miércoles, julio 27, 2011

Paraíso Reggeton

(Varios sucesos de esta semana me han hecho recordar este cuento que escribí hace más de siete años. Lo subo a la propia nubecita antes de que se refunda)


“Es chévere ser el mejor, pero es mejor ser chévere”

Héctor Lavoe


El Chamo asegura el amplificador a la parrilla de su ninja, enciende y arranca endemoniado. En un minuto ya está en la carretera, subiendo la loma. A pesar de la velocidad el aire está caliente, lleno de tierra seca y sal marina. Se va formando a su espalda el remedo de ciudad en la madrugada. El Rodadero es un poco de luces y bulla, una discoteca que tiene al mar de accesorio para cuando la montonera se emborracha o se arrecha. Por él, que se levantara una ola gigante y se tragara a ese burdel de mierda.

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El Chamo García vivía en el cuarto pequeño de una pensión en María Cacho, un barrio al occidente de Santa Marta. El abanico que venía con la habitación funcionaba y el baño estaba al final del corredor, como a dos puertas. Aunque tenía derecho a un cajón en la cocina, no lo usaba; en su lugar se robaba un espacio en la nevera, que no era comunal sino de su vecino del lado, el Joe, para guardar una botella de whiskey y una jarra de agua. El Joe (que el Chamo pronunciaba Jou, como le había escuchado a un gringo) al comienzo se emputaba, pero con el tiempo había terminado por ignorarlo. Sin embargo, jamás le dio su consentimiento. “Ese se guarda motivos para mandarme a comer mierda cuando se le de la gana”, decía el Chamo siempre que se acordaba del asunto.


Era sábado. Con un cruel mediodía de julio encima, no sabía si el dolor de cabeza era por el calor, la dormidera o puro guayabo. Apenas sintió algo de fuerzas se paró por un vaso de agua. En la cocina estaba el Joe, hombre juicioso, pescador de oficio, siervo de Cristo, almorzando lo que dejó para sí de la atarraya de la mañana.


- Entonce Joe, ¿harto pescado?- dijo con naturalidad el Chamo, sacando la jarra de agua de la nevera. El Joe levantó la mirada del plato e hizo esa mueca que no era ni una sonrisa prepotente, ni una cínica desaprobación, sino algo intermedio, la cara que el Chamo imaginaba hacían los curas del otro lado del confesionario.

- Gracias al señor - la cara se fue desarrugando, los ojos reaparecieron y siguió con su pescado.


El Chamo sintió que no iba a ser capaz de retener lo que llevaba en el estómago, así que se bebió a fondo la jarra entera, dejando que un poco resbalara, escurriera por su cuello, su camiseta manga sisa, los boxers, y terminara encharcando el piso.


- ¡No Chamo! Tiene que limpia,

- Fresco Joe que yo ahora limpio- dejó que el agua calmara el caos en su panza y pasó el pie por el charco para esparcirlo. El Joe, intentado contenerse, se concentró en su almuerzo – Y qué viejo Joe ¿Qué va hacer hoy? Vamo a la Escollera que hoy me presento.


Antes de contestar pasó con tranquilidad el bocado, tomo un sorbo de jugo de mango, tras lo que procedió a hacer de nuevo su cara:- Gracia, Chamo, pero tu sabe que yo no tomo, no bailo, y no me gusta esa carajada de música demoníaca.

- Pero ¿cuál demoníaca?

- Ese ritmo del infierno sólo incita a la lascivia, al morbo, al pecado de la carne.

- ¿Cuál infierno? ¿Pero de qué me habla mi Joe? ¿Me va a decir tú a mí que no hay algo má natural que querer tener a la hembrita bien pegadito, bien rico?

- Pero no a la primera que se te pasa por el frente. ¡Y no te la va a dar tú de santo! Yo te he visto Chamo en… ¿cómo e que le llaman? Ah sí, en el perreo, con una y con otra. Y no sólo e eso, ese ritmo embruja la gente, la vuelve lujuriosa y puerca, y despué ya no hay arrepentimiento que valga.

- Joe, eso lo que es e ¡pura sabrosura! Lo que te pasa e que te falta una buena hembra que te la mueva, ¡no joda!, verá como te cambia esa cara; ya parece un viejo de 60 año.

- ¡A mi no me hace falta que me la mueva nadie! –se paró de la mesa y se llevó los platos al fregadero para lavarlos- Es precisamente eso Chamo, no e sino ponerse a escuchar esa música tuya, y ya no puede uno dejar de menearse, como se debe menear el mismísimo Lucifer.

- Te a puesto que a Cristo también le gustaba el meneo- el Chamo se tomó el cuncho de agua en la jarra y la puso a llenar de nuevo, evitando que el Joe siguiera lavando –¿y sabe una cosa?- puso tono reverencial y le dijo al oído- te juro por lo que má quiera, por tu señor que también e el mío pero má chévere porque, ajá, e el mío, que un día te va a cantar a travé de mi labios y va a tener que reconocerlo, porque lo mío e pura sabrosura divina.

- ¡No joda Chamo!- sacó un brazo y lo empujó fuerte- Que lo que tú eres e un demonio, y el día que mi Señor se ponga en tu boca te va e a callar.


El Chamo se carcajeo con sorna. Guardó de nuevo la jarra en la nevera y se fue para su cuarto.

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La Mona, que parecía no existir a la espalda del Chamo, se decide a agarrarlo por la cintura para no caerse. Él ni se mosquea. Llegan a la cima y aparece la ciudad: menos hipócrita y superficial, pero no por eso menos animada. Bajando se ve el morro rodeado de mar y un barco anclado. “Eso,” piensa la Mona “un barco pa’ largarme de una buena vez. Me destierro yo sola ¿Quién quiere esta vida de mierda? ¡Qué se joda el Chamo! ¡Qué se joda mi familia! ¡Qué se jodan! Me largo en un barco, ayudo en la cocina y se lo doy al capitán. Igual, pa’ nada má me ha buscado un hombre. Me largo con mi capitán y no vuelven a saber de mí.” El Chamo acelera y la Mona, de puro instinto, lo termina de abrazar.

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Plantada junto al Rodrigo del malecón, la Mona chupaba raspado y miraba al mar. El Chamo pitó dos veces, ella lo reconoció y fue hacia él. Su pelo dorado jugaba con el sol del atardecer, uniéndola al paisaje. Vestía un top y una faldita, verdaderos responsables de contener toda esa voluptuosidad que la ropa interior si acaso tapaba. Le dio un beso al Chamo y se encaramó a su espalda, entre el amplificador y él, sin el más mínimo pudor por lo que se le pudiera ver.

- ¿A dónde vamo, mami?

- De concierto- contestó la Mona sin dudarlo. El Chamo arrancó rumbo a su casa.


Estacionó la moto en la pensión, se metieron al cuarto y echaron llave.


La Mona se fue bajando los cuquitos sin quitarse la falda y se dejó caer de espaldas en la cama. El Chamo ya se le iba a echar encima cuando ella lo repelió con las piernas:

- ¡Ah - ah! Así no -entonces el Chamo se desvistió, tomó a la Mona por los pies y se empezó a acercar.


Escúchame mami,

Que te vo’ a dar tu merecido


TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa

TU

patu patu, patu patu,

patu patu, papapa papa


Encontré a mi mami un atardecera,

ella ya sabía que venía a querela,

moviendo su cosita se me acercó,

me dijo: papi, papi, quiero tu cuerpó.


La llevé para la pieza y la quise amar,

pero mi mami quería antes oírme cantar,

yo le digo: mami, mami, no sea mala conmigo,

ábreme las piernas que hoy vengo decidido


TU

lo sabe mami que hoy vengo decidido.


Muerde la almohada,

viene la marea,

ya no lo resistes,

mira como se menea.


La Mona se retuerce

El Chamo se estremece

El Chamo te lo dijo

Y te dio tu merecido


TU

lo sabía mami que venía decidido.

TU

lo sabía mami, ese fue tu merecido.

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Después de la loma van apareciendo casas y casas. En una que otra se ven tipos bien acomodados en sus mecedoras tomando ron con los amigos, equipos a todo volumen, todos muertos de risa. El odio del Chamo ya no tiene limites. “Todos se pueden ir a la mismísima…”. Deja la avenida y se mete entre calles, pero no le da resultado. Al parecer, Santa Marta entera se le estaba burlando en la cara.

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Cerró la puerta con seguro y se apoderó del baño, que al Chamo se le hacía que era un soberbio camerino. Se detuvo sorprendido al ver el tipo que tenía en frente. “No joda, Chamo, lo vamo acabar”. Su pelo, perfectamente engominado, parecía querer escapar de la cabeza para tapar su rostro. Su camisa de rayas oblicuas se abría casi hasta el abdomen, revelando ese jugoso y lampiño trozo de man que era el Chamo, bestia bronceada, canela lujurioso. El pantalón se le ceñía con lascivia a las piernas y al bulto; remataban el atuendo unas sandalias tejidas, de esas de la Sierra. “No joda Chamo, tú lo que eres e un ángel obsceno, un cupido del sexo”.


Se echó unas gotas de agua en la cara, para que pareciera que ya empezaba a sudar, y salió del baño. Lo esperaban el Pete y el Migue, sus compañeros de grupo. Ellos estaban de negro y el Chamo de blanco, listos para el show. Se fueron caminando entre el tumulto a la tarima. El Chamo podía sentir como iba en cámara lenta mientras la gente lo deseaba sin saberlo, del puro feeling de tenerlo cerca.


Antes de subir se les acercó un camaján de dos metros, gafas oscuras, ropa elegante.

- Chamo, te tengo una razón de Don Rafa.

- Claro, como no, ¿qué será?- Don Rafa era un traqueto de la región, conocido y respetado por el empuje y progreso que llevaba por donde iba. Siempre que le salía bien un negocio armaba unos parrandones del carajo, una semana de sólo música, trago y putas. En una de esas conoció al Chamo, y de ahí no dejó de contratarlo cuando se quedaba en el Rodadero.

- Te manda a decir que tiene una lunita de miel esta noche, que tú sabes, en su apartamento, en dos horas.

- Dile que con mucho gusto, que allá no vemo- Don Rafa descubrió el particular poder de la música del Chamo en una de esas celebraciones, así que también lo tenía reservado para otras ocasiones, en las que les terminaba yendo mejor a los dos, por lo que el Chamo se animó.


Se despidieron y siguieron su camino. Arriba tomaron sus puestos y el Máni, su DJ, respondió desde la consola con una descarga tremenda. Lleno de ilusión con todo lo que le esperaba, el Chamo se sintió inspirado.


¡Mi gente!

Te lo voy a decir una sola vez,

y ya no va’ a poder dejar de perrear.


Mi táctica

¡Mi táctica!

E mirarte despacito pa’ que no te me acobarde

calentarte suavecito pa’ que no te de calambre

quererte y aprenderte pa’ que nunca te me espante


Mi táctica

¡Mi táctica!

Es hacerte sentir como mujer ninguna,

que cuando te levante te duela hasta la nuca

que me busque no me encuentre y toqué pedir ayuda


Mi táctica

¡Mi táctica!

Que e mi estrategia, te la dejo con cariño

decirte mil palabra pa’ tenerte a mi ladito

y luego al fin diga: I need you, papi, I need you.

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- Toma, mami.

- Gracia papi ¿pitillos?

- Acá tienes.

- ¡Está delicioso!

- Como te venía contando. Me bajé entonce de la tarima y se me acercan esa do viejas. Yo pensé que eran gringas porque eran alta, flaca y monas; pero cuando me llamaron que dizque tío, pue yo ya supe.

- ¿Y qué querían?

- Primero me pidieron que le enseñara a bailar, que ella querían saber como era que se hacía pa’ moverse así y yo ahí, ajá, chévere. Me la lleve pa’ la pista y le enseñé uno pasos. Eso sí, al principio me tocó arrimarselo pa’ que cogieran el ritmo, pero ya despué no podían parar.

- ¿Ah sí?

- No te moleste, mami, que fue con la mejor intención patriótica.

- Ajá.

- El caso e que empezaron a pasar trago la españoleta esa y a calentarse. Ahí fue cuando una me preguntó que si le mostraba lo que era el perreo. Yo me le puse serio y le dije “el perreo no e cosa de broma, puede que despué de saberlo no quiera salir de aquí, que quedes atrapada” Ella se rió y me dijo que no le importaba. Entonce me la llevé y le mostré.

- ¡No Chamo! Ya me cansé tu siempre la misma pendejada, no puede ver una falda porque sale babiando detrá.

- Pero si no pasó nada mami, lo único que hice fue decirlo que e el perreo.

- Ese cuentico…

- Te lo juro.

- A ver, ¿qué le dijiste?

- Pue nada, mami, que esa cosa e algo metafísico, mami, algo de espíritu. Que empieza con el ritmo, el corazón se calienta y parece que estuviera montando burro…

- ¿¿Burro?? ¿Tas loco?

- ¿Tú te imagina un perro cuando hacemo un perreo bien chévere? ¿Tú siente un perro? No joda, mami, si acaso diciendo burro me entendió un poquito de lo que le estaba explicando. Luego de lo del burro, le dije que tenía que abrí los ojo y ver a su papi al frente y darse cuenta pa’ donde iba todo ese cuento del burro. Entonce ambo saben lo que sienten pero no como hacerse entendé, y empieza uno a menearlo de una forma y el otro de otra, y se sienten frustrado y se buscan má, pero tampoco y ¿entonce qué? Pue se acercan má, cierran los ojo y se concentran en el burro y de nuevo se buscan, se aprietan, se sueltan, y le meten má flow al asunto, y se provocan, se azotan, se devoran... Pero se acaba la canción y se da cuenta de que sólo pasó en su cabeza.

- Ya, ya, ya, y se supone que yo me quedo como una imbécil, convencida de que tú ere un santo.

- Pero Monita, si eso fue lo que pasó ¿Qué quiere que te diga? ¿Qué me comí a la españoleta esa? Te lo juro por lo nuestro que e sagrado que yo no la he vuelto a embarrar.

- Tú lo que ere e un sinvergüenza degenerado, bueno pa na.

- ¡No seas tan complicada, mujer…! ¡Mujer, no te vayas!

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Cuando los gemidos cesaron, el grupo dejó de cantar. Una espinita se alojaba en la cabeza del Chamo, y empezaba a darle mal genio.

- ¿Qué hacemo, Chamo? –murmuro el Pete. Detrás de la cortina que dividía el cuarto del Penthouse se escuchaba movimiento. El Chamo les hizo señas de que empacaran y dijo fuerte:

- Bueno Don Rafa, nosotro no vamo.


Se corrió la división y apareció el mulato gigante en calzoncillos, con un fajo de billetes en la mano.

- Gracias muchachos. Cualquier cosa los llamo de nuevo- les dio la mano, les entregó la plata y se fue para el baño -¡Ah! Háganme el favor y me dejan a esa vieja en Santa Marta.


Don Rafa cerró la puerta y se oyó la ducha. A Pete y a Migue esa cosa ya les olía mal, habían sentido una sospecha creciendo en el Chamo al escuchar los gemidos, así que cogieron sus equipos como pudieron y se fueron.

- Suerte, Chamo. No vemo mañana en playa.


Él ni se volteó. Se acercó a la cama y el contorno fantasma bajo la sábana fue apareciendo hasta que ya no lo pudo negar.

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Apaga la moto y la mete empujada. La Mona mantiene la cabeza baja y lo sigue. El Chamo lleva el amplificador consigo. Se detiene en la cocina, saca su jarra, la bota en el fregadero, y se lleva su whiskey. La Mona se adelanta hasta la puerta de la pieza, la abre y espera en el umbral a que el Chamo la ponga dónde quiera. Pero él no se acerca. Busca por el corredor una toma para su aparato y alista todo. La Mona, inmóvil.


- Sónido -ajusta el volumen y apaga el micrófono. Baja un sorbo grande de su botella. Camina hasta la Mona, la toma por el antebrazo y la arrastra por el corredor. Ella, resignada, ni se inmuta cuando la mete de un empujón dentro de un cuarto y la encierra.


Check it out Joe,

que así e como comienza.


Era de madrugada,

las estrellas brillaban,

entonce la Mona

se metió entre tu cama.


Llevaba en su cara un poco de tristeza,

pero con ese cuerpo a nadie le interesa.

Check it out Joe, de lo pies a la cabeza.

Check it out Joe, que así e como comienza.


Su cuerpo se desnuda,

te amarra a su cintura,

y te dice al oído

“al que madruga Dios le ayuda.”


Check it out Joe, que del cielo te saludan.

Check it out Joe, que de milagros no se duda.


Siente su fuego,

siente su calor,

no retroceda

ella e pura vibración

vibración vibración

pura vibración

vibración

vibración

vibración.


Joe,

Esto te lo trae el Chamo pa’ que lo bailes pa’ que lo cantes pa’ que lo goce…

Tú sabes quien e…


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que no se pare hasta mañana.


¡Mañana!

¡MAÑANA!

que si no para no se calla.


Check it out Joe, que ella e pura alimaña.

Check it out Joe, que si no hay plata no se amaña.


Check it out Joe, que así e como esto se acaba.

Check it out Joe, que así e como todo acaba.


De una patada deja sus equipos esparcidos por el corredor. Sólo lleva consigo su botella a través del corrillo de vecinos que lo veían cantarle a la puerta del Joe, sin siquiera intuir lo que estaba pasando. Se toma otro sorbo, se acomoda en su ninja, más liviana que nunca, y la enciende.

- ¡Y ahí tiene su puta nevera pa’ que se la meta por donde le quepa!- sale rugiendo fuera de la pensión, sin cerrar la puerta.

domingo, julio 24, 2011

Despertando solo



* * * * * * * * * *

El contador dice 309 veces desde el once de agosto de 2008
Sobrepasada sólo por otras dos canciones melancólicas
si el video contara, tal vez el trono sería suyo

La verdad, no importa.
¿Quién se va a pelear por tal distinción?
¿Para qué querría uno deslumbrar, a sabiendas de que sólo quedará desvanecer?

¿Y por qué no?

No todas las estrellas están fijas en el cielo
Arañas y mantis macho dejan su esperma para luego ser consumidos por su pareja
Salmones vuelven saltando río arriba, a desovar y fenecer
El mundo lleno de maravillas hechas de las entrañas de sus creadores

Y uno ahí, de polizón

* * * * * * * * * *

sin saber si de mañana en adelante se va a despertar menos o más solo

domingo, julio 17, 2011

Señal que envejecemos

Super héroes en algún lugar de Caracas

Paradójico como pueda sonar, la vejez no se mide en unidades de tiempo. El numerito aquel puede darnos alguna idea de las condiciones de un cuerpo, de las experiencias que cualquier animal humano ya debió haber vivido, pero estas aproximaciones pueden ser engañosas. Las dos abuelas de la casa tienen ochenta y tantos, y mientras una apenas si puede caminar, la otra monta una hora de bicicleta diaria y mantiene una fanegada de hortalizas. Aunque las sociedades y sus gobiernos se valen de estas cuentas para intentar poner un orden a sus incertidumbres, la experiencia personal de atravesar el espacio-tiempo tiene poco que ver con el número de días, meses, o años que llevamos respirando. La memoria, por poner otro ejemplo, no es transitiva: que hoy me acuerde de lo que hice ayer, y que ayer me acordara de lo que hice antes de ayer, no quiere decir que hoy me acuerde de lo que hice antes de ayer. La asimetría de los recuerdos no guarda proporción con el contador en el documento de identidad.

Así las cosas, la vejez tiene que medirse entonces a punta de síntomas. Y las edades no pueden ser un guarismo, sino una matriz alfa-numérica de estados y eventos que dan una idea de lo que el cuerpo de cada mortal puede o no puede ya dar. En mi caso, soy ya de los que tienen que preocuparse del colesterol, de los que le duelen las rodillas al hacer deporte, de los que las películas de culto le dejan de maravillar, de los que no rezonga al tener que hacer oficio en la casa, de los que baila una vez cada dos meses no más de cuatro horas, de los que no le ve gracia a emborracharse por el simple gusto de hacerlo.

También soy ya de los que reconoce la literatura existencial adolescente cuando se la encuentra, con sus urgencias y sus vacíos. Esto lo descubrí después de leer la colección de cuentos de Mauricio Salvador "El hombre elástico", parte del encomiable proyecto editorial pariente de el Hermano Cerdo. Trataré con un par de brochazos dibujar la matriz a la que me refiero.

Primero, todos los cuentos están en primera persona, el narrador que mejor responde a la necesidad de plasmar constantemente todas las vacilaciones del protagonista. Por esto mismo, no es fácil encontrar en los 'yos' de cada cuento a una persona diferente, aunque debo resaltar que Salvador logra por momentos transmitirnos la niñez del protagonista del cuento que le da el título a la colección. Sin embargo, y este es otro rasgo, en este género es inevitable ceder a menudo al lirismo propio de lo existencial, remitiendo al lector de nuevo a lo inconfundiblemente adolescente. Las relaciones problemáticas con el padre o la madre, o con los hermanos son otro ingrediente común en los relatos. Y no es que estos sean temas exclusivos de este tipo de literatura, pero en este caso las relaciones son generalmente monocromáticas, y es difícil ver humanos más allá de los estereotipos familiares que atormentan al adolescente. Las arandelas respectivas, como la novia, usar el carro de la casa, o conseguir dinero para salir a divertirse, terminan de redondear el perfil del libro.

La lectura de "El hombre elástico" fue, en últimas, una señal de que envejezco; tal como los resultados del laboratorio clínico. Eso hizo nuestros momentos juntos provechosos, a pesar de lo que los rasgos que describo puedan hacer pensar. No se puede disfrutar la vejez si no se es consciente de ella. De hecho, quizá el único lunar que le encontré al libro fue no aceptarse a sí mismo por lo que es. En el último mini-relato, 1990, el personaje supone sus escritos "en el bote de la basura una tarde de depresión postadolescente", pero nada en la colección da pie para agregar aquel "post", para hacernos creer que existe un más allá que ese vacío de incertidumbres más allá del hogar. Pero, ahora que escribo esta reseña, me parece que esta negación es de lo más consecuente, y que el detalle no es un lunar sino una espinilla.

lunes, julio 04, 2011

Lo que importa



Mujeres decoran el pastel

Tres semanas sin escribir... pero esta vez tengo una buena excusa.

Movido por los comentarios que ha suscitado la publicación por estos días del último trabajo del filósofo inglés Derek Parfit, me decidí a dedicar mis escasos ratos libres a leer los tres tomos de su obra. Esta no es una decisión que pueda tomarse a la ligera, porque son casi tres mil páginas de reflexiones sobre ética que no siempre fluyen de manera clara—aunque, si me permiten, son más accesibles que Proust o que Joyce.

El razón de mi interés es que el hombre defiende una postura consecuencialista—es decir, que decidimos nuestro accionar de acuerdo a las consecuencias de lo que hagamos—la cuál se ajusta a mis investigaciones sobre el concepto amplio de seguridad. Versiones reducidas de estas teorías, tales como el hedonismo o el utilitarismo, son bien conocidas y repudiadas por amplios sectores intelectuales. En su primer libro, Razones y Personas (1986) Parfit se toma mil páginas para mostrar como estas versiones no son sostenibles, y sentar las bases para un teoría más robusta. Los dos tomos públicados recién, titulados 'Sobre lo que importa', prometen desarrollar la teoría que previó casi treinta años antes, y mostrar al mismo tiempo como las otras tradicionales teorías éticas—deontología y contractualismo—tienen que ceder espacio a la vilipendiada evaluación de consecuencias.

En este momento voy en la página 497 del primer libro, y la experiencia ha sido muy intensa. A Parfit le debo, por ejemplo, que haya quedado satisfecho dando respuesta al dilema que enfrentó Charles Bronson cuando interpretó aquel papel de mecánico. Puede parecer trivial, pero la vida real muchas veces exige hacer cuentas antes de actuar, y negarlo es dejar decisiones importantes al garete. Ese es el meollo de la seguridad: unas cuentas muy complicadas de hacer que, por lo mismo, nadie quiere hacer y, en consecuencia, resultan echas casi accidentalmente.

Sin embargo, se corre el riesgo de tomarse muy a pecho las cosas, de no dejar dormir a la familia con discusiones complicadas que ni uno está seguro de entender. Afortunadamente, la vida real esta llena de polos a tierra. Mientras rumiaba el fin de semana la sección sobre la irrelevancia de la identidad personal, una visión me recordó con violencia lo mundano de lo que importa. La mirada perdida en el ventanal del café, Parfit intentaba mostrar lo insostenible del Ego Cartesiano, lo que subyace al celebérrimo 'Pienso luego existo', y que justifica en parte la existencia del alma, encumbrando la identidad más allá del cuerpo. Sin entrar en mayores detalles, Parfit charlaba sobre como podemos los humanos sobrevivir aún si nuestro cerebro es dividido, y cómo al hacerlo tenemos dos conciencias separadas. Muchas páginas se siguen imaginando experimentos cerebrales, que incluyen trasplantes y teletransportaciones, que apuntan a lo superfluo de la idea cartesiana de la identidad. Los ejemplos daban vueltas en la cabeza cuando un hombre calvo, de gafa marco oscuro y candado oriental, acompañado de su esposa entrada en carnes y sus dos hijitaas, pasó de un lado a otro, llevando a la espalda aquella sentencia fulminante de camiseta dominguera: 'compro luego existo'.

No lo sé, pero me temo que ni las otras dos mil quinientas páginas van a poder hacer algo al respecto.


domingo, junio 12, 2011

Música para sus oídos

Cangrejos gigantes del mar del norte, acuario de Osaka

Una maldición acompaña todo lo exótico. Como lo sabe todo turista, las cosas extrañas atraen por el sólo hecho de existir. El encanto interno, la calidad, la profundidad, la destreza, todo aquello pasa a segundo plano cuando la novedad deslumbra. Cuando la apariencia es todo lo que vale, esto no tiene porque inquietar a nadie. Bien puede la señorita reina de belleza decir cada perogrullada que se le ocurra, pues esto es secundario a su fin último. Pero cuando se trata de obras de arte, bien vale pensárselo dos veces.

Cierto, no en todas las artes la atracción exótica deja un sinsabor en el público. La pintura y la escultura casi que depende exclusivamente de ello. La música extraña, en cambio, es un refugio de minorías. El cine, un intercambio tan parecido al del turista, recurre a menudo a lo exótico, aunque en general con ello sacrifica contenido. La literatura, sobre todo la prosa, duele un poco más cuando se lee por lo que es, y no por su calidad.

Los escritores colombianos sufrieron por esto por casi treinta años, tal vez todavía un poco. A la sombre del nobel, el lector del mundo—o, más bien, su editor—esperaba más realismo mágico, como si en el país sólo se diera esta clase de plátano. Una sensación similar me queda después de leer las historias del libro de cuentos "A Thousand Years of Good Prayers" (traducido al español como "Los Buenos Deseos"). No puedo dejar de pensar que Li Yiyun gusta por lo que es, por decir lo que el público quiere oír. Para nadie es un misterio que China es un gran motivo de ansiedad en el resto del mundo, sobre todo el occidental. Saber todo lo posible sobre este gigante despertando, ese otro que habla en mamarrachos y no responde a nuestras convenciones, es el imperativo de todo aquel con la menor curiosidad por el futuro del mundo. Y Yiyun nos cuenta como los chinos llevan vidas distintas, distorsionadas por el sistema, de matrimonios arreglados, de vendedores de té, de actores parecidos a Mao, de científicos comunistas en misiones ultra-secretas. Mejor dicho, todo un Macondo.

Debo admitir que Yiyun empezó en desventaja, pues siguió inmediatamente después del grandioso libro de Alice Munro—aunque leo en Wikipedia que ya ha sido comparada con ella. Entonces fue evidente que Yiyun no escribe en su lengua materna: mientras Munro exigía constantes visitas al diccionario, los cuentos chinos fluían sin tropezones; lo cuál no es del todo malo, pero si dice algo del escritor. Sus personajes además de chinos son seres humanos, punto a favor, pero no todas las historias se sienten verosímiles. Cuentos como 'La muerte no es un mal chiste si se cuenta de la manera correcta' o el que da título a la colección, presentan una elaborada trama de sentimientos familiares y tragedias humanas que van más allá de su contexto. Tal vez en ellos se funda las expectativas que se tienen en la autora, pero no es algo constante en toda la colección.

Tal vez en plena contradicción conmigo mismo, de lo más agradable a través de los cuentos de Yiyun es su uso de los dichos populares para añadir profundidad a los pensamientos de sus personajes. Entre los que más me gustaron están:

* Una mujer acepta de la vida cualquier cosa y hace de ella lo mejor; un hombre regatea por algo mejor aunque sea menos que perfecto.

* Un hombre no puede ocultar por siempre su naturaleza revolucionaria, como una viuda no puede esconder el deseo de que se la coman.

* La promesa vacía de un hombre mantiene lleno el corazón de una mujer.

* La mala suerte siempre escoge un buen hombre.

* Lo que es de uno, es de uno.

Y pues, como dice este último dicho, bien conocido a ambos lados del Pacífico, si es cierto que Yiyun es capaz de escribir como los inmortales, acá hay unos ojos dispuestos a leer.

domingo, mayo 29, 2011

Conoce a Munro



Otoño en Tokyo, 2010

Los cuentos son una grandiosa quimera; un intento de inspeccionar todo el arrecife de un respiro, sin esnórquel o tanque de oxígeno; anhelos de completud en una infinita mar de incertidumbre. Si a esto se le suma que por muchas razones, casi todas triviales, los cuentos reciben menos atención que sus congéneres literarios, entonces se hace evidente cuan grato es encontrarse buenos cuentos y buenos cuentistas. Mientras en la novela alumbran tantas estrellas como en el firmamento, el cielo de los cuentistas aún parece el Olimpo. Y, como en la mitología griega, que a un mortal se le compare con cualquiera de los dioses es un asunto grave, casi casi de vida o muerte.

Esta introducción tan lírica y empalagosa para decir que una pequeña reseña en una revista no literaria mencionaba en un mismo renglón a Jorge Luis Borges y a la señora Alicia Munro, por lo que, acto seguido, hubo que hacerse al libro recomendado antes de hacer llover rayos sobre la hereje columnista. Afortunadamente, tanto para ella como para mí, no hay reproches, pues por lo menos la colección titulada 'Runaway' (Fugitiva) es un maravilloso volumen de historias profundas, tal vez no intrincadas o llenas de erudición, pero de una elaboración sin tacha.

Canadiense de nacimiento, los cuentos de la colección están imbuidos en esa vastedad despoblada tan propicia a los viajes internos. Los personajes centrales son mujeres en diferentes etapas de sus vidas, lidiando con problemas comunes y corrientes. Una descripción tan parca no entusiasmará a muchos, pero es relevante porque muestra que la autora juega limpio y con destreza. Por un lado, las voces de estas mujeres corresponden al sentir de la época a la que se enfrentan. Tanto la niña de 'Trespasses' (Transgresiones), como la madre envejecida de 'Silence' (Silencio), ponen al lector en su mundo particular en el que las disyuntivas y los conflictos son disimiles, aunque el padecimiento siga siendo el mismo. Por otro lado, mientras que las tramas elaboradas y complejas pueden enmascarar los defectos estilísticos del autor, fascinar con un cuento más de desamor es un reto no apto para novatos. Munro sube y baja estas montañas sagradas sin agitarse más de lo necesario, como si ya fuesen suyas.

Tampoco hay en la colección artilugios innecesarios. Prosa fluida, títulos sencillos, diálogos verosímiles, vaivenes entre el presente y la memoria enriqueciendo el viaje de personajes y lectores. Reluce tal vez el uso de cartas dentro de los textos, un nivel adicional de comunicación y suspenso que tampoco es fácil de lograr.

Si tuviese que recomendar un cuento de la colección, tal vez sería el que le da título al libro, la historia de una mujer que presionada por su esposo a embaucar a su vecina recién enviudada, se derrumba en sus inseguridades, enredando al trío en un sartal de acciones comprometedoras. El climax de la historia es encarnado por una cabra, y que esto no resulte risible pero más bien genial es un éxito mayor. ¿Encierra la metáfora una verdad profunda de la vida? Como con el gallo del Coronel, que cada quién saque sus conclusiones. Por donde se le mire, un buen trato pasar un tiempito con estas mujeres.

Espero leer algo más de Munro durante este año, así que si alguien recomienda algún título para seguir, se agradece.

sábado, mayo 21, 2011

Un día en el medio – segunda parte


1.
Si no hay gente no hay foto. Ese era el único mandamiento, la única regla que importaba a la hora de internarnos en la zona de desastre. La foto perfecta podía aparecer en cualquier momento, así que el conductor tenía que estar listo al grito de "stop" para complacer al cliente sin causar un accidente—una dinámica un poco grosera, pero inevitable.

La primera sesión fue en un manojo de casas que quedaban paradas en medio de los escombros, tal vez a unos tres kilómetros de la costa. Una anciana arreglaba algo junto a su casa y no alcanzó a huir para cuando llegamos a su puerta. El fotógrafo me pidió que le preguntara si podíamos tomar fotos, y ella dijo si, pero que no a ella. Detrás de su casa no quedaba nada en pie, y a su vecino en dirección a la playa le había quedado maltrecha. La anciana nos mostró hasta que nivel había llegado el agua—más de un metro—recordándonos lo afortunada que era de no haber sufrido mayor daño. Un hijo no había tenido tanta suerte, y ahora él y su esposa e hijos vivían en su casa de dos pisos. Le pregunté si había recibido ayuda, o si quería que los voluntarios de la universidad la visitaran. Mirando a nuestro alrededor, dijo que mucha otra gente necesitaba ayuda y que ella podía valerse por si misma.

Al frente una vecina sacaba carretillas de barro de lo que parecía ser su garaje. Después de despedirnos de la anciana, esperamos unos diez minutos a que fuera y viniera unas cuatro veces para poder captar su mejor ángulo. No dejó de molestarme que eso fuese lo único que íbamos a hacer: incomodar con nuestro ojo inútil a la gente que ya tenía suficientes problemas. Supongo que el fotógrafo curtido se consuela pensando que su noticia traerá mucha más ayuda de la que los dos podríamos ofrecer en ese momento. Yo no podría vivir con eso.

Durante esos diez minutos llegó un camión de mensajería a dejar un paquete. El tipo del camión parecía tener problemas confirmando la dirección fuese la correcta. Aunque si se le piensa bien equivocarse estaba dentro de lo posible, no dejó de causarme gracia aquel espectáculo en medio de los escombros. La escena de esa entrega en medio de la nada, como cuando al final de Seven llega el camión con la fatídica caja, me pareció una preciosa imagen del espíritu de reconstrucción. Pero mi entusiasmo no fue compartido, y el camión se fue no sin gloria: de seguro ya se siente importante de hacer lo que hace.


2.
Volvimos al taxi y seguimos derecho hasta la playa. La barrera de cinco metros contra tsunamis seguía ahí, como un mal chiste. Del bosque de pinos que debían terminar de contener las olas quedaban algunos palos. Para mi sorpresa la playa estaba limpia, la arena blanca, sin escombros árboles destrozados, la mar resplandeciente con aquel sol de primavera. La barrera no habrá podido con el tsunami, pero ahora cumple la importante labor de cubrir aquella odiosa normalidad: previene a la playa de que entre en su bikini a nuestro velorio.

Luego de esperar a otros curiosos en bicicleta para tomarles una foto, decidimos intentar fotografiar a los grupos de rescate trabajando en la zona. En el centro de comando, la combinación prensa internacional-universidad prestigiosa funcionó, y el jefe de bomberos se ofreció a mostrarnos él mismo el terreno.

La primera parada fue el helipuerto de bomberos, a menos de un kilómetro de la orilla del mar. Elevado por lo menos cinco metros, en el parqueadero aún quedaban las latas maltrechas de los carros de los bomberos y un helicóptero descompuesto. Nos contó el jefe que apenas sucedió el terremoto, una de sus máquinas despegó para chequear el terreno, helicóptero que luego ayudó a evacuarlos cuando el agua los arrinconó en el techo del segundo piso. Mientras llenaban el tanque del segundo helicóptero llegó la ola, y ahí ya no hubo más que correr.

Las oficinas del edificio ya estaban transitables, aunque las paredes seguían dando testimonio de la magnitud de la tragedia. En uno de los hangares había un pinos de cuatro metros clavado en la ventana. En el segundo piso estaban listos los trajes de buzo que habían venido usando para buscar cuerpos. Otros bomberos se nos unieron y nos llevaron hasta el techo donde los perdonó el agua aquel día. El más veterano me contó que entre el terremoto y el tsunami habían logrado traer a veinte vecinos que no habían salido de sus casas. En el área que señalaba había lodo en una capa tan uniforme que costaba pensar que hasta hace unas semanas habían allí casas y gente.

El fotógrafo quería tomar una foto de la panorámica, así que me pidió que le dijera al veterano que posara de espaldas a él, de frente al paisaje. Con tal de que no saliese su cara, el bombero podía colaborar con el mandamiento. Los demás le hacían bromas y se reían de sus minutos de fama. Pensé que lo hacían con plena conciencia de lo banal del montaje y de lo eterno de su gloria. Junto a ellos no hay de otra que sentirse inútil.

Antes de despedirnos el fotógrafo quería otra toma con la pila de carros. En el camino nos comentaron que un par de ellos habían sido recién comprados y que hasta ahora no se había escuchado nada de compensarles el daño. Ingenuo, pregunté por el seguro y me contaron que ninguna compañía asegura contra tsunamis. Tal vez el gobierno podría ayudarles con algo, dije, y enseguida nos pidieron que si podíamos se los hiciéramos saber. Bueno, para algo podía servir todo esto.

3.
La última parada fue en una zona que era peinada por los bomberos con ayuda de una grúa. Dejamos el taxi cerca a la vía principal y caminamos entre montañas enormes de escombros arrumados. Aquí y allá habían casas que la ola había arrastrado cientos de metros sin que se desarmaran. Una cruz y una fecha indicaban que ya habían sido revisadas. Un mes tras la tragedia, todavía las autoridades pensaban darse hasta dos meses más para encontrar más cuerpos. El capitán se quejó porque ese no era trabajo de los bomberos, quienes hacían falta en la ciudad cuando las réplicas fuertes ocurrían. Sin embargo no había opción por ahora.

El fotógrafo se quedó un rato tomando a la cuadrilla vigilar el ir y venir de la grúa, atenta a lo que revelaba cada pucho de escombros removido. Le pregunté entonces al capitán por su familia. Dijo con serenidad que a uno de sus padres se lo había llevado la ola. La primera vez que había tomado un descanso, hacía un par de días, había sido para ir a reconocerlo en la morgue. Ya no le quedaba carne en el torso, y le faltaba media cara; pero reconoció el cuerpo. Debió haber notado mi desconcierto, porque al mirarme dijo que con toda la destrucción a su alrededor, haber encontrado el cuerpo era un gran alivio. Al día siguiente tomaría de nuevo un descanso para la cremación, y luego volvería a trabajar.



Cuando íbamos a despedirnos nos topamos con un par de personas que sacaban cosas de una de las casas arrastradas. Dejamos al capitán y nos fuimos a por la foto. No hizo falta pedir permiso porque el señor en sus cincuentas que sostenía una escalera medio destartalada empezó a posar para nosotros, mientras repetía en inglés japonés milagro, milagro. Su casa había flotado un par de kilómetros y todas sus pertenencias parecían estar a salvo. Desde el día del terremoto se refugiaba con su familia en la iglesia cristiana a la que pertenecían; este era el tercer y último trasteo que pensaban hacer antes de dejar la casa a las retroexcavadoras.

Dentro dos personas iban y venían dentro de lo que quedaba de casa. Una mujer que debía ser la esposa del señor de la escalera estaba a cargo de la cocina, la cual se veía desde el boquete que usaban para entrar, y a un hermano del culto se le escuchaba escarbando en algún otro lado. El fotógrafo se agachó de manera que toda la operación apareciese en el encuadre. Quise ayudar pero se notaba que estorbaba en la foto. Entonces vino una réplica. La señora, cerca del boquete, empezó a entrar en pánico. La casa crujía, y el esposo parecía no saber que hacer; la casa bien podía volcarse y caernos encima. Como la tenía cerca, sujeté la escalera para que la señora saliera, pero ella no se movió hasta que dejó de temblar.

Después del susto decidieron dejar hasta ahí el trasteo. Primero bajó la señora y luego vino el compañero. Ya iba a bajarse de la casa, cuando el fotógrafo nos quitó de la escalera y le hizo señas de que se quedara donde estaba. Con el esposo nos mirábamos impotentes, mientras el compañero se notaba molesto: aquella casa podía caerse en cualquier momento, otra réplica podía venir en cualquier momento, pero él tenía que esperarse a que el desconocido lograra la mejor toma. Fue un alivio que todo terminara sin problemas, pero ya después no hubo más palabras entre los cristianos y nosotros.


4.
Antes de acabar el día decidimos ir a ver la estatua del patrón de la ciudad. La vía principal al lugar donde alguna vez estuvo su castillo quedó interrumpida por un derrumbe, así que tocó tomar un ruta alterna. El sitio tenía un aviso de cerrado pero el parqueadero estaba abierto, así que entramos. Una cinta advertía que acercarse a las estatuas estaba prohibido, pero otros en el mismo plan de nosotros se tomaban fotos junto a Date Masamune. Eran un par de trabajadores de la compañía de gas natural de alguna prefectura lejana que aprovechaban un descanso para llevarse el recuerdo obligado de Sendai. Más de cuatro mil de ellos habían llegado de todo el país a revisar casa por casa toda la ciudad antes de restablecer el servicio, uno más de los muchos ejércitos japoneses que levantaron la ciudad después de que la madre naturaleza la apagara en casi todo sentido. Se me pasó por la mente contarle esa historia al fotógrafo, pero ya la habíamos arruinado el rato a suficiente gente.

Desde el mirador se veía una franja gris entre la ciudad y el océano; cuan larga como la costa. La estatua de un águila que miraba desde lo alto de una torre se había caído y vuelto pedazos. El conductor del taxi me contó que la habían puesto allí a comienzos del siglo veinte, mirando hacia el norte para que vigilara a los codiciosos rusos. Mal momento para caerse, ahora que los vecinos han incrementado sus visitas a las islas que tienen en disputa.



Al occidente el buda gigante que guarda la ciudad relumbraba con el ocaso. Todo extranjero que se lo topa por primera vez queda sorprendido, tanto por su magnitud como por el hecho de que nadie le haya advertido de su existencia. Al parecer la estatua, tal vez una de las más altas de Japón, tiene un pasado oscuro, de modo que los locales rara vez la visitan, y ni siquiera la consideran un atractivo de la ciudad. En todo caso, ver una vez más aquel Buda aún entero es por lo menos un alivio.

El último en posar para la foto fue el señor de estas tierras. Desde aquel caballo observando sus feudos, con ese parche en el ojo tan soberbio, seguro tenía muchas más razones para estar orgulloso que triste. La ciudad que nos heredó se levanta una vez más casi como si nada, y es seguida con admiración por ojos de todo el mundo; un mundo que un día él mismo quiso intentar traer más cerca, enviando los primeros japoneses al Vaticano, aunque las circunstancias no le fueron favorables. Masamune, de espaldas al sol y de frente a Sendai, le dio trabajo al fotógrafo que no lograba un ángulo que mostrase el detalle de su figura. Aún hecho estatua, el shogún se hacía respetar en su tierra.

Después de un rato el fotógrafo pareció darse por vencido. Entonces vino hacia mí y antes de que me diera vuelta para poner fin al día, me pidió que me parara junto a la estatua: había que cumplir el único mandamiento. Como eramos dos sombras, no importaba que mis ojos no fuesen rasgados, ni mi pelo lacio, o mi tez pálida. Quieto en la posición indicada, mientras el fotógrafo hacía los honores con su obturador, repasé de nuevo las memorias de aquel día, ahora como un pedazo de posteridad. Aquellas imágenes viajarían millas a través del mundo, alimentarían las pasiones de gentes que jamás conoceremos, uno que otro corazón se inspiraría en ellas para salir de su rutina y ayudar de alguna manera al prójimo, algún otro reconocería la gravedad de los terremotos y se prepararía mejor para cuando le toque su turno; quien sabe, vidas enteras podrían cambiar después de ver estas imágenes. Las fotos se conservarán en la nube por más tiempo que las vidas de sus protagonistas, milenios incluso; inspirarán historias que de seguro poco o nada tendrán que ver con las circunstancias originales de su concepción. Circunstancias que sólo unos pocos leerán, y que sólo a mí parecen importarle. En últimas creo que el fotógrafo hace su trabajo y más bien soy yo el ingenuo que ve en todo un gran dilema ético.

En silencio, le agradezco a Masamune por su protección, pido una vez más perdón por todas las imprudencias, y me voy con la sensación de que toda la experiencia ha sido algo como un bautizo.

jueves, abril 14, 2011

Un día en el medio — primera parte

Buscando algo que le de sentido a la nada

Estaba preparado para muchas cosas cuando me inscribí como voluntario en el grupo de estudiantes de la universidad: limpiar lodo, mover escombros, cargar víveres, preparar comida, o jugar fútbol con los niños. Sin embargo, la primera tarea que se me encargó fue quizá la más obvia: servir de traductor. Un par de periodistas venían de una ciudad en California, recomendados por alguien en la universidad, y necesitaban un par de personas para que les ayudaran en su trabajo documentando las desgracias de los sendaireños.

Me citaron al hotel de los periodistas con la otra voluntaria al siguiente sábado. Un profesor de la universidad y otro señor que resultó ser 'el de los contactos' serían las contra partes locales que ofrecerían el soporte logístico. Nos presentamos y enseguida pasamos al restaurante. El profesor me dio una carpeta y mencionó que incluía un sobre con dinero para mis gastos en transporte. Pero yo vine en bicicleta, le dije; él sonrió y volvió con los huéspedes.

La cosa siguió mal. El profesor alardeó porque el hotel desde el terremoto no servía cenas, pero gracias a su insistencia prepararon un menú especial para nosotros. Eso me pareció algo inconsecuente con el motivo de la visita, aunque la verdad es que la comida hace mucho dejo de ser un problema en la zona. Luego vino una réplica de tal vez 4 fuerte o 5 suave en la escala japonesa que llega hasta 7. (1) Uno de los periodistas dijo que no había problema, que ellos venían de California, que ellos tienen la falla de San Andrés, que ellos estaban acostumbrados. El mismo tipo saldría corriendo del taxi en una replica grado 6 suave el siguiente lunes temiendo que algo le cayera encima al carro. Después admitiría que sus terremotos en California son menos acentuados y que el último fuerte fue hace quince años.

Se habló luego sobre sitios a visitar. Los periodistas querían concentrarse en Sendai pero los nombres que traían eran de lugares bastante alejados. Además, que un sitio quedara a 80 millas para ellos no quería decir que estaba a menos de una hora: el limite de velocidad japonés en carretera pública es de 50 Km/h, así que los tiempos por lo menos se duplican.

Luego, creo que de la nada, empezaron a hablar de cadáveres. Quiero pensar que fue un mal entendido en la traducción, que unos hablaban de ver las operaciones de rescate y los otros entendieron ver cuerpos. El caso es que el señor de los contactos empezó a llamar a sus amigos policías a ver como nos llevaban a ver muertos. El profesor les explicaba que ni siquiera en las noticias locales salían fotos de estos, así que iban a ser afortunados. Yo intenté preguntar si eso era en verdad lo que querían ver; pero una vez ofrecida la oportunidad, los periodistas dijeron que sí, porqué no.

Supongo que en esto fallamos todos. Es ridículo que los profesores se ofrezcan a conseguir acceso a tales lugares; parece que puede más el afán de servir al cliente que el sentido común. Fallan los periodistas por prestarse a cubrir estas historias, aunque después de la experiencia me parece que ser periodista es un poco eso: irrespetar al prójimo, profanar su ser por el supuesto bien superior que viene con la información—aunque claro, supongo que muchos aprenden a medirse en el momento de hacer una pregunta o apretar el obturador. Fallé yo por prestarme a ese juego, por no negarme a facilitar algo que no tenía sentido e iba contra mi ética. Bueno, no falló el policía que se negó a dejarnos entrar a las morgues, pero si falló el señor de la funeraria que accedió.

Después de que nos echaron de la sala de velación por el malestar de las familias presentes, el fotógrafo me contaría una historia sobre lo difícil que es cubrir los entierros de soldados americanos muertos en la guerra. La historia fue insulsa, desconectada de la grosería que acabábamos de cometer—las familias de los soldados quieren cubrimiento, allá ellos son locales—, y me terminó de convencer de que nada bueno iba a salir de aquella visita. Seguramente le contará la historia a sus amigos o colegas después de un par de cervezas, pero será totalmente intrascendente en el artículo final. Puro morbo. Algo muy humano, en lo que caeremos muchos por acá por mucho tiempo, pero aún así, reprobable.

Aquella noche salimos a cenar con Hiroko, y comí y bebí hasta hartarme. Luego, en la entrada de nuestro edificio, ella trajo un poco de sal que había alistado previamente y me roció por delante y por detrás. Se dice que los muertos se vienen con nosotros después de los velorios, y sólo la sal evita que se entren con nosotros a la casa. Si ese es el caso y los importuné, espero les haya gustado la cena que pedí para ellos.


(1) La escala japonesa varía según el sitio, y representa el nivel de vibración que se siente; la escala incluye un número y la calificación fuerte o débil. 7 es destrucción total; el terremoto del 11 fue 6 fuerte, igual que la réplica del 7 de abril—la cuál fue más fuerte en movimiento vertical que el mismo terremoto.

miércoles, abril 06, 2011

Historias

Los refugiados en la Montaña de la Hoja Azul

Sumando perdidos y encontrados, el terremoto y el tsunami han dejado alrededor de 27,000 víctimas. En el pico de la emergencia 492,000 personas fueron evacuadas. Si cada una de ellas tuviera un minuto en televisión para contar su experiencia necesitaríamos casi un año de transmisión permanente para que cada quién desahogase el miedo y la tristeza de las pasadas semanas.

Esa más o menos fue la labor de todos los canales de televisión en los primeros días después del terremoto: cientos de personas avisando que estaban vivos, sin más que lo que llevaban puesto, pero vivos; buscando a los seres queridos que no aparecen, o dando la mala nueva de los que desaparecieron ante sus ojos.

Son desahogos porque la probabilidad de que algún conocido haya visto ese canal, entre tantos, justo en ese minuto, es muy reducida. Algunos pensaran que hace parte del morbo del que se aprovechan los canales, pero por las primeras dos semanas desde la tragedia no hubo propagandas en ningún canal, por lo que es de esperarse que nadie estaba sacando provecho de la tragedia. De hecho, muchas empresas se han limitado a hacer donaciones anónimas, mientras jefes de compañías, deportistas y artistas dan dinero a título personal. Los sobrevivientes están ahí porque es todo lo que en este momento un periodista y su cámara pueden hacer por ellos: darles una botella y una hoja de papel para que la tiren al mar.

Las siguientes son algunas de esas botellas que he visto pasar por mi orilla:

+ Una mujer y su hija pasan por la comisaría de policía de su barrio a dejar flores en la entrada. Después del terremoto estaba como tantos en un trancón esperando con desgano huir de la dizque ola que venía. Un oficial vino y la sacó del carro y la llevo a un refugio. El oficial fue a traer más gente y ya nunca más volvió.

+ Dos ancianos arrugados frente a la pantalla se presentan. Ella tiene 92; él 97. Le mandan a decir a sus hijos que están bien, que no se preocupen por ellos y que se dediquen a sus oficios.

+ El señor sostiene en las manos un letrero con su nombre y el de las personas que busca. Cuando el periodista le extiende el micrófono, se deshace en lágrimas y dice cosas que nadie entiende. El periodista le pide que repita la información, con idéntico resultado. Silencio.

+ La anciana dice que sus hijos, nieto no aparecen. Tampoco tiene casa. Sí, está viva, pero no sabe para qué.

+ La hermana mayor recibe una llamada de sus padres avisando que están bien. Mientras llora, su hermana menor se ríe y dice que es la primera vez que la ve llorar.

+ Una adolescente pide que habiliten algún servicio para poder ir y venir a Sendai. Le preguntan que quiere hacer en Sendai. Ver a alguien. ¿A quién quiere ver? Baja la cabeza y se retuerce un poco, como escondiéndose de sí misma: a mi novio.

Van tres semanas, y aunque en menor cantidad, las historias no se detienen. Puede que las botellas nunca lleguen a sus destinatarios, pero mientras haya botellas los demás intentaran hacer su parte.

lunes, abril 04, 2011

P0rn0

El jueves pasado, luego de conseguir combustible, fuimos a visitar la abuela que vive en Kogota, a dos horas de Sendai. Con el terremoto, una columna de la casa cedió y el resto quedó torcido. Afortunadamente están lejos del mar, y hace poco habían construido un cuarto para el tractor, donde ahora duermen con la familia de uno de sus hijos. El dinero para construir una nueva casa puede que no sea un problema, pero como tanta gente quiere rehacer su casa al mismo tiempo es incierto por cuanto tiempo vivirán en el cuarto del tractor. La abuela dice que esto no es nada en comparación a lo que les tocó después de la guerra. Por ahora estar vivos es lo que se sigue celebrando.



Columna por fuera


Columna por dentro


El muro de la entrada


El papel de las divisiones estalló por el estrés del movimiento

De ida nos fuimos por el camino entre las montañas, dónde las cosas se ven sólo ligeramente torcidas aquí y allá. Al regreso decidimos tomar la carretera que va cerca al mar. Desolación. El paisaje duele. No hay palabras.

Barco en el camino


...


....


Kilómetros sin primeros pisos


...


Carros apilados


Carros marcados...


...


Barco en medio de la nada del puerto de Shiogama


Carros espolvoreados por el litoral


Sucumbiendo al p0rn0.