidades.
Entonces, ¿para qué escribo este blog? Al final entendí que, como Gabo, escribo para mis amigos, y que en su soso, disperso y enrevesado hacer, lo único que quiero es transmitirles más allá de su contenido, todo lo que se pierde al no poder encontrarnos físicamente, la mutación de mi esencia. Quiero hacerles compañía.
Bueno, yo y los espantos del caribe.
Escribiendo el siguiente post,
panÓptiko
Propagandas:
En el blog que tenemos algunos compañeros de la universidad y un profesor, acabo de pegar un trabajo que hice sobre las leyes y las normas en Japón, para el que le pueda interesar. (Pido excusas pues está en mi mal inglés)
De unos posts para acá, si sus comentarios piden una respuesta he procurado darla, para que revisen sus comentarios cuando pasen.
Y, por si acaso, quería dejar dicho que si mi intención fuera no contradecirme, hubiera esperado a estar bien viejo para empezar a escribir.
Advertencia: El contenido de este artículo puede resultar no apto para estómagos débiles. Absténgase de continuar si ese es su caso. Mas si decide arriesgarse y sufre algún revés, literal o psicológico, no olvide dejar constancia en los “mordiscos” al final de la nota.
Ya se fueron los primeros seis meses de mi vida en solitario – como los cantantes. Con ellos algo más que las estaciones. Un cóctel de calores, humedades, nudismos, moronas, pelos, platos sucios, y otra infinidad de ingredientes, se llevó los mitos de la apocalíptica partida de casa, dejando el legado de milenios de humanos sobreviviendo sobre la tierra marcados en mi memoria, si es que no en el cuerpo. La mayoría de enseñanzas encajarían en lo que se conoce como Salud Pública – tema al que le dedico mis ratos libres -, aunque otra parte podría ser sentido común. Sospecho que, de alguna extraña manera, están estrechamente ligados. Tal vez digo tonterías, puede que el sentido, por común, este ligado con todo. Sin más vueltas, para todos ustedes, después de haber triunfado por generaciones de salvajes en las mejores pasarelas, mi Colección del Troglodita, pret-a-porter haru-natsu 2006:
Una araña puede ofrecer muchas ventajas como compañera de cuarto: decorar un rincón inalcanzable, mantener los mosquitos a raya o hacerte compañía mientras teje. Pero cuando le da por hacerte un cubre lecho es hora de que se vaya.
Aquellas cosas que mi mamá sabía cuando debían sacarse a lavar al ojo, penosamente se entienden con la nariz.
Un saco de dormir que está diseñado para brindar abrigo hasta menos 10ºC, tiene en cuenta que usted utiliza un mínimo de ropa. No tanto por cuestiones térmicas, como higiénicas: la grasa corporal lentamente va cubriendo la superficie interior del mismo, de manera que, con el calor, empieza a adquirir un olor, por decirlo de alguna manera, característico.
Existe un tipo de baños en Japón que tienen una pequeña caja de inspección justo debajo del sifón, la cual requiere un mantenimiento periódico. Claro que es viable esperar a que avise, devolviendo el agua proveniente de la ducha, y así disfrutar de un bello encuentro con tu alter ego de pelo.
Las sillas de cuero, o sus similares, no están diseñadas para estar en contacto con la piel durante largos periodos de tiempo. Esto debió ser aprendido después de haber ido a tierra caliente con toda la familia.
Las toallas no son eternas como imaginaba, ni se les pega lo limpio que uno quedó.
Convivir con bichos es una fuente inagotable de enseñanzas. Te hace pensar en tus prejuicios, en actuar sin distingos de raza, color o número de patas. Sin embargo, hay diferencias irreconciliables, como tener un gusto por los bolsillos, con sus inevitables consecuencias.
El dispositivo que retiene los sólidos del lavaplatos no sólo evita que ellos atasquen la tubería, también que se pudran dentro de ella, librándonos de sus hedores. Pero nada de esto tiene sentido si se pudren EN el dispositivo.
Sólo la magia de la naturaleza, concentrada en un escurridizo pote de mayonesa, puede brindarnos espectáculos tan majestuosos. Disfrutemos:
La ropa interior tiene más utilidades de las que uno llega a concebir en su confortable vida en familia: además de mantener las cosas en su sitio, protege de posibles machucones o de esas chispas de aceite hirviendo que saltan cuando se prepara un huevo. También evita que aquellos pequeños fallos de cualquiera – o cualquiese - de los esfínteres llegue a sitios indeseables, reduciendo el área efectiva a lavar.
Los hongos, como el fuego, necesitan de combustible, oxígeno y la oportunidad, para apoderarse de tu territorio. No importa el material ni la topografía de la superficie. Una gota que escurrió por la puerta de la nevera es suficiente, tus secreciones en una funda de almohada guardada es un error imperdonable. El baño… el baño siempre será compartido.
Tarde o temprano se termina por entender que cualquier intento por innovar en la culinaria de un sándwich de jamón y queso no es sino un capricho infructuoso.
Sentado en su silla ordinaria, en medio del tumulto, perdida la memoria en sus recuerdos que llenan la mesa, el anciano parece lamentar algo profundamente. ¿Encerraría alguna maldición aquella tumba de barro? ¿Tendrían acaso un código oculto los miles de guardianes resquebrajados que ahora le condenan a su misma servidumbre? Tal vez ni él lo sepa. Quizá a el majestuoso ejército de inmortales a su alrededor no le haga falta una inscripción para subyugar. Entonces, le pasan otro libro y él firma.
Sus ropas son austeras, roídas, ocres, como las docenas de cajas que amenazan con sepultarlo a su espalda. Su presencia parece datar de los días de su hallazgo, la imposición de su sello avejenta los DVDs que le van pasando distintas manos sin dueño. Da igual, todo lo transforma en piezas de museo, reliquias para decorar las repisas de vanidades que olvidan los turistas en aquellos lugares de los que escapan, es decir sus vidas.
[mala] Compañía No. 8 (fila inmortal y lengua, composición)
La gente dice que le pagan una miseria, o que no le pagan, que le toca caminar todo el trayecto del inmenso parque en el que están los guerreros, lo que a su edad debe ser un martirio; dicen también que vive mal, que no tiene vacaciones, pero ¿qué diablos sabe la gente? ¿Acaso da entrevistas, o su vida es objeto de la inquina investigativa de las revistas de farándula? O , incluso, ¿cuál es el valor agregado de la ancianidad del descubridor ante los 2000 años del monumento? Sueño que en su introspección maquine una venganza: que al morir pida ser disecado, en su silla, que le instalen una bisagra en el brazo para que la gente se ponga sus propios sellos, y que con el grotesco espectáculo de su presencia ‘aterracotada’, nos disuada de seguir buscando al gran Qin, su señor, cuya tumba sigue aún inalcanzable. Hacen bien el trabajo sus soldados.
En el autobús, de camino al lugar, en medio de las caóticas y polvorientas carreteras de la provincia de Xi'an, en el corazón de la República, el esperpéntico guía de turno nos advierte que el anciano sufre una enfermedad en sus ojos. Los videos y las fotos en su pequeño recinto junto a la sala de proyecciones están totalmente prohibidas. Un imprudente le apunta con su filmadora. El anciano empieza a gritar desesperado, se tapa la cara con un cartón que tiene a la mano; son sus gritos roncos y graves, aterradores, dan la impresión de encerrar un significado en la oscuridad apabullante del mandarín. Me tapo los oídos y busco con la mirada a la guía. Ella sigue impasible, como acostumbrada a los rugidos de una bestia que hace rato cuida. No lo soporto y huyo, mientras con el rabo del ojo veo como miembros de seguridad interceptan al hombre.
Hoy, meses después, pienso que podría ser distinto. ¿Qué daño le provocará la simple exposición al lente de una video cámara? ¿No tratará, más bien, de ocultarnos algo? Sería imposible para mí describir sus rasgos, compartirlos con ustedes, o con alguien que haya ido en otra ocasión. Pero, ¿no podría revelar un detallado análisis de fotos capturadas en distintos días pequeñas diferencias que hagan dudar de que se trate de la misma persona? ¿no podría ser la oportunidad para que cada inmortal viviese aunque fuese un día fuera de su cárcel mineral y conociera el mundo a través de los ojos de los turistas de todos lados del mundo que diariamente van a visitarlos? Uno nunca sabe con la inconmensurable y misteriosa República Pop. También podrían ser varios viejos distintos que se rotan el trabajo, y que ahora estén jugando dominó.
Anoche tuve un sueño triste. Bueno, feliz en su momento pero devastador al abrir los ojos. Después de varios años, volví a jugar con Pegaso. Además de la nostalgia inherente, el recuerdo trae consigo una contrariedad. Desde que investigo sobre el sufrimiento de muchos alrededor de la Tierra, amar a un animal se torna criminal, genera culpa.
En mi defensa debo decir que todos los mamíferos compartimos un legado de dependencia materna, y con ello un sentir político. Van juntos porque la indefensión de un parto requiere del apoyo de un grupo, involucra una familia, una puja. Según la posición se accede a ciertas comodidades, se juega la vida, y no se trata de ganársela a golpes, cuentan caras, ojitos, aullidos, monerías. De simpatizar, obedecer, enfrentar, incluso traicionar o abandonar, en el momento correcto al ser indicado en el ambiente preciso puede depender mantener este arreglo de átomos moviéndose por sí mismo.
Y es precisamente en el ejercicio inter especies de estos juegos que entendemos cuan básicos somos, que tan fácil es ser manipulados y lo dispuestos que estamos a ello.
Debo agregar que se trata de una necesidad, no de un capricho o una niñería, una en la que no siempre tenemos éxito. No necesito enumerar acá los miles de choques sociales que sufrimos durante toda la vida. Mas para todos ellos, nuestros queridos mamíferos siempre están para consolarnos; a su manera, por poco o nada.
Se que suena egoísta, pero creo que es una alternativa que salva vidas, reduciendo inadaptados o conteniendo psicópatas; cualquiera que sea el que llevemos dentro.
Sin más, los dejo con un cuento que escribí en el primer aniversario, para que la letra esté menos muerta.
Torta de Pan
Mamá dejó el plato en la mesa y vino hasta el sofá en el que yo veía televisión. Con ella un aroma dulzón, un recuerdo. Mamá se sentó y tomó mi mano. La examinó como asegurándose de que era yo, su bebé, el dueño de esa mano gigante. Yo tampoco pensaba en lo que sucedía en la pantalla. El olor recorría mi cabeza y me devolvía en el tiempo. Permanecimos un rato en silencio.
Cuando una lágrima de Mamá me alcanzó, ambos nos decidimos. “¿Ya?”. Ella asintió. Diez años para decirlo de nuevo: “Está servida”, dejó despacio mi mano y se perdió en su alcoba. Apagué y caminé hacia la mesa. Estaba ahí, paciente, una buena rebanada, tal vez una cuarta parte, enfriándose en mi puesto. Un hilillo de vapor se elevaba de la rebanada hasta hacerse difuso y omnipresente. Lo seguí hasta mi silla. Agarré la cucharita y la sostuve en el aire como si fuera una ejecución, yo el verdugo, y el filo reluciente no tuviera otra opción que arrebatar una vida. La enterré toda, de un solo tajo. El bocadillo brotó espeso de la herida, escandaloso, haciéndose charco en el plato. Contemplé el cuadro en silencio, sin aventurarme a consumarlo. Poco a poco el mundo recobró su quietud mientras yo la perdía y lloraba cómo lo hubiera hecho hace todos esos años, cuando no sabía, cuando no podía imaginar ese amor sin límites, esa devoción, cuando no alcanzaba a comprender la felicidad de las pequeñas cosas y me complicaba la vida con prejuicios y estupideces. La certeza reposaba aún en la cucharita y tenía que tragármela. La masa se hizo compacta e insípida ante le fuerza dulce con la que el bocadillo se apoderó de mi boca, mas sin opción alguna, juntos fueron una sola cosa ahí adentro, pasaron a ser parte de mí. No encontré consuelo. Esas cosas pasan en la vida y tenía que aceptarlo.
Después del primer bocado, el resto fue cuestión de inercia. El complejo amasijo color caramelo terminó por desaparecer con sencillez tras su difícil concepción, para la que fueron necesarios: un horneado preciso, obviamente un horno, un molde, polvo de hornear, bocadillo, pero sobre todo, pan. Pan duro, pan viejo, pan acumulado por días, semanas, meses en los que no dejé de rogar al cielo que volvieras por él como siempre, como lo hiciste durante nueve años, mi querido, y por fin alado, Pegaso.
a mi perro, que feliz y libre sea dónde quiera que esté