miércoles, mayo 31, 2006

y entonces sucedió

Como en uno de aquellos emotivos y trascendentales episodios de los años maravillosos, en los que algún suceso entre lo cotidiano y lo casual llegaba a transformar para siempre la vida del siempre joven Kevin Arnold, entré a comprar un esfero el martes en la cooperativa de la facultad. Aunque en Japón no se acostumbra a tener música en los lugares públicos, había un fondo sonoro. Y precisamente fue éste, y no la calidad del esfero que compré (que entre otras, también me tiene maravillado), el que poco antes de salir me hizo levantar la cabeza y mirar al cielo de parlantes: el cáustico ritmo de hip hop que domina las tendencias contemporáneas se sacudió, quedando de él un compás conocido. Ya quisiera yo que fuera un cha cun cha como el de Rafael, o el inmortal chipi chipi del alma, pero un tu patupatu patupatu se lo tomó todo y esa fue la sentencia. El Reggeton esta aquí.

P.D. Lamento mucho no poder escribir tan a menudo como quisiera, pero recibo y leo sus mensajes con avidez. Los recuerdo y los veo en el firmamento. Buen viento,

panÓptiko

lunes, mayo 01, 2006

Por que no escribo y Como hacerlo al mismo tiempo

(Coro, se repite varias veces)

Saludos terricolas.

De seguro se preguntaran porque no escribo mas amenudo, pues eso tiene una larga explicacion que me permito relatar a continuacion, y de paso se enteran de mi cotidianidad.

Resulta que los terminos normales de la beca estipulan que, como es apenas logico, uno debe tener seis meses exclusivos para aprender japones (por lo menos lo suficiente para defenderse, porque faltaria mucho mas tiempo para lograr dominar este idioma), y una vez transcurridos estos presentarse al examen de admision para acceder a la maestria (o doctorado, segun el caso), puesto que uno debe pasar todos los procesos tal cual como un japones cualquiera.

Sin embargo, en mi caso, la maestria a la que me presente es ingles, con lo que se dieron dos situaciones: primero, el gobierno japones considero que por esa razon no era necesario que yo estudiara por seis meses el idioma y, dado que no era neceseario este tiempo, en la universidad me permitieron aplicar a la maestria desde Colombia solo basandose en mi documentacion, examen de admision que tuvo un resultado positivo.

Conclusion, heme en este simpatico rincon del mundo aprendiendo a vivir solo (al estilo japones, por supuesto), con cuatro materias de maestria mas el seminario de investigacion al cual debo llevar reportes mensuales sobre el avence de mi tesis, mas tres cursos de japones porque, como es apenas logico, no solo de maestria vive el hombre.

Debo agregar que, aunque mi apartamento es muy bonito y acogedor, y que la querendona y rezongona ciudad de Sendai es pequena (un millon de habitantes mas las provincias y los que vienen y van a la universidad, pues algo importante es), me toma casi una hora desde que salgo hasta que llego al salon de clase.

Entonces, me levanto todos los dias a las 6:50 y generalmente vuelvo hasta las 10 a dormir; los fines de semana estudio un poco, salgo a pasear o hago oficio, pero como no tengo computador pues tampoco les puedo escrbir en ese lapso.

Eso es todo. Aprovecho la ocasion para los avisos parroquiales. Debajo de cada una de estas notas dice comments y un numero al lado, pueden hacer click ahi y en la siguiente pantalla pueden hacerme comentarios o preguntas, lo que quieran. Si saben de alguien que quisiera saber de mi y suponen que no tiene idea de la existencia de este espacio o como usarlo, no sea malo, expliquele, podria ser su hijo (o su mama?).

Gracias por sus mensajes y comentarios, los busco con ansia cada vez que puedo, y me ayudan mucho en mi dia a dia, asi no pueda responderlos.

Una venia,

panOptiko

P.D. Esta semana que comienza es el equivalente a semana santa aca asi que no voy a estar tampoco. Voy de paseo (en un coche feo). Luego les cuento.

miércoles, abril 12, 2006

Sucesos 1

De pasada no mas, algunos de los hechos triviales de la ultima semana:

Ayer comi un helado de papa violeta con gomas de arroz y una bella cereza. El sabor no era tan bueno, pero se veia bien. Lamento no enviar fotos.

Quiero compartiles el carro que vi hoy. Aca hay de todas formas y tamanos, pero hoy si me acorde de tomar la foto.


El clima esta mejorando notablemente dia a dia. Esta ciudad parece tan loca como Bogota: el unico dia de la semana pasada que hizo sol fue el dia que nevo (todavia se sentia el invierno). La gente se preguntaba "per de que nube esta nevando?"

Como abrebocas, tres temas que han acaparado mi atencion en esta semana, los escribo mas para acordarme que tengo que contarles sobre ellos:

La television japonesa es tan o mas ridicula que la colombiana.

La joven promedio japonesa es tan o mas tonta que la joven colombiana (ademas de tener una herencia polar notable)

Lo que nadie me advirtio, lo que nadie antes me dijo, lo mas perturbador hasta el momento (y creo yo que por toda mi estadia): Sendai es una ciudad cundida de gigantescos y briosos CUERVOS!!!!! Es magico despertar con su arrullador canto, vigorizante sentir su compania durante el dia, evocador su llamado mientras se tiene la mirada perdida en el infinito con nua taza de algo encaliente entre las manos... Quiero tener uno de amigo, pero aun no se que darles para que vengan a mi (Claro que aquello de cria... tambien me detiene, o sera que ESO es lo que debo darles?)

Bueno, yo solo estaba de pasada. Saludos.

lunes, abril 10, 2006

Pequeno Diario

Como era de esperarse, mi diario duro tanto como mi transporte. Ya veremos. Sin embargo, aqui esta:

01-04-06

Escala

Claro que no perdi la oportunidd de ir a un restaurante de comida tipica en mi corta estadia en el colorido pais de los gringos.


2-04-06

Pacifico

Es increible como se pasa el tiempo cuando uno tiene un osito polar al frente.

Cinco horas de mi viaje se fueron viendo, una y otra vez, el documental en ocasion del quinto cumpleanos del animalito.

Por supuesto, tambien ayudo el confort y lujo de las Aerolineas Japonesas.


3-04-06

Primer consejo acertado de mama

Todo fue muy claro cuando me aventure a dar el primer paseo por las calles de Tokyo (bueno, la del frente del hotel, que queda mas bien retirado de de la ciudad) respecto al visionario consejo materno, que data de mis primeros anos: "cuando vaya a pasar la calle, mire para ambos lados".

Con toda esta gente conduciendo por el carril equivocado no hay nada mas sensato.

6-04-06

Pasara cierto tiempo antes de que pueda contar cosas medianamente elaboradas sobre todo lo que me rodea.

El martes fue puro soye (ayuda ortografica, por favor). El primer encontronazo con la realidad: hable con un tailandes, un keniano y una mongola, hice tratos con un irani (~aca ~aca); tome un tren expreso del aeropuerto a Tokyo y con ello divise el paisaje. Todo es nuevo y chocante, hay mistica y demencia, dulzura y nausea. No podria transmitirles lo que he sentido, asi como no lo entiendo. La ventana ha sido como ver television, todavia no me siento parte del paisaje, asi que aun no tenemos puntos de vista mu diferentes.


domingo, marzo 12, 2006

Sin distancias

A toda hoja de platano le llega su tamal,
a todo Goliat su David,
y a todo David sus pulgas ...

El 1 de Abril a las 8:30 AM espero estar dejando por algún tiempo en cuerpo mi pais y a todos ustedes, para darle paso a unas ideas que tengo.

Para el 99% de ustedes este mensaje será el primero de este blog. Le siguen una serie de desaveniencias, espero me dispensen, pero encontré inoportuno retirarlas (algo así como tirar la piedra y esconder la mano).

Sólo quiero decirles que más importante que el suceso de la partida, pesa en mi corazón el camino recorrido juntos, todo cuanto hemos hecho y compartido durante todos estos años. Estoy casi seguro de que he sentido todo lo que han querido expresarme, aunque tal vez no lo hayan dicho. No se preocupen.

No me queda más que dar una venia y pasar tras bambalinas para empezar (¿o terminar?) la función.

domingo, enero 15, 2006

El Retorno de Rugenklaud

EL RETORNO DE RUGENKLAUD

por panÓptiko

a mis amigos los bárbaros

Rugenklaud retira de su hacha los restos de un enemigo, la cuelga en su espalda y da media vuelta. Escupe un poco de sangre que sabe no le pertenece. Tras él, el señorito Higgins remata algunos moribundos en el piso. Rugenklaud aún tiene el fragor de la batalla en la cabeza, y se limita a esquivar cuerpos, a esbozar una sonrisa y caminar al campamento. Las pocas tropas enemigas que quedan, esparcidas por la sabana, huyen por el horizonte de la excepcional caballería de la Marca de Wanstab. Rugenklaud alberga en el corazón la esperanza de que escapen, desea verles de nuevo en el reflejo de la hoja de su hacha.

El sol se pone lentamente y el viento no tarda en enrarecerse. El cuerpo élite de infantería, a su cargo, da sepultura a los cuerpos de los amigos caídos en combate, mientras que los otros dos generales ordenan apilar el resto de cadáveres para encender una hoguera a los dioses. Con la primera llamarada, Rugenklaud siente que ha sido suficiente.

Descarga la inmensa mole de su cuerpo bajo la sombra de un ciprés, desocupa la bota de agua de un sorbo y clava sus ojos azules en lontananza. Contempla la hermosura de la tierra que guarda, se deleita con la guerra que ha ganado gracias a la fuerza de su brazo y el coraje de sus hombres; nunca permitiría que las codiciosas manos de sus profanos enemigos acariciasen tan solo uno de los árboles de la magnífica Marca que él, y su estirpe legendaria de guerreros, habían erigido hasta su actual esplendor.

Caída la noche, el destacamento se decide a celebrar. En torno a la hoguera del campamento, ajena a la hecatombe, los más avezados en recetas y especias destajan cochinillos y liebres de monte, todos estos apresados previendo la victoria. Tal es la confianza que se tiene el ejército de la Marca de Wanstab. El señorito Higgins se halla entre los cocineros: de descendencia noble y fina estampa, sin duda resultaba más propio de cortes que de campamentos de tropa, pero un temperamento caprichoso, apoyado por su apellido, le habían permitido eludir el protocolo y marcharse a la guerra.

Una vez el cochinillo más rollizo está en su punto, el señorito lo retira de la brasa y le alista con delicadeza. Brillante en grasa, sutil en su aroma, podía ser digno de la cena de un rey. Lo lleva a un corrillo, quizá el más animoso, dónde Rugenklaud abatía comensales, ahora con artes más gentiles, como lo son vaciar copas y relatar hazañas. Lo recibe con ansia y lo devora él solo en un santiamén. Van y vienen otras viandas, el mejor vino, y todos los corazones se hinchan de gozo.

Satisfecho, el general se despide de la tropa y se retira al ciprés que ya en la tarde le había cobijado. Se tiende en el suelo y contempla el cielo estrellado. Pequeño e impotente, cual niño que había sido y que en el fondo no dejaba de ser, entona una sentida plegaria ancestral por la piedad de los dioses guerreros, que truecan triunfos por calamidades inciertas. Iba rindiéndose al cansancio, a la embriaguez y al sueño, cuando escucha un ruido. En instantes, el filo del hacha, siempre en su espalda, rosa el cuello del impertinente intruso. Lívido, el señorito Higgins parece más muerto que vivo. Rugenklaud guarda el hacha, y el otro, mostrándole una masa verde pastosa entre unas hojas, apenas musita unas palabras: aduce conocer la fórmula de un ungüento curativo, llegado a él por tradición oral de los ascetas de las montañas del norte, con el cual sólo pretendía hacerle más grato el sueño y leves las heridas, para que en la víspera de su entrada triunfal al gran palacio de la Marca, luciese más soberbio e imponente. A Rugenklaud la idea poco le agrada, mas el olor dulzón de la pócima y lo exhausto de su estado, lo llevan a aceptar el dichoso tratamiento. El señorito, temeroso, esparce el ungüento por las heridas, que son muchas y profundas, en el inmenso cuerpo del general.

Una ensoñación le ataja de inmediato: investido de túnicas celestiales, izando una espada sagrada, hacía frente a unas criaturas infernales que procuraban corrupción a su paso. Eran huestes malditas que brotaban de las entrañas de la tierra, consumiendo y destruyendo la obra de los dioses como el Rugenklaud del sueño. Garras, mordiscos, hálitos encendidos no alcanzaban tan siquiera a rozar el cuerpo del héroe, no así su espada deshacía enemigos en número a su paso. Lo acompañaba un pequeño sirviente: un dios menor dotado de poderes mágicos que paralizaban y contenían a las bestias. Pero, muy al contrario de sus esfuerzos, la presión de la legión no aflojaba, los embates de Rugenklaud empezaban a tornarse insuficientes y el diocesillo a agotarse. Restos infectos de los engendros ya alcanzaban sus auras divinas. Por primera vez en su vida, el fiero guerrero parecía desfallecer.

Entonces elevó su espada, templada hacia el cielo, y un círculo de luz le rodeó. El otro dios cantó un himno de palabras ocultas, tomó la hoja de la espada en sus manos y concentró la fuerza de la luz en ella. Rugenklaud sintió que un poder sin límites le invadía más allá de lo humano, saboreó el cielo en sus poros mientras se colmaba de aquella fuerza infinita. En el momento justo, soltado el último verso, la pequeña divinidad besó el filo de la espada y desapareció volando como la luz en el firmamento. Rugenklaud deshizo el viento con un rugido y soltó un golpe certero contra el suelo bajo sus pies. Una ola de energía sacudió todo lo habido en el cosmos, acabando de un solo tajo con la plaga maldita. El general sintió su propia fuerza doblegarlo y se fundió con ella en la inconsciencia.

Tan pronto despunta el primer rayo del sol, abre sus ojos. Espera un poco antes de levantarse para aclarar su mente de la resaca y la ensoñación. Medita un rato, envuelto en el amanecer de su propio terruño. Reconstruye, hace de la tibia brisa su guía al sosiego y la reflexión. Todo el asunto no podía ser otra cosa que una alegoría, una advertencia de los dioses a una falta de su parte. Entonces, lo presiente: a lo largo de la guerra, que se había prolongado por varios meses, aquel noble señorito se había esforzado en cuidar su espalda, casi como su sombra, además de velar por su bienestar en las noches en que se podían robar unas horas a la batalla; todos estos, meritosos servicios a los que hasta el momento no daba mayor crédito. Ese debía ser el reclamo de los dioses para con él.

En el campamento, el retorno estaba preparado. Rugenklaud toma su caballo y encabeza al ejército en su camino a casa. Los otros dos generales le siguen de cerca, y más atrás el grueso de sus filas. La jornada es ardua. A paso apretado, los hombres sobrellevan el ansia con estallidos de alegría, brindis y bromas. Sin embargo, el general permanece inescrutable sobre su caballo, dubita profundo sobre sus conclusiones acerca de la ensoñación. El eco de una sensación traiciona su teoría y le mantiene inquieto. Suspira.

Cayendo la tarde, con las puertas del fuerte principal de la Marca a la vista, Rugenklaud da la orden de llamar al señorito Higgins, le solicita cabalgar junto a él y portar el estandarte de la victoria. Le cuesta comprender a la compañía lo que sucede. El señorito, sonrojado y de nuevo temeroso, procura acatar con la gallardía que sus nervios le permiten, la invaluable tarea.

El castillo revienta de alegría, el Marqués saluda las tropas desde su balcón, las mujeres y los niños abarrotan las calles e inundan con gritos y cánticos la procesión triunfal. Las filas se van deshaciendo, cada uno encuentra a los suyos y se retiran a sus añoradas estancias. Rugenklaud se despide de todos, palmotea la espalda del señorito Higgins y desvía su montura por una callejuela adyacente.

Avanza un pequeño trecho y amarra su caballo al postigo de siempre. Del otro lado del portón, relumbrando con la luz del horno, una mujer dorada prepara la cena. Tan pronto lo ve se le abalanza, le abraza fuerte y derrama lágrimas de agradecimiento al cielo. Besa su rostro y le ruega un momento para ofrecerle un gran banquete. Él devuelve las caricias y le regala una sonrisa. Su mujer nunca ha ido a recibirlo al desfile, el temor de no verle regresar le hace sufrir mucho.

Camina a la puerta trasera y la atraviesa. Dos pequeñines juegan entre ellos con espadas de madera. Rugenklaud los atrapa con sus brazos y los levanta del suelo, ellos patalean y festejan la llegada de su padre; forcejean un rato hasta cuando los llaman desde la casa. Los platos hierven en estofado de puerco con patatas, un tanto insípido pero con sabor de hogar. Todos esperan anhelantes los relatos. El padre comienza, pero al poco tiempo se detiene; algo le inquieta, no ve en sus ojos el brillo preciso, sus rostros no se maravillan suficiente, su gloria no resuena en sus almas, parece una habladuría más; se permite mezclar en su historia momentos de su ensoñación y no lo advierten, no diferencian un embate sublime de uno decoroso, la furia del brío, y resume lo que queda de su relato, que pudo durar días, en unas cuantas frases. Los niños festejan y escapan de nuevo a jugar con sus espadas. Su mujer le aprieta una mano, recoge los trastos, y promete estar pronto en el lecho.

Rugenklaud, desconcertado, sale por la puerta de atrás y camina hacia el río que rodea la ciudad. Miles de cosas le dan vueltas por la cabeza. Su mujer ya tiene algunas arrugas, cabellos de plata brotan aquí y allá, mas la edad no ha borrado la estulticia. Los dos barrigones aparecen torpes a sus ojos, incapaces de blandir con destreza esos palos que tienen por juguetes. La tierra incólume en su belleza, el fragor desapareciendo y la vida perdiendo sentido. Se desnuda en la orilla y se sumerge en el torrente que corre tranquilo. Le aterra volver a ese lecho suave, que venga el tiempo con una horda interminable de enanos lerdos, armados con palos, mientras le crece una barriga de estofados y los embates de su hacha se tornan insuficientes. ¿Y si el único reflejo que le resta a su hacha es el de su vejez? Rugenklaud intenta nadar para distraerse, lucha contra las aguas mansas para no rendirse a la legión de pensamientos pero no lo consigue. Desespera.

Se tiende en la orilla y contempla el cielo estrellado. Pequeño e impotente, entona una sentida plegaria ancestral ante la crueldad de los dioses guerreros, que trocaron triunfos por calamidades inciertas. A la plegaria se le une el eco traicionero y entonces ya lo sabe.

Clama, acepta, espera.

Tal vez alguien más clama en otro lugar de la Marca, alguien capaz de regalarle una nueva guerra, retornarle aunque sea con mesura aquel fragor y consolar así su cuerpo hambriento de victoria... Alguien más que acepta la verdad en el eco, lo que de calamidad nada tiene… Alguien más que espera que esta pluma no le engañe y llegue por fin otra noche de ensueño con mi querido Rugenklaud.

jueves, abril 28, 2005

Todo es un espectáculo

Ese afán voyeurista que ha arrastrado al hombre desde siempre, el vil chismorreo, ayudado por los sedientos canales de televisión, han hecho de la vida un programa interminable. Y, lo que es peor, de todos nosotros unos estúpidos espectadores.

De esa manera es que lloramos las grandes tragedias, nos condolemos de las victimas, pero salimos a la calle y somos indiferentes a la realidad.

Pasaran siglos.

Cito aquí a Omran, a quien hubiera queido conocer, y de sus últimos vaticinios acerca de la transición de la salud mundial: "... ojalá sea este milenio"

jueves, abril 14, 2005

El Concepto

Etimológicamente, la palabra se deriva de Pan (todo) y Optico (ver, vsión), y significa "lugar desde donde se puede ver todo". Dentro de las cárceles era un lugar en lo alto desde donde se podía ver a todos los reos mientras estaban en el patio. Extracto el término de los planteamientode Foucault, que en su libro Vigilar y Castigar, lo introduce.

Debo ser sincero, no he leido el libro (no por falta de ganas, sino de tiempo), pero el termino llegó a mí explicado por varios filósofos que expusieron las ideas de Foucault el año pasado, con motivo de un aniversario que no recuerdo (¿20 años de su muerte?). Por eso le tengo cierta confianza.

El punto del panOptiko rádica en que, en nuestra sociedad, todos tenemos de alguna manera el imaginario de que hay algo hallá arriba (¿o abajo?) que lo observa todo, que nos observa, y eso nos mantiene dentro del orden establecido. ¿A qué nos constriñe? ¿Cómo nos afecta? ¿Cómo se nos incorpora?¿Quién decide? En otro momento.

Pero ¿Qué pasaría si se sube hasta el panóptico, ese faro en el firmamento, y se encuentra que está vacío?...

¿Y qué si nos quedamos ahí un rato?

panOptiko

domingo, abril 10, 2005

"Nadie tiene derecho a suicidarse"

Dijo mi profesora de toxicologìa.

Luego nos dio la fórmula.

¿No hay ahì una contradicción?

panOptiko

martes, abril 05, 2005

panOptiko

Es muy tarde, no he hecho lo que debía, he dicho más de la cuenta, y he callado aún más.

Y, para terminar, me permito este delirio de grandeza. Espero ver cuanto dura, pero no soy muy optimista.

Hoy comienza una cuenta regresiva soñada. En un año no estaré detrás de este teclado... tal vez lo único que permanezca sea este blog.

Buen día.